Mariátegui y la Reforma Universitaria

                    Para Contrahegemonía

            Se cumplen cien años de la Reforma Universitaria y el aniversario nos convoca. Hoy nos sorprende ver cómo un grupo de alumnos de una Universidad del interior del país tuvo la capacidad de iniciar un proceso transformador tan potente que de Córdoba se extendió a las otras Universidades del país para conmover luego a las casas de altos estudios de toda Nuestroamerica.

               Se trató de un proceso que comenzó enfrentando a una casta de profesores para pasar rapidamente a cuestionar las estructuras profundas de sociedades que, pasado un siglo de las revoluciones de la indepencia, seguían asentadas en un capitalismo oligárquico y colonial. Sin dudas esto tuvo que ver con un clima de época marcado por el impacto de la Revolución Rusa, revolución que estaba dando su primeros pasos y conmovía a los cinco continentes.

            En este texto me propongo recuperar la lectura que José Carlos Mariátegui, sin dudas uno de las piezas fundamentales del marxismo latinoamericano, hizo de aquel proceso.

            Creo que se trata de seguir buscando los caminos para la superación de nuestras sociedades capitalistas y que el método, la pasión y la pluma del Amauta nos sirven como guía y estímulo. Más aún si de lo que trata es de analizar ese notable proceso que fue la Reforma Universitaria.

Mariátegui y la educación

            En su intento por comprender la realidad de su época, en su apuesta incansable a aportar para su transformacion en sentido socialista, Mariátegui otorgó un lugar privilegiado a la educación y a sus protagonistas: docentes y estudiantes. Como en otros varios temas de la cultura y la realidad política, también en este aspecto su produción fue extensa, variada y polémica; así podemos sumar: una larga cantidad de artículos periodísticos (buena parte de ellos agrupados luego en el libro Escritos sobre educación y política), el ensayo “Proceso a la educación pública” -el texto más extenso de sus 7 ensayos de interpretación de la realdad peruana-, la incorporación de una capítulo específico sobre la educación en el programa que él mismo redactó para la CGT peruana o las clases que dio en la Univesidad Popular González Prada en Lima.

            Sin dudas el  Amauta otorgaba a la educación -tanto la que se desarrollaba en los sistemas oficiales como la que se promovía en distintos espacios políticos y sociales alternativos- un lugar destacado en la dinámica social; ya sea para fortalecer el orden establecido como para apostar al cambio social.

            Fue un apasionado y agudo seguidor de distintos procesos de transformación educativa que se dieron en su época. Así no ahorra elogios cuando se trata de escribir sobre Lunatcharsky y la educación en la Rusia Soviética. Lo mismo vale para el proceso que dirigió Vasconselos como Ministro de Educación en el México de la Revolución. También se entusiasma con la propuesta de una nueva Ley de Educación para Chile llevada adelante por el sindicato docente a fines de los años 20 en el marco de un muy interesante proceso de interacción con distintas organizaciones obreras y populares. Mucho más crítico es con la experiencia de los compagnons de la Universidad Nueva desarrollada en la Francia de la primera posguerra; apuesta reformista a la que critica por pretender una transforación educativa sin cuestionar las estructuras sociales.

            Pero sin dudas entre sus principales preocupaciones estaba el sistema educativo peruano al que caracteriza como excluyente, racista, conservador y alejado de las necesidades de la economía de su país.

           Es en este marco que debemos entender el enorme interés que despertó en Mariátegui la Reforma Universitaria y su impacto en el Perú, proceso que se inició en nuestro país, en las aulas de la antigua universidad de Córdoba el 15 de Junio de 1918.

Orígenes y apuestas de la Reforma Universitaria

            Tributaria de los proceso políticos desarrollados por la Gran Guerra, influida por el crecimiento de las ideas socialistas, empujada por el ascenso de sectores medios en las grandes urbes de la región, la Reforma se inició como un fuerte cuestionamiento a la vida asfixiante de los claustros universitarios pero, rápidamente, se amplió hasta interpelar las formas de hacer política en nuestros países y a atacar la realidad económica y social marcada por el atraso y la injusticia.

            Como nunca antes en la historia de los países de la región, la Reforma ubicaba a los jóvenes como protagonistas de su tiempo y reclamando cambios profundos.

