La Reforma y el espejo de la historia

Resistir la imposición de una “ lengua única” que pretende hacerse pasar por obvia es, en efecto, una de las principales herencias de la revuelta cultural reformista; inventar nuevas maneras de hablar capaces de precipitar otra vez “la obra de la libertad” y también preservar de su extinción burocrática el anhelo de cambiar la vida y comprender el mundo.

                                                                                                                   Diego Tatián

Toda conmemoración alude al presente a propósito del pasado. Es en esos momentos cuando la memoria hace de la historia un espejo en el cual poder mirarse. En efecto, las conmemoraciones son uno de los tantos lugares de memoria. Memoria oficial instalada desde la prepotencia del estado, memoria subterránea sostenida por los herederos de antiguas y constantes derrotas. De tal modo, los lugares de memoria se alzan, según quienes lo transiten,   como signos de advertencia, gritos de lucha o cantos de esperanza. Y según como se dirija la mirada, el espejo devolverá una imagen complaciente o interpelante.

La generación estudiantil del 18’ que hoy invocamos, dejó estampado en el Manifiesto Liminar aquella expresión tantas veces levantada como bandera por sucesivas promociones de universitarios:Desde hoy contamos para el país con una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son Ias libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, Ias resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.

Por cierto, el de entonces era un mundo que ingresaba en una nueva era signada por el final de una guerra que al decir de Deodoro Roca dejó al descubierto toda la miseria moral de nuestro tiempo. En contraste, América aparecía como la depositaria  de todas las esperanzas de la nueva generación tal como se sentía al leer las páginas de Rodó, de Martí  y al recitar los poemas de Rubén Darío.

De aquella miseria moral, se alzaba también el grito revolucionario sintetizado en la consigna  todo el poder a los soviets que proclamaba no solo el fin de la autocracia zarista en Rusia sino el momento inaugural de una humanidad de nuevo tipo. Había llegado la hora de la clase obrera investida del rol del sujeto histórico destinado a terminar con el poder de la burguesía  al mismo tiempo que por doquier estallaban otros movimientos populares y revolucionarios.

En Argentina, una clase media surgida de la inmigración y la evolución económica, asumía las banderas de la reparación. Hipólito Yrigoyen encarnaba el triunfo de la causa  sobre el régimen, desplazando del gobierno a aquella oligarquía con olor a bosta como la denostara Sarmiento. Y es justamente aquel gobierno que hicieron posible la ley Sáenz Peña y el voto popular el que contribuyó a la causa estudiantil coadyuvando con ello a la revolución en los claustros.

De aquí que el movimiento reformista nacido en Córdoba haya querido ser mucho más que el portador de una reivindicación académica. Autonomía, cogobierno y extensión universitaria, entre otras, fueron las exigencias que además de promover la independencia de las casas de estudio del poder político, la democracia interna y el rigor científico, encontraban sentido en el compromiso histórico con la sociedad. Al proclamarlo, la juventud estudiantil se involucraba en las luchas de los pueblos por su liberación. En ese sentido se expresaba José Carlos Mariátegui: “Todos convienen en que este movimiento, que apenas ha formulado su programa, dista mucho de proponerse objetivos exclusivamente universitarios y en que, por su estrecha y creciente relación con el avance de las clases trabajadoras y con el abatimiento de viejos principios económicos, no puede ser entendido sino como uno de los aspectos de una profunda renovación latinoamericana”
Al trazar una línea demarcatoria en la historia de la educación superior en América, el movimiento reformista proyectó a los campos de la política y la cultura en general una generación de notables intelectuales que dejaron su marca en la vasta extensión del continente

El espíritu de la Reforma plasmado en el Manifiesto, como un reguero de pólvora inflamó la juventud de América Latina. Así, la Federación Universitaria Argentina y su par de Perú se comprometieron a bregar por la reforma de la enseñanza y el sostenimiento de universidades populares, a propagar el ideal de americanismo y a intensificar los intercambios a través de congresos internacionales estudiantiles. Otro acuerdo similar se firmó con los estudiantes de Chile.

Mariátegui propuso proyectar la Reforma al campo social, entre otras, a la lucha por la liberación de los indios y mestizos. Por su parte, Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), le imprimió al movimiento una clara postura antiimperialista dándole relieve continental.

