La violenta regulación del territorio en el capitalismo criminal

La política, esto es, las organizaciones y movimientos sociales de izquierda, se sienten interpelados por nuevas conflictividades sociales. ¿Qué hacer frente a la violencia policial? ¿Qué hacer ante la violencia de transas y narcos? No son preguntas abstractas sino realidades con las que se miden periódicamente. No son especulaciones teóricas sino desafíos concretos. Tampoco son violencias episódicas, sino sistemáticas, regulares, cada vez más cotidianas. Violencias que agregan violencias a otros conflictos.

 

1. Conflictividades violentas urgentes

 

La política, esto es, las organizaciones y movimientos sociales de izquierda, se sienten interpelados por nuevas conflictividades sociales. ¿Qué hacer frente a la violencia policial? ¿Qué hacer ante la violencia de transas y narcos? No son preguntas abstractas sino realidades con las que se miden periódicamente. No son especulaciones teóricas sino desafíos concretos. Tampoco son violencias episódicas, sino sistemáticas, regulares, cada vez más cotidianas. Violencias que agregan violencias a otros conflictos.

En muchos barrios donde las organizaciones sociales desarrollan sus tareas militantes suelen coincidir con las bandas narcos y las policías. No sólo el territorio está en disputa sino los jóvenes que viven en esos mismos barrios. Los jóvenes son objeto de un doble proceso de reclutamiento. Por un lado, el reclutamiento policial, por el otro el reclutamiento transa o narco. No se trata de procesos paralelos ni contradictorios, sino muchas veces solapados. Los policías “patean” el barrio con los transas y los narcos, o al revés. La policía regula el narcotráfico cuando tutela la comercialización, pero también cuando provee la fuerza de trabajo que necesitan estas economías para poder funcionar. Y cuando los narcos se autonomizan de la policía, todavía los jóvenes seguirán siendo el pato de la boda. Se sabe, el hilo se corta por lo más delgado, y el eslabón más débil de cualquier cadena seguirán siendo los jóvenes.

Esas prácticas de reclutamiento no siempre son pacíficas. Muchas veces están hechas de violencia. La policía recluta a los jóvenes cuando practica la violencia institucional, a través de prácticas informales violentas. Los transas y los narcos, cuando los convierten en su grupo de acción pero también cuando son el destinatario de la fuerza o la amenaza de la fuerza. De cualquiera de las dos formas, los jóvenes se vuelven protagonistas de la violencia, una violencia que practican, sufren, aguantan, los seduce.

No estamos postulando una relación mecánica entre las organizaciones criminales y la violencia. Como bien nos recuerda Kessler, estudios de otras regiones muestran que uno de los objetivos de las organizaciones criminales es reducir la violencia para poder operar con la menor visibilidad pública y presión estatal posible (Kessler, 2011: 57). Pero en la Argentina, hoy día, todo parece indicar que la violencia es una de las características que distingue tanto a las policías como a las organizaciones narcos. Una violencia que asume varias formas (amenazas extorsivas, coacciones, lesiones, secuestros, homicidios), y se usa con diferentes finalidades (para ganar respeto o reforzar el prestigio, la autoridad; como represalia o vengar una ofensa; para obtener recursos económicos para luego financiar un hábito; para cobrar deudas; para avanzar sobre un territorio o protegerlo; para evitar que determinado transa crezca demasiado y se autonomice; para eliminar una competencia; para resolver otros conflictos vinculados al tráfico o que involucra a los actores que se dedican al tráfico). Una violencia que se expande por el entramado social, y se convierte en la referencia para encarar otros conflictos que pueden tener lugar en el barrio. Por su puesto que no hay que atribuir al narcotráfico toda la responsabilidad. Hay una historia detrás del narcotráfico, una historia de violencia que merece ser tenida en cuenta para comprender también la centralidad que adquiere la violencia en la resolución de las disputas eventuales que puedan tener lugar. Una solución impuesta por el control policial.

