Los inicios del guevarismo en Argentina (parte I)

En Julio de 1962 cinco militantes de Palabra Obrera (PO), una organización trotskista que aún continuaba desarrollando una estrategia de entrismo en el peronismo, arriban a Cuba con el objetivo de recibir adiestramiento armado. El referente principal del grupo es Ángel “Vasco” Bengochea, un cuadro de la organización que ha alcanzado notoriedad pública por su militancia en el marco de la resistencia peronista.

Su rol de director de la publicación Palabra Obrera, de vocero de la organización en espacios del movimiento peronista y su papel en impulsar agrupaciones sindicales de base con identidad peronista en las fábricas  del conurbano, le han granjeado reiteradas detenciones de la dictadura militar iniciada con el golpe de 1955. El objetivo principal de los militantes de PO es conseguir ayuda financiera y capacitación militar para la experiencia de insurrección campesina y de recuperación de tierras del Perú liderada por Hugo Blanco. Pero el Vasco está convencido de que existen condiciones en Argentina para desarrollar la lucha armada. En el momento del arribo del grupo a la isla, otro golpe ha derribado al gobierno de Arturo Frondizi y José María Guido se encuentra en el gobierno como títere de las Fuerzas Armadas.

 

El pensamiento del Che

Hacia pocas semanas Ernesto “Che” Guevara había desarrollado su análisis de la coyuntura en un asado celebrado el 25 de Mayo para los argentinos de distintas organizaciones presentes en la isla. En esa ocasión el Che trazó una comparación con la revolución de Mayo de 1810. Según evaluaba, los revolucionarios de esa época, particularmente San Martín, habían diseñado la estrategia de liberación de Chile y Perú con plena conciencia de que si las Provincias Unidas del Río de la Plata quedaban aisladas, la restauración del poder español era sólo cuestión de tiempo. En su mirada lo mismo ocurría en ese momento con la revolución cubana. Si la ola revolucionaria no se extendía, ésta terminaría cercada por sus enemigos. Ningún país -mucho menos una isla ubicada a escasas millas del imperio estadounidense- podría resistir los múltiples ataques a los que se vería sometido un proceso revolucionario. Era necesario desarrollar otros procesos de cambio en América Latina. En particular si se lograba llevar adelante una revolución en Argentina, las posibilidades de transformación de toda la región aumentaban. Dada la importancia cultural, social, económica y la diversidad de recursos naturales de su país de origen, el impacto podía crecer exponencialmente sobre América Latina aún más que el ejemplo cubano. Para el Che del campamento de adiestramiento militar -que debía organizarse de manera posterior al asado- tenía que salir una guerrilla que impulsara la lucha armada en Argentina en el marco de una estrategia revolucionaria continental.

Sin duda esa convicción se basaba en su convencimiento de que la experiencia cubana demostraba que la lucha guerrillera podía derrotar a un ejército regular. Un grupo armado podía con su ejemplo despertar adhesiones en la población que permitieran pasar, en un proceso, de guerrilla a ejército popular. En su visión el campo, mucho más que las grandes ciudades, era el lugar de mayor fragilidad de la dominación, el eslabón más débil y por lo tanto ese era el escenario donde debía instalarse la guerrilla. Con su accionar el núcleo combatiente iría recreando una auténtica vanguardia de la que surgiría una herramienta política unitaria que iba a terminar con años de divisiones estériles de los revolucionarios.

Un elemento central que aportaba su visión era la ruptura con el determinismo de las condiciones objetivas que supuestamente debían existir para poner en marcha un proceso revolucionario. Por el contrario, para el Che las condiciones para una transformación revolucionaria se podían crear a partir de la propia acción de la vanguardia. Ésa era una enseñanza clave que extraía de la revolución cubana. Recuperaba así el valor de la subjetividad y la voluntad de los revolucionarios y rompía con los dogmas etapistas – que sostenían que antes de pensar en el socialismo había que completar el desarrollo capitalista y las tareas democrático-burguesas– que reinaban casi sin oposición en las izquierdas del continente.

