La revolución palestina (I)

Rodolfo Walsh, enviado de Noticias, estaba en Beirut el 15 de mayo de 1974 cuando un comando palestino golpeó en Maalot. Caminó al día siguiente entre las ruinas de las aldeas libanesas bombardeadas por la aviación israelí. Entrevistó a los principales dirigentes de la Resistencia Palestina; antes había pulsado el sentimiento dominante en El Cairo, Damasco, Argel. En su opinión, los acuerdos tramitados por Kissinger no sellarán la paz en Medio Oriente. La explicación está en el pueblo palestino expulsado de su tierra y en la marea revolucionaria que sacude a ese pueblo. Aquí reproducimos la primera parte del trabajo de Walsh que saliera publicado en el diario Noticias.

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La Revolución palestina

(Primera parte)

Por: Rodolfo Walsh (1974)

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TRES MILLONES DE PALESTINOS DESPOJADOS DE SU PATRIA CUESTIONAN TODO ARREGLO DE PAZ EN MEDIO ORIENTE

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– ¿Cómo te llamás?
– Zaki.
– ¿Qué edad tenés?
– Siete.
– ¿Vive tu padre?
– Murió.
– ¿Qué era tu padre?
– Fedaí.
– ¿Qué vas a ser cuando seas grande?
– Fedaí.

El chico rubio de cabeza rapada y uniforme a rayas que da estas respuestas en una
escuela de huérfanos al sur de Beirut, Líbano, resume la mejor alternativa, que tras
26 años de frustración resta a tres millones de palestinos despojados de su patria:
convertirse en fedayines, combatientes de la Revolución Palestina.
“¿Palestinos? No sé lo que es eso”, declaró en una oportunidad la ex primer
ministro de Israel, Golda Meir. Se conoce la eficacia ilusoria del argumento, utilizado
en Argelia, Vietnam, colonias portuguesas, para negar la existencia de sus
movimientos de liberación. El enemigo no existe y todo está en orden. Cada una de
estas negativas ha hecho correr un río de sangre pero no ha detenido la historia.
Desde hace un cuarto de siglo la política oficial del Estado de Israel consiste en
simular que los palestinos son jordanos, egipcios, sirios o libaneses que se han vuelto
locos y dicen que son palestinos, pero además pretenden volver a las tierras de las
que se fueron “voluntariamente” en 1948, o que les fueron quitadas no tan
voluntariamente en las guerras de 1956 y 1967. Como no pueden, se vuelcan al
terrorismo. Son en definitiva “terroristas árabes”.
Es inútil que en el Medio Oriente estos argumentos hayan sido desmantelados,
reducidos a su última inconsecuencia. Israel es Occidente y en Occidente la mentira
circula como verdad hasta el día en que se vuelve militarmente insostenible.
La hoja 1974 de esta historia no ha sido todavía doblada y ya tiene varios
renglones sangrientos: Keriat Shmonet, Kfair, Maalot, Nabatyé. Es difícil entenderla
si se ignoran las hojas 1967, 1948, 1917, y aún las anteriores, incluso las que se salen
de la historia y se hunden en la literatura religiosa.

En el principio fue…

Primero –dicen– fueron los caanitas y después fueron los hebreos. Faltaban mil
años para que naciera Cristo cuando Saúl fundó su reino, que después se partió en
dos. Hace casi 2700 años el reino de Israel fue abatido por los asirios. Hace 2560
años el reino de Judá fue liquidado por los babilonios, y en el año 70 de nuestra era
los romanos arrasaron Jerusalén. Estos son los precedentes históricos del Estado de
Israel, sus títulos de propiedad sobre Palestina.
El Sha de Irán podría alegar títulos análogos fundado en la invasión persa del
siglo VI antes de Cristo, la Junta Militar griega podría recordar que Alejandro ocupó
Palestina el año 331, Paulo VI acordarse de que en el año 1099 los cruzados católicos
fundaron el reino de Jerusalén. Los propios historiadores árabes han señalado
burlonamente que los caanitas que ocuparon Palestina antes que los hebreos, venían
de la península arábiga y eran, en consecuencia, “árabes”.
Con la destrucción de Jerusalén –dicen– empezó la diáspora judía, la dispersión.
Desde entonces, según la leyenda moderna, el judío anduvo errante por el mundo
esperando el momento de volver a Palestina. ¿Cuántos volvieron realmente?
Historiadores ingleses afirman que en el siglo XVI vivían en Palestina menos de
4.000 judíos, en el siglo XVIII, 5.000, y a mediados del siglo pasado, 10.000. Es
recién a fines de ese siglo cuando algunos judíos empiezan a plantearse el retorno
masivo, y cuando ese retorno asume una forma política y una ideología: el sionismo.
¿Por qué?