En esos barrios, la droga se lleva la atención de todos: de la policía, los vecinos, padres, organizaciones sociales, maestros, punteros políticos y, por supuesto, de los jóvenes. Por distintas razones, la droga gana cada vez mayor centralidad. Entre los jóvenes, porque la droga no sólo es referenciada como una estrategia de sobrevivencia, sino de pertenencia. El mundo de la droga aporta insumos morales para componer vínculos y tramar solidaridades, además de despertar emociones muy distintas. La cultura narco es una identidad seductora que rivaliza con los movimientos sociales, toda vez que las respectivas militancias están hechas con valores y proyectos diferentes. Las narrativas que giran en torno al universo transa, los estilos de vida que promociona y los hábitos asociados al consumo mitificado, empiezan a ganarse la atención y atracción de muchos jóvenes. El narco se vuelve rápidamente objeto de admiración y muchos quieren o juega a emularlo. La droga, su consumo y venta, es una promesa rápida de movilidad social.

No se trata de un tema menor, puesto que sobre la base de esa fascinación se monta la adhesión de los jóvenes. La ayuda social, una asistencia hecha de cupos en cooperativas o subsidios de distinto tipo (Plan trabajar, plan Envión, Plan Fines, Plan Argentina Trabaja, Plan Progresar,) no puede competir con estas economías, ni si quiera con sus emprendimientos más domésticos y precarios. Ni si quiera los movimientos sociales o las redes clientelares. Los jóvenes pendulan entre la ayuda social, la desocupación, la militancia barrial, el delito predatorio y el ocio forzado. Mientras, van mariposeando por distintas “juntas”, hacen “paradas” en distintas esquinas, incluso en distintos barrios. Van en búsqueda de aventuras y oportunidades que les permitan el acceso rápido a determinados bienes a los que se encuentra asociado el éxito, la masculinidad, el respeto, etc. En esa búsqueda vertiginosa, el universo de la droga, se gana la atención de muchos jóvenes.

Esos barrios no son territorios sin Estado. La policía es la forma que asume el Estado en los espacios relegados. No sólo la policía, pero ella sigue siendo una agencia relevante. Una policía que interviene de manera discrecional, es decir, de forma discriminatoria, abusiva y brutal. No se trata de una violencia paralela, que transita por andarivel separado. Hay estrechas y oscuras relaciones de reciprocidad entre los policías, transas y narcos, o mejor dicho entre la red policial y el universo transa. La policía es una suerte de bolsa laboral que recluta la fuerza de trabajo que necesitan las economías ilegales que operan en la clandestinidad. Y no solo eso, además de tutelar a las organizaciones criminales, es la mano invisible que contribuye a regular el mercado.

De allí que la pregunta por la violencia transa o narco no se puede resolver apelando ingenuamente a la policía, llamando al 911. La policía es la agencia que se encarga de regular el narcotráfico. Los vecinos lo saben y por eso muchas veces apelan a sus propios repertorios para resolver los conflictos que tienen lugar en el barrio (con linchamientos, escraches, estigmatizando, etc.).

En este trabajo nos interesa analizar las dinámicas y el uso de la violencia en el universo transa, pero también las prácticas violentas de la policía. Dos formas de violencia, dicho sea de paso, que alimentan a esas otras violencias. Porque alrededor de la violencia policial y la violencia transa, orbitan una serie de conflictos, muchas veces violentos o que se van volviendo cada vez más violentos. Tanto la violencia de los transas o narcos, como la violencia policial, constituyen insumos para aquellas otras conflictividades. No estamos diciendo simplemente que las violencias se encuentran de manera encadenada y que se produce una suerte de efecto dominó entre ellas. Hablamos de una violencia-insumo. Una violencia (la policial o transa) que contribuye a referenciar la violencia como una forma efectiva y rápida de solucionar o encarar los otros conflictos que puedan tener lugar en la vida cotidiana. Violencias que pueden modificar nuestros umbrales de sensibilidad moral, que podrían estar empezando a correr la frontera entre lo aceptable y lo inaceptable.

 

2. Violencias estructuradas y estructurantes, violencias acumuladas y violencias encadenadas

 

La violencia no es nueva. Lo que es nuevo es su frecuencia, la publicidad, la prensa que tiene, la multiplicación de imágenes, incluso la familiarización o acostumbramiento entre los que la practican y/o la padecen. La historia de los países de la región es una historia de violencias, hecha de violencias de distinto tipo. Violencias acumuladas y violencias encadenadas.

Comencemos por las violencias que se fueron sedimentando, acumulando en napas. La violencia es el telón de fondo de muy distintas experiencias sociales. La violencia, no es un dato coyuntural, sino estructural, una invariante histórica.

