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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

La Semana Trágica desde Viñas

14 Jan,2019

por Sergio Nicanoff

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La novela

En la Semana Trágica

de David Viñas fue publicada en 1966. El autor es una de las grandes figuras intelectuales de la Argentina, novelista y crítico literario de los que marcaron a fuego la literatura del país pero también alguien ligado a las gestas rebeldes de nuestro pueblo. Un tipo de intelectual orgánico que lo ubica en un perfil asimilable con el su amigo, nuestro querido Osvaldo Bayer.

El contexto histórico en el que se sitúa la novela es durante el primer gobierno radical de Hipólito Yrigoyen (1916-1922). El ascenso radical al control del gobierno se apoyo en el anhelo de amplias franjas de las clases populares de lograr modificaciones en la arquitectura de poder elaborada por la clase dominante pero al mismo tiempo demostró la fuerza de la hegemonía oligárquica. Los sucesivos gobiernos radicales que se extendieron hasta el golpe militar de 1930 mantuvieron sin cambios los elementos celulares y determinantes del modelo agroexportador empezando por la especialización primaria de la economía argentina, el control de los capitales ingleses del comercio, el transporte, las finanzas y actividades industriales, como los frigoríficos. De la misma manera la propiedad latifundista de la tierra permaneció en manos de la oligarquía terrateniente. Si por un lado, el ascenso social de las clases medias -qué expresó el radicalismo- incomodó e importunó a las fracciones principales de la clase dominante, ninguna de las acciones de esos gobiernos significó una alteración sustancial de las bases de su poder económico y social.

A su vez, un cambio central se estaba operando en la ideología de quienes detentaban el poder real. Del festejo a la inmigración, que supuestamente permitiría superar la barbarie de gauchos y pueblos originarios, se pasaba a la demonización del extranjero. La organización del movimiento obrero y la consolidación de los sindicatos por oficio, el desarrollo de las corrientes anarquistas, socialista y sindicalista revolucionaria y el alza de la lucha de clases alrededor del primer centenario de la revolución aterroriza a la clase dominante e impulsa el giro ideológico. Ese cambio se aceleró a partir del impacto mundial de la revolución rusa de 1917, parida en el medio de un mundo convulsionado por la primera guerra mundial (1914-1918). La perspectiva del “peligro rojo” y la conspiración revolucionaria, a la que supuestamente se enfrentaba el país, llevaba a que ante cualquier demanda obrera, por elemental que fuera, se exigiera a gritos su represión.

El gobierno de Yrigoyen, después de una tibia estrategia inicial de acercamiento a las protestas lideradas por el sindicalismo revolucionario, pasara a dar carta blanca y apoyo para la represión del ejército y la marina así como del accionar de grupos parapoliciales que eran el anticipo de la Liga Patriótica, tanto en la denominada Semana Trágica de 1919, como en la Patagonia en 1921- 22 o en las huelgas de la Forestal.

Todo ese clima de época se encuentra magistralmente retratado en la novela de Viñas y en los fragmentos que aquí publicamos. Su personaje central, Camilo Pizarro, representa a una pequeña burguesía desesperada por formar parte de la elite dominante y llena de despecho por no ser admitida en los clubes selectos de la oligarquía. Su manera de integrarse es enrolarse en los grupos paramilitares que salen a reprimir a los trabajadores e inmigrantes ante el “peligro rojo” que ven emerger en Buenos Aires. El dialogo que mantiene con Federico, miembro de una familia aristocrática en decadencia y hermano de su novia Delfina, es una antología respecto a cómo se construye la otredad desde el poder para justificar las masacres de quienes se rebelan. Imaginar que las hordas maximalistas invaden los hogares de la gente decente para violar a sus mujeres –nunca mejor aplicado ese “sus” de posesión- es uno de los mecanismos que permiten construir una subjetividad afín al genocidio. En épocas de resurgir de fascismos de diverso tono la novela adquiere una inquietante actualidad. Del mismo modo es notable el registro del patriarcalismo y de una de las herramientas de la masculinidad dominante: el ejercicio de matar que te transforma en hombre de manera definitiva así como asesinar trabajadores y extranjeros supone una posibilidad de ascenso de clase. Sí, clase, género y la xenofobia racista son claves que recorren el texto de Viñas para ser leídas desde nuestro presente.

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"En la semana trágica"

(extracto)

Camilo se volvió. -Te llaman. -¿Quién? –cabeceó-. ¿Delfina? -No; Federico –y el Goyo Larsen señalaba hacia la puerta de la sala. Camilo lo miró al general Garmendia que había llegado al momento en que debía separarse unos pasos de su auditorio, ya hacía una pausa y con el brazo en alto murmuraba. Amanecía mientras allá a lo lejos la locomotora del Ferrocarril del Sur avanzaba sobre la estación Pirovano en febrero de 1905, cargada de soldados y sargentos y algunos más que nunca se supo. Si eran cuatreros que aprovechaban como siempre el río revuelto o bolicheros turcos quizás o genoveses que andaban tratando de colocar alguna mercadería. O bien, radicales de ésos de Yrigoyen. El choque de la noche del sábado es frontal: los huelguistas hacen fuego desde las barricadas que han organizado y el Escuadrón ataca con cargas de caballería. Cuando advierte sus bajas y la decisión de los obreros, hace pie a tierra, se abre en abanico y trata de rodear las barricadas. La zona donde el combate resulta más duro es la esquina de Pepirí y avenida Alcorta. Las salas del hospital Rawson empiezan a llenarse de heridos. Esto es ya la guerra civil, no huelga, se alarman los diarios. El informe oficial es más preciso: heridos once; muertos dos.

