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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Izquierdas y peronismo, a propósito del kirchnerismo

16 Jun,2019

por Omar Acha

Este breve texto tiene como objetivo explicar los alcances y límites del concepto de izquierda para comprender la versión del peronismo que es el kirchnerismo

El tema no es sencillo porque la dicotomía ideológica moderna de izquierda/derecha supo ser impugnada como irrelevante para iluminar las peripecias de la política del populismo. La clave para comprender la compleja relación entre peronismo e izquierda descansará en una contextualización histórica. A la luz de esa explicación, hacia el final se avanza en una reflexión, breve y tentativa, sobre la coyuntura de la política argentina actual.

¿Puede hablarse de izquierda como un concepto útil para pensar el peronismo?

El kirchnerismo en el nivel nacional constituyó una fase particular en una más extensa historia del peronismo en la política argentina. Nacido hacia 1945, el peronismo es una oferta política populista –esto es, un esquema de poder donde el sujeto invocado de la política es “el pueblo”– que continúa vigente en contraste con otras culturas políticas tales como las liberales y las socialistas. La versión peculiar peronista del populismo incorpora a la tradicional adhesión a un liderazgo carismático, componentes de integración social, nacionalismo, redistribución socioeconómica, reconocimiento de derechos y conciliación de clases. Sin embargo, las maneras de darse esos rasgos y sus relaciones internas han variado en cada ciclo peronista.

Durante los dos primeros gobiernos de Juan Perón, entre 1946 y 1955, el término “izquierda” (asociado por entonces a la política de clase obrera, a la revolución anticapitalista, a la lucha antifascista y, en su versión por entonces más significativa, al comunismo) fue poco relevante. El peronismo propuso su propia “revolución nacional”, inmune a las dos grandes superpotencias en lo que sería la Guerra Fría.

En el gobierno desde 1946, el peronismo predicó defender una “tercera posición” propiamente nacional. Su consigna más famosa y de larga vigencia fue “Ni yanquis ni marxistas, peronistas”.

Perón imaginó el peronismo como más que un partido entre otros. Sería un “movimiento” con todas las clases sociales y casi todas las ideologías, ordenadas por una “doctrina” compartida. No obstante, desde su emergencia el peronismo tuvo un fuerte nexo con la clase obrera y con el sindicalismo. Al respecto las izquierdas tuvieron actitudes diferenciadas.

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Es falsa la afirmación de que las izquierdas argentinas siempre combatieron frontalmente al peronismo. Los partidos tradicionales, el socialista y el comunista, sufrieron escisiones y debates, verificándose temperamentos distintos entre sí, más allá de su común cooperación en la Unión Democrática con que quisieron oponer, en 1946, una candidatura “democrática” al presuntamente fascista coronel Perón. Por ejemplo, Perón tuvo dos ministros provenientes de la militancia socialista. Fracciones obreras e intelectuales de las izquierdas apoyaron al peronismo, aunque es verdad que las organizaciones mayores se mantuvieron en la oposición. Otros grupos, como los trotskistas, discutieron sus posturas y algunas apoyaron más o menos decididamente al peronismo. El anarquismo, salvo por algunas figuras específicas, fue opositor.

El gobierno peronista fue derrocado violentamente por un golpe militar-civil en 1955. Esa autodenominada “Revolución Libertadora” fue antiperonista pero también antipopular. La posterior “resistencia peronista” con un Perón exiliado, un Partido Peronista disuelto y un sindicalismo peronista cuestionado, reveló que la fidelidad obrera hacia el peronismo había sido mucho más que una imposición propagandística y violenta. Las izquierdas continuaron lidiando, dividiéndose respecto de qué hacer con el carácter auténticamente obrero de las bases peronistas.

Lo novedoso del periodo 1955-1973, el lapso del exilio de Perón, fue el surgimiento inesperado de una “izquierda peronista”. Una historia minuciosa de la izquierda peronista registra formaciones al menos desde fines de la década de 1950, auto-reconocida sobre todo en términos de un “peronismo revolucionario” que argumenta la exigencia de ir más allá de las limitaciones en razón de las cuales el gobierno popular de Perón había sido derrocado. Tras la Revolución Cubana y su conversión en transición socialista, la izquierda peronista encontró una referencia latinoamericana para demandar una conversión por izquierda del programa ligado al retorno de Perón al poder y la exclusión de los obstáculos internos al propio movimiento peronista: la conciliación de clases, las dirigencias políticas conservadoras y la burocracia sindical.

Compuesta predominantemente por sectores juveniles y universitarios, la izquierda peronista fue liderada por la Juventud Peronista y su agrupación dominante, la organización político-militar Montoneros. Esta organización de identidad peronista adoptó el método guevarista de la lucha guerrillera y el objetivo de una “liberación nacional” que transitara hacia el “socialismo nacional”. Mientras un Perón todavía exiliado aceptaba todas las actitudes peronistas mientras lucharan por su regreso al poder, esta izquierda peronista convivió con sectores tradicionales u ortodoxos en el movimiento populista.

