Marx, la historia y los historiadores. Una relación para reinventar

Marx no «ha vuelto» en el mundo de la historia y los historiadores. La «posmodernidad» no parece suficiente para explicar el retroceso del marxismo en la historiografía. Este se debe más bien a causas políticas, al peso de una derrota más general del socialismo sobre una corriente con concepciones teleológicas y totalizadoras de la historia. Si las luchas del presente se alimentan del recuerdo de los combates perdidos, hay ahí una vía para recuperar un marxismo capaz de descifrar el pasado con menos certezas, pero más atención a las acciones y los combates humanos.

 

El «retorno a Marx» iniciado en los últimos años –muy visible en lo que suele llamarse el nuevo pensamiento crítico– no alcanzó a la historia. Para la mayoría de los jóvenes historiadores, Marx constituye una suerte de terra incognita; para los mayores, una figura olvidada, cuando no proscripta. Desde luego, muchos historiadores marxistas siguen siendo activos y prolíficos, sobre todo en el mundo anglófono, pero la historiografía en su conjunto aún no ha dado vuelta la página de la «crisis del marxismo». Eric Hobsbawm, uno de los más célebres historiadores marxistas, observaba este fenómeno con lucidez: «Los 25 años siguientes al centenario de la muerte de Marx fueron los más oscuros en la historia de su legado». En Francia, Thierry Aprile trazaba un cuadro más sombrío. En su reconstrucción de la trayectoria del marxismo en la historiografía, señaló, ante todo, su reconocimiento, que comenzó en la década de 1930 y que continuó tras la Segunda Guerra Mundial –sobre todo, gracias a la Escuela de los Annales, con su entrada, todavía tímida, en el campo universitario–, luego su hegemonía –Aprile no duda en hablar de «dominio»–, que se establece en las décadas de 1960 y 1970, cuando acompaña el auge del estructuralismo, antes de comenzar, a partir de mediados de los años 70, un ocaso que lo llevaría, finalmente, a desaparecer a lo largo de la década siguiente, con su deceso simbolizado por el giro de 1989. Se inicia entonces un periodo durante el cual, según Aprile, «incluso la referencia al marxismo podría significar descalificación»

