Mariano Moreno y Juan José Castelli: el jacobinismo criollo

Representaron el ala más radical de la Primera Junta. Influenciados por las ideas de la revolución francesa, asumieron la necesidad de cambios estructurales y el carácter necesariamente violento de los procesos de transformación social. Comprendieron el papel insustituíble de los pueblos indígenas del continente, a quienes interpelaban en el proyecto de construcción de una nación independiente.

 

Mariano Moreno nació en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1778, en el seno de un hogar de funcionarios de jerarquía media. Estudió en el Colegio San Carlos, y allí Fray Cayetano Rodríguez, uno de los maestros de Moreno, le abrió la biblioteca de su convento. Moreno tenía veintiún años en 1799 cuando llegó a Chuquisaca, donde siguió sus estudios de teología y derecho en esa Universidad. Trabó una profunda amistad con el canónigo Terrazas, hombre de gran cultura que le facilitó el acceso a su biblioteca y lo incluyó en su círculo de amigos y discípulos.

De todos los autores que frecuentó en la biblioteca de Terrazas, Juan de Solórzano y Pereyra y Victorián de Villaba fueron los más influyentes. Solórzano, en su Política Indiana, abogaba por la igualdad de derechos para los criollos. Villalba, en su Discurso sobre la mita de Potosí, denunciaba la brutal esclavitud a que se sometía a los indios en las explotaciones mineras. También fue allí donde Moreno tomó contacto por primera vez con los grandes pensadores del “siglo de las luces”. Quedó particularmente impresionado por Jean Jacques Rousseau, el autor de El contrato social.

En 1802, Moreno visitó Potosí y quedó profundamente conmovido por el grado de explotación y miseria al que eran sometidos los indígenas en las minas. De regreso a Chuquisaca, escribió su tesis doctoral –Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios–, donde criticó el régimen colonial que oprimía a los indígenas en las minas y haciendas.

Los años posteriores los pasó ejerciendo la práctica jurídica, asumiendo la defensa de varios aborígenes contra los abusos de sus patrones. En sus alegatos inculpó al intendente de Cochabamba y al alcalde de Chayanta. Las presiones aumentaron y Moreno decidió regresar a Buenos Aires.

A poco de llegar, a mediados de 1805, se inician las invasiones inglesas. A partir de entonces los grupos económicos de Buenos Aires se fueron dividiendo en dos facciones bien marcadas y enfrentadas: los comerciantes monopolistas y los ganaderos exportadores. Los comerciantes españoles querían mantener el privilegio de ser los únicos autorizados para introducir y vender los productos extranjeros que llegaban desde España. Estos productos eran carísimos porque España, a su vez, se los compraba a otros países, como Francia e Inglaterra, para después revenderlos en América. En cambio, los ganaderos querían comerciar directamente con Inglaterra y otros países que eran los más importantes clientes y proveedores de esta región. España se había transformado en una cara, ineficiente e innecesaria intermediaria.

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Juan José Castelli nació en Buenos Aires el 19 de julio de 1764. Estudió filosofía en el Real Colegio de San Carlos y en el Colegio Monserrat de Córdoba. Se recibió de abogado en la Universidad de Charcas.

En 1809, luego de la gestión de Liniers, asume como virrey Hidalgo de Cisneros. La situación del virreinato era complicada. El comercio estaba paralizado por la guerra entre España y Napoleón, que provocaba una enorme disminución de las rentas aduaneras de Buenos Aires, principal fuente de recursos.

Ante la desesperante escasez de recursos, el nuevo virrey tomó una medida extrema, aun contra la oposición del consulado: aprobó un reglamento provisorio de libre comercio que ponía fin a siglos de monopolio español y autorizaba el comercio con los ingleses. Los comerciantes monopolistas españoles se opusieron y lograron que el apoderado del Consulado de Cádiz, Fernández de Agüero, enviara una nota de protesta al virrey, en la que alertaba sobre los peligros “económicos y religiosos” que implicaba el comercio directo con los ingleses. Moreno escribió entonces su célebre Representación de los hacendados, donde defiende el derecho de las colonias para comercial libremente.

Por su parte, durante la Revolución de Mayo Castelli fue comisionado para intimar al virrey Cisneros a que cesara en su cargo y participó activamente en el cabildo del 22 de mayo derribando con su vibrante oratoria los argumentos de los representantes del Virrey, que lo calificaban de “subversivo” y “principal interesado en la novedad”, o sea en la revolución. A partir de entonces, lo llamaron “el orador de la revolución”.

Fue uno de los vocales más activos de la Junta de mayo y uno de los más cercanos a las ideas del secretario de Guerra y Gobierno, Mariano Moreno. Se le encargó la represión de la contrarrevolución de Santiago de Liniers en Córdoba y no le tembló el pulso a la hora de ordenar su ejecución.

