La desocupación tiene cara de mujer

En edad productiva (que también es reproductiva), las mujeres ocupamos la mitad de los puestos de empleo que los hombres. ¿Cómo afecta el tiempo destinado a las tareas reproductivas y de cuidado, al trabajo no remunerado? ¿Por qué las mujeres estamos más desocupadas en el empleo remunerativo, pero tenemos menos tiempo libre que los hombres?

El 8 de marzo ha sido tradicionalmente referenciado, y apropiado por el mercado como, el “Día de la mujer”, así, a secas. Un momento más que oportuno para reforzar estereotipos, consumos e invisibilizar el verdadero origen de esta fecha, que no es una celebración sino una conmemoración.

El 8 de marzo es el Día de la Mujer Trabajadora, una forma de recordar y homenajear a las obreras de Chicago que en 1857 salieron a las calles de Nueva York a protestar por las condiciones miserables en las que eran obligadas a trabajar.

Hoy estamos recuperando esta fecha para militar por un presente y futuro mejor para las mujeres, en todos los ámbitos, y en el laboral en particular. En este marco es que desde Periódicas decidimos dar cuenta de la situación de las mujeres trabajadoras y trabajadoras desocupadas en el Gran Santa Fe, una realidad que no escapa a las complejidades que viven también los varones en un contexto nacional de recesión y ajuste, pero que tiene sus particularidades.

PORCIONES Y MIGAJAS

En el campo de las estadísticas el mundo se ve como una gran torta de cumpleaños que se reparte entre sectores: a algunos les corresponderán pedazos de torta más grandes, a otros más pequeños y existirán quienes deban conformarse con migajas.

Lo cierto es que, en su simplificación y reduccionismo de realidades complejas de entender, los datos duros sirven para visualizar, en toda su crudeza, problemáticas y desigualdades que existen en nuestras sociedades. Por eso, nos parece interesante analizar la siguiente información.

Según los últimos datos disponibles sobre empleo difundidos por el INDEC, correspondientes al tercer trimestre de 2018, en Argentina la tasa de desempleo asciende a 9%, un aumento del 1.3% respecto del mismo período de 2017. Sólo considerando los 31 aglomerados urbanos medidos por la Encuesta Permanente a Hogares, hay 1.168.000 desocupados/as y es el peor tercer trimestre desde 2009, cuando la desocupación marcó 9,1%.

Pero la desocupación no es equitativa, pega más fuerte en las mujeres y, específicamente en las mujeres jóvenes. El 10,5% de las mujeres está desocupada. La cifra alcanza al 21,5% entre aquellas que tienen entre 14 y 29 años, siendo el grupo más afectado, considerando el género y la edad.

Y POR CASA…

En lo que se conoce como el Gran Santa Fe (que comprende las ciudades de Santa Fe, Santo Tomé, Recreo, San José del Rincón, Sauce Viejo y Arroyo Leyes), encontramos que la tasa de empleo en el tercer trimestre de 2018, calculada como un porcentaje entre la población ocupada y la población total, fue del 48,7%.

De este porcentaje total, que involucra a una población que va desde los 14 hasta más de los 65 años, las mujeres conforman el 37,8% y los varones el 62,5%. Es decir, los varones empleados son casi el doble que las mujeres en la misma situación.

Si analizamos la tasa de desempleo en el mismo período de tiempo y en el mismo conjunto poblacional, (tasa que se obtiene calculando el porcentaje entre la población desocupada y la población económicamente activa), vemos que fue del 3,6%. Al desglosar los números podemos observar que, del total de mujeres, un 4% se encuentra desempleada, mientras que entre los varones ese número desciende a 3,4%.

LA DESIGUALDAD QUE SOSTIENE AL SISTEMA

Las diferencias entre las tasas de empleo de varones y mujeres se pueden explicar por diversas causas, pero en el origen está, justamente, la desigualdad que permite sostener el sistema: las mujeres son las que realizan la mayor parte del trabajo reproductivo no remunerado al interior del hogar (tareas domésticas y de cuidado), dedicándole seis horas diarias, mientras que los varones le dedican tres. Esto conforma una doble -y en algunos casos hasta triple- jornada laboral, donde las mujeres disponen de menos horas para el trabajo productivo y remunerado.

Según un informe sobre el impacto del ajuste en las mujeres, publicado en octubre de 2018 por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), a causa de esta situación “las mujeres se insertan de forma mayoritaria en el trabajo informal y, cuando logran insertarse en el trabajo registrado, lo hacen fundamentalmente en profesiones con carga de cuidado que, por estar asociadas a las tareas reproductivas no remuneradas en el hogar, tienen una penalidad en las remuneraciones. El 62% de las mujeres se inserta en ocupaciones de estas características compuestas por los rubros de docencia, salud, y servicio doméstico”.

Estas diferencias en la inserción laboral de mujeres y varones es una de las causas, además, que explica la brecha salarial de género de 26,2% que existe nuestro país, según cifras oficiales del Instituto Nacional de las Mujeres (INAM).

Los “Indicadores nacionales de género”, utilizados para calcular esa brecha, tienen en cuenta el trabajo remunerado y el no remunerado (doméstico y de cuidado), y muestran que las mujeres trabajan, en promedio, 57 horas por semana, siete más que los varones.

En conclusión: lo que los índices muestran es que las mujeres estamos menos insertas en el mercado laboral formal, en gran parte, porque nos vemos obligadas a dedicar mayor tiempo a las tareas domésticas y de cuidado, lo cual va en detrimento de nuestras posibilidades de capacitación, estudio y acceso, no sólo al trabajo, sino a trabajos con mayor carga horaria y/o jerarquía. Y en este círculo vicioso, ese menor tiempo disponible para dedicarlo al trabajo formal nos empuja a empleos de mayor informalidad y flexibilidad, que, consecuentemente, son los peores pagos.

Desde la mirada de la economía feminista, Corina Rodríguez Enríquez, docente de Economía y Género en la UBA, investigadora del Conicet y del Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas, señala que este complejo entramado de desigualdad sólo comenzará a romperse cuando se den acciones de intervención en tres sentidos: el Estado debe hacerse responsable de su parte y aplicar las regulaciones de las dimensiones de cuidado en el marco de las relaciones de trabajo, estableciendo licencias por maternidad/paternidad más equitativas, no sólo para los espacios laboral formales sino también para los informales; garantizar la provisión de servicios de cuidado, no sólo para niños, sino también para adultos mayores y personas con discapacidad; y finalmente la apuesta, a través de la educación, de un profundo cambio cultural que deje de naturalizar que las tareas de cuidado y domésticas son una responsabilidad de las mujeres, desde los contenidos curriculares de la primera infancia hay que educar niños y niñas que sientan que el cuidado es una responsabilidad compartida.

Fuente: Periódicas.com

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