San Luis Gonzaga, pensó Camilo. Con algo del Padre Lostalé pero con las manos muy blancas, casi trasparentes y unos ojos anchos. No que uno le notara una cosa extraña –más bien tenía un tono de tipo acostumbrado a mandar-, ni en los ademanes. No. Entiéndase bien. Y no es que yo tenga nada contra él. Pero este Federico tiene algo, cómo les diría, algo que se escapa de los dedos, pero que está ahí. Los lacrimales tan carnosos, como de culpa, debe ser. Es como cuando uno está en una reunión entre diez personas y alguno se ha hecho encima; el olor se siente aunque no se sepa de quién es. Pero está la cara, algún gesto, un parpado que tiembla y uno puede decir quien es el damnificado: ese o aquel que se hace el que contempla un bibeló o el que se sienta al piano y hace como si supiera mucho de Chopin. Así está claro: entre diez machos, entre diez machos reunidos de noche y sin mujeres ni hermanas, si al Goyo Larsen -pongamos por ejemplo- o al sobrino de los Newbery se le ocurre proponer por qué no vamos a oler globos, a ninguno, a ninguno de los machos quiero decir, se le va a pasar por la cabeza preguntar. Desde cuando se besan los globos, porque se sobreentiende. Y eso es ser macho, para decirlo una vez: sobreentendido. Culos, culos de mujeres. Leña; dar palos y no ir a un remate a lo de Naón. Tirarse alguien significa encamarse, señores, no hacer cuerpo a tierra. Y un guiño a tiempo ¿salimos? y rascarse la nuca: a este se la damos con todo.

Y no nos engañemos: eso en lo de Hansen, en la facultad de la calle Perú y en la estacia de Llavallol. Hablar poco: eso es ser macho, y Camilo se dejaba arrastrar por la complicidad aspera y formidable de los que se presienten iguales entre si. En cuanto a Federico, era distinto. Y daba demasiadas explicaciones, que está bien para los gringos que tienen que ir al mercado del plata con el diccionario. Por eso uno es callado y, sino lo es, se aguanta. ¿Está claro? ser macho es ser callado; hablan mucho los que se les caen las palabras, porque no están en la cosa. Como entre lunfas: pocas palabras, esta boca es mía, alzáslas cejas y a ley de juego todo está dicho. Y el que no entiende no es que no sea chorro, sino que si está allí metido y se queda pagando es porque es de la cana. Y ser de la cana entre lunfas en serio viene a ser lo mismo que resultar distinto entre machos cabales.

Por eso cuando Federico siguió hablando de lo que pasaba allá, por Nueva Pompeya, lo tomó con cautela:

-Pero, ¿en serio que es para tanto? Federico parpadeó como si lo hubieran agraviado: -¡No irás a pensar que estoy mintiendo! -Mentir, no, Federico... -Entonces ¿qué? -Cualquier cosa- Camilo se pasó el vaso helado por la frente-. Menos mentir. Yo no puedo pensar eso de vos. -Concedió-, pero a lo mejor exagerás. -Las viejas exageran- Federico usaba un tono cortante: se había sentado en el otro extremo de la biblioteca, cruzó las piernas sacudiendo mucho el pie; después miró al costado, hacia las estanterías, pareció elegir uno delos libros; pero no, se limitó a acariciarle el lomo-. ¿Vos leíste los diarios? -Dijo como si retomara su agresividad. -Si- admitió Camilo. -¿Pues tuviste muy ocupado yendo por ahí? -A mi me lleva poco tiempo ir por ahí- subrayó Camilo con una sonrisa. -¿Y qué pensás? -¿Qué pienso de qué? -De lo que está pasando, mi querido. ¿O te parece poco lo que ocurre? -No, no- era el calor y Camilo no lograba salir de esa nube de pesadez: el calor y la comida, el general Garmendia y los tres dedos que le faltaban al sargento Plaza. Sábado y verano; no era como para ponerse a discutir. Se discute en abril o en junio, como se da exámenes en marzo si se ha estudiado o uno se resuelve a atropellar. Pero el verano está para piletear en la Balcarce, irse a Llavallol o a Mar del Plata si te invitan los Casiaburu. Pero no para discutir. Volvió a pasarse el vaso helado por la frente, hizo un esfuerzo y se incorporó en el sillón-. No me parece poco, Federico. Pero me parece inflado. Con que la policía... -Qué policía ni policía- estalló la voz de Federico como un chirrido-. La policía responde a ese...a ese señor que nos gobierna. Y si no le responde a él, va a hacer lo que el imbécil de González esté dispuesto a ordenar. Pero nada más, Camilo. Nada. Ni esto de más -y Federico se señalaba la punta de la uña-. Ni esto. Date cuenta. -¿Y qué es lo más grave que puede pasar? Federico lo miró entornado los ojos como si lo contemplara en la lejanía: -¿Vos te acordás de lo qué pasó el centenario? -¿En el diez? -Si. Exactamente. -Bueno...- Camilo hunió el dedo en su vaso y jugueteó en el hielo-. Hubo huelgas, más que las de costumbre. Pero venían de siempre las huelgas, por lo menos desde que yo tengo uso de razón. -¿Nada más que huelgas, Camilo? -Federico se había puesto de pie y se pasaba de un extremo al otro de la biblioteca-. ¿Cómo es posible que hables así? ¿O no tenés memoria? -Si que tengo: nunca me olvido que el Goyo Larsen, por ejemplo, me debe cincuenta pesos desde... -¡No juegues Camilo! -Y vos no me levantes la voz- cabeció Camilo asombrado de que Federico se irritara sin transpirar. -Es, que yo te estoy hablando enserio y vos me salís con tonteras. -Bueno-Camilo de dispuso a mostrarse equanime-. Metieron bombas. Pero a los que se hicieron los locos, les dieron palos... y a ese, comó se llamaba, el de la bomba del Falcón. Ese de apellido ruso. -Radowitsky- dijo Federico con una neutra voz de apuntador. -Sí: ése. Bueno, a ése, lo mandaron al sur. Y supongo que tendrá para rato. Federico se había detenido en sus paseos: -Decíme- se volvío pausadamente-.¿Vos crees que con mandar a un tipo a Ushuaia se acaba todo? -¿Y te parece poco? - Es que la cosa sigue, Camilo. Empieza con las huelgas, se castiga a uno, pero el mal sigue y sigue, y si no lo paramos nosotros... -¿Nosotros? -Sí, Camilito: nosotros. Nosotros - Federico se señalaba el pecho con el pulgar-. O no se te ocurre pensar que después de las huelgas y de meterse en las fábricas van a venir sobre nuestro barrio. Esa gente no se queda de brazos cruzados; Siempre quiere más y más.¿ O no te acordas de lo pasó el año diez? -Sí - resopló Camilo-. Ya te dije que sí. Desde el otro lado de esa puerta que daba sobre el jardín, alguien llamó. -Sí. Delfina, sí -Federico se apresuró a asomarse-. Ya vamos. Enseguidita -después se volvió hacia Camilo lentamente, tenía un aire sombrío, como si hubiera envejecido-. Decíme -se paró con las piernas muy abiertas- ¿qué te crees que es nuestro barrio? -Nuestro barrio -caciló Camilo-, son nuestras casad. -Sí, sí: mucho nuestras casas -los labios de Federico tenían un pliegue desagradable. Filo, navajas. Era curioso: en él se mezclaba su aspecto rígido de oficial austríaco y su aire de San Luis Gonzaga. Un militar señorito, empezó a calcular Camilo, pero sintió fatiga. Sábado, noche, el verano, Delfina en el jardín, probablemente habría servido helados, y esa idea le estalló como una burbuja de saliva-. Pero nuestras casas... Decíme -nuevamente Federico se le había parado delante-, ¿vos realmente la querés a Delfinita? Camilo alzó la cabeza: esa pregunta, que esa pregunta se la hiciera Federico con su voz de clarinete. Qué significa esa pregunta. -¿Qué me querés decír? -Lo que te estoy diciendo: si la querés a Delfina. -Vos sabés cómo la respeto. -Lo sé, sí; pero ¿querés casarte con ella, supongo? Camilo lo miró a los ojos: eso lo ponía muy tenso, como si tuviera que disponerse a correr: -Es lo que más quiero -dijo; le costó un esfuerzo pero lo sacó bastante bien- Bueno -la mano de Federico flotaba muy cerca de su cara-. Bueno -repitió-. Si vos creés que una huelga es solamente el barrio de las fabricas como si fuera el fin del mundo, te sugiero que pienses qué le pasaría a Delfina si ésos se les da por meterse en nuestras casas. -¿Cómo? -Meterse en nuestras casas -subrayó Federico. Por un momento se apoyó en el marco de la puerta, volvió a mirarlo a Camilo con sus anchos ojos de San Luis Gonzaga y salió al jardín.

Domingo cinco, Reyes y la ciudad permanece inmóvil bajo un calor de treintiséis grados. Las posiciones continúan enfrentadas mientras los directivos de Vasena insisten ante Yrigoyen para que tome medidas drásticas. El ejército, señores -contesta el presidente- permanece en sus cuarteles. Mano de hierro exigen los diarios tradicionales. La policía asume una actitud pasiva, gimen ante la lentitud con que se resuelve la represión. Yrigoyen resulta demasiado lento: solicita nuevas consultas, pretende escuchar a todos los sectores. Tiroteos aislados en plena calle Labardén, denuncia La Prensa. ¿Habrá que esperar que lleguen a la avenida Callao?