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Consciente de que los intereses comerciales ingleses no eran una salida para el desarrollo económico en estas tierras, Moreno se acercó a los sectores revolucionarios que venían formándose desde las invasiones inglesas. Fue nombrado secretario de la Primera Junta de Gobierno y, si bien no tuvo un rol como el de Castelli en el famoso Cabildo del 22, su protagonismo comenzó el 25 de mayo de 1810, al asumir las Secretarías de Guerra y Gobierno de la Primera Junta. Desde allí desplegará toda su actividad revolucionaria. Bajo su impulso, la Junta produjo la apertura de varios puertos al comercio exterior, redujo los derechos de exportación y redactó un reglamento de comercio, medidas con las que pretendió mejorar la situación económica y la recaudación fiscal. Creó la biblioteca pública (hoy Biblioteca Nacional) y el órgano oficial del gobierno revolucionario, La Gazeta, dirigida por el propio Moreno, que decía en uno de sus primeros números“El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Seremos respetables a las naciones extranjeras, no por riquezas, que excitarán su codicia; no por el número de tropas, que en muchos años no podrán igualar las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan en nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso”.

Por una circular del 27 de mayo de 1810, la Junta invitaba a las provincias interiores a enviar diputados para integrarse a un Congreso General Constituyente. En Córdoba se produjo un levantamiento contrarrevolucionario de ex funcionarios españoles desocupados, encabezado por Santiago de Liniers. El movimiento fue rápidamente derrotado por las fuerzas patriotas al mando de Francisco Ortiz de Ocampo. Liniers y sus compañeros fueron detenidos. La Junta de Buenos Aires ordenó que fueran fusilados, pero Ocampo se negó a cumplir la orden. Moreno encargó entonces la tarea a Juan José Castelli, quien cumplió con la sentencia, fusilando a Liniers y sus cómplices el 26 de agosto de 1810.

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A Castelli se lo encomendó para ocupar el Alto Perú. Partió al frente de aquel ejército de la patria con lo poco que había, con el pobrerío que lo seguía y con una revolución por hacer. Iba hacia las tierras que no pudieron liberar Túpac Amaru y Micaela Bastidas; iba a hacerles justicia. Uno de los pocos cañones del ejército patriota se llamaba Túpac Amaru y el delegado de la junta soñaba con apuntarlo al centro del poder español de esta parte del continente.

El presidente de la Audiencia de Charcas, Vicente Nieto, y el gobernador intendente de Potosí y empresario minero,  Francisco de Paula Sanz,  pretendieron huir con 300.000 pesos en pasta de oro y plata pertenecientes a los caudales públicos. Fueron capturados al igual que el mayor general Córdoba y ejecutados según la orden reservada de la  Junta de Buenos Aires.

Castelli abandonó Potosí el 25 de diciembre de 1810 para marchar hacia Chuquisaca. Hacía 22 años había partido de allí con su título de abogado. Ahora llegaba como delegado de la Junta.

Una de sus primeras ocupaciones fue la puesta en marcha de una legislación de avanzada que le devolvía las libertades y las propiedades usurpadas a los habitantes originarios. Decretó: la emancipación de los pueblos; el libre avecinamiento; la libertad de comercio; el reparto de las tierras expropiadas a los enemigos de la revolución entre los trabajadores de los obrajes; la anulación total del tributo indígena; la suspensión de las prestaciones personales; equiparó legalmente a los indígenas con los criollos y los declaró aptos para ocupar todos los cargos del Estado; tradujo al quechua y al aymará los principales decretos de la Junta; abrió escuelas bilingües: quechua-español, aymará-español; removió a todos los funcionarios españoles de sus puestos, fusilando a algunos, deportando a otros y encarcelando al resto.

Las medidas eran claramente revolucionarios y no tardarían en desatar la furia de los ricos, criollos y españoles, beneficiarios del sistema de explotación del indígena.

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En julio de 1810, la Junta había encargado a Moreno la redacción de un Plan de Operaciones, destinado a unificar los propósitos y estrategias de la revolución. Moreno presentó el plan a la Junta en agosto. Allí propuso promover una insurrección en la Banda Oriental y el Sur del Brasil, garantizar la neutralidad o el apoyo de Inglaterra y Portugal, expropiar las riquezas de los españoles, destinar esos fondos a crear ingenios y fábricas, y fortalecer la navegación. El Plan constituía los lineamientos generales de un proyecto autónomo para la región.

A poco de asumir el nuevo gobierno, se habían evidenciado las diferencias entre el presidente, Saavedra, y el secretario Moreno. Moreno encarnaba el ideario de los sectores que propiciaban algo más que un cambio administrativo. Se proponían cambios económicos y sociales más profundos. Saavedra, en cambio, representaba a los sectores conservadores a favor del mantenimiento de la situación social anterior.

