La cultura está de luto

Acuden a la escena los manifestantes vestidos de negro, en el gris escenario de un final de invierno; caminan y se desplazan lentamente desde el Museo Nacional de Bellas Artes a las puertas del desaparecido Ministerio de Cultura, donde dejan reposar un cajón negro. Lo rodean de flores y una heladera vacía, símbolos contundente de un espacio que se forma de ausencias.

Fotos: Majo Grenni

Termina un Estado y comienza otro; un Estado minimizado, reducido, ajustado. Acuden a la escena los manifestantes vestidos de negro, en el gris escenario de un final de invierno; caminan y se desplazan lentamente desde el Museo Nacional de Bellas Artes a las puertas del desaparecido Ministerio de Cultura, donde dejan reposar un cajón negro. Lo rodean de flores y una heladera vacía, símbolos contundente de un espacio que se forma de ausencias.

“2014-2018. Aquí yace el Ministerio de Cultura de la Nación, ahorcado por las políticas de ajuste del gobierno de Cambiemos. Será velado en Av. Alvear 1690, sus restos serán entregados al FMI. ¡Tus trabajadorxs te abrazan!” Ése fue el epitafio utilizado para la movilización del 12 de septiembre en protesta por la degradación del Ministerio a Secretaria, el desplazamiento de los fondos de Cultura a las fuerzas de seguridad y el vaciamiento general de la cartera; por la la decisión, en fin, de cobrar el ingreso a la exposición temporaria del artista británico William Turner y el desconocimiento de convenios colectivos de trabajo. Estos y otros reclamos formaron una lista que se configuró bajo la consigna: “LA CULTURA ESTÁ DE LUTO”.

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Puertas adentro del museo, el cortejo pasa frente a las más significativas obras de denuncias sociales y reflexiones sobre la muerte. Así, recorren las salas, desfilan delante de Les premières funérailles (Los primeros funerales) del artista Barrias Louis-Ernest; suben las escaleras hacia el Monumento al Senador Rosazza de Bistolfi Leonardo, conocido como el poeta de la muerte. También ingresan a el cuarto donde se expone el Drama de Raquel Forner, cuyas figuras parecen conmiserarse con los enlutados trabajadores. Ya en la planta baja transitan la sala de los artistas argentinos de la generación del 80. Allí se detienen ante La sopa de los pobres de Reynaldo de Giudici y frente a El despertar de la Criada de Eduardo Sívori, antes de salir hacia las escalinatas, donde los espera el resto de los dolientes.

Múltiples medios se hicieron eco de la manifestación artística realizada por los trabajadores y trabajadoras del Museo Nacional de Bellas Artes y de varios museos e instituciones culturales, como así también de colectivos artísticos y agrupaciones que se sumaron a la protesta debido a la actual situación.

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Un colectivo de trabajadores crea una obra performática donde circunda y es metáfora el concepto sobre la muerte, escenificada a través de una marcha fúnebre, con un cajón ficticio pero corpóreo, una corona mortuoria, y una serie de personajes que forman el cortejo: enlutados, lloran y dramatizan el evento trágico, en un clima de protesta que ha generado repercusiones y tensiones internas dentro de una institución de arte tan importante y emblemática. La escena en su totalidad se constituye como una instantánea caótica y atormentada, de ansiedad y desesperanza.

En los grandes temas del arte, la muerte es el más vasto de todos. Pocos artistas han escapado a esa reflexión, siendo el mismo arte una posibilidad de trascender la finitud de la vida humana. Una performance que inicia en una institución cultural y se traslada a la calle como signo de una situación insoportable, cuya única analogía posible es la muerte. Una reflexión sobre la vida y la muerte que se vuelve arte, para generar conciencia que denuncie el estado actual de las cosas.

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