John William Cooke y René Salamanca. Sobre La astucia de la Razón y lo “apócrifamente auténtico”

En La astucia de la razón, una novela del año 1990, el escritor José Pablo Feinmann propone una ficción que tiene a Cooke como uno de sus personajes centrales. El autor construye un diálogo entre Cooke y René Rufino Salamanca.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos

Jorge Luis Borges

 

Este último fue, en los comienzos de su itinerario político-sindical, un destacado dirigente del gremio metalúrgico, delegado de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Luego pasó a formar parte del gremio de los mecánicos, el Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA) siempre en la provincia de Córdoba.

 

Nacido en la localidad cordobesa de Las Varillas, en 1940, desde muy joven Salamanca se vinculó a la actividad política y sindical de su provincia. Fue uno de los fundadores de la Agrupación Sindical Felipe Vallese, en el gremio de los metalúrgicos, y de la Agrupación Clasista 1º de Mayo, en el gremio de los mecánicos. Pero sobre todas las cosas, Salamanca fue una cabal expresión del sindicalismo clasista, anti-patronal, antiburocrático y democrático, un hombre de izquierda que en 1968 se incorporó al pro-chino Partido Comunista Revolucionario (PCR), pero que siempre conservó, en el plano gremial, el apoyo de una buena parte de los trabajadores que se identificaban con el peronismo.

 

En 1972 Salamanca fue elegido secretario de la seccional Córdoba del SMATA, una de las más importantes del país por aquellos años.

 

Las clases dominantes argentinas tenían bien en claro el significado de un dirigente obrero y popular como Salamanca, por eso la Dictadura Militar, en su caso particular, actuó con extrema celeridad y lo secuestró el mismo día del golpe, el 24  de marzo de 1976. Desde ese día, posiblemente uno de los más aciagos de toda nuestra historia, permanece desaparecido.

 

Feinmann también construye un diálogo entre Cooke y Hugo Hernández, un personaje de ficción, por pasajes una especie de alter ego del autor, pero no en el resto de la novela.

 

Más allá de que Feinmann se haya encargado en otros trabajos suyos de aclarar que esos diálogos eran ficcionales y, por lo tanto, no cabe hablar de un recurso innoble desde el punto de vista historiográfico, el primero, el diálogo entre Cooke y Salamanca, circula en Internet y en otros espacios como si fuese una versión verídica y literal, como un testimonio histórico en sentido estricto. Y, salvo que se trate de personas vinculadas a medios académicos u otros similares regidos por estrictos principios formales, suele interesar muy poco el carácter ficcional de este diálogo a la hora de considerarlo una fuente esclarecedora, útil para discernir la significación histórica de Perón y el peronismo y, en general, para problematizar y comprender la historia argentina de las últimas cinco décadas. Es probable que eso ocurra por diversos motivos que van de la destreza literaria de Feinmann al grado de verosimilitud contextual del diálogo. O porque, como decía el escritor Alberto Laiseca, no hay “nada más ficcional que el realismo, donde todo lo que escribimos está bajo luz del recorte ideológico”.[1] Entonces, hablamos de una verosimilitud que, como veremos, no tiene que ver precisamente con aquellos aspectos que podríamos denominar “heurísticos”, sino con la capacidad del autor para moverse con soltura en la frontera de lo probable, utilizando hábilmente los ornamentos característicos de las verdades aparentes y metiendo la totalidad en lo que el citado Laiseca llamó “la bolsa insondable del etcétera”.[2] Feinmann no compone lo que Jorge Luis Borges llamaba un “carnaval inútil”, no cae en el vicio de algunos “libros parasitarios”, es decir; no coloca a “Don Quijote en Nueva York”.[3]

 

No nos parece descabellado analizar el relato de Feinmman a la luz de la historia. Tal vez la usual decodificación de la “ficción histórica” de Feinmann en clave de “realidad histórica” provenga del hecho de que tanto Cooke como Salamanca siguen habitando los pliegues de la memoria profética de los y las rebeldes por venir. Sus nombres conservan potencial subversivo y de ningún modo pueden asociarse al pesimismo respecto de las posibilidades que abren el protagonismo popular conciente y la acción humana. Cooke y Salamanca son la antítesis del desencanto y sus figuras, si consideramos el orden vigente, constituyen una denuncia. Por lo tanto, en ellos, se torna estrecho el vínculo entre el pasado y el presente.