          Los estudiantes de Córdoba en su histórico Manifiesto Liminar del 21 de junio denuncian que las Universidades eran una de las expresiones más cabales de la supervivencia del atraso y el conservadurismo propios del orden colonial. En clara sintonía Mariátegui sostiene que la ciencia, el debate, la transmisión y construcción de conocimientos, la investigación, la reflexión sobre los problemas sociales, la planificación hacia el futuro y los verdaderos “maestros” eran los grandes ausentes en las facultades de su país. La Universidad estaba divorciada de la realidad y en ella reinaba el autoritarismo, el atraso, la prebenda y el acomodo, la repetición vacía de conceptos, la sumisión al poder de turno y la exclusión de amplios sectores sociales.

            Puesto a analizar los orígenes sociales de la Reforma, Mariátegui coincide con los que destacan el proceso de proletarización de los sectores medios -lugar de donde provenía la mayoría de los estudiantes- como uno de los factores concomitantes más importantes. En este punto cita al argentino José Luis Lanuza cuando afirma que los problemas al interior de las aulas venían de antes pero:

            “(…) entonces la clase media universitaria se mantenía tranquila con sus títulos de           privilegio. Desgraciadamente para ella, esa holgura disminuye a medida que crece la gran     industria, se acelera la diferenciación de las clases y sobreviene la proletarización de los   intelectuales. Los maestros, los periodistas, los empleados de comercio se organizan gremialmente. Los estudiantes no podían escapar al movimiento general” (citado por      Mariátegui, 2014-a, p. 133)

            Mariátegui analiza y compara las reivindicaciones específicas vinculadas a la propia vida universitaria. Repasa los programas de los reformistas de México, Chile, Perú, Cuba, Colombia y la Argentina. Por sobre las particularidades, reconoce dos reclamos que aparecen en forma reiterada y ocupando el centro de la escena: la intervención de los estudiantes en el gobierno de la Universidad y el funcionamiento de cátedras libres que permitieran a los alumnos la elección de sus docentes. Con estas medidas el movimiento estudiantil buscaba desmontar la casta burocrática de docentes; se trataba de golpear a la Universidad en su centro, una Universidad que, según Florentino V Sanguinetti, era “un órgano de casta, cuyos directores vitalicios turnaban los cargos de mayor relieve y cuyos docentes, reclutados por leva hereditaria, impusieron una verdadera servidumbre educacional de huella estrecha y sin filtraciones renovadoras.” (citado por Mariátegui, 2014-a, p. 136). La apuesta de los estudiantes era renovar los claustros atacando de plano a esta docencia oligárquica, sacando a los profesores ineptos y convocando a nuevos intelectuales independientes que hasta ese momento tenían vedado el acceso a las aulas.

            Uno de las marcas que recorren los textos de Mariátegui sobre la Reforma es la reivindicación que hace del movimiento en función de su juventud y de su espíritu transformador: “El movimiento estudiantil que se inició con la lucha de los estudiantes de Córdoba, por la reforma de la universidad, señala el nacimiento de la nueva generación latinoamericana”. Destaca que, más allá de las particularidades locales, el proceso se extiende por las universidades de los distintos paises de la región movido por un “nuevo espíritu” común:

“(…) el anhelo de la reforma se presenta con idénticos caracteres, en todas las universidades latinoamericanas. Los estudiantes de toda América Latina, aunque movidos a la lucha por protestas peculiares de su propia vida, parecen hablar el mismo lenguaje” (Mariátegui, 2014-a, p. 130).

            A la vez, destaca que este proceso regional no se desarrolla en forma aislada sino que se ubica como parte del proceso que se da a nivel mundial como consecuencia de la crisis y en el marco de “la recia marejada postbélica”: “Las esperanzas mesiánicas, los sentimientos revolucionarios, las pasiones místicas propias de la postguerra, repercutían particularmente en la juventud universitaria de Latinoamérica.”. Entusiasmado con los nuevos tiempos afirma que estaba en marcha un cambio de época, que la actitud “evolucionista” había quedado atrás: “la actitud de la nueva generación era espontáneamente revolucionaria”.

