Los límites de la base golpista

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¿Cómo se hace un Golpe de Estado? La derecha venezolana, que prometió fuego y toma del poder, no sabe la respuesta. Como si administrara un bluf, sigue dando pasos que cada vez parecen más manotazos de ahogado. El último tuvo lugar el viernes con el llamado a paro que no fue.

No podía serlo por una razón: el sujeto. La base social de la derecha es eminentemente de clases altas. Hablo del bastión escuálido, movilizado, una masa que no está en medidas de parar actividades laborales, fábricas, instituciones etc. Sí de batallar por redes sociales, dejar estacionado el carro para sentir que deja vacía las calles, y acciones de ese tipo. Pero parar un país, eso, demanda otra fuerza social. Se necesitan obreros, trabajadores, campesinos, docentes, etc. Sin la presencia de quienes mueven los resortes de las actividades difícilmente se pueda inmovilizar las actividades. Y esos hombres y esas mujeres no son parte de la gente que se encolumna tras las directrices de la derecha.

Existe otra fuerza con capacidad de inmovilizar un país: la burguesía. Que ha tenido experiencias insurreccionales, como en el 2002. Puede parar empresas, actividades neurálgicas de la economía, sectores del transporte. No lo hizo el pasado viernes. Lo había avisado la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela (Fedecámaras) dejando libertad de acción a las empresas a través de un comunicado. Sin pueblo y sin burguesía, ¿cómo pensaba realizar una huelga/lockout general la derecha?

La derecha está entonces ante varios -evidentes- problemas. El primero es que, a pesar de los ataques criminales a la economía para desgastar a la población, no han logrado sumar ese descontento a sus filas activas. Lo intentan: en la movilización del 26 los discursos hablaban de trabajadores, indígenas, hambre etc., intentando construir una mayoría simbólica. En los hechos la gente movilizada era eminentemente de clases altas, con tensiones racistas a lo interno. Tal vez puedan lograr sumar parte del descontento desatado por el desabastecimiento y subida de precios a un caudal electoral. Contar con él para la calle no parece probable.

Su base -el hueso y la carne- tiene además una particularidad peligrosa: el nivel de odio y deseo de revancha. En la pasada movilización abuchearon a todos los dirigentes por no ir al Palacio de Miraflores. Se ha construido una voluntad de choque, de arrasar al otro, que, cada vez que puede, se desata por las calles dejando muertos. La derecha creó su propio monstruo, que no tiene capacidad de razonar en términos de política -su negación al diálogo es total.

Otro gran problema que enfrenta el plan es el nivel de desunión que reina entre los sectores articulados en la Mesa de Unidad Democrática. Nadie deja al otro emerger, el pisar de cabezas es regla, especulan con posibles cargos -se disputan lo que no tienen. Es una suerte de carrera por la delantera, entre quienes saben que tienen posibilidades electorales, y quienes no y quieren una confrontación antes de fin de año. Si junto a eso se agrega la falta de involucramiento abierto de los sectores empresariales, el bloque golpista es muy frágil. Se descose por dentro y por fuera.

 

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Resulta difícil realizar un pronóstico certero. No existe coherencia en las decisiones, como una improvisación -de quienes se plantearon ni más ni menos que tumbar tres poderes del Estado incluido el presidente. El caso del diálogo es la muestra más evidente: primero se sentaron algunos, luego todos dijeron que no, y finalmente aceptaron, pero cambiando la ciudad.

Con esas cartas sobre la mesa, junto a la lealtad oficial de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana al presidente y la Constitución, resulta difícil imaginar cómo lograrían un Golpe de Estado. Existen dos otras variables a tener en cuenta. Primero la Asamblea Nacional, caballería del ataque. Allí se juega el choque de poderes, el lugar desde dónde van a intentar avanzar en el juicio contra Nicolás Maduro. El pasado jueves no lograron ese paso. El segundo es la fecha del tres de noviembre, día para el cual anunciaron que irán al Palacio de Miraflores a notificarle al presidente su partida del poder.

Sobre este punto se abren dos hipótesis: que efectivamente encaucen la movilización hacia el Palacio, es decir encaminen a la masa reunida a una confrontación. No podrá ser de otra manera, ese día el chavismo estará movilizado, y la policía no dejará el paso. La otra posibilidad será desistir y que el bluf quede al descubierto, creando un descredito total -por ahora es parcial- de la dirigencia hacia su base social. Sería la tercera vez en dos meses en los cuales habrían convocado a miles a tomar el poder y luego se abrían tirado para atrás. La derecha construyó sus callejones sin salida. Y el encierro en política nunca es bueno: desata movimientos desesperados.

Los próximos días, con el domingo del diálogo como momento central, serán de reacomodamiento de próximos ataques. Los golpistas anunciaron el plan de máxima y todavía lo sostiene públicamente. Un análisis de sus fuerzas indica que no tienen capacidad de llevar adelante su plan. ¿Guardan una carta debajo de la manga? ¿Es parte de su misma incapacidad histórica que los ha hecho fracasar tantas veces seguidas? Se verá en los próximos días.

El chavismo parece saber lo que tiene que hacer: mantener al pueblo movilizado, los cauces de la paz, el diálogo, la iniciativa que descosa una derecha sistemáticamente anti-democrática. Lograrlo será una victoria. Luego seguirá el curso previsto de elecciones para el año que viene -gobernadores y alcaldes- que será un desafío inmenso. Pero lo primero es hoy: desarticular la violencia de quienes quieren arrasar un país.

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