Un fruto tardío del capitalismo

Una respuesta posible a esa pregunta surgió del campo de concentración nazi de
Auschwitz. La escribió en 1944, su último año de vida, un judío marxista de 26 años,
Abraham León: “El sionismo, que pretende extraer su origen de un pasado dos veces
milenario, es en realidad el producto de la última fase del capitalismo”
En esa fase todos los nacionalismos europeos han construido sus estados y no
necesitan ya de la burguesía judía que ayudó a construirlos, pero que ahora es un
competidor molesto para el capitalismo nativo. “Repentinamente” surge en esos
países el chovinismo antisemita, y se convierten en extranjeros indeseables judíos
integrados durante siglos a la vida de los mismos, que, como dice León, “tenían tan
poco interés en volver a Palestina como el millonario norteamericano de hoy”.
Las persecuciones del siglo XIX afectan más a la clase media judía que a la clase
alta, cuyos representantes notorios iban a lograr una nueva integración a nivel del
capital financiero internacional.
Aquellos judíos europeos perseguidos que descubrieron en el capitalismo la
verdadera causa de sus males, se integraron en los movimientos revolucionarios de
sus países reales. El sionismo evidentemente no lo hizo y se configuró como ideología
de la pequeña burguesía, alentada sin embargo por aquellos banqueros que –como
los Rotschild– veían venir la ola y querían que sus “hermanos” se fueran lo más lejos
posible. A fines del siglo pasado esa ideología encontró su profeta en un periodista de
Budapest, Teodoro Herzl, su programa en las resoluciones del Congreso de Basilea de
1897 y su herramienta en la Organización Mundial Sionista.
El retorno a Palestina tropezaba sin embargo con el inconveniente de que el país
estaba ocupado por una población –500.000 habitantes– que desde la conquista
islámica del siglo VII era árabe.
Los fundadores del sionismo negaron el problema. En 1898 Herzl hizo un viaje a
Palestina y preparó un informe donde la palabra árabe no figuraba. Palestina era una
tierra sin pueblo donde debía ir el pueblo sin tierra. El palestino se convirtió en “el
hombre invisible” del Medio Oriente. Algunos alcanzaron sin embargo a descubrirlo.
El escritor francés Max Nordau vio un día a Herzl y le dijo asombrado: “Pero en
Palestina hay árabes” y agregó: “Vamos a cometer una injusticia”.

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EN MEDIO SIGLO EL SIONISMO REEMPLAZÓ LA POBLACIÓN ÁRABE DE PALESTINA POR INMIGRANTES EUROPEOS