Cuando Perón regresó definitivamente al país, en 1973, las ambigüedades del líder del movimiento cesaron. En un clima enrarecido por los enfrentamientos internos, Perón tomó partido por los sectores ortodoxos y de derecha en el peronismo. Condenó a la guerrilla y autorizó la formación de la Triple A, una organización terrorista destinada a combatir clandestinamente a las izquierdas, incluida la peronista. Debe aclararse que la izquierda peronista no era solo la de Montoneros. Había otras fracciones de izquierda dentro del peronismo, como el Peronismo de Base, junto a activistas e intelectuales, todos los cuales fueron considerados enemigos por la derecha peronista en la que jugó un rol esencial el sindicalismo ortodoxo.

Tras el fallecimiento de Perón en 1974 la lucha facciosa en el seno del peronismo se exacerbó. La inestabilidad político-económica junto a la multiplicación de la violencia proporcionó la justificación para un nuevo golpe militar que se propuso cambiar a la Argentina populista: la dictadura castrense de 1976-1983 se autodenominó “Proceso de Reorganización Nacional”. La experiencia asesina de la dictadura eliminó a las izquierdas activas, no solo a la armada. Durante el periodo 1955-1976 el gran enigma para las izquierdas no peronistas fue el de cómo situarse ante un peronismo que no solo continuaba reteniendo la fidelidad obrera sino también desarrollaba una izquierda en su seno.

La izquierda peronista razonaba que cualquier izquierda posible y realmente revolucionaria solo podía emerger de las contradicciones del peronismo, pues esa era la identidad política de la clase obrera y el pueblo. Al enfrentarse al peronismo acusándolo de burgués y conciliador, la izquierda socialista no peronista era en esencia antipopular y “gorila”. Para la derecha peronista todas las izquierdas eran antiperonistas y antinacionales, por lo que debían ser eliminadas. La izquierda peronista era para la derecha una infiltración de clase media estudiantil en el movimiento, una “zurda” que cuestionaba los fundamentos: la autoridad de Perón y el movimiento sindical tradicional. 

El peronismo kirchnerista y la izquierda

Con el “retorno a la democracia” en 1983, la conexión interna entre peronismo e izquierda fue disuelta. Solo con los gobiernos nacionales kirchneristas entre 2003-2015 tuvo lugar una recomposición hacia un gobierno peronista que se situó en el centro-izquierda, a tono con un viraje ideológico verificado en el Cono Sur. Fue una recomposición sorpresiva porque si bien la conducción del kirchnerismo (Néstor Kirchner y Cristina Fernández) había participado del activismo de sectores de izquierda peronista durante los años setenta, a lo largo de las décadas de 1980 y 1990 no había repuesto los términos de esa militancia previa. Por ejemplo, el kirchnerismo santacruceño había apoyado vivamente a un menemismo que acentuó una torsión de derecha en el peronismo.

Las definiciones kirchneristas que lo ubicaron en el centro-izquierda del escenario ideológico se vincularon con la política de derechos humanos respecto de los juicios de lesa humanidad por crímenes cometidos durante la última dictadura militar, una política social redistribuidora (por moderada que fuera, pues no se modificó sustantivamente un nuevo zócalo de pobreza aparentemente estructural en la Argentina), un impulso al mercado interno y una industrialización de bienes de consumo así como la ampliación de derechos civiles. El propio kirchnerismo hizo gestos considerados de izquierda peronista tales como reivindicar la militancia “setentista” y construir una agrupación juvenil denominada “La Cámpora” en alusión a Héctor J. Cámpora, el presidente de transición en el regreso de Perón en 1973, cuya campaña había estado bajo el comando de la Juventud Peronista. No obstante, esas recuperaciones simbólicas fueron ajenas a cualquier lenguaje de transformación social que implicara alguna orientación socialista, incluso “nacional”. Pero como los discursos también son acciones efectivas, ciertos núcleos kirchneristas o filokirchneristas, aunque sobre todo los antikirchneristas, enfatizaron ese carácter de izquierda ideológica. De manera más general, la dirigencia kirchnerista afirmó su carácter peronista y la superación de esquematismos insuficientes.

Sea como fuere, el kirchnerismo suscitó algunas adhesiones en las izquierdas, como en fracciones del socialismo y más ampliamente en el comunismo, así como en la “izquierda nacional” (muy menguada) que tradicionalmente había abogado por un “apoyo crítico” a un gobierno “nacional-industrialista”. Para esas fracciones de izquierda, que llamaré “izquierda progresista”, fue importante la actitud del gobierno hacia los gobiernos “populares” del Cono Sur, particularmente el venezolano, y el de Cuba. Los trotskismos fueron unánimemente opositores, con algunos matices menores en su seno.