 

Va de suyo que conviene evitar la asociación metafísica y positivista entre realidad-verdad y ficción-mentira. En lo posible, hay que hacerlo sin precipitarse en algunas exageraciones típicas de los formalistas. En La Astucia de la razón, la frontera entre la realidad y la ficción no son nítidas. A no olvidarse: “nada más ficcional que el realismo”. Como tampoco son nítidas las fronteras entre la historia y la política o entre la literatura y la política. Para nosotros un análisis histórico-político no tiene que ser extra estético. Todo lo contrario. Pero Feinmann no propone recursos “desorbitados” y eso hace compleja la tarea de discernir entre lo que es imaginación literaria e imaginación histórica.

 

El relato de Feinmann presenta a cuatro jóvenes estudiantes de la carrera de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Todos rebozan de ideas, energía, confianza, pasión intelectual y cierto fervor especulativo. En noviembre de 1965, Pedro Bernstein, Ismael Navarro, Pablo Epstein y Hugo Hernández se trenzan en un debate trasnochado y visceral sobre el sentido final de la filosofía.

 

Bien avanzada la narración, prácticamente en la mitad del libro, en el capítulo VI, uno de ellos, Hernández, el personaje de aparición más tardía, el personaje demorado, interviene de modo decisivo. Su función en el relato consiste, de alguna manera, en saldar esa discusión sobre el sentido último de la filosofía. O colocarla en un punto más alto, proponer una superación.

 

Hernández le va a plantear a sus compañeros que la frase que expresaba el sentido último de la filosofía no había sido dicha o escrita por ningún filósofo sistemático, de esos de los que da cuenta la historia de la filosofía, sino que había sido pronunciada por el militante revolucionario argentino John William Cooke, que era claramente un intelectual pero no un filósofo en sentido estricto. Como Hernández había sido testigo de ese momento culmine de la filosofía, se convierte en el narrador principal del capítulo, los otros personajes prácticamente no intervienen en este capítulo, se limitan a escuchar el relato de Hernández.

 

Feinmann parte de una circunstancia real y bien documentada: la conferencia dictada por Cooke en Córdoba el 4 de diciembre de 1964, en la sede de la FUC (“Universidad y país”). En un primer momento dicha conferencia tendría lugar en el aula magna de la Facultad de Arquitectura, pero las autoridades la prohibieron. Una parte del relato se sustenta en los argumentos vertidos por Cooke en esa conferencia.

 

Hernández, enterado de la conferencia de Cooke, decide viajar desde Buenos Aires a Córdoba junto a otros compañeros de la Unión Nacional de Estudiantes (UNES), agrupación política de la que era dirigente. Van a Córdoba en procesión, como quienes van detrás de un profeta o de un oráculo.

 

Hernández describe a Cooke.

 

La voz de Cooke era, brillante y potente, era, sin más, la brillante voz de un hombre brillante, y Cooke era así, tal como ahora lo veíamos y tal como lo  habíamos visto antes, algunos en persona, otros en fotos siempre borrosas, algo clandestinas, Cooke era así, es decir, era gordo y usaba barba, y usaba, también, un lenguaje agudo, conceptual, pero asimismo dramático y hasta épico…”.[4]

 

Lo que Feinmann-Hernández comentan en un principio es lo que se puede leer en esa conferencia de Cooke.

 

Pero luego Feinmann construye (“inventa”) una historia que ubica en el momento inmediatamente posterior a la charla de Cooke. Sucede que Hernández, casi por casualidad, termina sumándose a una reunión informal, con vino de damajuana y empanadas, que tiene lugar en el local del gremio de los mecánicos cordobeses, en la calle 27 de abril. Feinmann construye esa historia “como si” fuera la reconstrucción de “la historia”.