“Palestina es mi país” dice Ihsan. “Nunca estuve en Palestina”, dice, “pero algún
día volveré porque nuestros comandos están peleando para que volvamos”.
“Mi padre murió en Abar el Djelili”, dice Naifa. “La muerte de mi padre no me
duele, porque murió por nosotros”.
“Mi padre se llamaba Salah”, dice Randa. “Estaba peleando y murió”.
Ninguno de los 480 huérfanos de la escuela de Suq el Garb, al sur de Beirut, había
visto Palestina si no era a través de los ojos del padre muerto.
En el aula las muchachas se levantaron para saludar al visitante que venía de tan
lejos. En el pizarrón había una inscripción en árabe. Pregunté qué decía. Decía:
“Historia Palestina”.
La idea del Estado Judío surgió a fines del siglo pasado, como el último proyecto
de un estado europeo cuando ya no existía en Europa lugar para un nuevo estado.
Ese estado debía en consecuencia instalarse fuera de Europa y el lugar elegido
resultó Oriente. La contradicción fue “resuelta” a través de la ideología –el sionismo–
y la ideología se alimentó en el mito bíblico y en la simulación de que Palestina estaba
deshabitada.
Históricamente, estas construcciones mentales producen víctimas. En 1900 había
en Palestina 500.000 árabes y 30.000 judíos. Si en 1974 hay tres millones de israelíes
y 350.000 árabes, no hace falta preguntarse dónde están las víctimas: están afuera de
Palestina, expulsadas de su patria.
Conviene recordar –porque es la cuestión de fondo– cómo se produce ese
trasvasamiento sin precedentes en que la población de un país es reemplazada por
otra.
Los primeros inmigrantes no provocaron la desconfianza de los árabes. En 1883
los habitantes de Sarafand recibieron a los colonos que llagaban con estas palabras.
“Desde tiempo inmemorial somos hermanos de nuestros vecinos, los hijos de Israel, y
viviremos con ellos como hermanos”. Ocho años después sin embargo los notables de
Jerusalén pidieron al imperio otomano, que gobernaba Palestina, que prohibiera la
inmigración judía, y en 1898 los árabes de Transjordania expulsaron violentamente
una colonia judía.
A pesar de las prohibiciones oficiales la inmigración continuó, aprovechando la
corrupción de funcionarios turcos y de terratenientes árabes ausentistas que vendían
sus tierras. En 1907 se estableció el primer kibutz, granja colectiva que desde el
principio excluyó al trabajador árabe. Cuando en 1914 los turcos hicieron su primer y
último censo, resultó que había en Palestina 690.000 habitantes, de los que 60.000
eran judíos. Ese año la guerra mundial dio al sionismo su gran oportunidad.

Inglaterra regala Palestina

Foreign Office, Noviembre 2, 1917.
Querido Lord Rotschild:
Tengo mucho placer en transmitirle, de parte del gobierno de Su
Majestad, la siguiente declaración de simpatía con las aspiraciones
Judías Sionistas, que ha sido sometida al Gabinete y aprobada por
él.
“El gobierno de Su Majestad contempla con simpatía en
establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo
Judío, y usará sus mejores esfuerzos para facilitar el cumplimiento
de ese objetivo, quedando claramente entendido que nada se hará
que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de
comunidades no-Judías existentes en Palestina, o los derechos y el
status político de que disfrutan los Judíos en cualquier otro país”.
“Le agradeceré ponga esta declaración en conocimiento de la
Federación Sionista”.

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Este trozo de papel, en apariencia inofensivo, es el fundamento moderno del
Estado de Israel. Se lo conoce como de declaración de Balfour, y lleva la firma del
canciller inglés.
Dos años después Balfour aclaró lo que quería decir: “El sionismo, bueno o malo,
es mucho más trascendente que los deseos y prejuicios de los 700.000 árabes que
ahora habitan esa antigua tierra… En Palestina no pensamos llenar siquiera la
formalidad de consultar los deseos de los actuales habitantes del país”.
Dos años antes de la Declaración, Gran Bretaña había prometido al Shariff
Hussein, la independencia de los países árabes, a cambio de su ayuda en la guerra
contra Turquía, aliada de Alemania. Y en efecto fueron soldados árabes los que
liquidaron el dominio otomano en Medio Oriente.
La declaración Balfour se conoció después y, finalizada la guerra, sirvió de base
para la resolución de la Liga de las Naciones que convirtió a Palestina en mandato
británico. En la redacción de ese documento participó la Organización Mundial
Sionista.
A partir de ese momento la inmigración creció inconteniblemente, organizada por
la Agencia Judía, que formaba parte de la administración británica.
Cuando los ingleses hicieron su primer censo en 1922 había en Palestina 760.000
habitantes, de los que algo más de 80.000 eran judíos: o sea el 11%. Esa proporción
había subido en 1931 al 16 y en 1936 al 28%. Ese año se produciría la primera rebelión
palestina contra los ingleses, que duró tres años y costó millares de muertos.

