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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

La teoría crítica en perspectiva generacional

28 Dec,2018

por Mariano Pacheco

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Notas sobre Teoría de la militancia, de Damián Selci

 

Por Mariano Pacheco

(La luna con gatillo//Resumen Latinoamericano)

Cuarenta ríos cierra 2018 con la publicación de Teoría de la militancia. Organización y Poder popular, un libro de Damián Selci en el que se realiza un cruce entre los postulados teóricos de Laclau, Badiou, Zizek y la historia reciente de la Argentina.



“Todas las fuerzas políticas tienen propuestas; algunas tienen programas; casi ninguna tiene teoría”, escribe Martín Rodríguez en una nota final al libro, titulada “Ampliación del campo de batalla”, en la que agrega: “este libro produce teoría porque forja conceptos acerca de uno de los aspectos principales de la práctica política popular, que es la práctica militante”.

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No hay autonomía posible sin enfrentar las contradicciones

Está claro que, más allá de sus muchas veces anquilosadas prácticas teóricas, las izquierdas tradicionales son una excepción a esta verdad de la época. Rodríguez insiste en que la falta de teoría es una de las fallas político-ideológicas de “nuestra concepción”, y el nosotros del que habla es el del kirchnerismo/peronismo o “populismo” (dicho en términos teóricos), que cuenta con una teoría de la conducción (Perón) pero carece de una teoría de la organización.

A la nueva izquierda, o corriente autónoma de los movimientos sociales, le pasa un poco lo mismo: se carece de una teoría de la organización, que dé cuenta de sus modos de problematizar la “conducción” y entender las militancias, así que en este punto este cronista no sólo comparte el diagnóstico, sino que asume la interpelación que el texto provoca, que en esta nota final, a través de la pluma (o el teclado) de Martín Rodríguez, aparece como incitación a que “los intelectuales se incorporen a tiempo completo a la lucha en curso”, sin pretender “empezar de cero” pero asumiendo que es necesario “empezar de nuevo”.

El libro comienza con el sugestivo título de una introducción que se pregunta “por qué perdimos y qué significa ganar”. Doble acierto, ya que en su afán de optimismo las militancias muchas veces preferimos obviar las derrotas, no asumirlas y en tantas oportunidades olvidamos que, entre otras cuestiones, luchamos para vencer.



La revolución populista

Como en uno de esos tantos memes que circulan por las redes sociales virtuales, habría que decirle a Selci: “No sos vos, es tu marco teórico”.

Es decir, hay que aclarar de entrada cierta dificultad que hace que uno se ponga a leer (y a tratar de escribir sobre) un libro que se sitúa en otras coordenadas teórico-políticas. Todas sus páginas están impregnadas por un hegelianismo-lacanismo-laclaunismo que por momentos se torna insoportable (insisto, para quienes nos situamos en otro horizonte).

Esto, por supuesto, hace que lo primero que venga a la mente al leer sus primeros dos párrafos sea ruido. Selci habla de los noventa como los años “olvidados”, pero también, como los “olvidables”. Quizás por ello reduce lo que denomina “neodeleuzianismo” a “éxitos académicos” y la producción teórico-política del período 1994-2004 a nombres europeos/primermundistas como Holloway, Negri y Hard, y le parezca que experiencias como las del zapatismo en México o la de los Sin Tierra en Brasil carecieran de potencia radical para trascender lo pequeño y local y constituir una verdadera amenaza real a un Imperio que sería caracterizado, por estas corrientes, como “demasiado invencible”. Por supuesto, desde esta mirada, el punto de inflexión frente al Nuevo Orden Mundial sería el del advenimiento de los gobiernos progresistas Latinoamericanos, en donde el autor considera que el pueblo accedió al poder, dando un salto hacia adelante.

De allí que Selci parta de La razón populista (2005), de Ernesto Laclau, para afirmar que, si bien insuficiente, la teoría del populismo es el piso desde el cual pensar hoy, porque su “revolución” fue la que “sacó a los movimientos populares de la mera resistencia y les dio tanto la dignidad de la disputa como una hipótesis de triunfo”.

El libro reproduce así, en el plano teórico-político, lo mismo que el kirchnerismo expresó en el plano político-militante: una reducción de la resistencia popular anti-neoliberal a mera negatividad, oposición sin propuesta, momento pre-político, cuando no crisis como sinónimo de infierno de la cual había que huir rápidamente.



Los límites de la época

Tras admitir que la teoría del populismo explica el pasado reciente (del país, de la región) pero no lo  que, teóricamente (y el subrayado pertenece al propio libro), viene después del populismo, el autor asume que esa es tarea propia, colectiva, la de una nueva generación.

De allí que, tras las huellas de Laclau, en la segunda parte del libro se recupere el “materialismo dialéctico” de Slajov Zizek y luego, la “filosofía militante” de Alain Badiou.