Esas tesis eran acompañadas por el convencimiento de que sólo hombres que portasen valores superadores de los que propugnaba el capitalismo, podrían con alguna posibilidad de éxito construir otra sociedad. La guerrilla debía constituirse en el instrumento de desarrollo, y en la escuela de un hombre nuevo infinitamente más solidario, capaz de los mayores sacrificios y entrega que con su ejemplo anunciara las posibilidades de otro tipo de ser humano. La idea de que no es posible cambiar el capitalismo  sin el desarrollo de prácticas y formas de sociabilidad que prefiguren la sociedad venidera, piedra nodal de las concepciones de muchas construcciones populares en el Siglo XXI, estaba presente de manera embrionaria, en el pensamiento del Che.

La necesidad de impulsar la lucha armada a nivel continental y los problemas a los que se enfrentaba Cuba en su intento de transición al socialismo constituían una unidad en el pensamiento del Che. El desarrollo acerca de los problemas de la transición se puede encontrar apenas unos años más tarde en la publicación de El socialismo y el hombre en Cuba que escribe para la revista uruguaya Marcha. También en sus Apuntes críticos a la economía política que sólo tomarán estado público décadas más tarde. Durante sus estancias en Tanzania y en Praga, con posterioridad a su misión internacionalista en el Congo, el Che acometería una crítica sistemática del Manual de Economía Política de la Academia de ciencias de la URSS. El elaboración de esas concepciones nos remiten a los años 1965 y 1966, pero sus hipótesis tienen sus raíces en los primeros años de la revolución cubana y están profundamente imbricadas con su estrategia militar.

Dado que, contra lo que preveía Marx, las revoluciones no estallaron en los países más desarrollados del planeta sino que lo habían hecho en países periféricos, esta situación determinaba fuertemente las transiciones del capitalismo al socialismo. La ley del valor, el subdesarrollo, la fuga de capitales y la falta de bienes condicionaban esa transición. La tentación fuerte consistía en que las dirigencias revolucionarias creyeran que era posible realizar el socialismo con las armas melladas del capitalismo, es decir reduciendo el nuevo sistema a la expansión de la producción de mercancías, la rentabilidad, el incentivo del interés material individual. Si esa base económica persistía –eso era para el Che lo que sucedía en la Unión Soviética a mediados de los 60’- inevitablemente iría minando, debilitando la conciencia de la población; por ende la posibilidad de la restauración del capitalismo avanzaba a pasos agigantados.

Sólo una estrategia donde prevalecieran a nivel económico los estímulos morales combinados con la utilización de estímulos materiales, pero de carácter colectivo, social, comunitario, podía desarrollar una nueva conciencia que construyera el hombre nuevo que era el pilar fundamental sobre el que se tenía  que alzar la nueva sociedad.

Este desarrollo al que llegaba el Che tenía directa relación con lo que argumentaba en 1962. Si no avanzaba un escenario  revolucionario continental aumentaban las posibilidades de estancamiento y restauración del capitalismo en la isla. Sus conclusiones, que evidentemente conducían a la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país, no provenían solamente de lecturas teóricas -incluida La Revolución Permanente de Trotsky, obra de la que desconocemos si tuvo una lectura directa- sino sobre todo de la evaluación de la propia experiencia de la revolución cubana. Los planteos del Che de 1965 están prefigurados, en cierto sentido, en los argumentos que utilizaba en el asado de 1962.

