“La simplificación de la política nacional en dos polos ha ido en desmedro del debate político y de la visibilización de construcciones por fuera de las propuestas capitalistas”

Presentamos una nueva entrega del dossier “Alternativas populares en debate” donde luchadores sociales e intelectuales críticos comparten su mirada, el análisis y su pronóstico para el ciclo de luchas necesario para una transformación profunda de la sociedad. Compartimos aquí las opiniones de Pablo Perón*

1) ¿Ve una posibilidad de eventual “vuelta” de gobiernos progresistas en Latinoamérica? ¿Qué implicancias o viabilidad tienen estos “modelos” hoy? ¿Se agotó el denominado ciclo progresista?

Es indudable que la Derecha ha recuperado gran parte del terreno que a comienzos de siglo en América Latina había resignado en manos de gobiernos de corte neodesarrollista, así como de aquellos deliberadamente socialistas. También es indiscutible que, para ello, ha sido determinante el injerencismo estadounidense, a través del financiamiento de golpes blandos o, lisa y llanamente, a través de la interrupción (parlamentaria o militar) de mandatos presidenciales definidos en las urnas.

Latinoamérica está acusando este impacto. Y no nos referimos solamente a los casos de presidentes o fuerzas políticas destituidas y perseguidas judicialmente sino a los efectos provocados en la población toda, en lo que se refiere a cómo vio resentidas las conquistas relativas que se habían logrado en la historia más reciente. De cualquier modo, sería un error enorme de nuestra parte, simplificar los hechos y los contextos, reforzando un registro caricaturesco privado de matices, contradicciones, errores y aprendizajes.

Nuestra América conoce perfectamente los efectos del Imperialismo. De hecho, continúa padeciendo la prepotencia yankee obstinada en ubicarla geopolíticamente como “patio trasero” de los Estados Unidos. Sufre el rigor propio de los embates del Capital que se traduce en el control del poder financiero e incluso del poder militar como violencia extrema (en el mundo hay desplegadas poco menos de mil bases militares norteamericanas) y a su correspondiente e indispensable maquinación mediática global. Esto en nuestros países ha significado permanente extorsiones, amenazas, eliminación de derechos consagrados, planes de ajuste, fuga de capitales, entre otras imposiciones. Las corporaciones con sede en Estados Unidos controlan el 50% de la economía mundial. Eso implica una variable insoslayable en lo que se refiere a manipulación financiera, comercial y manufacturera, amén de la voracidad para apropiarse de los recursos en países latinoamericanos.

Está claro que la relación Estados Unidos y Latinoamérica no es lo intensa y sanguinaria de lo que era hace 40 años pero no por eso el Neoliberalismo se toma descanso en su propósito de sojuzgar a nuestros pueblos y apropiarse de nuestros bienes y recursos, extranjerizando la tierra y manejando a discreción nuestras economías. En ese escenario, no sin cinismo, el Capitalismo genera pobres, l@s explota, l@s somete, l@s engaña y l@s enfrenta entre sí. Todo, claro, en nombre de la democracia, la libertad y la república; dando cátedras globales sobre cómo deben conducirse los gobiernos locales. Una ofensiva constante y global que provoca pérdida de nuestra soberanía y atenta contra nuestras verdaderas identidades. Desempleo, hambre, exclusión y falta de horizonte se tornan la norma despiadada que rige la vida de cientos de millones de hermanas y hermanos.

Sin embargo, la historia demuestra que los pueblos de Nuestra América son pueblos bravos, dignos y valerosos. La respuesta a semejantes atropellos que hace un par de décadas emergió en distintas latitudes del Abya Yala fue el caldo de cultivo para surgimiento de gobiernos que, aun con distinto signo político, se mostraron como una alternativa a quizás la versión más descarnada del Neoliberalismo; gobiernos tendientes a trabar un importante grado de articulación regional, sobre todo desde el 2004 en adelante. Vale aclarar, un vez más, que no se trató de gobiernos ideológica ni políticamente idénticos. A modo de distinción, se los suele agruparen, por una parte, aquellos que se constituyeron como variantes progresistas y no implicaron un programa que combatiera frontalmente el Capitalismo sino que tendieron a ajustarlo fortaleciendo aspectos de tipo asistencial y de satisfacción de necesidades básicas en pos de reducir los índices de pobreza e indigencia que los ’90 habían dejado; y otros enmarcados en la construcción del ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) e identificados con una izquierda latinoamericanista en lo que se fue denominando Socialismo del Siglo XXI. En el primer conjunto podemos ubicar las experiencias de Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Honduras, entre otros; mientras que en el segundo a los procesos de Venezuela, Cuba, Bolivia y Ecuador. Más allá de las notables diferencias, de conjunto en líneas generales estrecharon acuerdos que en muchos casos minaron la preeminencia que Estados Unidos acostumbraba a ejercitar en la región, un poder prácticamente incuestionable hasta ese momento. El hito más destacado, en ese sentido, fue el rechazo (por arriba y por abajo) del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), proyecto precisamente fomentado por el gobierno norteamericano.

Hoy el retroceso de esas fuerzas es evidente pero para nada concluyente. Cabe la cuestión no sólo de si hay posibilidades de reconstrucción de un bloque regional antiimperialista sino también de cuál es la evaluación que se hace de la experiencia ya transitada. Se trata de, mientras resistimos las ofensivas cada vez más alevosas de la burguesía, hacer una valoración de qué errores se cometieron, con qué correlación de fuerzas contamos y cuáles son las limitantes propias de los proyectos ya ensayados.

