Las elecciones en los Estados Unidos

¿Elegir entre el fuego o la sartén?

Se aproximan las elecciones presidenciales en los Estados Unidos y el tema gana espacio en todos los medios de comunicación del mundo. De hecho, hace ya varios meses que cotidianamente se informa sobre el desarrollo de las campañas para las elecciones primarias y se comentan las agrias disputas intestinas que han conmovido a cada uno de los dos grandes aparatos políticos de “la gran democracia del Norte”: Demócratas y Republicanos

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Poco se dice, sin embargo, de la declinante legitimidad de la política institucional en su conjunto, una expresión de lo cual son las altísimas tasas de abstención: tanto  en las primarias como en las elecciones generales, sólo una minoría de la población concurre a votar. Algo que está tan naturalizado que ya no provoca ni siquiera comentarios. Los grandes medios contribuyen a disimular el carácter marcadamente ficcional de candidaturas y campañas, que están montadas en base a las ingentes sumas de dinero que aportan Wall Street y grandes grupos de interés, marketing e interminables “roscas” de políticos profesionales, asesores y lobistas. O sea: campañas de desinformación que nada aportan al debate de ideas y erigen barreras a la participación y movilización política del pueblo.

Así, la fanfarria que acompaña al “Sueño Americano” se hace más estrepitosa a medida que dicho sueño degenera en una mortífera pesadilla. Racismo exacerbado, xenofobia institucionalizada, espiral de criminalidad y violencia policíaca, encarcelamiento masivo de los jóvenes negros y latinos,  política exterior belicista con despliegue militar en todos los continentes… y una masiva alienación que, sumándose a la crisis civilizatoria, ha disparado la pandemia de sufrimientos y afecciones psíquicas que aflige a la nación más poderosa del planeta. Y ahora, prácticamente finalizadas las internas, los medios de comunicación comienzan ya a “cubrir” (nunca tan indicada la palabra) la contienda entre Donald Trump, ya candidato oficial del partido Repúblicano, versus Hillary Clinton (que el 7 de junio se declaró virtual vencedora en la interna Demócrata, aunque Sanders aún no se bajó de la carrera).

Al considerar la disputa presidencial, conviene comenzar por recordar algo que muchas veces se ha dicho, mitad en broma, mitad en serio: “la democracia estadounidense es un sistema de partido único, con alternancia de presidentes Republicanos y Demócratas”. Recambios presidenciales que, generalmente, no aparejan modificaciones sustanciales, entre otras razones por la notable continuidad de la gran burocracia que maneja el tentacular “sistema de seguridad” y los servicios de inteligencia, los ministerios fundamentales y los cargos ejecutivos del poderoso “complejo militar-económico-financiero” y está unida por intereses económicos y lazos personales con la gran burguesía. Y para excepcionales desajustes, la tradición admite excepcionales correctivos: el magnicidio de Kennedy, la renuncia inducida de Nixon, el fraude que no hace tantos años impusiera a Bush hijo en la Casa Blanca…

Lo antedicho sugiere que en la gran democracia del Norte, incluso las sorpresas suelen ser bastante previsibles. Pero no es lo que ha ocurrido en esta ocasión. Las características y trascendencia que cobraron las disputas en cada una de las dos grandes maquinarias electorales resultaron, no solo imprevistas, sino un factor de grave crisis en las mismas.

En el bando  de los Demócratas, Hillary Clinton, que era esta vez la precandidata favorita del aparato partidario, enfrentó al relativamente ignoto congresista Sanders. Promover a la Clinton, inequívocamente identificada con la derecha del partido, como posible reemplazante del mismo Obama que en las anteriores internas la había derrotado y ahora pretende dejar la Casa Blanca con cierta aura de “liberal”  post festum, introducía un elemento de tensión…Tomando nota de esta circunstancia y buscando sacar provecho de ella, Sanders agitó los temas favoritos del “centro” Demócrata: disminución de la injusticia y desigualdad social, mejorar las relaciones con Latinoamérica y el resto del mundo, relanzar la economía tal y como lo hiciera Roosevelt… y condimentó además su discurso con reivindicaciones de izquierda, proclamando la necesidad de una “revolución política” y del “socialismo democrático”. Más allá del giro retórico del precandidato “socialista”, lo notable fue que suscitó una ola de respaldo popular, especialmente en la juventud. Esto alteró todos los cálculos de la maquinaria electoral Demócrata: la prevista seguidilla de fáciles victorias que permitirían consagrar casi inmediatamente candidatura de Hillary, terminó se convirtiéndose en una interminable carrera de 14 meses, una disputa “cabeza a cabeza” con un Sanders que parece emergente del renacimiento de la izquierda en los EEUU. Claro que en definitiva y con la ayuda de algunas trampitas, el 7 de junio Hillary se anticipó a la Convención Demócrata proclamándose vencedora, pero lo cierto es que ha llegado políticamente desgastada a la pelea de fondo contra el candidato Republicano.