En Argentina, ella ha estado latente –y ha emergido a la superficie muchas veces– en las movilizaciones sindicales y estudiantiles del país. Recordemos el terrorismo de estado de la última dictadura cívico-militar; la guerra de Malvinas; los estallidos sociales y los saqueos; la violencia policial; los delitos violentos.

Otras veces, la violencia está encapsulada en el interior de organizaciones o prácticas cotidianas y forma parte del folklore de las instituciones o de ciertas actividades de la vida cotidiana. Vaya por caso las patotas sindicales; los ritos de iniciación en las fuerzas armadas o policiales destinadas a humillar y denigrar a los aspirantes para inspirarles un nuevo self, un espíritu de cuerpo, que los distancia de la sociedad civil; las disputas entre las diferentes “ranchadas” al interior de los espacios de encierro; las torturas de la policía o del personal integrante del servicio penitenciario; en las hinchadas de fútbol; los “enfrentamientos” entre la policía y las barritas de jóvenes de barrios marginales; los escuadrones de la muerte y los casos de gatillo fácil; el uso de violencia por parte de patovicas o personal de empresas de seguridad privada; la violencia propiciada por los penitenciarios; los linchamientos y la venganza por mano propia, etcétera. Todo ello, pero también la violencia en las familias, en las escuelas; la violencia de género, la trata de personas, los feminicidios; la discriminación según raza, etnia o religión que también está a la orden del día; el uso de violencia en la comisión de determinados delitos (secuestros, robo a camiones blindados que transportan caudales o mercaderías; robo de autos, narcotráfico, el turismo sexual y las redes de explotación infantil), etcétera.

Pero tampoco hay que perder de vista que la violencia no solamente es la violencia directa, esa que se pone de manifiesto con la fuerza física o moral. También es la violencia indirecta. Todo aquello que crea las condiciones para la muerte, moviliza formas de violencia: la falta de salud, de equipamiento en los hospitales, la falta de enfermeros o médicos, la falta de trabajo, vivienda digna, de redes de agua potables y redes fluviales, es violencia porque crea condiciones para la muerte (Foucault, 1975-6).

Lo dicho no significa afirmar que la violencia es la materia prima principal de la sociabilidad argentina, pero sí reconocer que ella forma parte integral de la vida cotidiana del país, un dato histórico que no puede imputarse a un actor en particular. Sería un error, también, pensar que la violencia es una excepción, un estallido, mera contingencia, algo que no se esperaba y que de pronto irrumpió, un hecho aislado. Forma parte del lenguaje político y social de la vida cotidiana a través de la cual “la comuna se expresa en sus disputas diarias en torno a cuestiones de relevancia pública” (Gargarella, 2007: 449).

Además, en un contexto de impotencia instituyente, cuando el Estado ha perdido protagonismo en la modelación del lazo social, cuando el Estado deja de ser la meta-institución dadora de sentido, en este contexto desinstituyente, muchos actores –y no solamente los jóvenes– encuentran en distintos rituales violentos (“la violencia situacional”) la manera de forjar una identidad (Dutschatzky y Corea, 2004). La violencia ritual se desarrolla como una estrategia de pertenencia, de organizar las relaciones de reciprocidad y los intercambios de honor y prestigio en las relaciones entre pares, una forma de adquirir respeto y modelar las masculinidades para hacer frente a las humillaciones periódicas con las que tienen que lidiar algunos actores sociales.

Eugenia Cozzi (2013) distingue diversos usos de la violencia letal en la vida cotidiana en los barrios pobres y segregados, a saber: la violencia como búsqueda de respeto, esto es, como forma colectiva de construcción de identidad, prestigio y reconocimiento en contextos de inclusión/exclusión, relacionados con la valentía y la masculinidad. La violencia como la manera de hacerse ver, darse un nombre en contexto de crisis de identidad y autovalorización. Segundo, la violencia como búsqueda de afectos, es decir, como forma de construir o reforzar vínculos, confirmar una grupalidad o hacer amigos, a través de las diferentes formas de solidaridad y aguante en su grupo de pares. Tercero, la violencia como búsqueda de emociones, o sea, como la forma de motorizar la grupalidad a través de la diversión, el esparcimiento o el entretenimiento. Cuarto, la violencia como búsqueda de obediencia, como forma instrumental, el modo de “pilotear” las situaciones durante los arrebatos, escraches y robos.