Desmerecer los logros conquistados que implicaron un impacto social en la calidad de vida de sectores excluidos o de las mayorías, sería un despropósito porque, además, son beneficios resultantes de la lucha popular. Son logros del pueblo, no meras concesiones “desde arriba”. A su vez, reconocer dichos avances no impide que seamos meticulosos al momento de evaluar los proyectos políticos citados, los cuales hoy parecerían representar la única esperanza posible para much@s camaradas. Como decíamos, los gobiernos de los dos bloques mencionados, tuvieron un marcado posicionamiento referido a una integración regional que es esencial para cualquier tipo de propuesta política que se precie de soberana. Sin embargo, la distinción que los separa es por demás concluyente, si bien en muchos casos fue sobreinterpretada, relativizada y hasta desestimada. Más allá de las dicotomías “Izquierda-Derecha” o “Socialismo-Capitalismo” (que son bien importantes), para el porvenir de los países así como para un plan grannacional, entendemos que la segunda y verdadera independencia no vendrá de la mano de proyectos que maticen una propuesta capitalista (aun en modo “rostro humano”) que naturalice la explotación de la clase trabajadora a manos del Capital, que refuerce el predominio del Estado burgués, que reproduzca la sujeción material e ideológica de la burguesía, que edifique un sujeto dócil y alienado, y que saquee a los pueblos y su tierra. Es posible que los valiosos logros alcanzados hayan tenido como efecto colateral la sobreestimación a algunos gobiernos o procesos. Incluso que la llegada al poder institucional en lo que para algunos era la etapa posneoliberal haya obnubilado a parte de la sociedad y el activismo, interrumpiendo provisoriamente la mira hacia la consagración de un verdadero empoderamiento popular y la obtención de una herramienta política (como puede ser el arribo a una presidencia o a una mayoría parlamentaria). Quizás hubo también una ponderación del hecho de “ser gobierno” por sobre las implicancias y consecuencias de serlo. En ciertas ocasiones, el autobombo y el desdén por la crítica revolucionaria fueron muy nocivos. No fue hace tanto y no hay que olvidarlo. Hay que tenerlo presente, sin subjetivaciones pero con rigor analítico. Cierto agite y mística mal entendida otorgósentido de pertenencia y generó involucramiento pero también bajó el nivel de los debates y tensionó hacia adentro el entramado de las fuerzas anticapitalistas, encontrando enemigos en donde no estaban. Macartismo, que le llaman.

También vale señalar algunas cuestiones que podrían interpretarse como pendientes o inconclusas (pero nada desdeñables): la brecha entre el decil más pobre y el decil más rico de la población sigue siendo amplísima (vivimos en el continente más desigual del planeta); el sistema tributario sigue siendo regresivo y pernicioso para la clase trabajadora; la apuesta al extractivismo como base económica no se puso seriamente en cuestión; por acción, omisión o complicidad, la mafia y la violencia del aparato represivo no fueron desactivadas, redundando en centenares de casos de “gatillo fácil” y desaparecidos en democracia; la desconcentración de medios hegemónicos es aún un programa en ciernes; la precarización laboral y la privación relativa de beneficios laborales. Juzgar si los gobiernos propiamente dichos progresistas desde un esquema de Capitalismo “serio” tuvieron éxito o fracasaron, dependerá de con qué cristal se lo observe (o pudiera depender de en qué lado del mostrador se esté) pero algunos consideramos que, por límites propios a su identidad, no lograron sanar gran cantidad de las heridas que el Neoliberalismo había dejado al descubierto; marcando preocupantes continuidades de aquello que se decía combatir.

De cualquier modo, aun con las críticas superadoras que pudiéramos marcar, la actualidad nos obliga a ordenar nuestra agenda en forma contextualizada, sin desconocer al Socialismo como verdadero horizonte, pero desde una realidad en la que se evidencia una recuperación de las fuerzas más dañinas y más conservadoras de nuestra historia. Parece cumplirse al dedillo aquella sentencia de Antonio Gramsci cuando señalaba que “El viejo mundo está muriendo. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro nacen los monstruos”. Son tiempos difíciles pero la última palabra no está dicha. Jamás estará dicha porque no la hay. De ningún modo, vamos a replicar aquí narraciones del enemigo plagadas de fatalismos que redundan en resignación y derrota. Las comunidades del Abya Yala son comunidades de sufrimientos seculares, atroces, pero –quizá por eso mismo- dignas, amantes de la paz defendida librando las batallas que fueren necesarias. Somos los pueblos que venceremos y sobreviviremos a los tiranos, los pueblos que, en nuestra memoria activa, cargamos a los mártires de ayer para que nos acompañen a las victorias de mañana, a la definitiva emancipación. Es en el seno del Pueblo donde hemos de hallar las claves para sortear las trampas de esos “monstruos” del Capital. Nuestras propias carestías nos hablan sobre la urgencia de socializar la tierra, gozar de nuestros medios de producción y de comunicación. Sobre un cambio en las bases económicas para que estén fundadas en un “desarrollo” interno real, inclusivo y sustentable; con las riquezas y condiciones naturales que predominan en nuestro continente. La existencia de tamaña brecha entre las clases más altas y los sectores más vulnerados, es consecuencia de una voluntad política deliberada y de una estructura sistémica. No es natural ni casual, es el producto de siglos y siglos de una colonización de la que el posibilismo no nos va a librar, más allá de que le reserve un lugar en su arsenal retórico.

2) ¿Qué caracterización hace del avance de gobiernos de derecha en los países de Nuestramérica? ¿Se puede hablar de una crisis de esos proyectos en la región y/o del macrismo en la Argentina?

