Liliana Bodoc: palabras sobre la poesía y la política

El martes pasado  falleció  la escritora Liliana Bodoc. Había nacido en 1958 en Santa Fe pero se había criado y vivido en Mendoza en donde estudió, fue profesora de literatura española y argentina y desde donde desarrolló su carrera literaria.
Fue autora de la trilogía La saga de los confines (Los días del venado, Los días de la sombra y Los días del fuego),  una historia de fantasía heroica desarrollada en mundos imaginarios pero con claras referencias a la Latinoamérica actual, a mundos precolombinos  y a “una épica de los que sufren, los olvidados, los oscuros” de este continente. Ella misma solía decir que creaba mundos mágicos al estilo de El señor de los anillos pero mirando desde el sur.
Después aparecieron sus otras obras: Memorias impuras,  Amigos por el viento, El espejo africano y El mapa imposible, entre muchas más. Al momento de su fallecimiento dejó inconclusa otra trilogía, Tiempo de dragones, de la que ya había presentado la primera parte.
Fue premiada en numerosas oportunidades y recibió  diversos reconocimientos en el país y en exterior.  Sus libros se tradujeron al alemán, francés, holandés, japonés, polaco, inglés e italiano.
Contrahegemonía quiere compartir con sus lectores,  y a modo de homenaje, las palabras  que dirigió a los asistentes al  Congreso de jóvenes de UNASUR realizado en la Universidad Nacional de Cuyo, en marzo de 2011.  Con ellas Bodoc define el valor poético de la política y la posibilidad de que la poesía sea una obra de todos:

“Hacer política como la historia manda, hacer política para la justicia y la libertad, para los olvidados y los tristes es, con seguridad, una gesta poética.

Un poeta intuye lo inefable; percibe eso que, de tan humano, no puede expresarse. Después el poeta hace lo posible, elige palabras y las dispone en líneas musicales.

Tal vez la batalla política, cuando la política es una ronda alrededor del fuego, se pelee del mismo modo. Intuir, desear, mirar lejos, y después dar los pasos posibles, los que permiten nuestras piernas: uno tras otro tras otro, por un camino que durará mucho más que cualquier caminante.

Es mucho lo que hoy tenemos. Estamos replicados en numerosos puntos de nuestra patria grande. La soledad parece un mal recuerdo.

Es frecuente que en estas ocasiones se utilice la palabra “viento”.

Vientos llegan, se extienden, recalan.

Corren vientos por América del Sur.

Y creo que así ocurre porque no hay una palabra más acertada que esa. Vientos…

“Dios los cría y el viento los junta”, dicen los que han vivido. Y aquí estamos hoy. Criados con el pan de la dignidad y reunidos por el viento americano.

De los jóvenes, se sabe, necesitamos la fuerza. Pero que esto no se entienda solamente como la capacidad de luchar sin descanso, andar de un lado a otro, volver a empezar las veces que haga falta. También requerimos de ellos la fuerza del pensamiento. Porque las ideas, igual que los huesos, corren el riesgo de endurecerse. Entonces, necesitamos conceptos jóvenes para una vieja pelea,

Esto que aquí ocurre me afianza en la idea de que el sur es el lugar donde no tuvimos más remedio que hacernos poetas.

Eso somos, porque los poetas tratan con los sueños de igual a igual. Se sientan a conversar con las utopías, como quien toma mate a la sombra de un árbol. Al fin de cuentas, las utopías y nosotros somos del mismo barrio.

Y ¡ay de los que piensan que los poetas son inofensivos! En estas tierras, los versos tienen uñas y dientes.

El sur es una poesía que estamos escribiendo entre todos. Una que tiene, tal vez, algunos errores de ortografía, ¡pero qué hermosa!”

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