Manual de colonialismo

Todavía en 1917 David Ben Gurion afirmó que “en un sentido histórico y moral”
Palestina era un país “sin habitantes”.
Ben Gurion no ignoraba que el 90% de los habitantes eran árabes: decía
simplemente que no existían como seres históricos o morales. Por la misma época,
según relata Fanon, los profesores franceses de la Universidad de Argel enseñaban
seriamente que los argelinos eran más parecidos a los monos que a los hombres.
Este tren de pensamiento, llevado a sus conclusiones prácticas, puede encontrarse
en el propio fundador del sionismo, Teodoro Herzl. “La edificación del Estado Judío”
escribió “no puede hacerse por métodos arcaicos. Supongamos que queremos
exterminar los animales salvajes de una región. Es evidente que no iremos con arco y
flecha a seguir la pista de las fieras, como se hacía en el siglo XV. Organizaremos una
gran cacería colectiva, bien preparada, y mataremos las fieras lanzando entre ellas
bombas de alto poder explosivo.”
Algunos colonizadores admitían que los palestinos eran hombres, aunque más
parecidos a los pieles rojas. “¿Quién ha dicho –preguntaba en 1921 la Organización
Sionista de Gran Bretaña– que la colonización de un territorio subdesarrollado debe
hacerse con el consentimiento de sus habitantes? Si así fuera… un puñado de pieles
rojas reinarían en el espacio ilimitado de América.”

Un ghetto más grande

La mentalidad colonial marcó profundamente el establecimiento de la
inmigración judía en Palestina. Se formaron comunidades cerradas, exclusivas,
donde el árabe era un intruso. La reventa de tierras a los árabes se convirtió en
pecado que las organizaciones terroristas judías castigaron sangrientamente.
Aún a nivel de la clase obrera se instala una perversión de la conciencia que
convierte al trabajador árabe primero en competidor del inmigrante, después en
enemigo, finalmente en víctima. La Histradut, central sindical judía, no admite en su
seno, los boicotea, prohíbe a las empresas judías que compren materiales trabajados
por los árabes.
David Hacohen, miembro de la Histradut y años después parlamentario israelí, ha
recordado las dificultades que tuvo para explicar a otros “socialistas” ingleses que “en
nuestro país uno adoctrina a las amas de casa para que no compren nada a los árabes,
se piquetean las plantaciones de citrus para que ningún árabe pueda trabajar en ellas,
se vuelca petróleo sobre los tomates árabes, se ataca en el mercado a la mujer judía
que ha comprado huevos a un árabe, y se los rompe en la canasta…”
La soberbia racial va moldeando esa sociedad en el más absoluto aislamiento,
como si todos los ghettos del mundo se juntaran en un ghetto más grande, pero esta
vez deliberadamente encerrado en sí mismo.
Simón Luvich, israelí exiliado en Londres, recuerda con asombro aquella época de
su infancia: “Para nosotros, los árabes eran una especie de exótica minoría étnica,
que a veces bajaba de las montañas con sus kufeyas… Nunca entendimos de qué se
trataba, porque no los veíamos.”
Galili, ministro de Información de Israel, seguía sin verlos en 1969: “No
consideramos a los árabes del país un grupo étnico ni un pueblo con carácter nacional
definido”.
Si es ceguera no ver lo que existe, a esa ceguera debe atribuirse la sangre que ha
corrido y seguirá corriendo en Palestina.

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EN 1947, UNA RESOLUCIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS QUITÓ A LOS PALESTINOS EL DERECHO A TENER UNA PATRIA

El israelí se jacta ante el mundo de ser el máximo representante en la historia de la Diáspora… Pero quien posee en tal grado el sentimiento del destierro, llega a ser completamente incapaz de comprender que otros puedan tener ese mismo sentimiento. No es cruel que digamos que el comportamiento de los israelíes sionistas con el pueblo original de Palestina es similar a la persecución nazi contra los propios judíos.

(Mahmud Darwis, poeta palestino).