Entonces, en estos contextos, teniendo en cuenta todos estos elementos y factores, es donde debe analizarse la violencia. La pregunta por la violencia no es una cuestión abstracta. Es una pregunta que debe responderse atendiendo todas estas dimensiones cotidianas, y no perdiendo de vista tampoco los contextos históricos con los que se están midiendo sus protagonistas referenciados como violentos.

Pero la violencia también como círculo vicioso de factores que se retroalimentan de manera acumulativa. Esto es lo que el antropólogo brasileño Michel Misse, denominó “la acumulación social de la violencia”. No hay forma de comprender la violencia contemporánea sin que esas conflictividades sean asociadas a un proceso de larga duración. Un proceso que postula como una “circularidad causal acumulativa” (Misse, 2010: 32), un “círculo vicioso de factores que se retroalimentan de forma acumulativa” (Ibíd.: 21). En el caso de Brasil, ese núcleo se retroalimenta a partir de dos dimensiones constituidas por formas ilegales de intercambio, a saber: 1) la acumulación de redes de venta al menudeo de mercaderías ilícitas; 2) el aumento de la oferta de mercancías políticas. La sobreposición de estos mercados que se fueron expandiendo desde la década del ’50 del siglo pasado, tiene más importancia para la comprensión de la violencia.

En el caso de la Argentina, podríamos detectar un núcleo de violencia que alimenta la espiral acumulativa, en la connivencia entre las redes policiales y las redes criminales: la dinámica que se fueron tejiendo entre estas dos redes, fueron sentando las bases para su consolidación y expansión, y al mismo tiempo fueron agregando violencias a otras conflictividades satélites a estos actores o creando condiciones para el desarrollo de otras experiencias sociales o prácticas institucionales formales o informales cada vez más violentas.

Pero ese círculo vicioso va más allá de las policías y el universo transa. Involucra otras experiencias sociales y políticas. Por ejemplo, comprende los procesos de estigmatización social y determinadas formas de clientelismo político. Tanto la estigmatización como el clientelismo, sobre todo cuando éste no es experimentado como una performance identitaria (Auyero, 2001), son procesos percibidos como violentos. En el caso de la estigmatización, porque genera identidades devaluadas, desautoriza vínculos, impugna hábitos y estilos de vida, genera discriminación, humilla. En cuanto al clientelismo, porque contribuye a consolidar una ciudadanía de segunda, corroe la ciudadanía al volver a los ciudadanos objeto de obligaciones (por los servicios o bienes prestados) que tienen que retribuir (Rodríguez Alzueta, 2014b; Auyero, 2013).

Ahora bien, no sólo las violencias se van acumulando a partir de un círculo vicioso, sino que además tienden a encadenarse. Esta es la tesis sugerida por Javier Auyero y María Fernanda Berti en La violencia en los márgenes. La violencia ha permeado la vida cotidiana, no sólo asume formas diferentes como ya se dijo, sino que suele utilizarse con objetivos muy distintos. La violencia se esparce y derrama, puede emigrar hacia otros lugares. No se encuentran encapsuladas o compartimentadas, sino que están conectadas entre sí, “encadenadas”. Los actos violentos no son ni repentinos ni hechos aislados, están concatenados y forman una cadena que conecta la calle con el hogar, el espacio público con la esfera privada. (Auyero y Berti, 2013: 109). La violencia doméstica, la violencia sexual, callejera, policial, criminal, son violencias intrincadamente asociadas. La violencia se parece a una cadena que conecta distintos tipos de violencia. Su encadenamiento no es mecánico: “La cadena hace referencia a las maneras en que distintos tipos de violencia, usualmente pensados como fenómenos apartados y analíticamente distintos (por el lugar donde ocurren, los actores a los que ponen en contacto, etc.) se vinculan y responden unos a otros” (Auyero y Berti; 2013: 94). La violencia interpersonal ya no funciona exclusivamente con la lógica del talión (como represalia, como respuesta frente a una ofensa previa), sino en base a la lógica del encadenamiento. A veces, una violación o abuso sexual puede ser seguido de un intento de linchamiento; otras veces, un ajuste de cuentas entre vendedores o consumidores, estar continuado con una pelea entre hermanos; o un intento de robo con una paliza a un hijo.