También entre los Republicanos hubo sorpresas. Ellos venían de anteriores victorias en las llamadas “elecciones de medio término”, que dejaron en sus manos el manejo del Congreso, dándoles la oportunidad de oponerse a las menos que modestas “políticas sociales” impulsadas desde el Ejecutivo, como un plan de salud, y de  hostilizar con posiciones y expresiones groseramente derechistas, lindantes con el racismo y la xenofobia, el supuesto “liberalismo” (en la jerga del Norte, izquierdismo) del Presidente Obama. Para las internas, se habían anotado varios pre-candidatos, archiconocidos dirigentes políticos de la derecha y ultraderecha, veteranos en las intrincadas y negociadas disputas con que la maquinaria del partido Republicano seleccionaría  la figura que debería liderar la arremetida final hacia la Casa Blanca. La competencia no suponía en principio ningún problema, pero tal y como ocurre a veces en las corridas de toros, saltó al ruedo un “espontaneo”: un estrafalario multimillonario empeñado en demostrar que era más derechista, xenófobo y misógino que cualquiera de los otros candidatos, capaz de autofinanciar su campaña y denunciar la componenda con el establishement de los “político profesionales” de ambos partidos, obedientes a los dictados de Wall Street. Donald Trump atrajo la atención y respaldo de la clase media y los trabajadores blancos empobrecidos, golpeados por el desempleo y los bajos salarios, y supo dirigir la bronca, frustración y desesperación de estos sectores en contra del Presidente “nigger y liberal”, contra los “extranjeros” (indocumentados o no) presentados todos como vagos, dealers y criminales a los que expulsaría sin contemplaciones, anunciando que prohibirá el ingreso de musulmanes y terminará con la “invasión” de latinos levantando un muro infranqueable a lo largo de toda la frontera… construcción que hará pagar al gobierno de México… Su discurso populista de extrema derecha promete también más presupuesto para Defensa y Fuerzas Armadas, proteccionismo, “aislacionismo” para mejor “defender los intereses de América” y… la “reestructuración” de la monstruosa deuda estadounidense, que difícilmente pueda tocarse sin afectar el “desequilibrio” financiero global. Este tema del “aislacionismo” cada tanto reaparece en la política norteamericana: sirve para culpar por todos los males de la Nación al resto del mundo y negar de paso la muy real explotación del imperialismo yanqui urbi et orbi…

Las bravuconadas y provocaciones de Donald Trump parecieron inicialmente notas de color que hacían más llamativa la interna Republicana,  pero reveló ser un precandidato dispuesto a ganar, que fue “sacando de pista” a todos sus competidores y, cuando la sorna de estos se transformó en escándalo y alarma, ya era tarde. Trump enfrentó la abierta oposición de casi todo el aparato Republicano y lo derrotó, se impuso como candidato y se propone ahora derrotar a Hillary Clinton, a pesar de las vacilaciones o abierto boicot del aparato de los Republicanos.