 

En esa reunión participan Cooke, Salamanca y otra figura histórica real, Antonio Marimón, alias El Flaco, un intelectual vinculado a Salamanca, autor en la década del 80 de la novela El antiguo alimento de los héroes[5], junto a otros miembros del sindicato. Por cierto, es Marimón quien invita a Hernández a subir a uno de los autos que se dirigen al local sindical después de la conferencia de Cooke.

 

De este modo, Hernández, primero es testigo de una conversación antológica de la historia política argentina y, más tarde, se convierte en protagonista exclusivo de otra circunstancia más íntima dónde Cooke pronuncia la frase que develaría el sentido último de la filosofía.

 

Hernández, entre otros, “registra” los siguientes pasajes de la charla Cooke-Salamanca:

 

“Mirá, Gordo”, dice Salamanca, “el problema es este: los obreros son peronistas, pero el peronismo no es obrero”. A lo que Cooke responde: “Si el peronismo fuera obrero como los obreros son peronistas, la revolución la haríamos mañana mismo”. Salamanca insiste: “Tenemos que conducir a la clase obrera al encuentro con su propia ideología, compañero. Que no es el peronismo”. “Estás equivocado”, dice Cooke. “Eso es ponerse afuera de los obreros. Eso es hacer vanguardismo ideológico Salamanca…”

 

El debate continúa, Salamanca es punzante, rasca donde pica. No vacila. No necesita recurrir a palabras impresionantes. Sus argumentos poseen una carga de legitimidad extraordinaria que enriquece el diálogo. Salamanca era un hijo auténtico de la clase trabajadora argentina, un descendiente de campesinos devenido obrero industrial urbano, un hombre del Interior, un “cabecita negra”, revolucionario y de izquierda. No se trata de un pequeño burgués intelectualoide atiborrado de prejuicios liberales, de un “gorila de izquierda”. Una porción importante de su mundo cultural no era ajeno al de la clase trabajadora argentina. De algún modo su condición representaba las limitaciones del peronismo. Pero, al mismo tiempo, era un crítico de las prácticas sectarias y elitistas de la izquierda, de las organizaciones cuya praxis se asemejaba a una fábrica: recibir una línea en cuya elaboración no se había participado y aplicarla a pie juntillas. El discurso de Salamanca no se organizaba a partir de la articulación de consignas.

 

Pero Cooke es preciso e irrebatible. Sabe de antemano todas las respuestas porque conoce las preguntas desde hace rato. La conversación llega a su climax cuando Cooke exclama: “me cago en Perón Salamanca” (Hernández-Feinmann aclaran, con mucho tino, que se trata de una  afirmación teórica, de ningún modo de un insulto). Tras lo cual Salamanca dice: “Nosotros también nos cagamos en Perón”. Pero Cooke insiste: “No compañero no estamos de acuerdo. Porque ustedes se cagan en Perón de una manera y yo y los peronistas como yo de otra. Porque para ustedes, compañero, cagarse en Perón es quedarse afuera. Afuera de Perón y de la identidad política del proletariado. Mientras que para nosotros, cagarnos en Perón, es rechazar la obsecuencia y la adulonería de los burócratas del peronismo…”. Y cierra: “Porque Perón, Salamanca, va a tener que aceptar lo que realmente es, lo que el pueblo hizo de él: el líder de la revolución nacional y social en la Argentina. Ésa es, entonces, compañero, en suma, mi manera de cagarme en Perón”. [6]

 

Se puede decir que lo medular del diálogo ficcional entre Cooke y Salamanca se refiere al sentido de la sentencia escatológica: “me cago en perón”. En primer lugar cabe destacar que lo fecal remite a una coincidencia de fondo: la revolución no puede pensarse sin apelar a la corporalidad. Hay que poner el cuerpo. Luego, ambos estaban de acuerdo en que esa afirmación tan categórica significaba cuestionar el rol de Perón que consistía en escindir al pueblo de lo que podía como pueblo, en succionarle o desviarle la potentia.