En todos estos casos ya no existe “ojo por ojo, y diente por diente”. La violencia se derrama, tiende a expandirse. ¿Qué es lo que conecta esas violencias? Auyero y Berti repasan diferentes interpretaciones. Para algunos será la fuente: las violencias tienen un origen común en la mentalidad belicosa. Otros, hacen hincapié en la dinámica situacional: las violencias comparten ciertos patrones de confrontación, tensión, flujo emocional. Y otras, entienden que el continuo hay que buscarlo en la violencia estructural, es decir, en el impacto cotidiano de las violencias invisibles, sean los “puños visibles” (criminalización y represión de la protesta social; la violencia policial; el encarcelamiento masivo; la ocupación militar y los desalojos violentos), “las patadas clandestinas” (desalojos por grupos parapoliciales), o sus “tentáculos invisibles” (el Ministerio de Desarrollo, etc.) (Auyero, 2013).

Auyero retoma la tesis de Bourdieu (1993) cuando distingue las dos manos del Estado: una mano derecha, compuesta por las agencias policiales y penitenciarias, y la mano izquierda, formada por todas aquellas dependencias sociales que canalizan la ayuda social a través de las redes políticas clientelares. Pero además de ser ambidiestro (juega con las dos manos), el Estado de Malestar (Rodríguez Alzueta, 2007) es esquizofrénico, es decir, está presente en la sociedad de dos maneras distintas: a través del estado de derecho –la fuerza ajustada a la forma– en las zonas civilizadas; y con el estado de excepción –la fuerza liberada de todo forma– en las zonas bárbaras (Rodríguez Alzueta, 2014a). Lo dicho hasta acá no debería llevarnos a concluir que el Estado continúa monopolizando la violencia y los sentidos para esa violencia. Pero de eso nos ocuparemos en el punto que sigue.

 

3. La violencia sin centro: La desmonopolización de la violencia y la despacificación de los barrios pobres. ¿Debilitamiento de las capacidades políticas del estado?

 

La despacificación contemporánea de las “costumbres civilizadas” coincide con la desestatalización de la violencia. El Estado perdió el monopolio de la violencia. Los conflictos se resuelven más allá del Estado o con las reglas informales que establecen las agencias estatales.

Norbert Elias (1979) postulaba una relación de continuidad entre la pacificación de la sociedad y la violencia del Estado, y entre la estructura social y la estructura emotiva. A medida que el Estado intervino en la vida cotidiana, regulando las disputas entre las personas y vigilando los espacios públicos, las relaciones sociales se fueron volviendo más pacíficas, menos violentas. Se modificaron las costumbres y con ello los afectos que se ponían en juego en las relaciones sociales. La agresividad se fue refinando, “civilizando”. Nuevos tabúes producidos por el Estado, van proponiendo un nuevo modelo de individuo, otra sensibilidad, cada vez menos impulsiva. Disciplinas más eficaces, capaces de inspirar un autocontrol creciente de sus instintos, fueron refrenando los impulsos violentos que descansaban en aquellas costumbres en común donde la violencia era la manera correcta de saldar las diferencias.

No desaparecía la violencia pero se transformaba la agresividad. Por un lado, se la reubicaba bajo el control del Estado y, por el otro, se la recluía en la vida privada. La violencia subsiste de manera encapsulada al interior de la familia toda vez que subraya la jefatura masculina en los hogares, certificando el contrato sexual desigual, pero también las sociedades patriarcales. De modo que la pacificación de la vida cotidiana consiste en el declive de la violencia pública para saldar las controversias sociales.

El Estado moderno, en tanto estado de derecho, monopolizaba la violencia, sus sentidos, decidía el destinatario de la fuerza letal y no letal y señalaba las agencias encargadas de practicarla. No se trataba de una violencia ciega sino de una fuerza ajustada a una forma. La violencia no desaparecía pero era redirigida hacia la guerra contra otras naciones y luego contra otros enemigos internos que ponían en riesgo el orden público. Solo que esa fuerza estatal se presentaba como una violencia legítima y, por tanto, era una violencia que ya no sería percibida como violencia sino como el modo de restablecer un orden perturbado. La violencia era la cárcel, la deportación, pero sobre todo la amenaza de la violencia. El Leviatán no suprimía la guerra sino que la coagulaba. La guerra de policía, la “defensa social”, el “orden público”, es una guerra sin sangre.