Moreno entendió que la influencia de los diputados que comenzaban a llegar sería negativa para el desarrollo de la revolución. A partir de una maniobra de Saavedra, estos diputados se fueron incorporando al Ejecutivo, y no al prometido Congreso Constituyente. Moreno se opuso y pidió que se respetara la disposición del 27. Pero estaba en minoría y sólo recibió el apoyo de Paso.

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Saavedra y Funes, con la maniobra de la incorporación de los diputados a la Junta, habían logrado dos objetivos largamente acariciados: dejar en absoluta minoría al morenismo y provocar la renuncia de Mariano Moreno el 18 de diciembre de 1810.
A pesar de todo Castelli no dejaba de proyectar, de soñar una utopía compartida, y escribió por aquellos días oscuros: “‘Nuestro destino es ser libres o no existir, y mi invariable resolución sacrificar la vida por nuestra independencia. Toda la América del Sur no formará en adelante sino una numerosa familia que por medio de la fraternidad pueda igualar a las respetadas naciones del mundo antiguo”.

Para el primer aniversario de la Revolución, Castelli convocó a todas las comunidades indígenas de la provincia de La Paz a reunirse ante las ruinas de Tiahuanaco.. Allí estaban todos, centenares de aborígenes y soldados del Ejército del Norte esperando por la palabra del orador.

Castelli comenzó rindiéndole un homenaje a la memoria de los incas e invitó a los presentes a hacerles justicia a los antepasados expulsando definitivamente a los invasores españoles. Les anunció la expropiación de las tierras que estaban en manos de los enemigos de la revolución y su devolución a las comunidades, sus legítimos dueños: “Los esfuerzos del gobierno –dije en español dando tiempo a los traductores quechuas y aymaras- se han dirigido a buscar la felicidad de todas las clases, entre las que se encuentra la de los naturales de este distrito, por tantos años mirados con abandono, oprimidos y defraudados en sus derechos y hasta excluidos de la mísera condición de hombres”.

Mientras tanto, la junta saavedrista enviaba a su representante órdenes que tenían como único objetivo la desmovilización y la derrota de un ejército considerado peligroso para los intereses de Buenos Aires.

Castelli pactó una tregua con los realistas, que éstos no respetaron, y sorprendieron traicioneramente a las fuerzas criollas derrotándolas en Huaqui el 20 de junio de 1811. Castelli se juntó con Balcarce y su secretario Monteagudo y se dispusieron a apechugar el contraste. El Alto Perú era un infierno y en Buenos Aires conspiraban contra él. Estaba claro que sus enemigos de adentro no dejarían pasar la ocasión para sacarlos del medio, humillarlos y hasta encarcelarlos.

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Saavedra había logrado imponerse sobre Mariano Moreno. Para desembarazarse de él lo envió a Europa con una misión relacionada con la compra de armamento. Moreno aceptó, quizás con la intención de dar tiempo a sus partidarios para revertir la situación, y quizás también para salvar su vida.

El 24 de enero de 1811 Moreno partió a altamar. Si bien nunca había gozado de buena salud, al poco tiempo de partir hacia Londres se sintió enfermo. Murió en el viaje tras ingerir una sospechosa medicina suministrada por el capitán del barco. Saavedra se libraba de Moreno, quien falleció presumiblemente envenenado con arsénico.

 

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Tras la derrota, el gobierno porteño mandó a detener a Castelli. Se lo acusaba de “mal desempeño” político y militar en el Alto Perú.  A su regreso a Buenos Aires, el Triunvirato lo procesó y encarceló, aunque el juicio nunca llegaría a su fin.

El 14 de febrero de 1812, en Buenos Aires, comenzaron las declaraciones de los testigos. Ni uno sólo de ellos testimonió contra Castelli y muchos elogiaron su patriotismo, a pesar de las capciosas preguntas de los fiscales que apuntaban a cuestiones tan “patrióticas” como saber si Castelli le había faltado el respeto al rey español Fernando VII y a la religión católica.

Pero en Castelli otro proceso más terrible que el judicial se había desatado hacía algunos meses. Una quemadura mal curada provocada por  un cigarro, había dado inicio a un letal cáncer en la lengua. El 11 de junio de 1812 la Revolución comenzaba a quedarse sin voz. Un cirujano le amputaba la lengua a un Castelli que ahora sólo podía defenderse por escrito. “Yo no huyo del juicio; antes bien sabe V.E. que lo reclamé, bien cierto de que no tengo crimen”.

Pocos son los amigos que lo visitaron por entonces, entre ellos, Bernardo de Monteagudo, que ha asumido su defensa, y su primo Manuel Belgrano, que bajó “matando caballos” para estrecharlo en un abrazo.

Según la partida de defunción emitida por la parroquia de la Merced, en la noche del 11 de octubre de 1812 recibió todos los sacramentos. Pidió papel y lápiz y escribió: “Si ves al futuro, dile que no venga”. Así, Castelli, “el orador de la revolución”, murió de cáncer de lengua en las primeras horas del 12 de octubre.

 

 

 

 

 

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