Meterse, se repitió Camilo. Meterse en nuestras casas: pararse delante de una puerta, es decir, llegar corriendo y detenerse frente a una puerta, agarrar el picaporte y sacudirlo a medias para verificar si está cerrada y a medias para llamar la atención de los que permanecen adentro. Pero no, cerrada. Entonces sacudir una vez más el picaporte, enérgica, unútilmente y depués tomar distancia frente a esa madera dura y terca y pegar una patada. Pero para pegar bien había que darle con la parte de abajo y para pegar con la parte de la suela era necesario arquear los dedos del pie. Por lo tanto, abrir una puerta de una patada era lo mismo o casi que pisar un insecto que hubiera aparecido por el zócalo. Abrir era pisar, meterse era pisar, y él una vez entró así a la habitación donde se había encerrado Cleo: patear y pisar y que la puerta crujiera; apretando el pie y los dientes hasta que eso estallara saltando una astilla al costado con la que se raspó al avanzar hacia Cleo, que sehabía parado al lado de la cama, que por otro lado estaba deshecha y olorosa, sino en el fonfo, debajo de ese cuadro con garzas, y con las manos delante del pecho. Meterse era dar patadas. Meterse era violar, aunque a una mujer como Cleo no se la violaba sino que aunque diga No, hoy no quiero, Camilo, estoy indispuesta, al fin de cuentas es hacerle el gusto aunque ella no lo sepa o prefiera no decirlo. Meterse, pues, era romper, dar patadas, y llamando a las cosas por su nombre, violar, y Camilo, se secó las manos en la sábana.

-¡Sí? -se incorporó a medias. La puerta de su pieza se entreabrió: -Nada, niño Camilo: era para saber si podía hacer la limpieza. -No, no, Ángela; estoy durmiendo la siesta. -¿Vengo más tarde, entonces, niño? -Sí, yo te aviso cuando salga.

La puerta volvió a a cerrarse, un listón de luz recorrió la pared como un abanico y se escurrió bajo la cómoda. La puerta desde adentro: no él parado delante pegando patadas o tironeando del pestillo, sino del otro lado, de adentro. Los otros tratando ahora de meterse; no uno solo, él, sino un montón golpeando con los hombros como si tuvieran que derribar un árbol. Y él de adentro, él retrocediendo como Cleo con las manos delante del pecho. Las manos sudadas delante del pecho, con los golpes que crecieran y sin sábanas para secarse el sudor. Apenas si la propia piel que también suda cuando hay alguien del otro lado de la puerta y quiere meterse. Meterse los otros era sudar, yo y éste que es mi cuerpo sin nada seco donde secarse porque el empapelado del cuarto era demasiado áspero o excesivamente claro y quedarían las marcas como las de alguien que se agarra de un borde arenoso para no hundirse.

Camilo se pasó la mano por la boca, allí también tenía húmedo; se contempló los dedos brillantes y Verano de miércoles, murmuró. Meterse a las patadas era el verano y el calor entraba así todos los eneros, pero sin ruido, sigilosamente. Los otros metiéndose, entonces, era sentir calor y retroceder como Cleo hasta quedar debajo del cuadro con esa mujer con aire pensativo y flores lilas y Federico que repetía antes de salir del jardín. Meterse en nuestras casas.

-Ángela -llamó Camilo sentándose en la cama-. ¡Ángela!

Entre las piernas la sábana se le había hecho un bollo, presintió que podría hincharse y crecer y lo estrujó como aquella siesta en Llavallol que tuvo que secarse las manos con un diario: allí se leía Verdún, emboscada y patriotas.

-¿Llamó, niño? -Sí -Camilo amasó un poco las sábanas-. Para que me prepares el baño. -¿Con agua caliente? -No, mujer, no.

Meterse era avanzar sobre él, sobre Cleo, pero una cosa era echarse encima de esa tipa que al final, siempre, se tomaba el pecho para que se lo besara como en un rito y con la que podía hablar de los otros que se le tumbaban encima, desde el general Garmenia pidiéndole que hablara con entonación paraguaya, se reía, le decía igualito que el cabo Correas, que era paraguayo, y todos los paraguayos son unos cobardes que no asoman la cabeza por encima de las trincheras, para terminar pegándole aunque, casi siempre unas palmaditas, hasta el juez Casaborda, que entraba con la mano delante de la boca como si fuera a hipar, pero en realidad ocultando unos aritos para vos, porque le daba vergüenza y se disculpaba, No me gusta traicionarla a Sonia, si se entera no me recibe más. Y otra cosa era voltear la puerta y entrar y avanzar sobre Delfina porque de sólo pensar eso sentía una puntada, una especie de guampa, quiero decir, que se me mete a la altura del hígado sin desgarrar pero revolviendo todo y quedándose.

-Delfina -murmuró estirando las manos, como si quisiera secarse en la penumbra del cuarto: era algo seco, una especie de mosquitero de tul, pero ésa que flotaba ahí no le servía para gran cosa: la puerta abierta a las patadas, esos tipos avanzando en pelotón y Delfina con las manos transpiradas retrocediendo hasta quedar debajo de ese cuadro de Sívori-. Delfinita -entonces se puso de pie, corrió la cortina de un tirón, toda la habitación se iluminó y se puso a buscar en los cajones de la cómoda: los pañuelos, unas bolas de naftalina que rodaron en el fondo, los guantes de pecarí, un aro de mujer y, por fin, en un rincón el Smith-Wesson: ñato, mi mocho, quilombero viejo, con las cachas azuladas y las seis balas adentro; a un costado esa bolsita que parecía de tabaco y dos docenas de diminutos cilindros de bronce. Bien. Por un momento se la llevó a la cara y él, él mismo no supo con claridad si las olía como si fueran tabaco, las besaba o quería que le refrescaran las mejillas.