 

¿Creía realmente Cooke, en 1964, que a Perón se le podía imponer esa condición de líder revolucionario o que el general terminaría aceptándola como un hecho consumado? Creemos que existe evidencia suficiente para sostener que Cooke, en ese tiempo no consideraba seriamente esa eventualidad. Por el contrario, era plenamente conciente de todos los equívocos que poblaban al peronismo. Sólo basta con ver sus textos de la época. En este pasaje en particular, e hilando más fino, puede hablarse de un exceso de arbitrariedad en la articulación de ficción y realidad histórica, de recurso literario y contenido. Feinmann construye un inverosímil Cooke “movimientista”. Le asigna a Cooke una posición extemporánea que será característica de la organización Montoneros a comienzos de la década del 70. Cabe agregar: extemporánea y ajena al Bebe, que fue un precursor del “alternativismo”.

 

Lo cierto es que Perón tenía formas más eficaces de “cagarse en Cooke” y en todo lo  significaba Cooke por aquellos años.

 

Pero la cosa no termina ahí. También por pura casualidad, Hernández se da cuenta de que Cooke se alojaba en el mismo Hotel, uno con un nombre a contramano de los acontecimientos: “Hotel Mitre”. Un nombre paradojal, como el propio nombre de Cooke.  De este modo caminan y conversan varias cuadras en medio de una fresca madrugada cordobesa. Por un momento parece que la voluntad de Cooke se toma un descanso. Un breve recreo de inacción. Pero no.

 

En esa charla íntima, en las calles de la docta, Hernández asiste a una “confesión” de Cooke. Las confesiones de madrugada con la complicidad de las sombras suelen ser de una eficacia literaria categórica. Después de la conferencia y de la charla con Salamanca, después de las empanadas y el vino, atravesando calles apacibles, en compañía de un muchacho que lo idolatra y lo venera, Cooke aparece relajado y abre su corazón. Con la ironía de un veterano, sentencia: “Una certidumbre es siempre un viaje”. “Pero no hay muchos viajes pibe. Porque sólo hay tres certidumbres” […] “Uno cree en Dios, en la revolución, o en el suicidio”. Luego le manifiesta su admiración por Jorge Luís Borges –otra paradoja–, le dice: “Cómo escribe ese gorila, eh”. Y le cuenta que tradujo, del castellano al inglés, un cuento de Borges que trata sobre irlandeses y marxistas, sólo para su solaz, y trae a colación una frase como signo de perfección: “An angry looking scar crossed his face”, o sea: “le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa”. Así comienza el cuento “La forma de la espada”, de 1942, que figura en Ficciones y trata básicamente sobre la traición y la cobardía.[7]

 

También le comenta que estaba cansado de ser Cooke. Afirmación que para Hernández-Feinmann es absolutamente borgeana. Y le dice que “un revolucionario es un buen traductor. Un tipo que traduce al lenguaje de la política los signos de su tiempo”.[8] En el relato de Hernandez-Feinmann, Cooke aparece como un hombre auténtico, vital, pasional, generoso y profundo. Y todo indica que, en verdad, así era el Bebe.

 

Al finalizar el trayecto, al pie de la entrada del Hotel Mitre, Cooke lanza la frase que, según Hernández, condesaba revolución, dialéctica, la tesis XI de Marx sobre Feuerbach: en fin, la Historia misma, el sujeto apropiándose de su sustancia, asumiendo su voluntad histórica de ser. Cooke pronuncia la frase demorada que develaba el sentido último de la filosofía y lo hace hegelianamente, aunque más por la forma que por el fondo. Lo hace apelando a una formula poética, rotunda pero en verdad poco especulativa y fervorosamente empírica (que, como sabemos, también es sartreana). Cooke le dice a Hernández mientras la palmea el hombro, “Porque el peronismo pibe… el peronismo es el hecho maldito del país burgués”.[9]

 

Feinmann muestra a Cooke como un genuino representante de una forma de filosofar propia de Nuestra América. Una forma colectiva, humana, compasiva, visionaria. Cooke representa el rechazo de la filosofía como exaltación de la idea pura y la reivindicación de todo aquello que pretende convertirla en praxis. Esto es, sencillamente, la opción por la articulación entre la idea y la realidad. La certeza de que las revoluciones son acontecimientos originales e irrepetibles.

