“Las abolicionistas abrazamos a las putas. No a las fiolas que quieren sindicalizar a nuestras hijas”

Lo afirmó Alika Kinan en su primer programa de radio emitido el martes en Radio La Retaguardia. La sobreviviente de trata y explotación sexual, referente y militante del movimiento abolicionista en el país, desarrolló su historia y su acercamiento a la comunicación para la primera emisión de Ni Putas, Ni Sumisas

Eugenia Otero -¿Por qué un programa de radio? 

Alika Kinan –Hace unos días me invitaron al Festival Internacional de Cine que hicieron en la UBA. Hablé de trata de personas con fines de explotación sexual. Eso me hizo pensar en nuestro programa de radio. De nosotras tres y de las compañeras de Puerto Madryn, de Salta, de Neuquén, de Mar del Plata, de San Luis, es de todas. Es para que lo disfrutemos y lo armemos juntas. Los medios de comunicación, alternativos y no alternativos, la radio, los audiovisuales, el cine y la televisión, son vehículos comunicadores de historias, de voces. Un programa de radio para las abolicionistas es fundamental. Lo voy a defender como la diez del abolicionismo, hace rato que tengo la camiseta. Es un vehículo para conocer historias. Hoy utilizamos mi vida, mi historia para conocer cómo se configura el delito de trata, para conocer el funcionamiento de las redes, pero no es más que la historia de tantas miles de mujeres en Tierra del Fuego, en la Patagonia, en todo el país, en América Latina y el mundo. Mujeres que fueron captadas por redes de trata en situaciones muy vulnerables, convirtiéndose en mujeres con una violación en sus derechos como sujetas. Queremos llevar a conocer estas historias, las noticias del abolicionismo, sobre los allanamientos, sobre los proyectos de ley que hay, sobre actividades que se realicen en Buenos Aires y el resto del país. No solamente hay que hablar de Buenos Aires sino visibilizar a cada una de las provincias con las problemáticas que atraviesan. Con este vehículo tan potente que han puesto en mis manos, que es como darle una navaja a un mono, quiero que se visibilicen mis compañeras. Con las que articulamos y con las que no hemos llegado a articular. Quiero que escuchemos las voces de ellas y generar este movimiento colectivo apuntando a cambiar la visión social.

EO -¿Cómo llega Alika a la trata de personas?

AK -Llegué a la trata de personas en 1996, siendo una adolescente. Mi madre se había ido a Buenos Aires, hacía años que estaba separada de mi papá pero en ese momento no se hablaba de pensión alimentaria, de los derechos de las mujeres, no había una conciencia como la que tenemos hoy. Por la falta de recursos, de posibilidades reales de trabajo, de proyectos, mi mamá viajó y no tuvimos noticias de ella durante bastante tiempo, habrán sido algunos meses, y nosotras no teníamos ni para comer. No teníamos agua potable, ni para comprar una garrafa de gas, ni luz. Yo tenía 18 años y mi hermanita tenía 12. La dejé en la casa de una compañerita de colegio para que coma, mientras yo deambulaba por casas de amigos, rotando.
Me puse a buscar trabajo y lo primero que conseguí fue levantar suscripciones de abogados en un boletín. Conozco un par de chicas que me hacen diferentes propuestas y finalmente llegué a una piba que me ofrece viajar al sur a la inauguración de un boliche y que iba a ganar mucha plata.

EO -¿A qué ibas?