Un factor que aceleraba sus preocupaciones acerca del destino de la revolución acababa de tener otro capítulo. En Marzo de 1962, Fidel Castro acusaba públicamente al líder del Partido Socialista Popular- el clásico Partido Comunista prosoviético- Aníbal Escalante de maniobras sectarias y divisionistas, destituyéndolo de todos sus cargos. El año anterior, en julio de 1961, se habían creado las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) donde se unificaban el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario y el Partido Socialista Popular. Dado que la dinámica de la revolución había llevado a una confrontación total con los Estados Unidos y a un acercamiento con la Unión Soviética, la fracción de viejos comunistas encabezada por Escalante pretendía el control estricto del nuevo partido. A pesar de no haber protagonizado la lucha revolucionaria y en más de una ocasión confrontado con las posiciones del 26 de Julio, por ejemplo oponiéndose a la lucha armada contra Batista, buscaban aprovechar el nuevo escenario para mostrarse como interlocutores  privilegiados de la Unión Soviética y homogeneizar el  nuevo partido ubicando en puestos claves a ex miembros del PSP. La argumentación favorita para atacar a cuadros no “confiables” era que no provenían del marxismo y ese supuesto desconocimiento favorecía prácticas pequeño burguesas. Uno de los atacados por esa ofensiva interna era el argentino Jorge Ricardo Masetti, que se había apartado de la dirección de Prensa Latina no sólo por su decisión de impulsar la lucha armada sino también por el desgaste que le habían provocado los permanentes boicots y críticas de los cuadros que respondían a Escalante. En realidad, el ataque a Masetti era un ataque indirecto al Che –dada la profunda relación que los unía- a quién, dado su inmenso prestigio, no podían cuestionar directamente. Sin duda Guevara representaba para la fracción prosoviética todo lo que había que combatir en Cuba. La intervención de Fidel descabezando la fracción Escalante parecía haber zanjado la cuestión a favor de las posturas más radicales y menos dogmáticas de la revolución. Pero el Che no se hacía falsas ilusiones. Como hemos visto, en su mirada los factores que podían conducir a la burocratización de la revolución obedecían a procesos profundos que excedían la coyuntura. Si bien se congratulaba del descabezamiento de esa ala burocrática, los acontecimientos habían reforzado su perspectiva basada en la necesidad de una guerra revolucionaria continental; el impulso a la guerrilla rural; el peso determinante de la voluntad revolucionaria; el estímulo a un hombre nuevo portador de  valores sociales diferentes; la necesidad de políticas económicas que priorizaran los incentivos morales y que tomaran en cuenta la dimensión subjetiva, simbólica del pueblo cubano y sus revolucionarios como elementos imprescindibles de la transición al socialismo, eran una unidad. Aspectos de su razonamiento que no se podían disociar. Ése es el Che que encontrarían los argentinos que participaron del adiestramiento militar.

 

El debate sobre las formas de impulsar la lucha armada

El curso de capacitación militar en el que finalmente participarían los militantes de Palabra Obrera estaba compuesto por grupos muy diferentes de argentinos, en su enorme mayoría convocados por John William Cooke y Alicia Eguren. Entre otros se contaban militantes universitarios, miembros de escisiones del socialismo argentino, militantes de la juventud peronista y sobrevivientes de la experiencia de la guerrilla peronista de Uturuncos. La larga demora en el lanzamiento de la escuela generaba malestar entre el colectivo de argentinos. Por eso el Che se reuniría con ellos, junto a Alicia Eguren, para destrabar el inicio del adiestramiento y desarrollar sus opiniones sobre la dinámica de la revolución en América Latina y en Argentina. En ese marco, el Vasco desarrollará una polémica con el Che, en especial alrededor de la tesis del foco rural. Para Bengochea el gran desarrollo urbano en la Argentina, una importante industrialización, el peso social de la clase obrera y el rol de cohesión que cumplía la identidad peronista hacía necesario partir de que el escenario principal de la guerrilla en Argentina debía ser urbano. Eso no implicaba desconocer la posibilidad de una unidad guerrillera en el monte pero no como epicentro de la acción armada. Para argumentar en favor de su tesis, el Vasco traería el ejemplo de las guerrillas urbanas creadas en Europa en contra del nazismo, en especial en Francia e Italia, así como la experiencia vietnamita contra la ocupación francesa pensada en ese caso como un ejemplo de práctica político-militar de desarrollo combinado, tanto urbano como rural.

El Che, que según todos los testimonios demostraría un gran respeto tanto por los planteos como por la figura del Vasco, rebatiría esos argumentos y ambos no se pondrían totalmente de acuerdo tanto en esa ocasión como en la segunda entrevista que tendrían en el curso del campamento.