 

¿Exageran Hernández-Feinmann al asignarle ese significado tan relevante a la sentencia cookista? No demasiado. Porque, aunque Hernández-Feinmman no lo digan de este modo estricto, están planteando que para Cooke una “universalidad”, pongamos por caso: la revolución socialista, para poner en práctica sus categorías principales necesita fondear en materialidades concretas, es decir, en particularidades, pongamos por caso: el peronismo en los tiempos de Cooke (y en tiempos inmediatamente posteriores a su muerte) o un momento cualquiera de “coagulación” de la memoria colectiva. La frase de Cooke es una crítica a las aproximaciones sistemáticas (a las teorías dizque revolucionarias) más atadas a las verdades sintácticas y que hacen agua, precisamente, a la hora de fondear en materialidades concretas.

 

Lo que la frase Cooke reclama es la fidelidad a las verdades semánticas, al tiempo que dice que es inevitable exponerse a los riesgos, a los accidentes, a los errores implicados en toda praxis colectiva que busca exceder el capitalismo y construir una  sociedad emancipada de todas sus cadenas y sus miserias.

 

Claro está, esa materialidad concreta, ese momento de “coagulación” de la memoria colectiva, ese “deseo social”, hoy, ya no se llama peronismo. Va de suyo que existe el peronismo, y probablemente existirá por mucho tiempo, pero irremediablemente será otra cosa distinta (y antagónica) a un espacio real de transformación radical de la realidad. Como ya hemos señalado, el peronismo hace tiempo que no presenta resquicios en los que puedan desarrollarse dimensiones similares a la de los años 60 y 70. Ya no cuenta como territorio retorcido y preñado de dilemas y promesas liberadoras para los y las de abajo. De esa categoría de promesas que permiten achicar la distancia entre el deber ser y el ser. Ya no lo habitan instantes de peligro, apenas la promesa amarreta de desarrollar estrategias de integración subordinada de los y las de abajo al sistema de dominación.

 

¿Feinmann construye una ficción verosímil –relativamente verosímil, por cierto– o ficciona un testimonio de alguna persona real? Una lectura atenta nos lleva a aceptar la primera alternativa. Salvo que medie un testimonio (o varios) plagado de inexactitudes. Nos explayamos. Hablamos de la construcción de una ficción  “relativamente verosímil” porque, además de la mencionada escasez de recursos desorbitados, existen algunos elementos endebles desde el punto de vista histórico, y no estamos hablando sólo de lo que puede ser materia de interpretación, sino también de los “datos crudos”.

 

Ya hemos planteado la falta de correspondencia histórica de un Cooke “movimientista”, pero también hay otras cosas. En primer lugar Salamanca, en 1964, no formaba parte del gremio de mecánicos sino que revestía en el gremio metalúrgico, por lo tanto el local del SMATA no era el mejor escenario para ese encuentro. Luego, aunque sabemos que Cooke era un hombre alejado de ciertos convencionalismos sociales y de toda pose solemne, no nos parece muy creíble el tono de extrema confianza del diálogo Cooke-Salamanca. Cuesta imaginar al joven dirigente cordobés de 24 años tuteando a Cooke, llamándolo, “Gordo”, a mediados de la década del 60 y sin tener una relación íntima. Antonio Marimón, por su parte tenía 20 años y por ese tiempo era un estudiante que asistía un seminario de Literatura de Noe Jitrik donde se leía a Cortázar, especialmente Rayuela. O sea, el personaje Hernández tiene aproximadamente la misma edad que Marimón y es sólo unos pocos años más joven que Salamanca. No se percibe esa cercanía en el relato, por el contrario, se nota cierta distancia generacional. También nos resulta incierto un Cooke que habla de sí mismo en tercera persona, como solía hacerlo Perón.

 

Feinmann coloca delante de Cooke a un Salamanca que, evidentemente, no existía en 1964. El Salamanca del diálogo se parece más al que se incorpora al PCR en 1968, al dirigente posterior al “Cordobazo”, al que ingresa con toda su experiencia a la planta de la fábrica IKA-Renault, al que gana la seccional la seccional Córdoba del SMATA en 1972, se convierte en Secretario General del gremio y alcanza proyección nacional;  y no al joven “metalúrgico” de 24 años que era en 1964.

