La exhibición es el cuello de la botella

La producción de cine argentino, que en la última década aumentó como nunca antes, continúa teniendo una barrera en los mecanismos de exhibición, que deberían permitirle tener espectadores.

El argumento ha sido escuchado varias veces en los últimos años, y en particular desde la asunción del Gobierno actual: “en la Argentina se hacen demasiadas películas”. No muy lejos en el razonamiento, aparece un viejo caballito de batalla: “nadie quiere ver cine argentino”. La realidad es que se hace cine argentino muy bueno, y que muchas veces no se lo ve porque es difícil encontrarlo: el sistema de exhibición -salas de cine, pero también señales televisivas y proveedores online- está pensado para un número limitado de films y en especial para los grandes tanques de Hollywood de cada año.

  Cinemark en “Paseo Salta”

En 2011 el número de estrenos anuales de cine argentino superó por primera vez el centenar, un hito histórico para una cinematografía que durante medio siglo -entre 1952 y 2002- se había mantenido por debajo de los 50 estrenos anuales, y que a comienzos de la década del ’90 estaba en ¡12! estrenos al año, una cifra próxima a la disolución del sistema. De allí viene la letanía sobre la falta de una “industria” de cine argentino: recién a partir del nuevo milenio, y gracias a una actualización de la reglamentación cinematográfica que dio cauce al entonces llamado “nuevo cine argentino” -el de Martel, Rejtman y Caetano-, la abundante producción subterránea tuvo medios para profesionalizarse, ganar ambición y mercado.  Así pudimos volver a las cifras de exhibición de la “dorada” década del ’40 (sí, la del primer peronismo luego tan denostado), e incluso superarlas gracias a la eclosión del cine digital, que abarató presupuestos, y al trabajo del Instituto de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) para adaptarse a la nueva explosión, con medidas como la cuota de pantalla, la media de continuidad, la creación un circuito especial de exhibición para el cine argentino (primero en salas y luego online), y la democratización de las decisiones en lo que hace al otorgamiento de créditos y subsidios a la producción.

Pero hecha la ley, hecha la trampa. En esos mismos años el circuito de exhibición en salas se volvió extranjero: hoy cuatro grandes cadenas manejan el 36% de las salas y convocan al 55% de los espectadores, privilegiando los tanques internacionales, en especial los de EE UU que aquí son distribuidos por filiales de las empresas americanas.  Fiscalizar el cumplimiento de la cuota de pantalla y la media de continuidad se volvió una tarea esencial, y es a menudo un reclamo de las producciones nacionales que hacen uso de ellas. En la Ciudad de Buenos Aires existen circuitos alternativos -en especial los que exhiben ciclos de reposición, como la sala Lugones y el Malba-, pero al no cumplir con la regla de proyectar un estreno todos los días -por necesitar espacio para esos otros ciclos-, a fines administrativos no cuentan como estrenos, aunque duren meses en cartel. Por el contrario, sí es considerado “estreno” exhibir una película durante una sola semana en una sala escondida del interior del país, sin publicidad ni intención de captar espectadores, y algunos productores lo hacen para así poder cobrar la última cuota del subsidio que reciben del INCAA.

Esto puede complicar la lectura de los números que publica anualmente el Instituto. Así, en el reciente Anuario INCAA 2017 se lee que el año pasado hubo 220 estrenos de películas nacionales, pero muchos de ellos son “estrenos técnicos” cumplimentados para esos fines administrativos y no para el público. Los estrenos reales fueron casi la mitad: 108, por lo que a partir de ahí la estadística -que incluye cuotas de mercado, proporción de estrenos/año, etc.- se complica. Para dar una idea, el máximo contabilizado a la fecha (cifras del sitio Cinenacional.com) fue de 170 estrenos en 2014, y el mínimo de la última década se dio justamente en 2017, con 108 (este año se presume volverá a subir). La distribución a lo largo del año no es uniforme, ya que la exhibición tiene picos estacionales: el máximo en julio (vacaciones de invierno), un segundo en abril (el festival BAFICI) y un tercero más bajo en febrero-marzo (la temporada del Oscar). Salvo la media docena de tanques argentinos anuales, relacionados con estrellas de la televisión, que disputan el pico máximo, el resto de la producción tiene que acomodarse en los huecos que le dejan los estrenos internacionales, lo que significa por ejemplo semanas atestadas de películas argentinas en mayo, agosto o setiembre y otras -las semanas pico- en que su presencia es mínima. La sensación de desprotección se extiende al presupuesto promocional: el subsidio correspondiente se cobra únicamente en salas de exhibición regular, lo que exime a las producciones que eligen un circuito alternativo como el Malba (y explica la cantidad de “estrenos técnicos” en lugares ignotos).