AK -No sabía, no tenía datos. Pero si hubiera sabido, igual hubiera ido. Porque no tenía ninguna otra posibilidad. Necesitaba traer a mi hermana a vivir conmigo, tenerla cuidada, asegurarle su educación, vestimenta, techo, alimentación. No tenía opciones más que esta que había surgido. Cuando me dijeron que era mucha plata pensé: ‘Lo voy a hacer por un tiempo determinado hasta que pueda hacer otra cosa’. Esto es lo que piensan muchísimas mujeres que están hoy en situación de prostitución.
Me encontré con estar 90 días siendo explotada de una de las peores maneras que un ser humano se puede imaginar. Me encontré con una falsa promesa de familia en el aeropuerto. Me estaban esperando y me dijeron ‘yo soy tu papá-san, ella es tu mamá-san. Acá vas a estar muy bien y te vamos a cuidar’. En ese momento, yo me enamoré de ambos por la falta de contención, afecto y estabilidad no sólo en el plano social y económico. Ellos vinieron a ocupar un lugar en mi psiquis que para mí era fundamental en mi desarrollo como adolescente. Vinieron a empoderarme desde un lugar que ni siquiera sabía que existía ni que una mujer podía empoderarse desde ahí. Hoy lo entiendo como un falso empoderamiento, una forma terrible de manipular a través de la explotación sexual.
Nos fuimos a la policía provincial, que me hizo una apertura de legajo y me tomó las huellas dactilares, de ahí a la municipalidad de Ushuaia donde me registraron como ‘alternadora’, me gestionaron una libreta sanitaria debido a las habilitaciones comerciales que ellos tenían en los prostíbulos. Esto se pudo desarrollar en un falso marco de legalidad, de violación de derechos humanos de las mujeres. No solamente éramos explotadas sexualmente sino que ellos obtenían un rédito económico a costa de esa explotación.
Yo entendía que, si estaba la policía, la municipalidad, y los tipos me decían ‘yo esta noche te voy a ir a visitar’, había un marco de legalidad. Pedro Montoya, el proxeneta, me decía que tenía que estar orgullosa: ‘Las mujeres que vienen al sur vienen a construir esta ciudad’. Era como cuando agitan a los milicos para que cometan una violación de derechos humanos, los incitan, los azuzan. A las putas nos pasaba lo mismo, nos azuzaban, nos decían que nos teníamos que sentir orgullosas de ser putas porque ayudábamos a la construcción de una sociedad. Era el discurso de todos los proxenetas de los boliches, que las mujeres de la noche éramos cuidadas y respetadas. Yo pensaba que, a pesar de mi explotación, me iban a cuidar y querer. Hace veintipico de años que tuve ese primer contacto con la trata, pero hoy es lo mismo. La trata y la explotación sexual van mutando y cambiando de forma, pero se siguen deslizando en nuestra sociedad.
Cuando entré en la municipalidad, me llamaba la atención que Pedro Montoya no hubiera subido. Después supe que se quedó abajo porque era jefe de inspectores municipales. El prostíbulo y su habilitación comercial estaban a nombre de su pareja. Así es como estratégicamente operan las redes de trata, se distribuyen todas las funciones. Hay implicados dentro de los organismos públicos, hay amparo del gobierno y la policía al delito, cuidan a los prostituyentes. En esos trámites previos, me daban plata para que yo pagara cada atención, análisis clínicos, todo eso se sumó a la deuda del pasaje de avión. Jamás vi un ticket, no sé cuánto les costó a ellos.
Después de todo eso, comenzó la explotación. Fueron 90 días seguidos. Al tercero, terminé con una bolsa de hielo en la vagina. Le dije a la proxeneta que me dolía mucho, que no podía más, que estaba muy inflamada. Habían ido los de la municipalidad, la policía, todos los que buscan las chicas nuevas y jovencitas. Todos querían estar mucho tiempo y por eso pagaban. Terminé sentada arriba de una bolsa de hielo. Le dije a Claudia, que metió la mano en el freezer y me mandó a sentarme arriba para poder continuar.

EO -¿Por qué papá-san y mamá-san?

AK -Tierra del Fuego es una provincia que fue forjada entre militares, buques pesqueros, petroleros. Los primeros pesqueros que llegaron a llevarse la merluza eran japoneses y en los primeros prostíbulos que se instalan, las mujeres manejaban parte del japonés para hacerse entender con estas personas que eran clientes habituales. San, creo, significa ‘papá’. La mamá san era la madame, y el papá san era quien cuidaba y regenteaba a las mujeres.
(Nota de la Redacción: San es una especie de sufijo japonés que significa señor o señora).