El proyecto capitalista y sus programas de gobierno ya nada tienen para ofrecer como promisorio a la población pero lejos estamos de que eso implique un debilitamiento drástico en su esquema político y geopolítico. El Neoliberalismo es especialmente resiliente y no es casual el vigor que ha recuperado en los últimos 10 años. La caída en los precios internacionales de materias primas que se exportan desde esta parte del planeta, fue un escenario ideal para que, debilitadas las economías en países progresistas, Washington reordenara su estrategia para el retorno de fuerzas e ideas neocolonialistas y conservadoras, inclusive de rasgos fascistas. Porque, además, más allá de la referida anteriormente llegada al poder de presientes progresistas y revolucionarios, las corporaciones no habían visto resignado el control sobre poderes fácticos tales como la banca, las iglesias y los medios de comunicación, o de poderes institucionales que tienen una lógica menos democrática (aún) como es el Judicial.

El Neoliberalismo ya no es esperanza para las masas pero supo presentarse, en su lógica, como “solución a los populismos corruptos”, en una táctica que ha redundado en persecución política, policial y judicial, exponenciadas por una enorme ingeniería mediática garante de que dicha puesta en escena sea transmitida a cada hogar. No obstante la particularidad de cada país, en líneas generales el resurgimiento de la derecha implicó alarmantes retrocesos tales como una ponderación de lo financiero por sobre lo económico productivo con consecuente fuga de divisas, toma de deuda para pagar precisamente intereses de deuda, bicicleta financiera, etc. En buen romance: el FMI al poder y las presidencias como virreinatos. Otro efecto es el acentuado otorgamiento en materia de soberanía (territorial y energética) con instalación de bases militares imperialistas y saqueo de bienes y recursos a través de la extranjerización de tierras y privatizaciones. La mencionada promesa de disponerse al combate contra la supuesta corrupción de los gobiernos progresistas funciona, por una parte, como foco distractor mediático, y por la otra, casi como certificado de una pulcritud en la administración estatal, que otorgue margen para la malversación de fondos públicos, a través de maniobras espurias.

Las consecuencias en la calidad de vida de la población ha sido inmediata e indisimulable. Pobreza e indigencia, que incluso se padecen más crudamente en sectores poblacionales como niñ@s, mujeres y adultos mayores; y que van acompañadas de una férrea política de disciplinamiento social. Inclusive apelando a fenómenos tales como el narcotráfico, nicho que surge y se alimenta allí donde el Estado en cuanto tal no está presente, mientras sí está una porción de la clase política como parte del negocio. En tanto, continúa activado como dispositivo de fragmentación social, excusa inmejorable para fomentar masivamente la sensación de seguridad y chivo expiatorio para intervenir mediante el aparato represivo, ejercer un violento control social, disciplinar, reprimir, estigmatizar, segregar y criminalizar la pobreza.

En Argentina, la llegada Mauricio Macri y de la coalición Cambiemos a la presidencia, parece ajustarse a la perfección a esta caracterización. Rápidamente quedaron pulverizadas las promesas de campaña: pobreza “cero”, superación de la tensión social “uniendo a l@s argentin@s”, eliminación del impuesto a las ganancias, contención del dólar y la inflación, fortalecimiento de la Educación Pública, defensa de las jubilaciones, entre otros. No sólo que no se cumplieron las promesas electorales sino que se ejecutó un plan de gobierno destinado a permitir la injerencia del FMI en el mercado, de las transnacionales en las tarifas y de la OTAN en territorio nacional. Esto representa un flagrante ataque a la soberanía del pueblo y de los bienes, a la vez que se trata de una puesta en riesgo de la seguridad nacional y regional. La industria nacional no demoró en acusar el golpe de la apertura indiscriminada de las importaciones y la caída del consumo; a la vez que la clase trabajadora se desangró con cientos de miles de despidos, eliminación de paritarias libres y techos a acuerdos salariales. Casi como símbolo del corrimiento del rol del Estado, ministerios tales como el de Salud y el de Trabajo sufrieron la degradación a secretarias mientras ¡desde el de Educación se afirma no poseer escuelas a cargo!

De cualquier modo, está claro que no todos perdieron con este gobierno, heredero de las oligarquías de un siglo atrás. La liberación en el precio de los combustibles y la eliminación sustantiva de retenciones al agro y a las mineras, no se hizo esperar. Al mismo tiempo, la sostenida y creciente devaluación ha sido un oasis para el enriquecimiento de unos pocos especuladores. No decimos nada novedoso al afirmar que se trata de un gobierno DE ricos y PARA ricos. La mayor parte de la toma de deuda al FMI (al momento de esta publicación llega a casi 60.000 millones de dólares) va a dar soporte a la timba financiera y, de modo inaudito, a abonar un escandaloso volumen de intereses -precisamente- de deuda. Conclusión: se habilita el ingreso del Tesoro norteamericano al control económico del país, endeudando al Pueblo (hoy y a sus generaciones futuras) a la vez que crece la inflación sobre todo en productos básicos de consumo, vulnerando más aún las condiciones de vida de las clases subalternas.

Obviamente el perfil empresarial de Cambiemos debía venir acompañado por una retórica propia, en la que cada vez más crudamente se evidencia un profundo desprecio hacia la clase trabajadora, y hacia el ejercicio y la demanda de derechos. Junto a una estrategia de romantización de relatos individuales de quienes, viviendo en condiciones míseras, aun así cumplen con los preceptos sociales preestablecidos desde el poder. Como señalábamos, existe un verificable corrimiento del Estado en las esferas más básicas, pero a través del pensamiento liberal y meritocrático, se abona a la culpabilización de la ciudadanía y de gobiernos anteriores, para explicar penurias como el desempleo o la suba de tarifas. En lo que sí no escatiman energía ni presupuesto es en la manutención de las fuerzas represivas, instituciones indispensables para la ejecución del referido plan de ajuste y saqueo. Cambiemos supo edificar su perfil sobre los pilares más básicos del pensamiento tilingo, alienado, clasemediero y liberal, lo que le redituó victorias electorales tanto en 2015 como en 2017. Sin embargo, el malestar que crece entre la población (inclusive en parte de sus propios votantes) augura el agotamiento de una política focalizada comunicativamente en ser “la alternativa a la ‘yegua’ que se robó todo”.