Dos corrientes en disputa. Una polémica

            Mariátegui señala la falta de homogeneidad programática de las etapas iniciales y la presencia de dos corrientes de ideas al interior de la Reforma, de dos posiciones en disputa sobre los sentidos y la orientación política-ideológica que el movimiento debía tomar: una pretendía una orientación reformista, “demoliberal” y “pacifista” y otra apostaba a una transformación revolucionaria. Así lo explicaba:

    “Las ilusiones demoliberales y pacifistas que la prédica de Wilson[1] puso en boga en 1918-19 circulaban en la juventud latinoamericana como buena moneda revolucionaria. Este fenómeno se explica perfectamente. También en Europa no sólo las izquierdas burguesas sino los viejos partidos socialistas reformistas aceptaron como nuevas las ideas demoliberales elocuentes y apostólicas remozadas por el presidente norteamericano. Pero este sector de tendencia más conservadora fue perdiendo terreno al calor del desarrollo del movimiento y del encuentro con otros sectores; (…) a través de la colaboración cada día más estrecha con los sindicatos obreros, de la experiencia del combate contra las fuerzas conservadores y de la crítica concreta de los intereses y principios en que se apoya el orden establecido, podían alcanzar las vanguardias universitarias una definida orientación ideológica” (Mariátegui, 2014-a, p. 131).

          Repasa los análisis de diversos estudiosos y protagonistas y concluye:

         “No coinciden rigurosamente –y esto es lógico- las diversas interpretaciones del significado del movimiento. Pero, con excepción de los que proceden del sector reaccionario, interesado en limitar los alcances de la Reforma, localizándola en la Universidad y la enseñanza, todas las que se inspiran sinceramente en sus verdaderos ideales, la definen como la afirmación del “espíritu nuevo”, entendido como espíritu revolucionario”. (Mariátegui, 2014-a, p. 132)

            En este punto nos vamos a permitir plantear una polémica con las valoraciones del Amauta. Sin desmerecer en absoluto la importancia del movimiento de la Reforma Universitaria y su impacto en los procesos políticos y sociales de la región; entendiéndolo como un movimiento muy progresivo cuyo influjo -fecundado por un genuino “espíritu nuevo”- excedió largamente la vida universitaria, no reconocemos en la porciones mayoritarias de esta vanguardia estudiantil una definida orientación ideológica con una perspectiva de revolución social clara. En nuestro país, en el corazón del proceso, consideramos que los principales impulsores de la reforma abrevaban más en las aguas de un liberalismo radical o de un socialismo reformista que en las del marxismo revolucionario afín a Mariátegui.

            Creemos que esta visión un tanto “benévola” del Amauta se asienta en dos aspectos de su pensamiento. En primer lugar, en su entusiasmo y su confianza –en ocasiones como esta, exagerados- a todo lo que fuera expresión de un “espíritu nuevo”, mucho más si se trataba de un movimiento continental de jóvenes de Nuestra América que asumía con protagonismo, entusiasmo, pasión y fe en el futuro la apuesta al cambio, la lucha por la transformación[2]. En segundo lugar, desde nuestra lectura de distintas partes de la obra del Amauta, encontramos por momentos una mirada exageradamente benévola de algunas cuestiones vinculadas con la historia o con los procesos políticos y sociales de nuestro país. En varios textos Buenos Aires aparece destacada como una ciudad mucho más “moderna” y “avanzada” que Lima – y sin duda lo era- pero eso parece producir una especia de “encadilamiento” que no permite apreciar algunas cuestiones en su justa medida. Esta es la convicción que nos queda cuando leemos a Mariátegui hablar de la vida política de nuestro país, de su desarrollo económico e industrial, de su sistema educativo o de su avance cultural. Pareciera que mirara a la Argentina y sus fenómenos políticos y culturales con un lente que aumenta las virtudes y tiende a borrar los defectos. Solo este lente puede explicar su amplia admiración por Sarmiento -al punto de hacer un elogio de sus posiciones en el texto de presentación de los 7 ensayos...-, una figura que en varios aspectos fundamentales expresaba las ideas que Mariátegui combatió incansablemente. Creemos entonces que fue esta lente la que lo lleva a ver posiciones centralmente socialistas revolucionarias donde había, insistimos, buenas dosis de liberalismo radical y socialismo reformista.

La marcha de la Reforma en el Perú

            La Reforma sacudió a las casas de altos estudios del Perú, más allá de que –según evalúa el propio Mariátegui- no logró conmover los cimientos de una Universidad anclada fuertemente en las ideas y las formas de la Colonia.