EO -¿Cómo era tu vínculo con ellos?

AK -Mi vínculo con ellos era muy contradictorio, y estuvo vinculado a la imposibilidad de irme del prostíbulo. Recordemos que la trata con el encierro, el secuestro, es un mito cuando hablamos del grueso de las mujeres en situación de trata. Normalmente, las mujeres explotadas sexualmente, dígase trata o no, no están encadenadas, drogadas o encerradas. No habitualmente. Se crea una situación de dependencia con el lugar y los propios proxenetas. Puede ser enamoramiento o una relación familiar. Para mí, funcionábamos como una familia con normas muy estrictas. No nos podíamos levantar antes de las cuatro de la tarde, se nos ponían multas carísimas, se nos quitaba entre el 40% y el 60% de lo que generábamos.

Rosaura Barletta -¿Por qué te podían multar?

AK -Nos podían multar por llegar tarde, nosotros entrábamos a las 11.30 pero no todas estábamos listas, porque éramos muchas y había que compartir el baño. Otra de las normas era que arrancáramos limpias, recién bañadas. Entonces a eso de las 10 empezaban a desfilar las mujeres en el baño y a apurarse unas a otras. Había dos timbres, uno estaba abajo de la barra y otro en la habitación de pases. Si te habían pagado por un pase de quince minutos o media hora, en teoría, cuando ese tiempo se cumplía, unos minutos antes, te tocaban el timbre para avisarte y vos tenías que salir ¿Y para qué está el timbre de adentro de la habitación? Si son todos hombres correctos y buenos clientes y se van a comportar de manera educada con las mujeres que están siendo prostituidas… Si tenías algún problema con el tipo, no lo podías sacar de la habitación, se ponía violento, tenías que tocar el timbre para pedir auxilio. Si no salías a tiempo, también te multaban porque estimaban que vos habías hecho tu propio negocio dentro de la habitación. Si te emborrachabas, rompías algo, tratabas mal a los clientes. Tenías que tratarlos bien porque los clientes son de la casa. Debemos cuidarlos y estar agradecidas porque el negocio se sostiene por el cliente.

EO -Con ese vínculo lograron que te quedes…

AK -Lograron que no me fuera. Lograron que estuviera agradecida por mi propia explotación. Lograron mi fidelidad y cariño. Por ejemplo, no se podían sacar a los clientes de la casa, porque eran de la casa. ‘No te vas a ir a cobrarle a nadie afuera, o me das tu parte’. Además de la fidelidad había miedo. Cada vez que tenían oportunidad de charlar con nosotras nos decían: ‘A este lo conozco hace mucho tiempo, me cuenta todo. Si salís con él me va a contar’. Antes de quedar como una estafadora, preferías ser fiel a los proxenetas y contarles si habías salido con uno o hablabas por teléfono. Se nos incitaba a comprarnos celulares para mantener dulces a los clientes. ‘Llamale, hacelo que venga, lo vimos en otro boliche, ¿cuándo lo vas a invitar?’. Quizás decía ‘no, es muy pesado, se me hace el novio’. Y la respuesta era, ‘bueno, hacete vos también la novia’.
Lograron que el día del allanamiento yo dijera ‘estoy acá porque quiero’. El día del allanamiento yo odiaba a los gendarmes, a los fiscales. Los veía como una amenaza: me están dejando sin laburo, sin la única fuente de recursos económicos. Es para lo único que sirvo. El número de mujeres iba entre 10 y 25. Cuando allanaron, la ley de trata venía fuerte. Se estaban comprando pocos pasajes, se compraban pasajes a mujeres que fueran de confianza. Los proxenetas decían que en temporada alta tenía que haber un mínimo de 25 porque el hombre tenía que venir y poder elegir y porque las de siempre aburren. Era importante poder ofrecer a la clientela…
No eran todas mayores. Había de todo. A las menores las escondían. Tuvieron una causa hace muchos años por haber traído cuatro menores de El Calafate. Todavía no estaba vigente la ley de trata y esa causa durmió porque quedó en el plano provincial y como muchas de esas causas terminan archivadas.