-Altar -murmuró- ¿Qué?

Si meterse era violar sin secarse las manos sudadas, pelear era parar a esos tipos. Seguramente el primero en avanzar sería uno de gorra, autoritario pero sin levantar la voz y con los pantalones de corderoy. A ése lo paro en seco. Lo mató, y Camilo se cerró de un tirón los cordones de los botines. Si meterse era violar, matar a uno de ésos era pararlos para siempre: quedaría al pie de la cama de Delfina, no, un poco más acá, con la cara mirando el cielorraso y la nariz muy afilada mientras los demás le irían formando un círculo alrededor, alguno lo palparía con la punta del pie, otro murmuraría compañero, el de más atrás la contemplaría a Delfina parada bajo el cuadro de Thibon de libian y diría Yegua o Perdone, señorita, con usted no era la cosa, sino con ése.

-¿Ya sale, niño? -Sí, sí. -Ahá -Camilo señaló hacia el pasillo-. ¿El rancho está en...? -En la sala, niño. -¿Me hacés el favor de pasarle una gamuza? Ángela se había cruzado de brazos y se tironeaba de la piel de los codos: -¿Cúando vio que yo me olvidara de eso? Camilo se volvió apenas: los codos de Ángela, el pesado busto de Ángela, Ángela espolvoreando harina sobre esa masa verde que amasaba como si fuera barro: -Gracias, Angelita -y la besó en la mejilla. -Comprador -se lo estampó ella de un manotazo-. Es lo que es usted: un comprador.

Pero como esa corbata se resistía a que el nudo quedara ancho, chato y brillante, tuvo que volver a deshacerla: los dedos sudados por más que se los hubiera untado con colonia, el espejo demasiado oblicuo, aunque hubiese jurado que había que hacerlo enderezar y tuviese que quebrar la cintura para verse bien y el general Garmendia que era de San Nicolás de los Arroyos, antiguo alsinista y ceceoso asegurara que los últimos que en este país habían peleado en serio eran los de su generación. La guerra del Paraguay fue la última cosa que hicimos en serio, mis jóvenes amigos; allí matar era terminar entre unos juncos con un agujero marrón en la cara. O parar a unos tipos que avanzaban en pata pero gritando en guaraní y sableando. Matar era terminar de oírlos gritar en guaraní, matar era dejar el tendal en una de esas trincheras que parecían barracas de yerba, unos agarrándose la barriga como si tuviesen muchas ganas de vomitar y no terminasen de vomitar, y dos o cinco gimiendo cada vez más despacito y buscándose una pierna o alguna parte del cuerpo. Eso sí que era matar, Camilo: no oírlos más, y al general Garmendia también le gustaba acariciarse el lóbulo de la oreja, de la misma manera pero con otro sentido: ese pedacito de carne se le convertía en una miga de pan, era una perla de pan y si superponía el índice y el dedo mayor sentiría dos lóbulos en cada oreja. Como seguramente que si esos después de patear la puerta y quebrarla entraban a la habitación de Delfina la empujarían hasta la cama gritando en guaraní.

-No, Camilito, en guaraní no, sino en ruso o en catalán. -¿Decía algo, niño? -No, Ángela: es por esta corbata dichosa. -¿Quiere que le haga el nudo? -Gracias .Camilo sacudió los dedos-. Mejor me dejás solo.

Que Ángela desapareciera por la puerta entreabierta, que caminase por la penumbra del pasillo y que volviera a pasarle la gamuza al rancho, el sol que blanqueaba las ventanas sobre el patio, las baldosas que hacían fruncir los ojos como si se hubiera levantado polvadera y las tinas de agua brillante y las sábanas enceguecedoras tendidas bajo ese cielo sin paraguas, de vidrio, enero de vidrio, el sol, el otro lado del sol, ah la sombra que habría del otro lado y él se apoyaría sintiendo la espalda fresca y esa puntada por Delfina, Delfinita querida, se iría derritiendo. Pero enero era rojo y la cabellera de Fullbright brillaba bajo el sol. Eran tres los que se iban en ese otro enero del 17: Fullbright, Jonson y Deeper.