El rol de los medios oficialistas ha sido vital tanto para el ascenso como para la supervivencia de la Derecha en el Gobierno y sin bromear, podríamos decir que también han servido como regentes y monitores del desempeño del propio Poder Ejecutivo. Más que fuentes de información, han sido formadores de opinión: un eficiente dispositivo de control social. Han logrado mediatizar la política y enardecer el entendimiento, tallando en la idea de una supuesta “grieta” que nos divide como sociedad. Los medios comerciales concentrados son especialistas en dar forma a lo que muestran pero también profesionales en distorsionar o invisibilizar, a la vez que intervienen masivamente en las subjetividades y, con ello, en el modo de vincularnos con el “otro” político, sexual, étnico, etc. A través de ellos, el Capital procura una exclusión multifacética: social, educativa, económica, geográfica, cultural… El bombardeo informativo fomenta un shock mediático, alimento del discurso “antipolítica” que a la postre redunda en un desentendimiento por parte de la masa social, mientras el desfalco sigue perpetrándose por millones. Pero nuestros pueblos son aguerridos. Pueden equivocarse, en una elección, en otra más… pero no se suicidan. Parafraseando a la compañera Berta Cáceres: ¡Los pueblos indígenas somos fuertes! A pesar de 522 años de opresión, de esclavitud, de exterminio. ¡Existir hoy como pueblos quiere decir haber demostrado la fuerza que tenemos!”.

3) ¿Qué actores sociales y diferentes proyectos políticos aparecen como alternativas al macrismo?

Vivimos en una Democracia formal, representativa, en la que en realidad no es el Pueblo quien gobierna. Eso es evidente. Gobierna una minoría al servicio del poder financiero aunque habrá que asumir que no se trata de un esquema cuya autoría pueda adjudicarse con exclusividad al macrismo. El PRO como casta es una fuerza secular pero como partido no tiene más de 15 años. Los partidos tradicionales han sido los mentores de una cultura centrada en lo institucional electoral en desmedro de la satisfacción de los requerimientos sociales. En este escenario, la ubicación polarizada hacia la Derecha que ocupa el PRO, ofrece una gran variedad de alternativas si caemos en la tentación de observar desde la extorsiva lógica del “mal menor”. Pero el quid de la cuestión es ¿alternativa para qué? ¿Hacia dónde? La multiplicidad de boletas en cada elección no necesariamente implica posibilidades ciertas de opción.

En términos electorales, podemos comenzar por descartar como verdadera alternativa a sectores más conservadores y antipopulares del peronismo que, de cara a 2019, ya van ensayando su presentación en sociedad. Ese nucleamiento está más cerca de representar una herramienta de las corporaciones que un vector que brinde fundadas esperanzas a las franjas sociales más postergadas. Es más, si observamos sus componentes y trayectorias, no sería mal visto por los sectores dominantes ni implicaría un espacio desdeñable para el poder mediático. Ofrece considerables garantías de continuidad, inclusive con un cariz más edulcorado y popular que el oficialismo actual.

En el mapa político aparecen también una serie de fuerzas de desarrollo relativo, y de mayor o menor combatividad, que probablemente no apuesten a una construcción propia sino que posiblemente decidan abonar a marcos que incrementen la intención de voto de fuerzas mayores que ostenten chances patentes de disputa.

Por otra parte, están las fuerzas de izquierda, tendientes a sostener su estrategia electoral a través de frentes que si bien no ostentan posibilidades ciertas de disputa a niveles generales, sí ha logrado un cierto desarrollo local aunque con un techo electoral que aspiran a perforar. Dicho espacio, da contención a sectores poblacionales decididamente anticapitalistas que no prueban entusiasmo por el progresismo. Eso resulta interesante, entre otros motivos, porque eventualmente puede constituirse como árbitro en disputas definitorias. Tal es el caso del recordado ballotage de 2015 cuando llamaron a “votar en blanco”, habiendo obtenido en primera vuelta un caudal mayor que la diferencia que, en segunda vuelta, Macri obtuvo sobre Scioli para llegar a la presidencia.