Con un enfoque similar, Matt Perry distinguió tres etapas principales en la historiografía marxista, que identifica, de manera algo apresurada, con «generaciones» diferentes. En primer lugar, la de los fundadores, Karl Marx y Friedrich Engels, a los cuales se podría añadir una figura como Franz Mehring. Luego, una etapa intermedia, que ubica entre las dos guerras mundiales, caracterizada por teóricos marxistas que escriben y reflexionan sobre la historia (Georg Lukács, León Trotski, Antonio Gramsci, José Carlos Mariátegui) y por algunos grandes historiadores (David Riazánov, Arthur Rosemberg, C.L.R. James, Karl A. Wittfogel, W.E.B. Du Bois). Finalmente, una tercera etapa, la de la Guerra Fría (1947-1989), en la que surgió una historiografía marxista original y potente, cuyos batallones se lanzaron a la conquista de la universidad (de la que, salvo excepciones, siempre habían sido expulsados) y transformaron los paradigmas de su disciplina. En este periodo se constituyen nuevas corrientes que transforman literalmente, tanto por sus métodos como por sus objetos de estudio, el taller del historiador. Siguiendo los pasos de Albert Mathiez y Georges Lefebvre, una pléyade de investigadores (Albert Soboul, Claude Mazauric, Michel Vovelle) elabora una historiografía marxista de la Revolución Francesa que le disputa terreno a la Escuela Conservadora (Richard Cobb, François Furet) e impone su hegemonía durante un largo periodo. En el Reino Unido, la «historia desde abajo» (history from below) (Eric Hobsbawm, Christopher Hill, E.P. Thompson, Raphael Samuel) revisita la historia de la Revolución Inglesa y la Revolución Industrial, descubre la cultura obrera y replantea el concepto de clase, mientras que los estudios culturales (Stuart Hall, Raymond Williams) introducen la antropología en el marxismo para analizar los imaginarios y las culturas populares. En Estados Unidos, los teóricos del «sistema mundo» (world-system) (Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi) reinterpretan a Fernand Braudel a la luz del marxismo y elaboran una historia global del capitalismo. Paralelamente, surge una «nueva historia del trabajo» (new labor history) que reescribe la historia del movimiento obrero colocando en el centro del análisis al «obrero-masa» (unskilled) en lugar de las ideologías y los partidos políticos (Herbert Gutman, Harry Braverman y más tarde Mike Davis). En los países del socialismo real, la escuela de medievalistas y modernistas polacos (Witold Kula, Jerzy Topolski) relanza la reflexión sobre la transición del feudalismo al capitalismo, que vive un resurgimiento en la década de 1980 con el debate Brenner. En la India, los estudios subalternos (subaltern studies) (Ranajit Guha, Dipesh Chakrabarty) reinterpretan los conceptos gramscianos de subalternidad y hegemonía para reescribir la historia desde la perspectiva de los dominados, más allá de las visiones transmitidas por los colonizadores y las elites autóctonas. En todas partes, a partir de la década de 1960, la historia social y cultural vive un auge impresionante –caracterizado por el surgimiento de revistas y asociaciones–, en el marco de un marxismo abierto y antidogmático. La historiografía en su conjunto se transforma en el contexto de un diálogo y una confrontación casi obligatorios con el marxismo. Todas las nuevas corrientes que la atraviesan –de la historia de las mujeres a la historia oral, de la microhistoria a la historia de los intelectuales– llevan las huellas, más o menos profundas, de su influencia. Sin embargo, este profuso ciclo acabó por agotarse. Quedan hoy varios representantes de esta tercera etapa, pero su vínculo con el marxismo se ha atenuado sensiblemente y, hasta el momento –observa Perry– no se percibe en el horizonte ninguna señal que anuncie el advenimiento de una «cuarta generación» Cómo explicar esta ruptura de la continuidad? El argumento a menudo esgrimido de que habría un eclipse general de la razón histórica arrastrada por la ola posmodernista no me parece seriamente defendible. Pensar que la irrupción de un irracionalismo hostil hacia la historia, que hace de ella una mera construcción del lenguaje, un discurso autónomo e independiente de la realidad exterior, y por ende de la verificación fáctica, habría puesto en peligro las categorías interpretativas del marxismo (clases, fuerzas productivas y relaciones sociales de producción, capitalismo, etc.), es una simplificación muy discutible. Por un lado, los marxistas reaccionaron rápidamente al giro lingüístico (linguistic turn), en cuanto sus efectos se manifestaron en la historia; por el otro, el posmodernismo no socavó en absoluto la existencia de la historiografía como disciplina, cuya producción continuó, e incluso se incrementó, tanto en la investigación como en la edición. En algunos casos, tuvo incluso consecuencias positivas para la historiografía, al ampliar su campo de investigación a nuevos temas u obligar a los historiadores a reflexionar sobre la dimensión vinculada a la escritura de su práctica, sin por ello dejarse devorar por el «maelström textualista» que pretende suprimir toda diferencia entre la historia y la literatura En varios aspectos, en su búsqueda de una síntesis entre el antiimperialismo, la crítica del eurocentrismo y la valoración de la subjetividad de los dominados, el poscolonialismo es producto del encuentro entre el marxismo y el posmodernismo La postura meramente defensiva que sugieren Hobsbawm o Ellen Meiksins Wood –que consiste en convertir el marxismo en la fuerza motriz de un «frente de la razón» para contener la amenaza de una ola irracionalista hostil hacia la historia– me parece corta de miras. La crítica desde la historia (no solo marxista) del posmodernismo ha sido vigorosa y se ha mostrado más fecunda cuando vio en este último un desafío en lugar de un enemigo

El peso de la derrota

El retroceso del marxismo en la historiografía se debe más bien a causas políticas. Desde luego, la hegemonía marxista en las ciencias sociales (entre ellas, la historia) se vio reforzada por el advenimiento de la universidad de masas en la posguerra, pero devino posible ante todo por un avance generalizado de las luchas sociales y políticas. Entre la Resistencia y la década de 1970, pasando por la descolonización y las revoluciones en Asia y América Latina, se establecieron nuevas relaciones entre los intelectuales y los movimientos políticos, a menudo partidos de masas, que encarnaban el legado de Marx. La Revolución conservadora de la década de 1980, cuyo apogeo fue el vuelco de 1989, invirtió la tendencia. El impacto fue brutal y los efectos acumulativos de esta derrota histórica son hoy particularmente perceptibles en una disciplina como la historia, por definición orientada hacia el pasado. En el curso de los últimos 25 años, la historiografía se ha renovado (basta pensar en la historia cultural, la historia de género, la historia de la memoria) bajo el signo de su despolitización. La historia política, por su parte, se caracterizó por el regreso a paradigmas tradicionales –a veces, por una verdadera regresión ideológica, tal como lo demostraron los debates sobre la Revolución Francesa, el comunismo y el totalitarismo– que favorecieron considerablemente la transformación de la disciplina en una consultora para los medios de comunicación, la industria cultural y los poderes públicos. El retroceso del marxismo dejó un vacío que fue llenado por una historiografía de tono conservador. De espacio de elaboración de una conciencia crítica del pasado se transformó en un poderoso vector de conformismo cultural: la Revolución Francesa fue conmemorada para enterrar el siglo de los comunismos; el totalitarismo, analizado para legitimar la democracia liberal como horizonte insuperable de la historia; la memoria, monumentalizada como virtud del humanitarismo postotalitario; el pasado nacional, patrimonializado con un interés conservador. La campaña de protesta desencadenada por el proyecto de una Casa de la Historia de Francia (componente cultural de la política de defensa de la «identidad nacional») parece esbozar un giro saludable, basado en el rechazo a toda pretensión del poder de ejercer un control sobre el pasado

