Lecciones de un proceso al rojo vivo

La victoria de Maduro y el movimiento popular chavista en las elecciones no fue cualquier victoria. Hace solo algunos años sufríamos esperando el ajustado resultado de las elecciones presidenciales. Hoy, en medio de una de las crisis económicas y sociales más fuertes, el chavismo ha logrado su victoria 22 de las 24 elecciones que hubo en los últimos 19 años.

¿Qué paso en este tiempo? ¿Qué se revirtió? ¿Qué conclusiones podemos sacar para pensar la lucha política en nuestro continente?

Triunfo y balance

Fue la victoria con mayor más distancia entre chavismo y oposición, obteniendo Maduro el porcentaje más alto de un candidato a presidente. La cantidad de votantes, rondando el 47%, en un país donde las elecciones no son obligatorias expresa  una clara legitimidad, comparando con países como Chile, Colombia (donde en las últimas elecciones votaron el 53% del padrón electoral) y EEUU, quien se pretende cuna y defensor de la “democracia” por excelencia. La insistencia sobre el carácter ilegítimo de la elección por parte de la derecha internacional se vuelve irrisoria. Quienes acusan a Venezuela no dicen nada de la situación brasilera, o el fraude en Honduras y en México por parte del PRI contra Cárdenas, y ni hablar del apoyo al régimen saudí en Medio Oriente, como muchas otras experiencias antidemocráticas.Países como Honduras y Brasil para colmo forman parte el “Grupo de Lima” que está denunciando la legitimidad de las elecciones en nombre de la “democracia”.

Es verdad que el abstencionismo creció como reflejo de la campaña de la oposición. Aún así, puede decirse que, a pesar de la operación de la derecha con el apoyo de EEUU, Europa y 13 países de América latina, es decir, con el boicot de la “comunidad internacional” y su amenaza de no reconocer las elecciones, Maduro obtuvo más de 6 millones de votos, una leve caída respecto a las presidenciales pasadas, pero con una base muy fuerte de apoyo. Es el reflejo de la remontada del chavismo luego de la crisis de 2015 y 2016.

El gobierno perdió poco más de un millón de votos, pero en medio de un clima de desestabilización económica, de crisis, falta de alimentos y bienes esenciales que sufre el pueblo.El triunfo electoral, y la mayoríaen la constituyente y en las regiones deben permitirle en este sentido avanzar en su programa para salir de la crisis. La pérdida de votos es real y un llamado de atención para modificar lo que tiene que ser modificado y relanzar la batalla por el socialismo. Medidas para parar a los especuladores y los fugadores de divisas entre otras que son claves, además de seguir apuntando al poder comunal como forma de impedir cualquier intento golpista y ampliar los horizontes de la democracia.

Sin embargo, cualquier crítica útil sobre la situación económica de Venezuela no puede dejar de contemplar el panorama general de la región, marcada por la derrota de gobiernos progresistas que sostenían una estabilidad política en la región, con voluntad de soberanía y autogobiernos de los pueblos como lo fue la Unasur, con el sostén de la Argentina y de Brasil, países claves en la región. De la misma manera tampoco podría pensarse la situación económica, como los desafíos del proceso venezolano, sin contemplar algunos elementos económicos como la baja del petróleo impulsada por EEUU o como la guerra económica más en general.

Estrategias frente al avance de la derecha a nivel continental

Se nos vuelve en este sentido inevitable comparar esta victoria (electoral hoy, pero social, judicial, institucional y militar, “ayer”), con las derrotas sufridas en Argentina y Brasil en manos de la derecha. Sea por vía democrática o por vía de golpe institucional como en el segundo caso. Ambos países mencionados no se acercaban ni remotamente a una crisis similar a la de Venezuela. Y sin embargo fueron derrotados. La comparación se podría pretender trunca cuando se da cuenta de las diferencia entre las características de los procesos y de los caminos recorridos por cada uno. Sin embargo nos puede ayudar a dilucidar, los problemas, límites, incongruencias e incluso destino de supervivencia de los gobiernos sencillamente progresistas en la región. Podrían aducirse diferencias geopolíticas, sociales, culturales y hasta lo contingente de la política, que serían válidas para el desenvolvimiento de los resultados en cada proceso. Sin embargo, cabe resaltar los aspectos comunes, relacionados por la estrategia continental de la derecha y sus principales herramientas para derribar gobiernos progresistas y revolucionarios. Y aquí cabe mencionar que las salidas “diplomáticas” de diálogo, de conciliación con los intereses imperiales o financieros internacionales no tuvieronéxito suficiente para convencer a la derecha internacional de no asediar a estos gobiernos. Brasil es claro ejemplo de buscar una salida en este sentido, implementando ajustes y moderando su discurso. No fue suficiente. La derecha, cuando tiene oportunidad, no hace distinciones.