Finalmente, para a grandes rasgos completar el mapa político electoral, arribamos al Kirchnerismo. Una fuerza que, no sin razón, suscita todavía polémicas y multiplicidad de caracterizaciones, en torno a su horizonte, sus conquistas y sus límites. Por eso quizás es preciso indagar más fino en dicha propuesta. En términos de construcción mediática y de caudal electoral, Cristina Fernández hoy se presenta como “la” alternativa, del mismo modo que Mauricio Macri lo hizo durante la última etapa del anterior gobierno. Aunque cuestionable como dicotomía, dicha polarización ha sido en gran medida beneficiosa para ambos pues garantiza la instalación de mojones que concitan fuertemente la atención de amplios sectores de la comunidad, así como de organizaciones políticas y sociales. Asimismo, consideramos que la simplificación del desarrollo de la política nacional en dos polos ha ido en desmedro, por una parte, de la riqueza en el debate político y, por la otra, de la visibilización de construcciones por fuera de las propuestas capitalistas. El PRO y el Kirchnerismo claramente no son sinónimos (aclararíamos “no son lo mismo”) pero Neoliberalismo y Neodesarrollismo no son precisamente antónimos. Entonces, ¿A qué se debe tal polarización? ¿Qué se gana y qué se pierde en dicha dicotomización? La experiencia de 12 años de gobierno kirchnerista, posterior a la pueblada de 2001 y a la masacre de Puente Pueyrredón en 2002, implicaron el ascenso en la agenda política de cuestiones muy caras al sentir popular: juicio a dictadores, reducción de la pobreza, mejora salarial, inclusión en Educación, intento de descentralización mediática, articulación regional, etc. Pero se sabe –a confesión de parte- que se trató de un proyecto capitalista, de conciliación de clase, que entre otros límites y no obstante los avances referidos, no logró sortear delicadas continuidades con proyectos de cariz antipopular. Con todo, el Kirchnerismo logró seducir a porciones sociales que le reconocieron sus contribuciones a la vez que, demonización mediante, suscitó un marcado encono entre importantes sectores de la población. Para algunos, el problema del Kirchnerismo fue el techo que se estableció a sí mismo y el ensañamiento contra quienes veían, en ese techo, los límites evidentes para un real empoderamiento de las clases subalternas. Una porción de la población identificada con la izquierda quedó en cierta medida entrampada en el posibilismo y en el comprensible temor al regreso a las versiones más feroces del Capital. Se reforzó la devoción acrítica al liderazgo y cundió la idea de que las soluciones pasaban por candidaturas. No se propendió a un proceso de formación política del Pueblo y también por eso se pauperizó el debate y la oportunidad cierta de un trayecto sustentable de empoderamiento de las mayorías. La cuestión, entonces, no fue (solamente) el contraste con los proyectos de las castas conservadoras sino también la distancia respecto de procesos para la construcción de poder popular, obrero y emancipatorio. De hecho, aunque resulte odiosa, cabe la incógnita ¿Qué características habría tenido desde el 2015 un gobierno capitalista (aun en modo “rostro humano piola”) en el actual contexto de caída en el valor de los commodities y en plena guerra comercial EEUU-China?

De cualquier modo, simplemente estamos intentando describir una fotografía del mapa político en vistas a las elecciones del año venidero, lo que conlleva dos grandes límites. Por una parte, carece de la dinámica que cada vez más los procesos electorales comportan en materia de vaivenes y giros que pudieran surgir en los próximos meses. Por otro lado, el desembarco y el regreso “por la puerta grande” del FMI merced a la política del Gobierno, nos instan a hacer foco en lo que todavía falta antes de los comicios. Es decir, además de toda la malaria que generó Cambiemos en sus primeros 30 meses de gobierno, cuánto más nos depara ahora con Christine Lagarde dirigiendo las finanzas del Estado. Así, surge un debate por demás transparente: ¿A Macri hay que derrotarlo en las elecciones para las que falta aún más de un año (periodo que para los sectores más maltratados socio-económicamente puede ser lapidario) o bien las energías de los sectores populares deben concentrarse en impedir la prolongación de un plan cuyas consecuencias serán, en algunos casos, irreversibles? ¿Qué implica la “gobernabilidad” cuando la política es de ajuste y represión? ¿Es lícito sostener la formalidad democrática en desmedro de la supervivencia de las mayorías? ¿La interrupción del mandato de un gobierno neocolonial y de saqueo, a través de acciones directas del pueblo, sería antidemocrático o, por el contrario, un ejercicio de soberanía popular tendiente a impedir que continúe esta brutalidad de saqueo, endeudamiento y miseria? Porque la realidad señala que lo democrático en el sistema capitalista es un mero maquillaje que oculta el verdadero espíritu de dicho sistema.“El Capitalismo es un antagonista irredimible de la verdadera democracia” diría Rosa Luxemburgo. Volviendo a la pregunta, la verdadera alternativa al macrismo es la soberanía del pueblo, el empoderamiento y la posibilidad de que las masas puedan vivir con dignidad. No en el asistencialismo y una paz social que garantice la explotación.

Es imprescindible dar fin a este plan de ajuste ¿Con quiénes? Se hace ineludible distinguir entre con quiénes articular en términos coyunturales, a quién apoyar eventualmente en instancias definitorias y con quiénes construir un proyecto sustentable de largo plazo pero sí podemos afirmar que la resistencia será junto a aquell@s que den prioridad a detener el saqueo y no especulen con la lógica institucionalista de observar cómo se desmadra todo, en vistas a tener un par de puntos más en las encuestas. ¿Con quiénes no? Pues con aquellos que en estos tres años evidenciaron complicidad, en el proceso de ataque al pueblo trabajador. Casos paradigmáticos son la mayoría de los gobernadores, el peronismo tradicional, la oligarquía terrateniente, las burocracias sindicales, el periodismo mercenario y las cúpulas eclesiásticas, entre otros copartícipes.