Mientras la burguesía se valorizaba en los mercados legales, la fuerza de trabajo debía mantenerse alejada de las malas influencias. La vagancia y la delincuencia juvenil fueron los mejores artefactos no sólo para reproducir malentendidos al interior de los sectores subalternos (Foucault, 1975), sino para montar un aparato de seguridad que vigilaba las espaldas de la clase dirigente que cuidaba a su vez los intereses de la burguesía (las elites) (Lenin, 1917), y para expandirse más allá de las fronteras en busca de nuevos mercados o materias primas que optimicen la rentabilidad de las burguesías locales (Engels, 1894).

Pero las cosas se han corrido de su lugar. Si la historia no siempre es la misma, y pretendemos todavía tener una intervención crítica en la realidad, no hay que vivir de contarse cuentos y seguir repitiendo axiomas que ponen las cosas en un lugar donde no se encuentran. Hay que dejar de lado aquella vieja fórmula que hizo escuela en la historia de las ideas, que sostiene que la violencia es uno de los rasgos fundamentales que define a los estados. Cien años después, el Estado ha perdido el monopolio de la violencia y el capitalismo es mucho más complejo. Por eso, la pregunta que nos hacemos ahora es la siguiente: ¿Existe una relación entre la desmonopolización de la fuerza y las transformaciones del capitalismo?

El capitalismo ya no se valoriza centralmente en la apropiación de la fuerza de trabajo material al interior de las fábricas (Marx, 1867), sino en la velocidad de rotación del dinero, en las apuestas oportunas sobre los activos empresariales en los mercados bursátiles (Plihon, 2003), y en el trabajo inmaterial o intelectual al interior de la sociedad (Negri y Hardt, 2002; Virno, 2003). Más aún, se valoriza optimizando sus costos laborales a través de la expansión de los mercados informales que pendulan entre la legalidad y la ilegalidad, y en el desarrollo de los mercados ilegales (Ruggiero, 1999; Sevares, 2003). Que conste que no se trata de mundos paralelos. Hay profundas relaciones de continuidad o intersección entre esas tres esferas. Los mercados formales necesitan tanto de los mercados informales como estos de los mercados ilegales. Es decir, no basta con la ley. Se necesita del crimen. El capitalismo necesita de la justicia formal, pero también de los cheques grises que periódicamente imparte a las policías u otros grupos satélites a las policías (parapoliciales). Necesita de reglas de juego transparentes (“seguridad jurídica”), pero también de otras reglas, no tan claras que digamos, para regular los mercados ilegales e informales. Y tanto los mercados ilegales como los informales, pero sobre todo los ilegales, necesitan de distintas formas de violencia para resolver los conflictos que no podrán encararse apelando en los tribunales formales. Acá es donde la violencia entra en juego, cuando se convierte en un factor de producción.

Se trata de una violencia reticulada, sin centro, que brota desde todos los márgenes y se autonomiza del Estado. El Estado ha perdido no sólo el protagonismo para definir y canalizar las situaciones problemáticas, sino que ha perdido también el monopolio de la violencia. Una fuerza que comparte con otros actores sociales, o con agencias estatales que han adquirido una doble vida, o se han corporativizado y actúan, entonces, por cuenta propia, en función de sus intereses corporativos o de los intereses de los actores que dirigen la agencia (Sain, 2007). Porque incluso la violencia legítima ya no puede ser significada y dirigida por cada gestión. Los gobiernos no pueden o tienen muy serias dificultades para contener y dar sentido a la fuerza que pusieron en manos de distintas agencias securitarias. A medida que las instituciones ganaron autonomía, la fuerza adquirió nuevos rumbos. Eso no significa que estemos frente al caos. La violencia seguirá otras reglas, se organizará en función de nuevos rituales, con otras prácticas.