Podrían aducirse, a su vez, las limitaciones y problemas internos de cada país, basado en sus sistemas democráticos, las características de las derechas, las debilidades institucionales, etc. Elemento que por demás se expresaron aún con mayor intensidad en la propia Venezuela. Y fueron superados. Lo cual nos lleva nuevamente a pensar las líneas estratégicas para la supervivencia de gobiernos populares en Nuestramérica.

Linera ha expresado con brillante claridad la dual estrategia del momento gramsciano (en términos no solo de disputa cultural, sino de rearticulación de las relaciones de fuerzas en torno a un nuevo tipo de estado) y del momento Leninista (la derrota de tu adversario y el acceso al poder).

En ese sentido dilucida como central la democratización de la vida política común – trascendiendo la barrera de la democracia representativa -, la recuperación de los resortes principales de la economía, la revisión y modificación del sistema de justicia y principalmente de la Corte Suprema, la democratización de los medios de comunicación con mayor presencia del estado, entre otras. Los cuatro puntos mencionados cobran especial interés cuando se los observa como elementos centrales en las estrategias de la derecha a nivel continental. La justicia, los medios de comunicación, la debilidad institucional del sistema democrático, y los resortes principales de la economía y las finanzas. Desde allí la derecha acumuló poder y pudo asentar duros golpes a los gobiernos progresistas. Allí donde esos elementos fueron trastocados por los movimientos revolucionarios la estrategia de la derecha se vio fuertemente debilitada, teniendo que recurrir a otrostácticas que les quedan “incómodas” respecto a sus discursos democráticos, como la guerra económica, el desabastecimiento, la retención de divisas por parte de las entidades financieras norteamericanas,  las amenazas de invasión, etc.

En el marco de lo que Linera plantea como la democratización de la vida política común, podemos distinguir el sistema electoral representativo, como así también instancias de democracia directa. Aunque en su conjunto podemos definirlo como el empoderamiento popular, la participación política organizada partidaria, la práctica movilizadora, la participación en organismos de participación estatales. El despliegue, el imbricar, al movimiento popular en todas las esferas del estado para transformarlo desde adentro y combatir desde allí los elementos burocráticos, el status quo y empujar, desde la transformación de la esfera de lo estatal para responder a los intereses comunes.

El poder popular es sostén ineludible de cualquier proceso, progresista o revolucionario que quiera sobrevivir en el tiempo. Cabe resaltar en ese sentido el discurso victorioso de Maduro redoblando la apuesta y llamando, como no podía ser de otra manera a la organización, a la participación política, a la crítica constructiva. Este elemento, o la falta de tal, se hizo notable en momentos críticos de los gobiernos progresistas. Muchas veces se apostó a las coaliciones políticas, a los acuerdos parlamentarios, aspecto al cual no cabe quitarle importancia, pero sin embargo se hizo “descuidando” intencionalmente la movilización popular, la participación política activa de la ciudadanía. Incluso como sostienen varixs organizaciones e intelectuales, apostando a su desarticulación y desmovilización.

Los remanentes de esta visión institucionalista, desplomada luego de la arremetida de la derecha, que, atribuyéndose el republicanismo pisoteó toda institucionalidad, continúan incluso en la actualidad de estos proyectos políticos progresistas. Ni siquiera después de este derrumbe se han sacado lecciones o autocríticas fuertes sobre esta estrategia. Y aquí no es el problema de la institucionalidad misma, como se puede observar en Venezuela o Bolivia, sino de la concepción de institucionalidad y del esclarecimiento del sostén de la misma. En ese sentido es que se plantea una crítica por un lado a la institucionalidad dada, plausible de ser modificada, transgredida, radicalizada, sino al sostén último de esta necesaria nueva institucionalidad: el poder popular, la organización social, política, el cuestionamiento a la justicia clasista y patriarcal, a la recuperación de los resortes de la economía.

Con el señalado no se busca una fácil comparación entre los logro de gobiernos progresistas o revolucionarios, sino poder debatir o cuestionarnos las posibilidades de supervivencia de proyectos reformistas o neodesarrollistas en le etapa actual. Lo cual nos empuja a pensar la difícil tarea que nos proponemos las organizaciones de la izquierda popular: Frenar a la derecha como tarea de primer orden. Sin derrota de la derecha no hay proyecto socialista feminista y del buen vivir posible. Y por otro lado, mientras tanto, reconstruir en nuestros países, desde las organizaciones políticas y sociales un horizonte transformador, radical, anticapitalista y antipatriarcal. El horizonte de lo “posible”, hoy, no alcanza. Lo que tenemos a mano no es suficiente. Tendremos, por lo tanto, que transitar el camino difícil. Tendremos que ir a por lo impensado. Nos llevará tiempo, esfuerzo, reagrupamiento y reflexión. Por lo menos si no queremos volver a repetir la historia y finalmente poder construir la propia nuestra, ponerlos a la altura de los procesos revolucionarios del continente y hacer, ahora si Historia con Mayúscula.

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