Sin embargo, en determinado momento los militantes de Palabra Obrera acordarán la posibilidad de lanzar una guerrilla en la provincia de Tucumán. Qué había ocurrido y en qué medida esa decisión implicaba un cambio de actitud por parte del Vasco y sus compañeros, es algo que merece una reflexión pormenorizada.

Respecto a la mirada del Che, no sería la única ocasión en la que se encontraría con observaciones respecto a la estructura socioeconómica de la Argentina y el peso del peronismo como un aspecto determinante a tener en cuenta para el desarrollo de la lucha armada. En cada ocasión, Guevara absolutizaría el ejemplo de la revolución cubana y las posibilidades de la guerrilla. Como le argumentaría en otra oportunidad al argentino Ciro Bustos     -quien le formulará objeciones similares a la del Vasco- el problema de la Argentina era la pobreza y la dependencia. El peronismo era tan sólo un síntoma, pero lo que importaba era la enfermedad. Si un grupo armado evidenciaba su voluntad real de combatir, que se guiaba por los hechos y no por las palabras, demostrando que sólo se podía ser vanguardia organizando el enfrentamiento contra la violencia de las clases dominantes, las diferencias identitarias quedarían de lado. Todos los que genuinamente creían en la necesidad de impulsar la revolución de manera inmediata abandonarían el culto a la supuesta ausencia de condiciones objetivas y se plegarían a impulsar la lucha armada.

Sin duda existía una simplificación por parte del Che de la situación en Argentina, una mirada poco profunda respecto del peronismo, con un desconocimiento de las transformaciones que se habían originado en su seno tras el golpe de 1955 y una sobrevaloración de las posibilidades inmediatas de arraigo de la guerrilla. Algunas de las razones que lo llevaban a esas conclusiones las discutiremos posteriormente.

A su vez, con todo el respeto que tenía por las figuras de Cooke y Alicia Eguren, el Che guardaba un importante grado de escepticismo respecto a que el inicio de la lucha armada tuviera como epicentro del reclutamiento el peronismo, un espacio político al que veía altamente penetrado por la ideología del enemigo.

Acuciado por la necesidad inmediata de continentalizar la lucha armada en términos operativos, la estrategia que comenzaba a diseñar tenía dimensiones regionales. La lucha armada debía abarcar inicialmente el norte de Argentina, el sur de Bolivia y de Perú. Eso implicaba que distintas columnas guerrilleras tenían que converger en acciones paralelas que en determinado momento, abriendo amplias vías de comunicación, debían terminar por confluir.

El grupo del Vasco era parte de ese diseño con su futuro asentamiento en Tucumán, pero no era la carta principal del Che. Posiblemente se encontraba disconforme con los resultados del campamento. Una parte de los militantes peronistas se habían negado a la capacitación basándose en que no había ninguna posibilidad de guerrilla sin el apoyo explicito de Perón. A su vez, de 45 miembros que comenzaron la formación político-militar sólo 21 de ellos, entre los que se encontraban los miembros de PO, habían podido resistir los largos meses de entrenamiento.

Por eso un grupo de argentinos y de cubanos que había combatido en Sierra Maestra, había sido reclutado y adiestrado por otros canales con absoluta compartimentación y directamente bajo la supervisión del Che. Ese grupo tenía la misión de iniciar un foco guerrillero en Argentina cuyo lugar de asentamiento sería una zona montañosa y selvática de la provincia de Salta. La región contaba con una amplia frontera con Bolivia, concebida como lugar de repliegue, abastecimiento y conexión con otras columnas guerrilleras. Se trataba de lo que sus miembros denominarían el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP). La cabeza visible era el ya mencionado periodista argentino Jorge Ricardo Masetti. El reportero se había transformado en un hombre de estrecha confianza del Che durante su dirección de la agencia de noticias Prensa Latina creada tras el triunfo de la revolución. Previamente había realizado un reportaje  a Fidel y al Che en plena Sierra Maestra durante el combate contra la dictadura de Batista. Al bajar de la sierra descubrió que la nota no había llegado a sus jefes en Buenos Aires por lo que volvió a subir clandestinamente adonde estaba la dirección guerrillera para realizar nuevamente la entrevista. Esa hazaña periodística sería retratada en su obra Los que luchan y los que lloran. En el EGP Masetti adoptaría el nombre de guerra de Segundo, haciendo referencia al gaucho Segundo Sombra, dado que el primer lugar en la guerrilla, a futuro, estaba destinado al Che, quien tomaría el nombre de Martín Fierro.