Se trata de un momento para clarificar y ordenar, en pos de abonar a una construcción popular que no desconozca lo electoral pero que no quede encorsetada en la agenda que el sistema impone. Vivimos una etapa que demanda resistencia lo cual no obtura la posibilidadde organizar las bases para la construcción de un proyecto obrero y popular. La ostensible mediatización del debate político muchas veces morigera esa posibilidad porque no partimos de agendas y enfoques propios sino impuestos. Se discute más sobre nombres y armados que sobre proyectos e identidades. Ni hablar cuando supuestos especialistas, como brujos de quienes se esperan las verdades reveladas, realizan sus pronósticos y cotizan sus fórmulas. Por eso insistimos en el hecho de que la coyuntura actual requiere seguir abonando a una articulación para la resistir, en términos de “unidad de acción”, desbordando a sectores como los citados, que apuestan a la desmovilización. Urge detener el avance material y discursivo contra la clase trabajadora. En esa línea, reivindicamos la tarea sectorial e intersectorial, por encima de los aparatos partidarios y de los pactos dirigenciales. Recuperamos, así, el proceso de las compañeras del movimiento feminista en el marco de lo que para much@s habrá de ser “el siglo de las mujeres”. Su crecimiento y su sustancia son un paradigma de cómo es posible, inclusive en un terreno pleno de obstáculos, avanzar también con la participación de los partidos políticos pero con un método que los obliga a acogerse a las dinámicas propias del movimiento. Y a su vez, ser capaces de evitar la dispersión de fuerzas en lucha y de diseñar un recorrido que, con mayor o menor éxito, ha logrado asestar golpes a un Patriarcado que evidencia heridas que resultan sumamente promisorias. Por eso lo social no debe obturar lo político pero tampoco puede quedar desnaturalizado por éste último. Menos aún si se trata de llegar a las elecciones, reventar la alcancía del capital político acumulado, y lapidarlo quedando licuado entre defensores del Capital.

Trascendiendo lo coyuntural, deseamos subrayar que se hace cada más impostergable la construcción de un programa desde abajo y entre l@s de abajo. Sencillo pero distinto. Ambicioso, alentador y, por sobre todas las cosas, que apunte a recuperar la dignidad de laburantes; no como mendig@s. Porque queremos trabajo y salarios dignos, con los beneficios consagrados en la Constitución. Este Pueblo es muy laburador, más allá de que el discurso de los de arriba (que a veces se replica por abajo) nos pretenda hacer creer lo contrario. Hacer foco en los derechos laborales, es también resistir a las reformas neoliberales. Hacer de los derechos una columna desde la cual se ordene la vida social; defenderlos sin concesiones. Nuestros derechos están hechos de vidas que se dispusieron a conquistarlos. L@s 30.000 desaparecid@s están presentes en cada garantía y ejercicio democrático. Teniendo los pies sobre la tierra respecto de frente a qué nos enfrentamos, contra quiénes combatimos y cuál es la correlación de fuerzas, una perspectiva de clase (compatible con toda lucha contra cualquier tipo de opresión), se presenta como ordenadora a la hora de construir una alternativa en unidad; sin perjuicio de lo cual, lo electoral preserva su trascendencia. Desdeñar lo electoral “per sé” sería de una necedad infecunda y nos haría privarnos a nosotr@s mism@s de un camino factible que varios pueblos de América han transitado con dignidad y sostenido espíritu de lucha.

4) ¿Con qué ejes políticos y con quienes debería articularse el movimiento popular para enfrentar a la derecha y poner en pie una alternativa anticapitalista? ¿Podría mencionar medidas y/o propuestas concretas?

Como Pueblo aún tenemos una tarea inacabada: la de la segunda y verdadera independencia; labor sólo factible a través de un gobierno DE l@s de abajo (no solamente PARA l@s de abajo) y de un proyecto grannacional antiimperialista (Latinoamérica unida en lucha pues ningún país puede salvarse solo, tal como lo subrayara una y otra vez el Comandante Chávez). La pueblada de diciembre de 2001 ha sido la más reciente demostración sustantiva de que no han logrado derrotarnos. También resulta la evidencia de que hay vida (política) más allá de las elecciones. No estamos frente a un abismo como pretenden convencernos para desalentarnos. Sí padecemos, como señaláramos anteriormente, una preocupante mediatización de los debates tendientes a la “partidización” de los debates y posicionamientos (“ser K o anti K”, por ejemplo) a la vez que propugnan el descrédito de lo político con la consecuente apatía, escepticismo y desmovilización que ello genera. Por eso es de primer orden seguir apostando al desarrollo de un pensamiento político propio. En algunas organizaciones esto parece ser así pero a la hora de definir y accionar, resulta mitigado y reducido a lo coyuntural institucional, al pragmatismo sistémico. Del activismo popular, del pobrerío y de los intelectuales de izquierda es esperable una lógica diametralmente distinta, si el propósito realmente es el cambio social. Para ello, sortear el posibilismo y las dicotomías “televisivas” es vital. Por ejemplo: veníamos de un Gobierno al que le reprochamos haber pagado deuda externa contraída en forma fraudulenta y llegamos a otro al que le demandamos que deje de tomar deuda indiscriminadamente. Ese ciclo de dependencia es el problema a atacar, más allá de un gobierno u otro. Por eso es que aspiramos a forjar otra cultura política tendiente a un sentir y a un pensar que sean ajenos a la ideología burguesa, que apueste a la democracia participativa y que rechace todo asistensialismo proclive a la disolución del conflicto Capital-Trabajo. Un proyecto a mediano plazo, Socialista, que habilite a estrechar lazos multisectoriales desde una izquierda que no dé espacio a rasgos capitalistas, que no sea funcional ni cortoplacista; anclada en versiones no eurocéntricas del marxismo. Popular, clasista, feminista y nuestroamericana. Transformadora, no ingenua, sin sectarismos pero sin repetir los vicios de las formas tradicionales de hacer política: burocratización, jerarquización, verticalismo, dependencia del Clero, machismo, operetas, etc. Rechazamos el patético lugar reservado a quienes se conforman con ser un apéndice (más o menos “rojo”) del sistema vigente. Con Agustín Tosco decimos: “no estamos dispuestos a convalidar toda política de subordinación de la clase obrera que pretenda apuntalar este sistema, ya que nuestro propósito no es sostener una vieja estructura al servicio del capitalismo, sino promover un cambio profundo que nos lleve a una nueva sociedad socialista”. Concebimos un Socialismo que sea multiplicador, desde la práctica más cotidiana. Que sea organizado y tenga sus estructuras pero si no es antiburocrático, no será Socialismo. Y focalizado en una construcción de poder popular afianzada a través de la formación política de la población. Las miserias de siglos serán resueltas con participación popular; no basta con ir a votar cada 2 o cada 4 años.