Los ataques que Hillary ha dirigido contra Trump han sido de tipo más bien personal: que sufre el mal de “piel delgada” y es temperamentalmente inestable, que se deja arrastrar por odios personales, que una persona así no debería tener la “botonera nuclear” a su alcance… La respuesta del aludido fue inmediata: tengo la piel muy gruesa, tengo firmeza y determinación, soy distinto a Hillary y los demás políticos profesionales, no dependo del establishement y “mi único compromiso es con el pueblo Americano”. Y fiel a su estilo, cuando le preguntan sobre el proceso iniciado por un Juez ante denuncia de fraude en una de sus empresas, sale del paso con una de sus expresiones racistas: “No importa, el que me procesa es un Mexicano”… Así están las cosas: los Demócratas no han terminado de precisar cuál será el eje de su campaña, pero el mismísimo Obama se reúne con Sanders para convencerlo que debe retirarse para unir todos los esfuerzos contra Trump…

“No rías ni llores: comprende”. La máxima de Spinoza es oportuna, porque son muchos los que, sin comprender lo que está ocurriendo en los Estados Unidos, se apresuran a “elegir” (aunque la verdad es que no elijen absolutamente nada) lo que suponen sería “el mal menor”. Así, gran parte de la izquierda se ahorra cualquier concreto análisis de clase y reitera el viejo error de suponer que independientemente de las virtudes y falencias de Hillary, no queda más alternativa que respaldar a los Demócratas para impedir el arribo del ultra reaccionario Trump a la Casa Blanca. Con lo cual, de paso y sin quererlo, hacen caso omiso al gesto de rebeldía y elemental radicalización política que se opuso por a Hillary y la maquinaria del Partido Demócrata en nombre del socialismo.

Un error simétrico y opuesto es el de quienes, señalando la abrumadora lista de crímenes contra los pueblos cometidos por anteriores mandatarios Demócratas desde la Casa  Blanca y por Hillary en particular desde todos los cargos oficiales que ha desempeñado, concluyen que Trump merecería algo así como un apoyo crítico desde la izquierda, aunque más no fuese por el golpe que su eventual victoria asestaría al sistema político, con los consiguientes “rebotes” en la geopolítica y la economía global. Ciertamente, Trump es crítico del “intervencionismo” pregonado por Hillary, y le opone un discurso proteccionista y aislacionista: pero es preciso recordar que intervencionismo y aislacionismo son variantes de una misma religión secular y ambas están basadas en la común adhesión al concepto del “objetivo trascendente” que Dios habría asignado a los Estados Unidos…

Quiero concluir señalando que esta accidentada carrera electoral viene a poner de manifiesto lo que muchos pretenden seguir ocultando y es importante destacar:

1) La crisis estructural del capital afecta también y muy especialmente a los Estados Unidos de América, generando tensiones y enfrentamientos políticos y sociales que la propaganda oficial consideraba superados para siempre.

2) Esta crisis ya está golpeando severamente la legitimidad y equilibrio del tradicional bipartidismo norteamericano. Derrotada la maquinaria Republicana por un advenedizo multimillonario que recurre al más desembozado chauvinismo de ultraderecha para reclamar un mandato plebiscitario que le permita “limpiar el país”, desconcertados doblemente los Demócratas (por el discurso de Trump y por el inesperado brote de radicalización política en un sector de sus potenciales seguidores), el camino hacia las elecciones de noviembre puede estar plagado por nuevas sorpresas.

3) La lucha de clases existe, incluso en los Estados Unidos, con toda la complejidad que introduce la envenenada herencia del enfrentamiento racial en el seno mismo del proletariado, la hegemonía ideológica del imperialismo que sobrevive a pesar incluso de sus reiterados fracasos y, por último pero no en importancia, el generalizado atraso político de la sociedad. De hecho, un análisis detenido de la crisis estructural y la descomposición del tradicional bipartidismo, revelaría desarrollos hasta ahora ocultos de esa lucha de clases. Tal y como se revela ahora que aquella movilización de indignados que llamaban a ocupar Wall Street porque era inadmisible que el 1% de multimillonarios gobernara contra los intereses del 99% de la población, lanzó un mensaje que no cayó en el olvido. Sólo el pueblo trabajador salvará al pueblo trabajador, y esto requerirá experiencia, sacrificios, tiempo y perseverancia en la lucha.

No hay atajos. La ilusión de que puede avanzarse siguiendo la línea de menor resistencia u optando por el mal menor es engañosa. Peor aún: cualquier invitación “elegir” entre el fuego o la sartén debería ser considerada una provocación autodestructiva.

 

Aldo Casas, 8 de Junio de 2016

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