Juana Azurduy, cuerpo y espíritu para la libertad

Como parte del Dossier: “Bicentenario: la Independencia en debate”, producido conjuntamente por Marcha y Contrahegemonía, nos adentramos en la vida y legado de Juana Azurduy, heroína en las luchas de la liberación, a 200 años de la Independencia.

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Una imagen la define completa: Juana, con su beba recién nacida, enfrentando a los custodios de su propio Ejército, que la creen puérpera e indefensa e intentan robar su botín, y asesinarlas.

Defiende a su cría con espada y galope, se arroja a las aguas del río y emerge en la orilla: sola, mojada, rabiosa, desilusionada… pero no débil, ni vencida.

Si Juana logró transformarse en todos estos años en una figura trascendente para la Argentina y Latinoamérica es por la leyenda que se fue gestando a su alrededor pero, sobre todo, por lo que sí realizó: nunca darse por vencida y tomar la lucha por la libertad como su estandarte de vida.

En la biografía que se cruza entre el mito y lo que pudo comprobarse con documentos, dice que nació el 12 de julio de 1780 en La Plata, Alto Perú, y que su apellido era Azurdui o Azurduy, según la fuente que se consulte. Que acompañaba a su padre en las tareas de la hacienda, que montaba a caballo como una amazona y que vio la injusticia de cerca desde pequeña. También que quedó huérfana de adolescente y que sus crueles tía y tío la enviaron a un convento donde no duró mucho tiempo, por su rebeldía constante.

Lo cierto es que se casó muy joven con Manuel Ascencio Padilla, un labrador que había recibido influencias libertarias de varios amigos que habían estudiado en la Universidad San Francisco Xavier. Los “académicos de Chuquisaca” llamaban a los egresados que pensaban, más que en la independencia, en un nuevo régimen deseable: se convirtieron en una contracorriente con conocimientos académicos (políticos, administrativos) y, a la vez, defensores de derechos de indios y cholos.

El alzamiento en Chuquisaca el 25 de mayo de 1809, luego frustrado, vio la esperanza en la Revolución de Mayo exactamente un año después en la ciudad de Buenos Aires. Y fue por eso que Manuel y Juana comenzaron a vincularse con los que estaban a cargo de las sucesivas expediciones (Ejército Auxiliar del Norte) que se enviaban hacia el Alto Perú para reclutar a quienes pudieran contener los primeros embates de las fuerzas realistas, para que no llegaran hasta Buenos Aires. En esa solidaridad con los rioplatenses, Manuel y Juana, esperaban tejer el camino hacia la libertad de su pueblo. Así, contra los ejércitos bien entrenados y armados que llegaban desde España, empezó a surgir una guerrilla fuerte: batallones que enfrentaban a los realistas, con armas que les robaban: cañones, trabucos, pistolas, pero también con sables y legiones de indígenas con arcos y flechas. Todo valía en una guerra en principio desordenada pero llevada adelante con valentía y años de opresión sobre los hombros.

Fue por esos años que Juana decidió tomar las armas y acompañar a su esposo. Manuel era perseguido por el alzamiento de Chuquisaca y Juana y su familia habían sido apresados en más de una oportunidad y estaban acorralados. Su decisión tuvo que ver con sentir que sería más útil en la batalla, luchando, que  quedándose en la casa, donde ya tampoco estaban seguros, ni ella ni sus hijos e hijas.

 

Las batallas

Para cuando llegó Manuel Belgrano en la segunda expedición del Ejército del Norte, ya no era Buenos Aires quien ayudaba a las guerrillas de Charcas sino que, por el contrario, eran su esperanza de resistencia. La zona llevaba cuatro años de conflicto, durante los cuales la población sufría invasiones, confiscaban sus campos y bienes, arrasaban su libertad; y fue así como los pueblos originarios, que ya no tenían nada que perder, resultaron de los primeros en ponerse a las órdenes de Belgrano. Y fue con él, hombre confiable y respetuoso de costumbres y tradiciones ajenas, con quien mejor entablaron relaciones Juana y Manuel.

La primera batalla que se registra de Azurduy es la de Ayohuma, en 1813. El Ejército de Buenos Aires estaba siendo masacrado cuando emergió el batallón de “Los Leales”, que hizo retroceder a los españoles: eran valientes, bravíos, y su jefa se movía de un lado a otro. “Entonces surge en la escena, causando general sorpresa, una hermosa y denodada mujer, con una legión de independientes: ¡Era Doña Juana Azurduy de Padilla! Pasiones cívicas, entusiasmo épico, pensamientos redentores, le animaban al sacrificio de la lucha”, escribió Macedonio Urquidi en 1919.

La batalla de las Carretas fue otra en la que participó, pero tomó relevancia nuevamente el asalto a Chuquisaca, a principios de 1816, cuando la ciudad fue sitiada. Allí dirigió a las tropas que se quedaron en esa ciudad toda la noche, ante el acecho de los enemigos, y se recuerda a Juana recorriendo las calles montada en su caballo “armada de pistolas y espada; parecía el jefe de las turbas invasoras (…); con indiferencia desafiaba la muerte, avanzando hasta cerca de las bocas de los cañones”.