 

Finalmente, si nos atemos a la versión de Marimón en El antiguo alimento de los héroes, específicamente al relato el “El ausente”, todo indica que la relación entre él y Salamanca se inició el mismo día del “Vivorazo”, el 15 de marzo de 1971. Ese día Marimón traspasa por primera vez la “pesada puerta de roble” de la casa de los mecánicos, en la calle 27 de abril. Un lugar “mitológico”.

 

Marimón traza, además, un perfil de Salamanca que nos remite a los comienzos de la década del 70. Ese perfil es el que toma Feinmann, pero para situarlo a mediados de la década del 60. Podemos leer en “El ausente”: “Era una virtud suya ordenar la confusión, imponer su propia seguridad” […] Los cierto es que era caudillo nato, un político que poseía el don de atraer la vibraciones y convertirlas en acontecimientos” […] “Su voz era metálica tirando a aguda y su estilo directo, de orador de masas obreras”.[10]

 

En realidad Marimón se distancia del narrador. El personaje que habla es “Rubén” y nunca queda claro si se trata de un nombre de guerra, un alter ego o un “doble de riesgo” de Marimón (suponemos que se trata de esto último). Lo que sí está claro es el rol de ideólogo que le asigna Feinmann en su novela, claro está, con un defasaje histórico de poco más de un lustro. Dice Marimón/Rubén: “…me extenuaba para ser  eficaz y me enorgulleció como ningún otro un elogio de un delegado de fábrica: René es el cuerpo, pero aquel flaco, –y me señaló– es el espíritu”.[11]

 

El libro de Marimón, como el de Feinmann, está atravesado por el contrapunto entre literatura y política. Como bien señaló Beatriz Sarlo respecto de El antiguo alimento de los héroes: “Alguien se prepara para ser escritor, en Córdoba, a fines de los años sesenta […] Alguien se prepara para ser escritor y, de pronto, encuentra en su camino a la política”.[12]

 

En su libro Cabecita negra. Ensayos sobre literatura y peronismo, Mariano Pacheco analiza la película Los traidores de Raymundo Glayzer y afirma que: “Resulta interesante reparar en las ventajas que otorga la ficción para construir un personaje de tipo ‘realista’ (en el sentido marxista del concepto, es decir, que logra ofrecer un ‘tipo’, concretar en sí una determinada cantidad de elementos y contradicciones sociales)”.[13] Cooke y Salamanca son personajes de este tipo. Por esta condición de “símbolos supremos” de los personajes, disminuye el riesgo de que las ideas los opaquen o que directamente se los engullan. La eficacia del relato de Feinnman radica, principalmente, en su capacidad para conciliar una tesis filosófica y política con el arte, la idea con el lenguaje, el contenido con el código, logrando un equilibrio entre la realidad y la ficción absoluta, entre las circunstancias históricas y la imaginación. Recurriendo a la terminología de Pierre Menard, podemos afirmar que Feinmann se aproxima a una creación “apócrifamente auténtica”.[14] Además, debemos reconocer que Feinnman parte de personajes “directos”, que carecen de toda plasticidad entre otras cosas porque son generosos, porque no mienten. Ambos expresaban, cada uno a su modo, la lucha de clases en las fábricas y en el sindicalismo y a una clase trabajadora politizada, con iniciativa y con cierto grado de independencia respecto de la hegemonía ideológica y cultural del capitalismo. Entonces, ni Cooke, ni Salamanca son materia moldeable hasta la deformidad, como Perón, por ejemplo, que resulta mucho más maniobrable literariamente como suele ocurrir con las figuras egocéntricas y ambiguas. ¿Es válido afirmar que el relato aporta más a la reflexión histórica y política y menos a la literatura? ¿Acaso la clave en la que se lo decodifica usualmente no podría presentarse perfectamente como la mejor evidencia? Nosotros creemos que no tiene mucho sentido plantear una escisión tan tajante entre política y literatura, menos en la Argentina. Como V. I. Lenin, creemos en las posibilidades transformadoras de la “acción literaria”.