            Llegó a los estudiantes peruanos en el año 1919: la rebelión estalla en Lima, específicamente en la Facultad de Letras. El malestar es, centralmente, contra los métodos de enseñanza y los malos profesores. Se hacen asambleas, se desarrollan debates. Se define un sistema de “tachas” que reclama, y logra, la remoción de algunos docentes especialmente repudiados. Además se dio un interesante proceso político en donde el movimiento estudiantil limeño tuvo un primer acercamiento a los trabajadores asalariados que en aquellos tiempos luchaban por la jornada laboral de 8 horas entre otros reclamos. En la Argentina, en Perú y en buena parte de los países de la región se daban los primeras expresiones masivas de unidad obrero-estudiantil. Como periodista del diario La Razón y como agitador político, Mariátegui fue parte de este proceso y su protagonismo le costó los cuatro años de destierro europeo.

            Luego de la experiencia en el Viejo Continente, a su vuelta en 1923, Mariáitegui se encontró con que la Reforma seguía en el Perú su trabajosa marcha, con avances y retrocesos. A la reflexión sobre ella le dedicó una cantidad significativa de escritos. En el mencionado ensayo “El proceso de la instrucción pública” se refiere al tema de la Universidad en su país con sumo detenimiento, al punto que le dedica más de la mitad de sus páginas.  Junto con ello, en sus Escritos sobre educación y política aparecen recopilados tres artículos sobre la problemática de la Reforma Universitaria en el Perú[3]. Pero además este tema aparece mencionado en forma recurrente en varios escritos; así, por ejemplo, utilizará una nota editorial de la revista Amauta para expresar su opinión contraria a la designación del nuevo rector de la Universidad de San Marcos[4].

            En sus textos Mariátegui señala que la Universidad de su país expresaba con particular fuerza las taras que denunciaban los reformistas de todo el continente. El pensamiento colonial y los intereses de la oligarquía tenían en la Universidad de San Marcos de la ciudad de Lima una verdadera fortaleza. Se trataba de una Universidad sin debate, sin vida; el Amauta nos lo dice con su  particular energía, sin dudas en sus palabras resuenan las del Manifiesto Liminar:

    “La universidad de Lima es una Universidad estática. Es un mediocre centro de linfática y gazmoña cultura burguesa. Es un muestrario de ideas muertas. Las ideas, las inquietudes, las pasiones que conmueven a otras universidades, no tienen eco aquí. Los problemas, las preocupaciones, las angustias de esta hora dramática de la historia humana no existen para la Universidad de San Marcos. ¿Quién vulgariza en esta universidad deletérea y palúdica el relativismo contemporáneo? ¿Quién orienta a los estudiantes en el laberinto de la física y de la metafísica nuevas? ¿Quién estudia la crisis mundial, sus raíces, sus fases, sus horizontes y sus intérpretes? ¿Quién explica los problemas políticos, económicos y sociales de la sociedad contemporánea? ¿Quién comenta la moderna literatura política revolucionaria, reaccionaria o reformista? ¿Quién en el orden educacional, habla de la obra constructiva de Lunatcharsky o Vasconcelos? Nuestros catedráticos parecen sin contacto, sin comunicación con la actualidad europea y americana. Parecen vivir al margen de los tiempos nuevos. Parecen ignorar a sus teóricos, a sus pensadores y a sus críticos”. (Mariátegui, 2014-a, p. 71)

         Inmediatamente, sin piedad ni atisbo de diplomacia, describe a los profesores que sostienen esa Universidad:

      “No existe, entre ellos, ningún revolucionario, ningún renovador. Todos son conservadores definidos o conservadores potenciales, reaccionarios activos o reaccionarios latentes que, en política doméstica, suspiran impotente y nostálgicamente por el viejo orden de cosas. Mediocres mentalidades de abogados, acuñadas en los alvéolos ideológicos del civilismo[5]; temperamentos burocráticos, sin alas y sin vértebras, orgánicamente apocados, acomodaticios y poltrones; espíritus de clase media, ramplones, huachafos, limitados y desiertos, sin grandes ambiciones ni grandes ideales, forjados para el horizonte burgués de una vocalía en la Corte Suprema, de una plenipotencia o de un alto cargo consultivo en una pingüe empresa capitalista. Estos intelectuales sin alta filiación ideológica, enamorados de tendencias aristocráticas y de doctrinas de élite, encariñados con reformas minúsculas y con diminutos ideales burocráticos, estos abogados, clientes, y comensales del civilismo y la plutocracia, tienen un estigma peor que el del analfabetismo; tienen el estigma de la mediocridad. Son los intelectuales de panteón” (Mariátegui, 2014-a, p. 71 y 72)