Al recoger las banderas de la Reforma, el Primer Congreso Internacional de Estudiantes celebrado en México en 1921 en su primera resolución expresa “La juventud universitaria proclama que luchará por el advenimiento de una nueva humanidad”, basada, entre otros principios, en la eliminación de la explotación del hombre por el hombre.  José Vasconcelos, rector de la Universidad Nacional, en el día del maestro de 1921, inspirado en el tratado de fraternidad entre maestros y alumnos proclamado en Argentina, pronunció un discurso en el que exhortó a los maestros a agotar a la soberbia y trabajar con los jóvenes para acabar con las injusticias y “maltratos de la vida”. Para Vasconcelos  la revolución mexicana no se tenía que hacer con las armas, sino con ejércitos de conocimiento.

Germán Arciniegas,  uno de los fundadores de  la Federación de Estudiantes colombiana inspirada  en el  ideario reformista, fue parte del movimiento que en 1933 obtuvo un proyecto de ley con una reforma universitaria  que otorgaba a los estudiantes el derecho de elegir a los rectores, el de recibir una educación de calidad y la posibilidad de tener un representante en la Cámara.

En Cuba, Julio Antonio Mella impugnaba el contenido liberal y, según él, vacío sobre reforma universitaria, debido a los sectores pequeñoburgueses que formaron parte del movimiento. Si la reforma va a encararse con seriedad y con espíritu revolucionario, pensaba, su contenido no puede ser ajeno al espíritu socialista, el único revolucionario del momento.

Sin embargo, los iniciadores del movimiento reformista eludieron definiciones tajantes en el plano ideológico. Más bien eclécticos, sus lecturas y discursos incluían posiciones muy diversas entre sí que podían ir de las ideas de Wilson a las de Marx, de las de Darwin a Nietzsche .

Su liberalismo procedía de su férrea oposición al dogmatismo inquisitorial que dominaba la Universidad de Córdoba.

Como bien señala César Tcach, el movimiento “era una especie de amplio paraguas que permitía cobijar en su seno filones de ideas, a veces entrecruzadas de modo heterodoxo, con vetas positivistas, antipositivistas (…), vitalistas, georgistas, marxistas, anarquistas, masonas e inclusive feministas. Remitía a la filosofía de la Ilustración pero no era reductible a ella. Constituía una identidad macro o pan-identidad que afirmaba un sentido de pertenencia cuya eficacia se asociaba estrechamente a la configuración de un enemigo común (subrayado nuestro, JS) En parte, era un capítulo más del viejo combate entre liberalismo y clericalismo, pero tampoco era reducible a él. Latía un horizonte nuevo. El universo cultural de la Reforma tendió también un puente de plata entre liberalismo, democracia y socialismo”.

En síntesis, el reformismo ha sido ante todo, una  corriente intelectual emancipatoria que recorrió los ámbitos  político, social y cultural latinoamericanos. Más allá de la heterogeneidad de sus raíces ideológicas , sus integrantes tuvieron lucidez en cuanto al enemigo que debían enfrentar: las expresiones más radicales de la derecha que fueron desde el oscurantismo clerical, pasando por el conservadurismo, el militarismo y el fascismo.

Una vez instalado el programa reformista en el amplio espacio americano, durante los años veinte el movimiento vivió las tensiones derivadas de la discusión sobre sus alcances y su identidad político- ideológica en cada uno de los escenarios nacionales. Pronto, la contraofensiva reaccionaria en Argentina, Brasil, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Uruguay y Centroamérica, obligaría  a la primera y segunda generación de universitarios identificados con el reformismo, a dejar de lado sus debates internos para pasar a la resistencia que, en la década del 30’ tomaría un cariz decididamente antifascista. Así evaluaba el momento  Deodoro Roca: “En la universidad de 1918 atizaba el fuego un fraile. En la de 1936, la Sección Especial de la Policía de Buenos Aires, la ‘ojrana’ argentina.

El estudiante de 1918 tenía frente a sí las ‘cóleras divinas’. Excomunión y anatema. Entonces herían, estremecidas las campanas. El estudiante de 1936 tiene frente a sí la Sección Especial y la cárcel de Villa Devoto.