-Vamos a pelear -le dice Deeper. -A pararlos a ésos -agrega Jonson. -Hunos .dice Deeper apoyándose en la vitrina con las listas de exámenes-. Eso es lo que son. -¿Y vos? -se acerca Fullbright. -Yo ¿qué? -lo encara Camilo. -¿No te venías con nosotros? -Tienen buenas máquinas -la mano de Deeper marca un looping en el aire-; no esos Blériot bichocos de aquí. -Buenas máquinas -cabecea Jonson. -Yo no soy inglés -dice Camilo. -Nosotros tampoco -se sonríe Deeper y su mano aterriza suavemente sobre el hombro de Camilo. -Es que no sé el idioma -dice Camilo. -Lo aprendés allá -la mano de Deeper ha dejado de ser un biplano y acaricia la nuca de Camilo-. Es fácil el inglés. -Muy fácil -insiste Jonson-. Y tienen buenas máquinas. -Pero yo... -retrocede un poco Camilo: Fullbright con su pelo en llamas, un Blériot que entra en tirabuzón, choca contra una enorme piedra y se parte con un estallido rojo. Jonson nacido en Venado Tuerto cuando a Roca le pegaron una pedrada frente al Congreso, padre criador de Romney Marsh allá lejos, en la otra orilla del Salado, manos cuarteadas como pata de gallina y polainas de sargento colonial y Deeper pecoso, hijo de ferroviario y torpe en cálculo diferencial-. Está la carrera. Tengo que terminarla. -Ah, eso es otra cosa -admite Jonson-. La carrera es importante. -Muy importante -admite Deeper. -Pero ellos avanzan -y el dedo de Fullbright señala hacia el río. Bien. El nudo listo, apretarlo un poco para que no resulte tan armado, el saco, una manga, la otra, tengo mejor perfil en la derecha, el lado izquierdo parece más blando, en realidad soy asimétrico. A ver qué tul un fruncimiento de cejas. Bien, sí, me gustó, soy Camilo Pizarro. Y Fullbright, Jonson y Deeper esperan apoyados en la pasarela del Cap Arcona, saludan cuando llegamos con el Goyo Larsen, después se dicen algo entre ellos y se ríen mostrando unas dentaduras de caballos. -¿Cuál te gusta más? -los señala el Goyo. -No sé. Son tan parecidos. -Pero, decí, andá. -Bueno... Deeper. -¿Por? -Porque tiene pecas. Suena una sirena, una inglesa de sombrilla protesta What a country! y saluda alzando el brazo mientras un banderín azul trepa por uno de los mástiles. una banda toca una marcha acelerada y Deeper y Jonson lo agarran al Goyo Larsen y anuncian que lo van a tirar al agua, pero él se ríe murmurando, No, muchachos; vamos, muchachos, inquieto pero dichoso de que le agarren el cuerpo y lo tironeen.

-¿Qué dice?

El barco se va separando del muelle y allá arriba Fullbright grita algo poniéndose las manos de bocina.

-¿Qué dice? -vuelve a preguntar Camilo. El Goyo Larsen se adelanta hasta el borde del muelle: él puede oír y vuelve caminando entre esas inglesas. -¿Qué decía? -lo apura Camilo. El Goyo Larsen se esfuerza por sonreír: -Dice que cuando se te pase el cagazo, podes ir lo mismo. Ellos te esperan.

Los otros avanzaban por el lado del río: los hunos, con gorra y hablando guaraní. Matar era pararlos, matar era ganarles de mano en la violación. Eran ingleses, por eso fueron: de Venado Tuerto, un viejo ferroviario y el otro que entraba a jugar al golf con unas alpargatas de yute. los ingleses sabían matar y lo hacían con convicción pero sin alardes. Primero llegó una foto: Jonson de pie, con uniforme, junto a una máquina formidable; había apoyado la mano sobre la hélice y el Goyo comentó, la acaricia el muy turro. Nunca volvió. Fullbright se apareció una tarde por la Facultad exhibiendo un nuevo libro sobre motores a explosión y la manga izquierda vacía, se reía mostrando sus dientes de caballo y la sacudía con un gesto socarrón: Me quedó muerta para siempre. Al tiempo se supo que estaba de gerente en los talleres del Ferrocarril del Sur; era por el lado de Bahía Blanca, en un pueblito. Pararlos antes de que entraran, matarlos antes de que violaran. Con Deeper fue en Belgrano erre: una vieja sentada en la escalera de entrada murmuraba son, oh, my son, un perro que gambeteaba, lanudo y con aire perplejo, entre las piernas de unos que parecían recién afeitados. A Camilo le dieron varias veces la mano, un poco de anís y frente a una vitrina le señalaron una medalla.

Matar era violar, morir era ser violado. Y si a uno lo violan lo convierten en una mujer o en marica. Que era lo mismo que ser vencido, pero para siempre. Hay que pararlos a ésos, se dijo Camilo, carraspeó un poco y se volvió a mirar en el espejo. Bien: el perfil izquierdo medio blando, pero asimétrico y macho. Agarró la SmithWesson con ternura, la metió en el bolsillo y se la acomodó contra el cuerpo.