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El mandato británico sobre Palestina después de la primera guerra mundial
permitió cumplir con la promesa, contenida en la declaración de Balfour de 1917, de
establecer un “hogar nacional” judío en un territorio poblado por los árabes. Para el
sionismo el Mandato era una etapa intermedia, necesaria antes de establecer una
población propia en Palestina como base del Estado Judío, objetivo permanente
detrás de la fachada del “hogar nacional”.
Gran Bretaña favoreció ese proyecto hasta que la inminencia de la segunda guerra
mundial le hizo ver que el riesgo de que los pueblos árabes se alinearan junto a
Alemania. Las falsas promesas de 1915 se renovaron en 1939.
En mayo de ese año el gobierno británico publicó un Libro Blanco donde
reafirmaba que no tenía el propósito de imponer la nacionalidad judía a los árabes
palestinos, prometía limitar a 75.000 el número de inmigrantes en los próximos cinco
años y, a partir de 1944, no admitir nueva inmigración sin el consentimiento explícito
de los árabes.
El Libro Blanco fue un producto tardío e ineficaz del colonialismo ingles. En los
primeros 20 años de Mandato la proporción de habitantes judíos en Palestina pasó
del 10 al 30%. Solamente en 1935 habían entrado más de 60.000 colonos: en 1940 la
población judía se acercaba al medio millón.

Aceitando el fusil

Los jefes de la Agencia Judía concibieron desde el principio la inmigración como
una “colonización armada” y construyeron una organización semiclandestina, el
Haganah, de la que en 1935 se separó un brote terrorista de ultraderecha, el Irgun,
cuyo lema era un mapa de Palestina y Transjordania atravesado por un brazo armado
y un fusil con el lema hebreo Rak Kach (“Sólo así”).
Inicialmente estas organizaciones se limitaron a asegurar mediante el terror la
vigencia del boycot antiárabe, pero a partir de 1939 empezaron a prepararse para
combatir, también a los ingleses. Curiosamente uno de esos preparativos consistió en
el ingreso masivo de judíos en el ejército británico: al final de la segunda guerra su
número llegaría a 27.000 hombres, que serían el núcleo del ejército judío para la
confrontación final en dos tiempos: contra los ingleses y contra los árabes.

El empujón nazi

El estallido de la guerra llevó a su paroxismo la persecución de los judíos en
Alemania y brindó un nuevo argumento para la inmigración en Palestina. Ben Gurion
resumió en estos términos el sentido y los límites de la alianza entre el sionismo y
Gran Bretaña: “Lucharemos junto a Gran Bretaña en esta guerra como si el Libro
Blanco no existiera, y lucharemos contra el Libro Blanco como si no existiera la
guerra”.
En la práctica esto significó desconocer las cláusulas restrictivas del Libro Blanco
e intensificar la inmigración clandestina, aún desafiando el bloqueo inglés. Buques
cargados de inmigrantes europeos fugitivos del nazismo empezaron a llegar a las
playas palestinas. Cuando en 1940 los ingleses pretendieron devolver el cargamento
de dos de esos barcos, el buque Patria que debía transportarlos confinados a la isla
Mauricio, saltó en pedazos en el puerto de Haifa. Allí murieron 250 personas, en su
mayoría mujeres y niños. Aunque el sionismo alegó que los propios refugiados
volaron el Patria, la opinión mundial se indignó ante la insensibilidad británica.
Recién 18 años después un miembro del Comité de Acción Sionista, Rosenblum,
reveló que el Patria había sido volado por la Haganah, sin consultar a las víctimas.
“Con nuestras propias manos asesinamos a nuestros hijos”, escribió Rosenblum.