Lo extraño de todo esto es que ese cruce de autores, a los que se lee en una filiación con Hegel y Lacan, provenga de una adscripción política kirchnerista y, más específicamente, camporista. El hecho produce curiosidad, pero también respeto e, incluso, cierta expectativa, porque de producirse una intervención teórico-política de envergadura (es decir, si el libro convida a nuevas producciones, y no se agota en sí mismo), permitirá sumar otra corriente al debate intelectual contemporáneo, que en la Argentina viene siendo muy castigado, fragmentario (el PTS ha sido, desde el trotskismo, una de las pocas excepciones en cuanto a asumir con seriedad una intervención permanente y sostenida en dicho campo, y desde la nueva izquierda, más que espacios colectivos han sido más bien esfuerzos singulares los que han desarrollado esta tarea, como es el caso de Miguel Mazzeo, para referirme al nombre más emblemático).

Más allá de la diferencia de enfoques teórico-políticos, no quisiera dejar de destacar algunas cuestiones del libro que rescato profundamente. A saber:

--La irreverencia de poner en conjunción una serie de autores en principio con planteos divergentes (Ej: Laclau/Zizek), en un trazado que se realiza desde la búsqueda militante de componer una estrategia política.

--El hecho de rescatar un “rango filosófico” para la militancia, como parte indispensable de una estrategia de Poder Popular.

--La necesidad de gestar una teoría que piense en la posibilidad de derrotar al enemigo a la vez que se intenta recuperar un horizonte revolucionario.

--La posibilidad de que las militancias (aunque no devengan filósofas en su conjunto) sepan que cuentan con una filosofía que las respalda, que les hace el aguante en el campo teórico.

--Y por último: ese desafío de incitar al lector a que “se ponga a militar”.

Por supuesto, y hecha ya la aclaración de esa suerte de “pathos de la distancia” que existe entre el libro y nosotros (no puedo ahora, por cuestiones de espacio, precisar el nosotros, pero diría al menos apresuradamente que nosotros somos los que actuamos y pensamos en Argentina con el legado de 2001 y la puesta en foco de una mirada más atenta a los fenómenos populares “por abajo” más que en el Estado), hay algunas cuestiones que se presentan en el libro y es preciso discutir. En resumen, diría que son, al menos, cinco:

1) Las conceptualizaciones del populismo realizadas por Laclau como “piso” desde el cual avanzar en la elaboración teórica que necesitamos para la época.

2) La asunción de la perspectiva Badiouiana del Acontecimiento entendiendo que el kirchnerismo fue tal (aquí compartimos la caracterización de Raúl Cerdeiras, para quien el K es un efecto del 2001, el acontecimiento sobre el cual hay que pensar lo que sigue).

3) La insistencia en el uso de un lenguaje con el que tenemos más que perder que ganar (amo; falta; agradecimiento; jefaturas; etc; etc). Necesitamos un lenguaje libertario para una praxis libertaria.

4) La resolución (un poco simplista, un tanto binaria) que el texto hace en torno al vínculo “intelectualidad crítica” (pesimista) y “militancia política” (optimista). De hecho el autor cita el mismo audio de un programa televisivo de los años 90 en donde Cristina Fernández de Kirchner confluye con Viñas, realizando la operación inversa a la que nosotros (desde el proyecto cultural La luna con gatillo) hicimos entonces en el Homenaje que le realizamos a David.

5) Por último, y de la mano de esto, Celsi parece (después de realizar un esfuerzo teórico enorme para fundamentar sus posiciones) recaer en cierta mirada que ha sido hegemónica entre las militancias de los últimos años. A saber: cae en una suerte de anti-intelectualismo que contrapone “práctica política” a “práctica teórica”.



Contra la época

Lo hemos dicho en otras oportunidades: la coyuntura impone la necesidad de realizar acuerdos y confluencias con sectores en los que podemos coincidir en criticar el estado de la situación actual pero con los que difícilmente vayamos a coincidir en una misma perspectiva estratégica.

Teoría de la militancia tiene la virtud de explicitar una, en un espacio en el que rara vez se ha visto un gesto similar.

El libro de Silci logra combinar una teoría de la militancia (con su aparato conceptual, sus tecnicismos) con una teoría para la militancia (con sus esfuerzos de “divulgación” -en el mejor sentido del término-, sus contraseñas).

El texto aporta en un doble sentido a los debates actuales: por un lado combate el posmodernismo, y por otro, el “inocentismo popular” típico de los populismos. Realiza ese movimiento, eso sí, pasando por alto la crítica -sostenida y bien fundada- que desde las izquierdas se ha venido realizando al stalinismo en las últimas décadas y, asimismo, pasa bastante por alto otros aportes de la teoría crítica Latinoamericana.

Hay, para los ojos de este cronista, una sobrevaloración de la figura de la Conducción (a la que se pretende “imitar”, tomándola como “modelo” más que como inspiración), una separación demasiado tajante entre los “cuadros” y el hombre (la mujer, las existencias diversas) común que emprende luchas y procesos de organización, muchas veces, a una distancia considerable de la teoría populista, de las organizaciones kirchneristas, e incluso de los dispositivos de gestión estatal, aún cuando están en manos progresistas. En ese sentido, y más apegado a cierta mirada materialista más cercana a un marxismo clásico, diría que le falta encarnadura social sujeto político tal y como se lo concibe (y se lo asume) desde el populismo.

Pero más allá de los diferentes linajes, esquemas políticos y prácticas militantes que se reivindican, no puede sino saludarse este esfuerzo realizado por Selci, y Las cuarenta ríos, para seguir interviniendo en los debates imprescindibles que la época reclama para ser subvertida.



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