El problema universitario se ha tornado, para el Estado, en problema de policía. No interviene para solucionarlo el ministro de Instrucción Pública, sino el de Interior (…) Jueces, policías y banqueros señorean la universidad plutócrata de 1936, cuya penuria  docente sigue siendo la misma de 1918. Acaso ahora más ‘tóxica’ que antes”.

Igualmente encarnizada fue la oposición al régimen surgido del golpe militar 1943 y al peronismo que siguió luego no obstante haberse decretado la gratuidad de la enseñanza universitaria  en 1949 . No podía ser de otra manera habida cuenta del avasallamiento de la autonomía universitaria, la represión a las agrupaciones estudiantiles, las exoneraciones de docentes opositores y la presencia de la derecha ultramontana en las cátedras.

Lo que siguió después en Argentina fue una sucesión de momentos de auge y reflujo al compás de la alternancia de civiles y militares en la conducción del estado. Así,  la universidad sesentista protagonizó una notable expansión, no solo en cuanto a sus funciones de docencia e investigación sino por despliegue de la extensión universitaria a través de programas de alto contenido social.

Al gran protagonismo durante ese período, tanto de las universidades como del movimiento estudiantil, clausurado por la intervención de la dictadura de Onganía a partir de la “noche de los bastones largos”, siguió una fase de resistencia que rápidamente devino en un movimiento de creciente radicalización que culminó en la masacre operada por el terrorismo de estado.
En el breve interregno entre las dos últimas dictaduras, la discusión en el seno del claustro estudiantil se entabló entre quienes reivindicaban la Reforma y quienes la cuestionaban acusando a los reformistas de querer hacer de las universidades una suerte de “islas democráticas” separadas de las masas populares

El retorno a la vida constitucional a partir del gobierno de Raúl Alfonsín implicó la restitución a las universidades de las conquistas por las que duramente habían luchado los reformistas. Pero al mismo tiempo que se normalizaba la actividad de los claustros, nuevos desafíos se plantean desde entonces a las casas de altos estudios, entre otros, los contenidos y alcances de la autonomía universitaria, si bien consagrada en la constitución de 1994 y en la Ley de Educación Superior, la universidad de hoy enfrenta los dilemas derivados de las presiones del mercado, las erráticas intervenciones del estado y la propias necesidades de supervivencia y exigencias de crecimiento.

Hoy, a cien años de aquella insurrección juvenil, se hace necesario echar una mirada al espejo de la historia, especialmente por parte de quienes llegamos a la universidad porque existió esa reforma. Además de responder a la interpelación acerca de qué estamos haciendo con aquel programa lanzado en Córdoba, sería oportuno preguntarse ¿quiénes son?, ¿dónde están quienes dicen ser sus herederos?

Ciertamente, ya no soplan vientos revolucionarios en esta ni en otras partes del mundo. La construcción de un hombre nuevo iniciada en 1917, se derrumbó en estrepitoso fracaso en las postrimerías del siglo XX. Un deslucido desfile militar conmemoró el centenario de la Revolución de Octubre de la que solo parece quedar el cadáver de Lenin embalsamado para satisfacer la curiosidad de los turistas.  En lugar de movimientos de liberación nacional y fuerzas políticas de signo progresista, conglomerados político-ideológicos de la peor especie parecen ganar espacios en todo el planeta a la vez que el capitalismo, en su fase más regresiva, condena al hambre y a la marginación a enteros contingentes humanos. Devastado el continente africano y cubierta de violencia y exterminio la histórica medialuna de las tierras fértiles, miles de familias intentan alcanzar un lugar en el mundo para poder desarrollar sus vidas. A muchas de ellas se las tragará el Mediterráneo ante la indiferencia de los  cultos y civilizados  europeos.

En Argentina, en tanto, los continuadores del Régimen, modernos conservadores de traje sin corbata, sonríen satisfechos: han vuelto a ser gobierno no solo con el voto ciudadano sino en singular maridaje con los portadores  de la Causa, autoproclamados herederos de la gesta reformista.