            Por ello es que caracteriza a la crisis de la Universidad como “estructural, espiritual, ideológica”, anclada específicamente “en que faltan verdaderos maestros” y -parafraseando al Antiguo Testamento y en tono apocalíptico- sentencia:

       “Un maestro, uno no más, bastaría para salvar a la Universidad de San Marcos, para purificar y renovar su ambiente enrarecido, morboso e infecundo. Las bíblicas ciudades pecadoras se perdieron por carencia de cinco hombres justos. La Universidad de San Marcos se pierde por carencia de un maestro”. (Mariátegui, 2014-a, p. 70)

         Mariátegui constata que poco es lo que se ha logrado modificar en las Universidades peruanas; las fuerzas más reaccionarias habían sabido ceder en momentos de debilidad para salir luego rápidamente a recuperar el terreno perdido. El período que va entre el ’24 y ’27 es particularmente negativo para los sectores reformistas. La universidad de Lima marca la tónica más general, pero Mariátegui, siempre riguroso, se detiene también en el análisis de Universidades del interior: así señala a la pequeña Universidad Trujillo como el bastión de la reacción por haber llegado al punto, en noviembre de 1923, de expulsar a 23 alumnos por sus actividades gremiales. En el otro extremo ubica a la Universidad de Cuzco; allí, en un Congreso realizado en 1920, el movimiento estudiantil había definido el impulso de una apuesta fundamental: la creación de las Universidades Populares González Prada, experiencia educativa alternativa que llegó a tener un significativo desarrollo y que, como ya mencionamos, contó a Mariátegui como uno de sus destacados docentes. Pero en Cuzco también los docentes forman una particular vanguardia; en sus aulas una comisión de profesores impulsada por el gobierno presentó un anteproyecto de reorganización que incorporaba de manera muy significativa los principales planteos reformistas; Mariátegui no escatima elogios a esta propuesta:

       “La comisión de la universidad cuzqueña ha roto la tradición de rutina y mediocridad a que tan sumisamente se ciñen, por lo general, las comisiones oficiales. Su plan mira a la completa transformación de la Universidad de Cuzco en un gran centro de cultura con aptitud para presidir e impulsar eficientemente el desarrollo económico y social de la región andina. Y, al mismo tiempo, incorpora los postulados cardinales de la Reforma Universitaria en Hispanoamérica (…) creación de la docencia libre (…) consagración absoluta del catedrático universitario a su misión educativa; participación de los alumnos y ex alumnos en la elección de las autoridades universitarias, representación del estudiantado en el consejo universitario y en el de cada facultad; democratización de la enseñanza”. (Mariátegui, 2009, p. 150)

           En cualquier caso, hacia 1928, Mariátegui, a la vez que rescata la experiencia cuzqueña, hace un amargo balance del proceso general de la Reforma en su país:

       “Todas las conquistas formales de 1919 se encuentran, de este modo, frustradas. El porcentaje de maestros ineptos no es menor ahora seguramente, a pesar de la depuración, elemental y moderada, que consiguieron entonces los estudiantes (…) La propia pauta de reforma establecida por la Ley Orgánica de 1920, está todavía, en su mayor parte, por aplicar. No se advierte por parte del Consejo Universitario, ningún efectivo propósito de avanzar en la ejecución del programa trazado por dicha ley. (…) En la formación del maestro exclusivamente consagrado a la enseñanza, tampoco se ha avanzado nada”. (Mariátegui, 2009, p. 152 y 153)

            Ya en prensa los 7 ensayos…, Mariátegui encuentra la manera de incorporar en una nota al pie un breve comentario sobre el nuevo Estatuto de Enseñanza Universitaria que acababa de dictar el Gobierno. En esa nota señala una serie de limitaciones e inconsecuencias de este texto pero sobre todo destaca una flagrante incoherencia:

        “El discurso del Presidente de la República, al inaugurar el año universitario, asigna a la reforma la misión de adecuar la enseñanza universitaria a las necesidades prácticas de la nación, en este siglo de industrialismo y acentuando esta afirmación, condena explícitamente la orientación de los propugnadores de una cultura abstractista, clásica, exenta de preocupaciones utilitarias. Pero el rectorado de la nueva era de la Universidad –que en sus aspectos esenciales se parece a la vieja- ha sido encargado al Dr. Deustua que, si es entre nosotros un tipo de estudioso y universitario concienzudo, es además el más conspicuo de los patrocinadores de la tendencia de la cual hace justicia sumaria el discurso presidencial” (Mariátegui, 2009, nota 83, p. 152)