En determinado momento el mando de la guerrilla sería asumido directamente por Guevara en persona, por lo que la misión inicialmente consistía en lograr asentarse en el territorio, permanecer, crecer, desarrollar logística e inserción, evitando combatir hasta su llegada.

 

Por otro lado, desde la perspectiva del Vasco y sus compañeros la adhesión al proyecto armado tenía áreas de similitud y de diferencia con el proyecto del Che.

Ya hemos señalado sus diferencias principales, pero el campo de convergencia era muy amplio. En primer lugar la mayoría de los hombres del PO que se encontraban en Cuba estaban convencidos de que en Argentina existían condiciones concretas para el inicio de la lucha armada, por lo que el planteo de Guevara conectaba profundamente con sus propias evaluaciones.

En segundo lugar, el impulso de una estrategia armada continental resonaba favorablemente en los oídos de quienes se habían formado en la convicción trotskista de que era imposible la construcción del socialismo en un solo país y que sólo la dinámica de la revolución permanente podía impedir la burocratización de un proceso revolucionario.

En tercer lugar la oposición decidida de la mayoría de los Partidos Comunistas latinoamericanos a la línea de acción cubana, aumentaba sus simpatías hacia las ideas del Che.

En cuarto lugar la necesidad de la unidad de los revolucionarios en un frente de liberación sintonizaba con los análisis y las expectativas que los habían traído a Cuba.

Pero por sobre todo la vivencia de la revolución en curso que se encontraba en plena ebullición y proceso de transformación, junto al ejemplo de figuras como Guevara que encarnaban la antítesis del burócrata, ejercía una enorme atracción. Lejos de vivirlo como una presión que los haría abdicar frente al foquismo -como argumentaría meses después el líder de Palabra Obrera Nahuel Moreno para rechazar el plan guerrillero- el Vasco y sus compañeros vivenciaban el conocimiento de la revolución como una enorme experiencia, la más rica de Latinoamérica, que debía ser asimilada, analizada y recogida.

Como vemos, el campo de las coincidencias matizaba las diferencias surgidas en el campamento. Mientras el grupo del Vasco regresaba a la Argentina decididos a comenzar las tareas de instalación de una guerrilla, por otro lado los miembros del EGP iniciaban su camino hacia el norte de la Argentina. Pronto ambas experiencias tomarían estado público.

(Continuará)

Sergio Nicanoff es historiador, docente y militante popular. Miembro de Contrahegemoniaweb

Bibliografía

Bengochea, Ángel y López Silveira, J.J., Guerra de Guerrillas, Editorial Uruguay, Montevideo, 1970.

Bustos, Ciro, El Che quiere verte, Buenos Aires, Vergara, 2007.

Castellano, Axel y Nicanoff, Sergio, Las primeras experiencias guerrilleras en la Argentina, Buenos Aires, Ediciones del CCC, 2006.

Guevara, Ernesto, La guerra de guerrillas, en Escritos y discursos, Tomo I, La Habana, Editorial de ciencias sociales, 1977.

___________, El socialismo y el hombre  en Cuba, Montevideo, Marcha, 1965

_____________, Apuntes Críticos a la economía política, Bogotá, Ocean Sur, 2007.

Masetti, Jorge, Los que luchan y los que lloran y otros escritos inéditos, Buenos Aires, Nuestra América, 2012.

Rot, Gabriel, Los orígenes perdidos de la guerrilla en Argentina. La historia de Jorge Ricardo Masetti y el Ejército Guerrillero del Pueblo, Buenos Aires, El cielo por asalto, 2000.

 

 

 

 

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