¿Qué puede esperar la universidad de un gobierno que intentó designar al frente de la Secretaría de Políticas Universitaria a un empresario del mundo mediático y deportivo? ¿Y de un ministro de educación cuyas declaraciones, a más de escandalosas y ridículas, revelan una ignorancia  inadmisible en personas medianamente instruidas? ¿Y de la utilización de la fuerza pública en repetidos episodios de avasallamiento de la autonomía universitaria con fines intimidatorios o directamente represivos? En un notable fallido de clase, la gobernadora de la provincia de Buenos Aires no tuvo empacho en afirmar durante una reunión con el Rotary Club que“¿ todos los que estamos acá sabemos que nadie que nace en la pobreza en la Argentina hoy llega a la universidad…”

Si existiera un tribunal de la historia como alguna vez imaginó Félix Luna, dictaminaría que solo tienen derecho a proclamarse herederos de la Reforma  quienes luchan contra “el pensamiento único”;  los que luchan contra la privatización y la degradación de las instituciones públicas y nacionales para convertirlas en empresas mercantiles. Es por eso, una lucha contra la transformación de la educación en mercancía y contra la lógica  que desconoce la razón social y la sustituye por la razón económica. Una lógica con sus componentes de represión, enajenación, corrupción y subalternización de los valores consagrados por la historia tal como propone Jaime Ornelas Delgado.

Y siguiendo al mismo autor, “ la lucha por la autonomía universitaria implica enfrentarse a la mediocridad de los medios de comunicación que fomentan la cultura chatarra, desinforman y manipulan dolosamente a la opinión ciudadana …”

Nos animamos a decir que las universidades, a condición de asumir su plena autonomía, es una de las escasas reservas que tiene la sociedad para advertir sobre el “malestar” de la época que toca vivir. Un lugar donde además de profesionales, se formen intelectuales que ejerzan la crítica como la vía regia para destruir las falacias montadas sobre el sentido común,  donde  la racionalidad se alce contra la cultura de la posverdad  y de esa “organización coordinada de todos los pequeños miedos, de todas las pequeñas angustias que hacen de nosotros unos microfascistas encargados de sofocar el menor gesto, la menor cosa o la menor palabra discordante en nuestras calles, en nuestros barrios y hasta en nuestros cines”  tal como sostenía Gilles Deleuze.

En estos tiempos de malas nuevas para las universidades, bajo un régimen que abomina de la educación superior y la investigación científica y que promueve una formidable redistribución regresiva de la riqueza, intelectuales, estudiantes y trabajadores en general deberíamos retomar las consignas del 18’, porque aquellos dolores de los que hablaba el Manifiesto siguen estando ahí, en línea con lo que amargamente escribía W. Benjamin acerca del enemigo que no ha cesado de vencer.

Bibliografía consultada

Deleuze, G. (2008)  Dos regímenes de locos : (textos y entrevistas, 1975-1995). Madrid,  Pre-textos.

Mariátegui, J.C. (1987). Siete ensayos de interpretación de la realidad                                              peruana. Lima, Amauta.

del Mazo, G. (1941)  La Reforma Universitaria . Recuperado de https://libros.unlp.edu.ar/index.php/unlp/catalog/view/439/405/1461-1

 

Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918. (2003). Santa Rosa, Editorial de la Universidad Nacional de La Pampa

Ornelas Delgado, J.( 2008). Reflexiones en torno a la autonomía universitaria. Recuperado de http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/gt/20101109074328/05delgado.pdf

Pacheco Calvo, C.(….) El primer Congreso Internacional de Estudiantes celebrado en México en 1921 . Recuperado de http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/files/journals/1/articles/3908/public/3908-9306-1-PB.pdf

Roca, D. (1936). ¿Que es la “Reforma Universitaria?. En AA.VV. 1918-1998 La Reforma Universitaria. Buenos Aires,  Editorial La Página S.A.

Tcach, C. (2012)  Movimiento estudiantil e intelectualidad reformista en argentina (1918-1946). Recuperado de http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0719-12432012000200005

Tünnennann Bernheim, C. (1998) La reforma universitaria de Córdoba .Recuperado de http://extension.fcien.edu.uy/wp-content/uploads/2013/02/Ra%C3%ADces-sociales-e-ideol%C3%B3gicas-de-la-Reforma-de-C%C3%B3rdoba.pdf

Vaccarezza, L.S. (2006) Autonomía universitaria, reformas y transformación social. Recuperado de http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/secret/vessuri/Leonardo%20S%20Vaccarezza.pdf

 

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