Pero fue en la del Villar, la última de sus batallas en su tierra, donde el gesto heroico tuvo su símbolo máximo: arrebató el estandarte de las manos de los realistas. Con esa guardia de amazonas, fusileros criollos e indios armados de hondas y garrotes, Juana arrancó las banderas de las manos de sus enemigos, y la envió hacia las autoridades que, ya lejanas, hacían valer su propia libertad.

Por ese entonces, Manuel Belgrano, que no olvidaba la amistad y la valentía de Padilla y Azurduy, y enviaba una carta al gobierno de Buenos Aires, para que reconocieran a esa mujer con “valor y conocimiento en la milicia, poco comunes en las poco comunes en las personas de su sexo”. Sin embargo, Juana no peleaba sola y, por esos vaivenes de una historia que ensalzó (y sigue ensalzando) nombres masculinos en sus libros, los de las mujeres que conformaban su batallón se fueron perdiendo. Pero el 26 de julio de 1816, día en que Belgrano elevaba desde Tucumán la petición de que se reconociera a Juana como Teniente Coronel, escribía sobre esas amazonas anónimas: “Recomiendo a V.E., a la señora Azurdui ya nominada, continúa en sus trabajos marciales del modo más enérgico y a quien acompañan algunas otras más en las mismas penalidades, cuyos nombres ignoro…”.

Y en esa, su última batalla, la del gesto heroico y el trofeo arrebatado, también murió su compañero en la lucha y en la vida. Manuel Ascencio Padilla caía herido de muerte. Juana logró escapar, herida, junto a parte de su cuadrilla. Moría un hombre que supo poner, también, el cuerpo para las luchas de la libertad. Y también la pluma al servicio de las negociaciones con el gobierno de Buenos Aires. Una pluma lúcida, como puede leerse en la misiva que le enviara a José de Rondeau en agosto de 1815, quien estuvo a cargo del tercer Ejército del Norte, y quien le pedía a quienes luchaban en Alto Perú que doblegaran sus esfuerzos y “hostilice al enemigo”: “Ordena, V.S., hostilice al enemigo de quien ha sufrido una derrota vergonzosa. Lo haré como he acostumbrado hacerlo en más de cinco años por amor a la independencia que es la que defiende el Perú, donde los peruanos privados de sus propios recursos no han descansado en seis años de desgracias. (…) El Perú será reducido primero a cenizas que a la voluntad de los españoles. Para la patria son eternos y abundantes los recursos. Para el enemigo está almacenada la guerra, el hambre y la necesidad; sus alimentos están mezclados con sangre y, en habiendo unión, habrá patria”.

 

Otra lucha lejos de casa

Era 1816 y Juana había perdido a muchos seres queridos: a Manuel, a sus cuatro hijos e hijas, por las fiebres palúdicas, cuando los realistas perseguían a la familia de los esposos combatientes e iban haciendo que se adentraran, cada vez más, en los pantanos. Le quedaba Luisa, la niña que había parido en un alto en la batalla, pero ¿qué hacer? ¿Cómo regresar a una vida de hogar cuando en el hogar ya no hay una mano compañera, una risa infantil, un llanto nocturno para apagar los miedos? ¿Cómo volver a una vida de rutinas cuando se hundió el sable en un cuerpo enemigo y se mató y se vio morir en el tumulto de la guerra?

De las Provincias Unidas del Río de la Plata llegaban noticias de libertad, precisamente un 9 de julio de 1816, y entonces las y los libertadores del Alto Perú debían seguir ya una lucha solitaria. Juana se exilió en Tarija y luego llegó hasta Salta, para sumarse al Ejército del caudillo Martín Miguel de Güemes, con quien lo unía lazos de amistad y solidaridad, la enemistad con Rondeau y la indiferencia de Buenos Aires.

Ocho años permaneció en tierra ajena, primero con roles de mando y luego, tras la muerte del caudillo (otra más en el haber de Juana), a la espera de que las autoridades de su patria le dieran la posibilidad y los víveres para el retorno. Pudo regresar a su tierra natal en 1825, cuando la independencia era un hecho en el Alto Perú. Cuentan que ese año, el libertador Simón Bolívar “fue a visitar a doña Juana Azurduy y viuda de Padilla, llenándola de elogios, en presencia de todos los concurrentes, a los que les manifestó el valor y nombradía de la ilustre guerrillera chucaseña”.

Tal vez la carta en la que la nombraban Teniente Coronela no haya llegado nunca a sus manos, porque se encontraba ya en plena huida hacia el exilio. Por eso en todas las documentaciones donde reclama a las autoridades el pago de su pensión, lo hace como viuda de Padilla y no con su rango militar. Lo cierto es que Juana vivió modestamente, casi en la pobreza, hasta el 25 de mayo de 1862, cuando la muerte la encontró en su pequeña piecita.

Tuvieron que pasar muchos años para que se reconociera el valor de aquella mujer a la que indios y luchadores llegaron a apodar “la Pachamama”. Como a tantas otras que intervinieron en las luchas de las independencias en distintas partes de Nuestra América, y que nos esforzamos por que no sean sólo un recuadro en las notas principales sobre el tema. Micaela Bastidas, Bartolina Sisa (anteriormente), Policarpa Salavarrieta, María Remedios del Valle, Machaca Güemes, son nombres que traen la fuerza de mujeres que le pusieron el cuerpo a luchar por una libertad que, en general, no pudieron ver pero que dejaron como herencia y regalo al futuro de los pueblos por los que entregaron su vida.

 

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