RB -¿Cómo era el vínculo entre las chicas en situación de prostitución?

AK -El vínculo entre nosotras implicaba muchísima competencia pero siempre nos cuidábamos entre nosotras. Se competía por gustar más, por facturar más, porque eso generaba un respeto dentro del prostíbulo, un respeto jerárquico. Siempre hubo aún así relaciones de mucha hermandad, mucho cuidado. Si una estaba borracha, siempre había quien te acompañe a la habitación, que te duche, que te sostenga el pelo mientras vomitabas. Si se te rompía un forro, siempre alguna te decía como higienizarte, como lavarte. Alguien que te dé una mano. Si alguien te golpeaba, siempre alguna te defendía y se cruzaba delante de ese violento adentro del prostíbulo y dijera basta. Siempre. Nosotras sabíamos que solamente entre nosotras podíamos cuidarnos y defendernos. Por eso, después del allanamiento me sentí muy sola. Me decían ‘vos te volviste loca, Carla’. ‘No, chicas, esto está mal’. Carla era mi nombre del prostíbulo.
El allanamiento fue en octubre de 2012, entraron un montón de gendarmes con la fiscal, con una orden de un juez. Yo estaba en la habitación con una compañera, me asomé por la ventanita y yo pensaba ‘estamos al horno, vamos todas presas’. Yo siempre había sido una hija pródiga dentro del prostíbulo, y estaba con una compañera que siempre hacía quilombo, la echaban de un prostíbulo y yo mediaba con los proxenetas para no dejarla en la calle, prometía que la cuidaba para que se porte bien. Hacía unos días, esta chica había hecho una salida y se encontró con el tipo. Eran como cinco y querían hacer una fiesta. Había droga en la mesa y muchísimo alcohol. Procurábamos escapar de situaciones que podían tornarse violentas para nuestra situación. Ella cobró la salida, se tomó un par de copas de champagne, se dejó manosear, los tipos jugaron con ella y ella se fue. Estos tipos, zarpados, violentos, violadores, la fueron a buscar al prostíbulo. Yo la escondí. Al día siguiente, volvieron a ir, hablaron con la encargada, se quejaron de que no se la habían podido coger y amenazaron a la que estaba en la barra. Porque el dueño del prostíbulo también tenía un pelotero, y los violentos le dijeron ‘yo sé dónde tiene el pelotero, y voy a buscar ahí la plata’. Entonces, la encargada se asustó, la apretó a mi compañera y la incitó a devolver la plata. Yo estaba plenamente convencida de que, si había un sentido de justicia, desde el momento en que un tipo pagaba por tu tiempo y que te había manoseado y había tomado un tiempo X, ese dinero no era reembolsable. Yo pienso eso, lo sigo sosteniendo para las mujeres en situación de prostitución.
Cuando vimos el despliegue de gendarmes, pensamos que nos venían a buscar a nosotras por una supuesta estafa, por ese quilombo de la plata. La realidad es que no tenía nada que ver con eso, sino que todas éramos víctimas de la misma explotación y que era un allanamiento por trata de personas. Ese es un delito que yo desconocía, porque para mí la trata era la mina que estaba secuestrada, encerrada, con grilletes. Yo no me identificaba con esa víctima de trata dura. De hecho, cuando declaré en la fiscalía yo le decía a la fiscal: ‘Yo no soy víctima, mirame cómo estoy. Con mis pantalones negros, mis botas, mi campera, rubia’. Se trataba de un gran desconocimiento de la configuración del delito de trata.
Llegué a pensar todo esto a través de análisis, lectura. El inmediato fue cuando la fiscal me hace hacer una revisión sobre mi propia vida y mi historia. Quién era Alika, cómo llegó al prostíbulo, en qué momento, en qué condiciones. Declaré cuatro horas y media y fue como estirar la manta. Me preguntaron qué conocía de Tierra del Fuego y noté que yo salía del prostíbulo a los hoteles, que los conocía todos, conocía el supermercado, la municipalidad, la policía, pero no había paseado. No conocía lugares de recreo. Conocía el casino porque nos mandaban a enseñarnos, a mostrarnos ante potenciales clientes que podían ganar e ir a gastar a los prostíbulos. Estábamos a tres cuadras. Íbamos y volvíamos caminando. Y empecé a repasar mi historia y dije ‘qué vida de mierda que tuve’. Porque es una vida de mierda. Con mi madre en un primer momento tuve muchísima bronca, pero con la llegada del feminismo a mi vida pensé que es una víctima igual que yo. Fue una víctima igual que yo con un tránsito diferente. La violencia en su vida quedó cristalizada y la repitió tolerando la explotación de su hija. Después de la rabia y a medida que fui avanzando empecé a reconocerme como víctima y a reconocer a otras víctimas. Las mujeres que había en el entorno del sistema. Mi compañera de habitación, la que se emborrachaba todas las noches y rompía medio boliche, la que facturaba millones para el proxeneta. Todas éramos víctimas. Ahí resalto lo que dice Sonia Sánchez: ‘No hay putas ricas’. No conocemos ninguna que haya levantado un imperio con su propia explotación. Ninguna que tiene posibilidades sigue tolerando ese tipo con quien no querés estar, ese tipo sucio, ese tipo que no te gusta, que te insulta, que te hace hacer cosas que no querés. Nosotras no perseguimos a las mujeres en situación de prostitución: las abrazamos. No a las fiolas, proxenetas ni a quienes quieren sindicalizar y explotar a nuestras hijas. Vemos un peligro. Se te rompe un forro, te golpean, te violan. Todas situaciones de un cotidiano.