Al modelo de dependencia impuesto por la burguesía, hemos de contrastarlo con un modelo verdaderamente emancipatorio. Necesitamos un nuevo contrato social, una Asamblea Constituyente que haga hincapié en un proceso de soberanía y que a la dependencia con el FMI se responda con el no pago de la deuda externa; que combata el negocio de la multinacionales a través de la estatización de empresas, bienes y servicios; que confronte la especulación financiera con la nacionalización de la banca; que oponga a la extranjerización de la tierra, una reforma agraria; que al agronegocio y a los desalojos se contraponga la soberanía alimentaria y un modelo de agricultura alternativo; que resuelva la desocupación, con trabajo y salarios dignos; que al desguace de la educación y salud públicas, se lo afronte con un presupuesto acorde a la universalización de esos derechos; que legalice el aborto para impedir la muerte evitable de cientos de hermanas; que ataque el déficit habitacional y la especulación inmobiliaria con planes de vivienda universales y que no dependan de los vaivenes económicos y políticos; que se neutralice al monopolio mediático con una red de medios autónomos y populares que permitan que la población pase de ser “receptora” a ser ella misma, el medio; que a la dependencia neocolonial responda con soberanía territorial e integración económica con el resto de las naciones de Nuestra América.

La real alternativa al resurgimiento de las ultraderechas y gobiernos neoliberales, no será un progresismo basado en el extractivismo y el aumento del consumo por parte de “beneficiari@s” desmovilizad@s sino un Socialismo participativo y democrático, antipatriarcal, respetuoso del planeta y, sobre todo, que pueda forjar sujetos conscientes y dotados ideológicamente para ser protagonistas de una batalla cultural en la cual el Capitalismo no da tregua. Dar esa batalla, también implica reconfigurar nuestros modos de vida en torno a lo colectivo, ponderando la defensa y el avance en materia de derechos sociales. A menudo cuando se habla de libertad, de propiedad, de seguridad (incluso de felicidad y de vida), lamentablemente está naturalizado concebirlos estrictamente desde la individualidad. El derecho social queda así debilitado por una cierta perspectiva civil. Pareciera que no fuéramos comunidad, que fuéramos una mera suma de ciudadanos. Es obvio que el ejercicio de las libertades individuales es un bien a preservar pero la mayor orfandad se encuentra sobre todo en el plano del ejercicio de los derechos sociales, colectivos, de clase.

No parece sencillo y nadie ha dicho que lo sea; pero otra sociedad y otros gobiernos son posibles, generando las condiciones, objetivas y subjetivas, para que las utopías sean cada vez más cercanas. Hoy es indispensable seguir tendiendo puentes: entre campo y ciudad, entre obreros y estudiantes, entre ocupad@s y desocupad@s, entre interior y metrópoli… fortaleciendo los lazos regionales, independientemente de la suerte de los partidos gobernantes. Ante el ataque global, seguiremos globalizando la lucha, globalizando la esperanza.

5) ¿Qué rol juega la institucionalidad democrática actual en la construcción de alternativas populares?

El Capitalismo es predador, acumulador, expoliador, mercantilizador… pone precio a la naturaleza y a la vida humana. Banaliza los modos de vincularnos, resiente el tejido social, difama la organización colectiva y criminaliza la lucha por causas justas. La Democracia en un sistema capitalista es tan limitada, que en los últimos años ni siquiera ha impedido el retorno envalentonado de discursos, operaciones y candidatos lisa y llanamente fascistas. Por supuesto, como ya señalamos anteriormente, los sesgos construidos desde los medios hegemónicos y el bagaje cultural al que acceden las grandes masas, han sido y son determinantes. En varios casos, por errores propios o por limitantes objetivas, los gobiernos progresistas no han priorizado o no han podido contrarrestar un bombardeo comunicacional plagado de ideología enajenante. Y si nos ganan la cabeza, nos ganan todo lo demás. Esta institucionalidad democrática no es una deidad para adorar sin más, sino un esquema con reglas de un juego en donde se puede ganar o perder pero siempre con la conciencia de que se trata de una creación capitalista que ha servido de dique de contención del descontento y entorpecer el tránsito hacia la verdadera democracia que es la participación y el poder popular. Mientras más distante, formal y cosmética sea la vinculación entre el demos y el kratos, mucho más lograda la remanida máxima de que el pueblo delega su poder en representantes. Por eso no se trata solamente de llegar al gobierno merced a una combinación de alianzas y acuerdos. Si no hay una transformación de raíz por parte de los sujetos, no hay cambio social sustentable. Además de la posibilidad de ensayar la vía electoral, debemos tener la capacidad para que debates como los que aquí recogemos, lleguen al barrio y a los lugares de estudio y de trabajo; en forma pedagógica, en un leguaje comprensible y con una perspectiva dialógica y alentadora. Darnos el espacio para que como Pueblo resignifiquemos, desde un paradigma propio, conceptos como patria, futuro, educación, democracia, dignidad, solidaridad, utopía… Con mucha paciencia y perseverancia, ir desmontando cómo funciona este maldito sistema con la perspectiva de una rebelión en masa. Transformar los padecimientos y consecuencias del sistema capitalista en fuerza consciente y organizada. Y recuperar la historia que, a veces hemos repetido tantas veces en ciertos ámbitos, pero nunca ha llegado a tantos otros. Recordar siempre que los derechos de los que hoy gozamos, no son un obsequio de nadie sino que son obra de nuestros muertos de ayer; están hechos de sangre derramada. Y hacia el futuro, entender la revolución no como algo inmediato y acabado… menos aún como un destino final estático. Revolución implica revisión permanente, implica revolucionarnos nosotr@s mism@s: despojarnos del burgués en el que intentaron convertirnos. De poco sirve radicalizarse y rebelarse contra ciertos aspectos del Capital, mientras se reproducen burdamente lógicas y prácticas burguesas, de mayor o menor escala. Se trata de la búsqueda permanente de descolonizar tierras, bienes, economías, lazos sociales y formas de hacer política… Y respecto de esto último, construirnos EN el Pueblo, no como algo aparte, no como benefactor@s.