            La urgencia de Mariátegui estaba bien fundada. Alejandro Deustua era un destacado personaje de la reacción; expresaba su rechazo al positivismo pero tributaba a las peores formas del darwinismo social. Había escrito libros en donde definía claramente que no tenía ningún sentido educar a los pobres ni tampoco vincular a la educación con la economía del páís; proponía que la educación debía destinarse exclusivamente a las clases dirigentes[6].

         En el triste balance, Mariátegui señala también las limitaciones de los estudiantes. En 1925, en su artículo “Estudiantes y maestros”[7], luego de cuestionar a los docentes que se quejan por los problemas de disciplina, carga contra los jóvenes:

       “Los estudiantes, después de las honrosas jornadas de la reforma, parecen haber caído en el conformismo. Si alguna crítica merecen, no es por cierto la que mascullan, regañones e incomodados, los profesores que reclaman el establecimiento de una disciplina singular, fundada en el gregarismo y la obediencia pasivos.” (Mariátegui, 2009, p. 81).

        Profundizará este señalamiento en “El proceso de la instrucción pública”: “La juventud no está exenta de responsabilidad. Sus propias insurrecciones nos enseñan que es, en su mayoría, una juventud que procede por fáciles contagios de entusiasmo”, y apoyándose en Vasconcelos, afirma que “… este, en verdad, es un defecto de que se ha acusado siempre al hispanoamericano.” (Mariátegui, 2009, p. 149)

      Sin dudas en el Perú, en la Argentina y en todas las Universidades y las sociedades de nuestra región Reforma encontró sus límites. No se trata de cantar loas a este proceso si no de intentar recuperarlo en su justa dimensión. Que fue importantísima. En estos tiempos de barbarie capitalista, de gobiernos de derecha, de ajuste, de ataque a la educación pública necesitamos recuperar el espíritu de rebeldía, el optimismo y la audacia para transformar el mundo de los jóvenes reformistas del ’18.

Bibliografía:

Mariátegui, J. C., (1979), Ideología y política. Lima, Perú: Biblioteca Amauta

Mariátegui, J. C., (1995), Textos básicos. (Selección, prologo y notas de Aníbal Quijano). México D.F., México: Fondo de Cultura Económica

Mariátegui, J. C., (2009), Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Buenos Aires, Argentina: Capital Intelectual.

Mariátegui, J. C., (2014, a), Escritos sobre educación y política. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Godot.

 

[1]  Thomas T. Wilson, presidente de los EEUU entre 1913 y 1923.

[2]  Insistimos en que de ninguna manera pretendemos desconocer la importancia de la Reforma, también valoramos con Mariátegui que “los propagandistas y fautores más entusiastas de la unidad política de América Latina son, en gran parte, los antiguos líderes de la Reforma Universitaria que conservan así su vinculación continental, otro de los signos de la realidad de la “nueva generación”. (Mariátegui, 2009, p. 130)

[3]  “La crisis universitaria. Crisis de maestros y crisis de ideas” publicado originalmente en la Revista Claridad, Año I, Nº 2; “El problema de la universidad”, Publicado en Mundial, Lima, Perú, 2 de marzo de 1928 y “Estudiantes y maestros”, publicado en Mundial, Lima, Perú, 9 de marzo de 1928. Todos recopilados en Mariátegui, 2014-a.

[4]  “Voto en contra”, compilada en Mariátegui, 1979, p. 233 y 234

[5] Se refiere a la corriente política conservadora que gobernaba al Perú de la época

[6]   Valen un par de citas de este notable filósofo: “¿Para qué enseñar a leer, escribir y contar, la geografía y la historia y tantas otras cosas, a los que no son personas todavía, los que no saben vivir como personas, los que no han llegado a establecer una diferencia profunda con los animales, ni tener un sentimiento de dignidad humana, principio de toda cultura?” “¡Los analfabetos! Esos infelices no deben preocuparnos tanto. No es la ignorancia de las multitudes, sino la falsa sabiduría de los directores lo que constituye la principal amenaza sobre el progreso nacional”

[7]   Publicado en Mundial, Lima, Perú, 9 de marzo de 1928

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