Llegan los americanos

En 1942 el centro de gravedad del sionismo se había desplazado de Gran Bretaña
a los Estados Unidos. El 11 de mayo de ese año la Organización Sionista Americana
publicó un manifiesto que luego fue conocido como el Programa de Baltimore.
Planteaba cuatro exigencias: el fin del Mandato, el reconocimiento de Palestina como
Estado soberano judío, la creación de un ejército judío, la formación de un gobierno
judío.
En Jerusalén, la Agencia Judía adoptó el Programa de Baltimore como política
oficial del sionismo y se desligó del Mandato. Gran Bretaña había cumplido su ciclo.
Iba a librar aún acciones de retaguardia, condenadas de antemano, pero dejaría en
Medio Oriente –como en la India, como en Irlanda– la semilla de un conflicto
inagotable.
Los norteamericanos tomaron el relevo de los ingleses y no lo abandonaron hasta
hoy.
Cuando en 1945 se desmoronó el nazismo y se abrieron las puertas de los campos
de concentración –las cámaras de gas, los patéticos restos de una infinita carnicería–,
un sentimiento de horror sacudió a Europa.
Los europeos tienen una singular capacidad para proyectar los propios demonios
a lejanos escenarios. Muchos franceses creen que las atrocidades de Hitler son
distintas de sus propios crímenes en Indochina y Argelia: ingleses que no han oído de
Kenya se asustan de las persecuciones de Stalin, y algunos italianos están
convencidos de que el fascismo nació en la Argentina.
De acuerdo con este esquema, el exterminio de los judíos iba a ser purgado no en
el lugar donde ocurrió, sino en Medio Oriente: no por quienes lo ejecutaron o lo
permitieron sino por gente que no tenía nada que ver.
El proyecto de un Estado Judío en Palestina se convirtió así en clamor mundial y
los dirigentes sionistas lo explotaron serenamente. Los 225.000 sobrevivientes de los
campos de concentración fueron canalizados a Palestina aumentando una población
que ya al fin de la guerra ascendía al 32%.
Entretanto se preparaba la guerra. No se había disipado el humo sobre las ruinas
de Berlín ni se había desenterrado el espanto total de Auschwitz cuando David Ben
Gurion, futura cabeza del Estado de Israel, negociaba en Estados Unidos la compra
de armamento pesado y la reorganización de la Haganah por militares
norteamericanos.

Nace una nación

Una fulgurante campaña de terror contra los ingleses precipitó el epílogo. En
febrero de 1947 Gran Bretaña anunció que, en esas condiciones, no estaba dispuesta a
seguir gobernando Palestina, y devolvió a las Naciones Unidas el Mandato que le
había entregado la Liga de las Naciones.
La Asamblea de la UN discutió siete meses el tema y finalmente elaboró una
solución “salomónica”. Palestina sería dividida en dos Estados: uno judío, otro árabe.
En ese momento había en Palestina 1.200.000 árabes y 600.000 judíos. Los
palestinos poseían el 94% de la tierra y los judíos el 6%.
El Plan de Partición de las Naciones Unidas dividió el país en dos. En uno, que se
convertiría en el Estado de Israel, y que abarcaba el 60% de las mejores tierras
cultivables, había 500.000 judíos y 400.000 palestinos. En el 40% restante, que
nunca llegó a convertirse en Estado, y que hoy forma parte de Israel, había 800.000
palestinos y 100.000 judíos.
El mapa resultante es un notable ejercicio de topología en que ambos países
aparecen superpuestos, con pasadizos y corredores para comunicar regiones
separadas. Lo que no dice el mapa es que la mitad de las tierras de propiedad
palestina caían bajo jurisdicción israelí, y que en millares de casos la aldea árabe
quedaba separada de las tierras que cultivaban sus habitantes.
El 29 de noviembre de 1947, por una mayoría de dos tercios que encabezaban los
Estados Unidos y la Unión Soviética, la Asamblea de la UN aprobó el Plan de
Partición y desencadenó la desgracia del pueblo palestino, el genocidio, el éxodo y la
guerra.
En la votación los norteamericanos presionaron hasta el límite a los dóciles
gobiernos asiáticos y latinoamericanos. Una empresa yanqui compró a la vista de
todo el mundo el voto de un país africano. El secretario de Defensa norteamericano
James Forrestal, que no era propenso a escandalizarse, pudo escribir: “Los métodos
que se han usado en la Asamblea General para presionar y coercionar a otras
naciones, bordean el escándalo”.
Así nació Israel. Pero la historia no terminaba. Al día siguiente de la votación, el
sionismo lanzó todo el peso del terror para despojar a los árabes del territorio que le
había dejado el Plan de Partición.

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* Continúa en La revolución palestina (II)

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