 

En el mismo libro, en el capítulo VIII, Feinnman “inventa” un diálogo entre Karl Marx y Felipe Varela, que a nadie se le hubiese ocurrido confundir con un momento histórico. Es cierto que los datos disponibles lo hacen absolutamente inverosímil. Todos sabemos que Marx nunca estuvo en el Pozo de Vargas, en la provincia de La Rioja, en el Norte argentino, en las vísperas de una batalla que sellaría la derrota del Caudillo federal catamarqueño alzado contra el proyecto porteño. Pero el diálogo, en ciertos aspectos de fondo, es igual de atractivo que el anterior. Y los personajes también son del tipo “realista”. Vale tener presente que la batalla del Pozo de Vargas fue en 1867, el mismo año en que se publicaba El Capital. No es una simple coincidencia. Es una encrucijada.

 

El Marx que Feinmann coloca frente a frente con Varela elude el estereotipo fácil. El Marx que no comprendió a Simón Bolívar perfectamente podría no haber sentido ninguna empatía con Varela. Pero Feinmann no construye un Marx fríamente determinista y colonialista, empecinado en la concreción de un proceso objetivo y unilineal, previsto e idealizado. No se basa exclusivamente en el Marx de inicios de la década del 1850, en el joven Marx. En última instancia se trata de Marx, no de Juan Bautista Justo o de Vittorio Codovillla.

 

En la versión de Feinmann, Marx aparece atormentado, desdichado; expresando una contradicción lacerante entre la “necesidad histórica” y la opción por los oprimidos. Y así como el Marx real mostró siempre su admiración por Espartaco, por Müntzer, por la Comuna de París, entre otros derrotados; el Marx de Feinmann detesta al sanguinario de Bartolomé Mitre pero no puede dejar de verlo como el portador de un “orden superior” e “inevitable”, como una traumática pero ineludible estación de paso. Simpatiza abiertamente con Varela, pero al mismo tiempo no puede evitar considerarlo una especie de rémora, una antigualla, una expresión de unas bases materiales insuficientes frente al desarrollo de las fuerzas productivas, el progreso, la modernidad, la razón o la realidad misma (si nos atenemos al punto de vista de Hegel y de Perón). O sea: Marx se presenta solidario con la alteridad, pero resignado ante la ontología totalizante de la teleología. El quijotesco caudillo Varela, sólo cabe en su teodicea grandiosa como momento a ser superado.

 

Para Marx, Varela estaba derrotado de antemano, sentenciado por la historia, por una razón que, a la corta o la larga (por medios lineales o apelando a alguna “astucia”), terminaría imponiéndose. Desde un punto de vista ético y moral Marx está con los oprimidos, pero desde del punto de vista “científico” está convencido de que la contradicción se resolverá a favor de la necesidad y la inevitabilidad histórica. Marx separa la perspectiva cognoscitiva de la perspectiva ética. No considera el trasfondo colonialista, no ético y absolutamente inmoral, de la primera. Por cierto, en la invención de Feinmann, Marx aparece hablando para “los otros” (cuya suerte considera ya decidida) mientras que Varela simplemente habla con Marx.

 

Marx asigna prioridad a los principios teóricos, a unas supuestas “verdades universales” (¡leyes!), a una especie de demiurgo material (que se parece mucho a un remedo de la idea absoluta que se desarrolla a sí misma) en fin, a unas abstracciones. Aferrado a una visión teleológica de la historia, saturado de siglo XIX, no contempla las “posibilidades históricas”. No considera las especificidades, las situaciones concretas, los desarrollos desiguales y combinados (o directamente, desconectados). No toma en cuenta lo meramente tendencial e hipotético; o peor, no quedan claras las diferencias entre las categorías tendenciales y las categorías lisa y llanamente fatalistas. No logra percibir la potencia de los formatos colectivistas, la capacidad de autodeterminación de los y las de abajo. Parece olvidar que la verdad es una cuestión de praxis y que los hombres y mujeres pueden transformar sus circunstancias. No puede articular la realidad con los ideales, porque es portador de una filosofía que poseía algunos sustratos que colisionaban con las condiciones que ofrecían las realidades periféricas. O Porque tiene internalizado un conjunto de instrumentos hermenéuticos inadecuados para la dinámica de la historia que transcurría en los márgenes. Puede que hacia 1867 esa haya sido la elección de Marx, pero esto es sólo una conjetura.[15]