El alcance del reformismo de centro-izquierda del kirchnerismo se vio condicionado por la disponibilidad de recursos estatales. La rearticulación de un crecimiento del mercado interno ya no podía reiterar las aspiraciones del primer peronismo 1945-1955, a saber, generar una industrialización sustitutiva de importaciones basada en la transferencia de recursos de la producción primaria a sectores urbano-industriales. La continuidad del extractivismo económico imposibilitó esa posibilidad, sobre todo cuando el precio de las commodities exportadas por la Argentina se deterioró. Desde 2011 la economía argentina se estancó y las políticas socioeconómicas decayeron sin que pudieran ser contrapesadas por la continuidad de un discurso populista de centro-izquierda. La entonces presidenta reelecta Cristina Fernández denominó al momento como el de una “sintonía fina”, es decir, un programa más selectivo y contenido de redistribución.

En diciembre de 2015, imposibilitada Cristina Fernández de presentarse para la reelección, el candidato kirchnerista Daniel Scioli fue derrotado en la segunda vuelta electoral por el liberal Mauricio Macri. Con el triunfo de la derecha de la alianza “Cambiemos”, no sin el apoyo silente de algunos sectores antikirchneristas de los peronismos provinciales, se abrió el momento histórico-político en el que nos encontramos. Por primera vez en la historia argentina un gobierno de derecha llegaba al poder por la vía constitucional. Aunque la gestión política y económica del macrismo fue de mala calidad, pues no logró ninguno de los objetivos planteados y endeudó enormemente al país, hacia mediados de 2019 el escenario electoral a definirse en el mes de octubre es incierto.

Apuntes de coyuntura

A principios del año 2019 todo hacía pensar que la oposición despertada por la figura de Cristina Fernández (sin embargo seguida apasionadamente por un 30% del electorado) conduciría a una nueva derrota en el balotaje, incluso ante la alicaída posición de Mauricio Macri. Por esa razón la conductora del kirchnerismo decidió ceder el primer puesto de la fórmula presidencial a un ex kirchnerista que había pasado a la oposición en el seno del massismo, un desprendimiento del kirchnerismo.

La actual definición de las fórmulas presidenciales de las principales alianzas políticas revela un desplazamiento de la brújula política argentina hacia el centro-derecha. En este sentido, otra vez lo que ocurre en la Argentina posee consonancias con tendencias regionales e incluso hemisféricas. La opción kirchnerista de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner busca esmerilar la ubicación de centro-izquierda para captar el electorado afín al centro ideológico peronista e incluso al centro-derecha desencantado de la gestión gubernamental de Cambiemos. La opción oficialista de Mauricio Macri y el peronista conservador Miguel Ángel Pichetto pugna por ocupar el mismo espacio pero también conquistar el voto peronista antikirchnerista.

¿Juega un rol en esta coyuntura del kirchnerismo la izquierda juvenil que habría surgido alrededor de La Cámpora, ciertos núcleos intelectuales y otros sectores con mayor inclinación a metas ligadas a lo emancipatorio? Dada la verticalidad del mando defendida en la cultura política peronista, de la que participa el kirchnerismo, las decisiones de “la Jefa” supeditaron el destino de su fuerza política a su propio criterio. Es que a diferencia de la izquierda en el peronismo de los primeros años setenta, el centro-izquierda asociado al kirchnerismo careció de voluntad de desafío a los mandos reconocidos.

Aunque los apoyos desde la izquierda progresista al kirchnerismo, incluso ante la más centrista fórmula Fernández-Fernández, no se han modificado sustancialmente pues juzga que es preferible a la derecha macrista, la evacuación del centro-izquierda acrecienta la posibilidad de una captación de ese voto en apariencia sin representación por las izquierdas ajenas al kirchnerismo.

Las candidaturas presidenciales de la izquierda son esencialmente trotskistas. Una mayoritaria ligada al Frente de Izquierda y de los Trabajadores, el FIT Unidad, y otra vinculada al Nuevo Movimiento al Socialismo (Nuevo MAS). Es un paradójico desafío para las izquierdas anticapitalistas verse liberadas por el desplazamiento del kirchnerismo hacia el centro ideológico. Ya no basta con señalar, como hizo la izquierda socialista durante 2003-2015 en polémica con la izquierda progresista, las limitaciones del kirchnerismo para realizar tareas tradicionalmente vinculadas con la izquierda: combate a la desigualdad social, legalización del aborto, transformación progresiva del sistema impositivo, combate a la destrucción extractivista de los recursos naturales, entre otros. Al habilitarse un espacio discursivo de izquierda y centro-izquierda, las izquierdas políticas se ven obligadas a construir un programa dirigido a definir una voluntad popular de transformación real en la que convivan la gestión progresiva y la acumulación política hacia una proyección de cambio social.

La coyuntura brinda así una oportunidad histórica a la izquierda argentina. Ninguna fuerza política sostiene con convicción demandas ligadas a una política de izquierda. ¿Sabrá este sector recomponer su perspectiva política usualmente atenida a un discurso para minorías intensas a la luz de la desocupación del espacio ideológico de centro-izquierda por parte del peronismo? Si lograse saberlo, ¿podrá evadir su histórica marginalidad y constituirse en opción política para la clase obrera y las demandas populares sin representación?

Fuente: Revista Rosa

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