Cuando el Estado no se impone, lo que rige es el mercado: la mitad de los espectadores de cine argentino están en Capital y el Gran Buenos Aires. En 2017 sólo 7 películas superaron las 100 mil entradas, y del puesto 35 para abajo llevaron menos de 10 mil (todos los documentales quedaron por debajo de 7 mil). Como los exhibidores lógicamente quieren mantener las películas más vistas, el sistema tiende a volverse un círculo vicioso. Todas las cámaras del sector se quejan de esto. Por poner un ejemplo, la DAC -que agrupa a directores de primera línea- dice en su publicación Directores: “La Gerencia de Fiscalización del INCAA es, desde hace años, responsable de los graves incumplimientos de la ley… Lo sabemos porque tarde o temprano lo sufrimos… No exige la exhibición de avances promocionales ni la colocación de banners, no revisa la cuota de pantalla y ahora, que una nueva resolución establece un sistema de puntajes que incluye acreditar los espectadores de cada película realizada, no dispone siquiera de los datos de películas estrenadas hace 10 años con costos reconocidos”. Otro reclamo ancestral es la mayor participación de la televisión en la producción de cine, lo que facilitaría la difusión de los estrenos y su supervivencia posterior en otros formatos. En Francia, uno de los países con leyes que reglamentan esta participación, casi un 40% de los espectadores ve cine hablado en su idioma.

                                                                                              Berneri recibe la “Concha de Plata”

Para más ilustración de la incertidumbre que se vive a la hora de estrenar, tomamos del Anuario INCAA 2017 el testimonio de Anahí Berneri, la directora de Alanis, una de los mejores títulos estrenados el año pasado y que le valiera premios en San Sebastián a ella y a su protagonista, Sofía Gala Castiglione. “Fue una salida muy mala la que tuvo en Argentina. Se estrenó en el Gaumont, en el Cinemark Palermo y en el Belgrano Multiplex.  Tuvimos problemas con el afiche porque ‘atentaba contra la familia’. Si bien Sofía Gala salió en todos los medios y la campaña era visible en las calles, no logramos más salas.  Cuando volvimos de San Sebastián con los premios, a pesar de que se hablaba todo el tiempo de la película, no logramos conseguir una sola sala más. La película la distribuyó Cine Tren, que es una distribuidora nacional. En el Cinemark Palermo estuvo durante siete semanas porque la gente la iba a ver”. Alanis tuvo en total 32.798 espectadores.

                                                                                                                 Afiche de “Alanis”

¿Y qué hay de las nuevas plataformas que ofrecen cine en el hogar, como Netflix? Hoy Netflix es el lugar más codiciado para las nuevas producciones, que lo ven como un potenciador de la difusión de un film luego de su período en salas. Pero justamente por esto la compañía está implementando una política agresiva de comercialización, exigiendo exclusividad a los films de la región, lo que significa no estrenar en salas (este año, llegó a sacar todas sus producciones del festival de Cannes para defender dicha exclusividad). Ahora se entiende la pobreza del catálogo de Netflix en lo que hace a cine argentino y latinoamericano (incluso al europeo).

¿Hacen mal los exhibidores en usar todos los medios a su alcance para asegurarse el máximo beneficio? No; hace mal un Estado que no protege a la producción nacional para que tenga el lugar de exhibición que merece. El cine argentino, la cultura argentina no se pueden importar.

Fuente:http://elfurgon.com.ar/2018/06/27/la-exhibicion-es-el-cuello-de-la-botella/

Foto de portada: http://argempleo.blogspot.com

 

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