En la tarde del domingo, un incidente: varios grupos de huelguistas se dirigen a la estación Constitución; allí piden hablar con los ferroviarios; se trata de solicitarles la adhesión a la huelga: una hora de paro al principio y después en forma creciente si las exigencias fracasan. La entrevista principal se celebra entre el foguista Loiácono y el obrero de Vasena Castel; hablan durante una hora y media en la oficina de controles. El resto de la gente espera en los andenes. El calor aprieta y algunos obreros resuelven destapar uno de los tarros de leche de los que están amontonados frente a la calle Hornos. Alguien protesta, dice que eso es una provocación, pero le gritan que el calor no se aguanta y que no se preocupe que van a dejar las cosas como estaban. La entrevista entre Loiácano y Castel no llega a nada concreto. Cuando Castel explica la situación a sus compañeros avisan que una patrulla avanza por la plaza Constitución. Castel pide calma: son gente reunida, en domingo, y allí no ha pasado nada. Pero al llegar a la estación un señalero que va a tomar su turno es detenido por el piquete policial y golpeado. los obreros de Vasena se repliegan sobre la estación. Castel insiste en pedir calma y se asoma sobre las escaleras de Hornos. Quiere explicarse con la policía, pero desde la calle le hacen disparos. Sus compañeros reaccionan y empiezan a voltear los tarros de leche: con pedazos de rieles, a los golpes, los van volcando sobre el andén y esas latas parecen descabezadas, como sangrantes y un gran lago blanco se desparrama sobre las vías. Procedimientos anarquistas comenta La Vanguardia. Acción Directa que a nada conduce y que provoca represalias. Son cinco mil, siete mil litros de leche que brillan como un charco bajo el sol de la tarde.

Por la avenida desierta avanzaba ese Packard abierto: allá al fondo, humeaba una pirámide de papeles negros, el auto marcó un zigzag, esquivó un perro que trotaba y se fue acercando junto al cordón de la vereda.

-¡Camilón!- gritaron.

Camilo se detuvo:

-¿Que hay?- con un gesto a la defensiva. -Vení- alguien se había quitado el rancho y lo agitaba en el aire. Vení- volvieron a llamar, pero el sol lo obligaba a entornar los ojos-. Camilito: soy el primo de Goyo- entonces avanzó lentamente, con cautela, el Smith-Wesson mocho lindo y la mano tiesa.

-¿Te anotaste en el Círculo?

Cierto: era el primo del Goyo Larsen, uno con cara de liebre que se aferraba a su carabina.

-¿ Andan cazando patos?

El de la cara de liebre se rió:

-No. Rusos. -Patos rusos- aclaró el que iba al volante. -Vuelan bajo -dijo Camilo-. y para eso no necesitan esa artillería. Se dejan cazar con honda. -¿Con honda?- el de volante tenía un gesto de malestar- No te creas- y señaló hacia el fondo de la avenida-. Mirá todos los que se anotan.

El humo de la pirámide se había disipado y desde allí Camilo pudo ver una larga cola que esperaba frente a la puerta del Círculo Naval. -¿Todos esos para cazar rusos? -¿Y qué te creías, que iban a notarse con Sobral para ir al Polo?

Camilo observó al del volante: en realidad era la forma de los labios lo que lo hacia desagradable, no que tuviera malestar de nada. El hígado, calculó, y esa palabra, el color marrón, lo hizo estremecer bajo el sol.

-¿Vas a anotarte? -preguntaba el primo del Goyo. -¿Qué decías? -Si vas a anotarte. -Si -dijo Camilo dejando caer la mandíbula-. Por supuesto. -¿Tenés arma propia?

Camilo se apoyó en silencio la mano sobre la cintura.

-¿Y balas? -Para tres cargadores. -Entonces te mandan a Pompeya -sentenció el del volante.

Camilo se pasó los dedos por la cara: una vez había escrito Labor omnia en una pared porosa y ahora le quedaban húmedos:

-¿Y cómo vamos hasta allá? -resopló-. ¿En tranvía? -No te preocupes, viejito: te dan uno como éste -el del volante palmeó la portezuela como si fuera el anca de una yegua-. Si lo que sobran son autos. Te hacen dejar la libreta.

Camilo se encogió:

-¿Pero qué es esto: una elección o un asunto que va en serio?

El otro se rió:

-Y, vos sabés: garantías- Das la libreta, te anotan en una lista, te ponen un tipo a la derecha, dos atrás y tres carabinas. Y si sos medio paspado, te agregan un milico. -¡Y a darle a los rusos! -aplaudió desde atrás el primo del Goyo mientras el otro ponía el auto en marcha: el motor del Packard crujió duramente, por un momento tembló apenas, volvió a jadear y por fin arrancó. -Adiós, Camilón -el primo del Goyo alzaba su carabina sobre la cabeza-. Andá a anotarte ¡y esta noche te veo en Pompeya! -Menos mal que viniste- le cuchicheó el Goyo Larsen apretándole el brazo.

Camilo lo miró de costado:

-¿Y qué te creías?

El Goyo vaciló:

-No. Es que no estaba seguro -se esforzó por sonreírse con el aire perruno que adquiría a veces-. Como ya vinieron todos -y fue señalando a los que estaban en la fila-. Allí está Elizalde... el Tito Oliver... los Tezanos. No falta ninguno. -No. Ninguno -admitió Camilo y se cubrió los ojos requitando el rancho: de allá delante llamaban, había una mesa, tres tipos sentados como en un comicio y la fila iba avanzando lentamente el primer escalón de la escalera del Círculo, el segundo cuando gritaban Leloir y alguien salía corriendo por un costado y la línea de sombra y ese Neptuno de fierro encima de la puerta en el momento en que un chofer uniformado detenía un gigantesco Isetta en la esquina de Florida y después el pasillo tan fresco y algún saludo de costado, qué tal, Camilito y un desganado Aquí estamos, Piquiyín, al pie del cañón como todos, y la silenciosa y devota aprobación del Goyo Larsen que se sonreía sacudiendo su corpachón con un jejé feliz pero moderado.