RB -Hay reglamentaristas que son jóvenes que se están acercando al feminismo y que encuentran un discurso seductor…

AK -El reglamentarismo, la parte dura que viene a instalar, a cooptar voluntades en compañeras feministas, ha sabido jugar, ha sabido moverse, mover estratégicamente fichas y se ha plantado de una manera seductora, sutil. Ha levantado banderas muy estratégicas dentro del feminismo para levantar el apoyo de compañeras que llevan luchas muy genuinas y legítimas. Hay compañeras que realmente no saben, no han hecho un análisis profundo. Como feministas recién iniciadas dentro de lo que son los derechos humanos de las mujeres es muy fácil levantar primero el apoyo a las mujeres que se autoproclaman trabajadoras sexuales. Cuando hacés un análisis de fondo de por qué se lucha, ves que lo que se sostiene es un privilegio machista de poder comprar y poseer los cuerpos de las mujeres. Es una cuestión de poder. Siempre ha sido con lo que hemos jugado las mujeres para sobrevivir. El hombre utiliza los cuerpos de las mujeres como territorio de conquista en las guerras, por dinero, por poder. Las mujeres también, en algunos momentos, han utilizado sus cuerpos por cuestiones de poder, esto es para que lo pensemos más colectivamente. De ahí a utilizar nuestros cuerpos o bondades, como dirían las moralistas, nuestra sensualidad, para sobrevivir, nos estamos yendo a otro lado. Jugando con la vulnerabilidad, las carencias de cada una. Con el juego psicológico que nos planta el patriarcado. Te hago creer que me estás conquistando, que estás en situación de poder sexual, pero quien se está beneficiando es el varón.

El programa de Alika ya está en marcha. La 10 del abolicionismo se incorporó a La Retaguardia y sale a la cancha todos los martes desde las 21. Lamentablemente no es juego lo que nos convoca, aunque ellas han sabido encontrar en la primera emisión, la manera de reír y enmarcar el momento radial en un clima esperanzador.

Fuente La Retaguardia (RNMA)

 

 

 

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