Para ello se requiere formar cuadros. En cierta medida, reemplazar a las compañeras y compañeros que la Dictadura nos arrebató. Y revalorizar más la tarea y el rol de la militancia que desarrolla el trabajo de base, que cotidianamente tiene contacto con sectores sociales organizados y en vía de organizarse. Asimismo, es indispensable continuar experimentando las herramientas necesarias para llegar a las capas sociales no organizadas; herramientas comunicativas y formativas para la batalla política así como para la cultural de modo que, por ejemplo, la reproducción de discursos y prácticas xenófobas/misóginas/individualistas por parte del oprimido sea solamente una excepción, y no la regla.

Agregamos otro elemento fundamental: la cultivación de una ética revolucionaria que desdeñe todo lo que inspira el Capitalismo (la codicia, el arribismo, la traición, el oportunismo, la corrupción, el narcisismo…) y promueva una conducta de valores revolucionarios (la honestidad, la entrega, la empatía, la modestia, la responsabilidad…). Cuentan que un par de años después del triunfo de la Revolución Cubana, el Che Guevara visitaba unas oficinas para monitorear el desarrollo de algunas labores administrativas. Al pasar junto a un escritorio, observó que había allí pegado un pequeño papel en el que figuraba escrita una frase supuestamente suya. El texto decía “Aquí se puede meter la pata pero no se puede meter la mano – Che”. Sumamente fastidiado, ordenó retirar el papel y agregó “Yo jamás puedo haber dicho eso. Aquí no se puede meter la mano ni tampoco la pata”. Con esto queremos expresar que parte de la conciencia revolucionaria es también la de asumir compromisos y saber que los descuidos pueden resultar resquicios por donde se fortalece el discurso o la acción del enemigo. A veces tenemos rechazo a hablar de ética porque nos remite a preceptos morales y dogmas propios de religiones o sistemas sociales de opresión y sumisión. Pero lo cierto es que no hay Socialismo sin una arquitectura de valores propios. La alienación capitalista también acecha en ese campo y allí también hay una batalla por librar. Permanentemente, teniendo siempre presente que los rasgos y virtudes de la sociedad que prefiguramos tienen que ser rectoras en nuestras organizaciones. Por contrapartida, actitudes como la naturalización de las injusticias, la ausencia de criticidad, la pereza a la hora de desarrollar una tarea o de formarnos, la malversación de símbolos populares o la resignación de proyectos emancipatorios son las conquistas que el poder burgués logra a través de esa ingeniería que también es parte de la institucionalidad. Existen dirigencias que en gran medida explotan el plusvalor de una militancia de base hecha con enorme empeño y genuinidad; y auspician horizontes poco transparentes o directamente, a discreción, meten “volantazos” que provocan sangrías en organizaciones supuestamente revolucionarias. Las fuerzas que se pretenden socialistas no pueden ser un plantel que se vaya renovando y de las que compañer@s se bajen por la puerta trasera, mientras otr@s tant@s se suben por la puerta delantera. Ese tipo de propuestas que se imponen a sí mismas un techo tan bajo, no parecen ni muy atendibles ni demasiado distintas a aquellas encargadas de sostener el status quo. Entonces también se hace ineludible el pulverizar esa cultura de que las organizaciones utilicen en forma descartable y utilitarista sus intervenciones territoriales y su militancia de base.

Para concluir, y volviendo a preguntas anteriores, sólo reforzar la idea de que la llegada o retorno de gobiernos populares ha de ser parte de una gran lucha para que el destino de Nuestra América sea potestad de sus pueblos. Y esa lucha es permanente e inacabable. Quienes ponemos a disposición nuestra tarea militante en Córdoba, hemos ido aprendiendo a convivir con esa idea de que ni la victoria más épica ni la derrota más dolorosa, será definitiva. Aquellos “monstruos” del Capital también aquí arrecian con su “partido único”, sus cúpulas clericales, su burguesía local, su aparato represivo, sus burocracias sindicales, su periodismo mercenario… y asimismo conviven con los espectros y aspiraciones de la Reforma Universitaria, con las llamas vivas y la desobediencia del Cordobazo, con un pobrerío manipulado hasta el hartazgo pero con las calles pobladas, una y otra vez. Hubo coyunturas más favorables y las hay más adversas pero la tensión no cesa. Aquí y en toda Nuestra América, las batallas se libran a cada instante, en cada lugar en el que podamos subvertir la correlación de fuerzas que el Capital impone. Aunque, como ha pasado durante siglos, se nos vaya la vida en ello.

*Pablo Perón

Docente, delegado escolar, militante del Frente de Unidad Docente Córdoba

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