La necesidad de una violencia excentrada no debería invitarnos a suponer que se trata de un proceso planificado. De la misma manera que su congregación no fue orquestada, tampoco su difusión. Su desarrollo tuvo movimientos en zigzag. La desmonopolización de la violencia tiene muchas causas. Una de ellas hay que buscarla en la crisis del Estado Bienestar, es decir, en la composición del Estado de Malestar. Un estado que empieza a desentenderse de muchos problemas que hasta entonces constituían su razón de ser. Cuando el Estado se desinvierte o ajusta, es decir, se desentiende de la mano izquierda, esto es, de la salud, la educación, la vivienda, el trabajo y la seguridad social, empieza a ganar terreno la mano derecha, a gobernar a través del delito (Simon, 2011; Rodríguez Alzueta, 2014a). La inseguridad se convierte en una obsesión política. La lucha contra el crimen se vuelve la vidriera de la política. Otra causa, hay que buscarla en el éxito de las transformaciones que el Estado Malestar llevó a cabo. No sólo en la desocupación y marginación social, sino en las facultades discrecionales que fueron reconociéndoles a las policías para contener a los sectores excluidos o integrados de manera subordinada. En este punto, y a medida que el mercado va ganando más espacio, la seguridad se convierte, paradójicamente, en una tarea que incumbe también a los ciudadanos, en una responsabilidad ciudadana. Los ciudadanos en tanto consumidores, deben velar por su seguridad y adoptar las medidas que sean necesarias: no hay que cargar todo a la cuenta del Estado, hay que filtrar las demandas sociales. Ahora son los ciudadanos, los que, en función de su capacidad económica deberán desarrollar distintas estrategias securitarias para cuidarse entre sí. Si en el relato hobbesiano los hombres debían resignar su libertad para ganar seguridad, ahora la recobran para sentirse más seguros. Libres para armarse, para apuntar con el revólver, para contratar custodios, para consumir seguridad privada.

Marx en El capital decía que todas las fuerzas de reproducción del capitalismo están en la legalidad. No estudió la ilegalidad del capitalismo que hoy es la fuerza más importante del capitalismo. No hay capitalismo sin ilegalidad. El capitalismo está por encima de la ley, de la Constitución, de la policía. El capitalismo crece y reproduce en las tramas informales e ilegales también. Pero también esas tramas policiales informales y las zonas de ilegalidad, crean nuevas oportunidades para aumentar la rentabilidad. No hay capitalismo sin paraísos fiscales, fraudes financieros, evasión impositiva, y la circulación y lavado de gigantescos flujos financieros provenientes de actividades delictivas. Y no hay capitalismo criminal sin corrupción política, o controles blandos, estructuras institucionales precarias, sin presupuestos y desarticuladas.

Mientras el capitalismo se expandía desarrollando los mercados legales, la burguesía le reclamaba al Estado que restringiera cada vez más la violencia interpersonal, pues difícilmente podía prosperar en un contexto desordenado y hostil. Necesitaba de la libertad pero también de la seguridad de los trabajadores y la tranquilidad de los consumidores. Ahora, cuando los mercados legales necesitan de la expansión de las economías informales y los mercados ilegales, entonces la violencia se vuelve un recurso productivo. La violencia, dentro de determinados parámetros, se vuelve necesaria y funcional. Una violencia que debe guardar determinados rituales y quedar encapsulada en determinados territorios. Más allá de los cuales llama la atención y se vuelve un problema. Pero mientras permanezca vinculada a los barrios marginales, asociada a determinados actores, será una violencia controlable, que se puede regular. La violencia letal, altamente lesiva, o la amenaza de la violencia letal, constituyen la manera de regular los mercados ilegales, incluso muchas veces los mercados informales. Una violencia social sobre-regulada por la violencia institucional. Una violencia policial que pretende encapsular la violencia marginal. Secretamente el capitalismo acepta la violencia, y los estados empiezan a tolerarla, porque se ha convertido, en última instancia, en la manera de reproducir las relaciones de producción ilegales que sostienen y expanden (pero también crean las condiciones para) las relaciones de producción legales. La acepta porque sabe que con ella se regulan los mercados ilegales que contribuyen a optimizar sus costos financieros; no solo a recuperar la cuota de ganancia, sino para multiplicarla exponencialmente. Pero también la acepta, finalmente, porque ella vive en ambientes pacificados y se mueve en circuitos “civilizados”, lejos de la violencia marginal y la violencia policial.

La gestión de la violencia se carga a la cuenta de las policías en que se delegó no solo el gobierno de la inseguridad sino la regulación del delito. La violencia es el modo de regular las relaciones de intercambio en los mercados ilegales. Pero también la manera de modelar la fuerza de trabajo lumpen que necesitan las economías ilegales para expandirse.

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