 

Entonces, desde la batalla del Pozo de Vargas y desde la aparición de El Capital, desde el apócrifo encuentro entre Marx y Varela (la realidad y la ficción se reparten  aquí la carga simbólica en forma pareja), queda instalada la necesidad de una frase que proponga la superación de esa y otras contradicciones derivadas, que ofrezca una perspectiva cognitiva que supere la falacia reduccionista, descontextualizada y a-crítica de la racionalidad instrumental euro-céntrica y que sea capaz de incluir al extenso conjunto de dimensiones de una realidad histórica heterogénea, discontinua… En la Argentina, la frase se demorará un siglo, hasta que, finalmente, la termine pronunciando Cooke, descarnado y altisonante, espontáneo e hiperbólico, en una madrugada cordobesa, con aliento a empanadas y vino tinto.

 

A modo de cierre queremos destacar que, posiblemente, el dialogo ficcional entre Cooke y Salamanca sea mucho más eficaz que otros relatos “reales”. Sobre todo cuando se trata de sintetizar algunos problemas irresueltos de la argentina contemporánea. Y lo es a pesar de sus elementos más falibles y hasta evitables, como sus “leves anacronismos” o sus hechos parciales; de sus detalles indocumentados y de sus costados interpretativos más discutibles.

 

[1] Véase: Laiseca, Alberto: “Para leer el Matadero”. En: diario Página/12, Suplemento Radar, 25 de marzo de 2017, p. 27. [Se trata de una conferencia pronunciada en la Biblioteca Nacional en el año 2007].

[2] Ibídem.

[3] Véase: Borges, Jorge Luis, “Pierre Menard, autor del Quijote”. En: Ficciones. En Obras Completas, Tomo I, Buenos Aires, Emecé, 1996, p. 446.

[4] Feinmann, José Pablo, La astucia de la razón, Buenos Aires, Planeta, 2014, pp. 144, 145.

[5] Marimón, Antonio, El antiguo alimento de los héroes, Buenos Aires, Puntosur, 1988.

[6] Ibidem, pp. 155,156,157,158.

[7] Véase: Borges, Jorge Luis, Op. cit., pp. 491-495.

[8] Feinmann, José Pablo, Op. cit., pp. 1166, 167, 168, 169.

[9] Ibídem, p. 170.

[10] Marimón, Antonio, Op. cit., pp. 134, 135, 137.

[11] Ibídem, p. 138,

[12] Sarlo, Beatriz: “Sobre El antiguo alimento de los Heroes”. En Marimón, Antonio, Op. cit, p. 224.

[13] Pacheco, Mariano, Cabecita negra. Ensayos sobre literatura y peronismo, Buenos Aires, Punto de Encuentro, 2016, p. 264.

[14] Véase: Sazbón, José, Historia y representación, Quilmes, Universidad Nacional de Quilmes, 2002, p. 334.

[15] Por supuesto, existen pasajes de la obra de Marx, cuyos alcances teóricos y éticos muy vastos, en los que esta tensión aparece resuelta de otro modo. Es decir, sin caer en un evolucionismo de tipo unidireccional, más cerca de la noción de “desarrollo desigual”, de la opción por las “posibilidades históricas”, de los análisis contextuales. Por ejemplo, pasajes en los que Marx se opone de plano a quienes querían convertir lo que él consideraba un “esbozo histórico sobre la génesis del capitalismo en Europa Occidental”, en una “teoría histórico-filosófica sobre la evolución general” (nótese la contraposición entre “esbozo” y “teoría”); donde muestra sus simpatías con los populistas rusos; donde se refiere a las posibilidades regeneradoras que presentaba la tradicional comuna campesina rusa (“una forma elevada”) en la transición al socialismo; etc. Véase: Petruccelli, Ariel, Ciencia y utopía. En Marx y en la tradición Marxista, Buenos Aires, Herramienta-El Colectivo, 2016.

 

 

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