-Parece la bolsa -señaló Camilo cuando en el avance de la cola llegaron a esa inmensa sala. -¿Por el pizarrón? -Sí -dijo Camilo y fue leyendo esos nombres anotados con letra apleton aunque no muy clara-. Gorostiaga, Hispano Suiza familiar, cuatro hombres. Hileret, Packard abierto, tres hombres, dos policías. -Se mueve la gente -aprobó el Goyo. -Sí... Martínez Zuviría, Nash, dos hombres, policías tres y un cadete a su pedido.

Y la fila siguió avanzando hacia esa mesa entre el movimiento cada vez más rápido con que Camilo agitaba su rancho a causa de ese calor de miércoles. En Buenos Aires no se aguanta en enero y yo no sé cómo a estos atorrantes se les ha ocurrido largarse a una huelga tan luego en esta época y porque creyeron que iban a aprovechar que la ciudad estaba vacía y era campo orégano, y una carretita hasta el pilón de agua que brillaba en una esquina y ese balanceo que parecía de mercurio, el vasito de papel parecido al de los dentistas, doctor Simpson, Chacabuco tresveinticuatro desde que venía con su madre de Llavallol porque era algo de los abuelos a nietos, mi niño, y el gusto helado en la garganta y de nuevo la fila y los de la fila que ya se iban apoyando en la pared como desplomados pero sin dejar de abanicarse con energía.

-¿Ves? -lo codeó el Goyo. -¡Qué? -Ese hombre.

Camilo se volvió: al final de la fila, junto a la mesa donde iban haciendo las anotaciones, petizón y enérgico, un hombre canoso hablaba delante de un círculo que lo atendía en silencio.

-¿Quién es? El Goyo Larsen se asombró con su aire devoto: -¿Cómo, no lo conocés? -Y si te pregunto quién es... -El almirante -murmuró el Goyo.

Un soldado con uniforme de ordenanza apareció corriendo por la puerta del fondo, tropezó con un policía, se disculpó con una sonrisa y trotó hasta cuadrarse delante de ese hombre canoso. Camilo los contemplaba desde su sitio: el almirante alzó apenas la mano, se despegó del grupo que lo escuchaba y se acercó al ordenanza que hizo resonar sus tacos. Inclinado apenas lo escuchó con la mano sobre la oreja; era el almirante y tenía un aire de confesor: sí, sí, parecía decir, cómo, eso no lo entiendo, sí, está bien. Alzó la cabeza, la cara sonrosada se le había oscurecido; hizo un gesto rígido con algo de maboretá, el soldado se volvió a cuadrar, dio media vuelta y salió a la carrera.Entonces el almirante se acercó a su grupo con una sonrisa condescendiente de senador romano.

-Pizarro -dijo Camilo tendiendo su documento.

El que presidía la mesa del otro lado lo contempló con sus ojos descoloridos:

-¿Estudiante? -Sí. -¿Derecho? -No. Ingeniería. -Qué bien, qué bien -aprobó ese hombre-. Como Newbery -volvió a mirarlo con sus ojos muy abiertos, fugazmente Camilo intentó apoyarse en esa claridad tan suave como para agradecerle o darle a entender que sí, que estaba de acuerdo, pero esas pupilas eran inasibles; seguía escribiendo sin bajar la vista y continuó así cuando le extendió una tarjeta-. Para darse a conocer en cualquier caso.

Camilo titubeó.

-¿Y la consigna? -Allí tiene todo escrito.

Camilo leyó velozmente:

-Mm... el sur... orden... mm... incondicionalmente...subversivas...carabinas _alzó la vista_. ¿Patrulla volante? -Sí. Todos los que mandamos del Círculo tienen esa misión: cada doce horas deben traer el parte. -¿Por escrito? -No. Verbal es suficiente.

Camilo dobló la tarjeta:

-¿Tenemos automóvil? -Sí. Un poco chico, pero para ustedes dos... -ese hombre se volvió hacia el Goyo Larsen-. Pizarro va con vos ¿no? -Sí. Por supuesto -dijo el Goyo. -Entonces no van a tener problemas -volvió a mirarlo con esas pupilas inexpresivas, parpadeó apenas y le tendió la mano mientras en el fondo del salón un grupo aplaudía, otros trotaron hacia uno de los ventanales: en la calle cantaban el himno, después alguien dijo, Va a hablar Manolo Carlés. El almirante se había quedado solo, se acariciaba las patillas y sonreía plácidamente. Al salir a la calle, bajo el sol, el Goyo Larsen se cubrió como si le cayera un chorro de caldo:

-¿Qué tenemos que hacer? -resopló colgándosele del brazo. Camilo sacudió la tarjeta con un dedo: -¿De acuerdo a la consigna? -Sí, hombre, sí. -Y, pararlos. -Perfecto -admitió el Goyo-. ¿Y después? Camilo alzó los hombros: -Qué sé yo. ¿A mí me lo preguntás? Lo que se te frunza, Goyito.

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