Lo cierto es que, si la historiografía marxista vivió un declive evidente, es necesario sin embargo ubicarlo en su justa perspectiva. Así, ciertas precauciones elementales deberían conducirnos a relativizar tanto su hegemonía en las décadas de 1960 y 1970 como su retroceso a partir de la década siguiente. Muchos historiadores marxistas no se alejaban demasiado, desde el punto de vista metodológico, de sus colegas conservadores. Entre las historias de la Internacional Comunista escritas por el trotskista Pierre Broué, el eurocomunista Paolo Spriano y el anticomunista Franz Borkenau no existen grandes diferencias en cuanto al método, las fuentes y las categorías analíticas. Su apreciación de los acontecimientos y sus conclusiones varían, pero todos comparten una visión de la historia del movimiento obrero más bien convencional, centrada en los aparatos y los debates estratégicos durante los congresos. Se trata siempre de una historia política, incluso ideológica, con poca carne y hueso. En resumen, para muchos historiadores, el abandono del marxismo no significó sino un cambio de orientación política o de objeto de investigación. La historiografía marxista, que, por definición, no podía considerarse «axiológicamente neutral» (wertfrei) en el sentido de la ciencia social weberiana, sufrió necesariamente las consecuencias del giro de 1989. La caída del comunismo ha sido mucho más que el fin de un sistema de poder ya desacreditado a los ojos de la opinión pública internacional. Puso fin a una época signada por el «principio esperanza»: una utopía emancipadora que, nacida con la Revolución Rusa, estuvo impulsada por una concatenación de luchas y revoluciones. Ahora bien, el siglo xx concluyó con una derrota histórica del socialismo; el siglo siguiente vio la luz en un mundo privado de utopías. El «presentismo» –el régimen de historicidad actualmente dominante– es el resultado de una ruptura de la dialéctica de la historia, que hace del presente, según Reinhart Koselleck, el punto de tensión entre el pasado como «campo de experiencia» y el futuro como «horizonte de expectativas» Este horizonte se presenta ahora difuso, invisible.

Según modalidades diferentes, sobre la base de compromisos políticos más o menos explícitos, los historiadores que se inscribían en la tradición de Marx permanecían atados al postulado según el cual la interpretación del mundo debía apuntar a su transformación. Veían el cambio revolucionario de la realidad como un proceso cuyo motor, el proletariado, seguía siendo, a través de múltiples mediaciones, su referente social. El historiador reconstruía e interpretaba el pasado desde una perspectiva de clase, según la fórmula de Georg Lukács, para quien, gracias al marxismo, el sujeto del conocimiento histórico coincide con su objeto Desde este ángulo, no hay historia que no sea una historia de las luchas entre clases, y la historia marxista, cualquiera sea su objeto, adopta siempre el punto de vista de los dominados. Incluso para un marxista heterodoxo como Walter Benjamin, «el sujeto del conocimiento histórico es la clase combatiente, la propia clase oprimida. En Marx aparece como la última clase esclavizada, la clase vengadora que, en nombre de generaciones de vencidos, lleva a su fin la obra de liberación»

Una historiografía basada en estas premisas difícilmente podía salir indemne de una derrota de grandes proporciones del socialismo. Después de 1989, el movimiento obrero parecía aniquilado en sus realizaciones históricas (el socialismo real), en sus formas políticas (el ocaso o el fin de los partidos que reivindicaban el comunismo) e incluso en su cuerpo social (las transformaciones estructurales de las clases trabajadoras generadas por el fin del fordismo). La ola memorial que estalló a lo largo de las últimas tres décadas, uno de cuyos vectores ha sido la historiografía, se centró en las víctimas de la violencia de la historia, de la esclavitud a los genocidios del siglo xx, y relegó así al olvido a los actores de las luchas que atravesaron una época de sangre y fuego. La memoria de clase pareció desvanecerse con la fábrica fordista, su marco social de transmisión, y con los partidos que habían sido sus voceros. Hoy se perpetúa como una memoria marrana, invisible en el espacio público, donde los testigos traen el recuerdo de una humanidad herida, y no el de hombres y mujeres que libraron luchas de resistencia o liberación. La memoria de la Shoah ocupó el lugar de la memoria antifascista; la compasión por las víctimas de las catástrofes humanitarias eclipsó el recuerdo de las luchas contra el colonialismo. La tendencia a hacer de los genocidios y los totalitarismos un prisma casi exclusivo de lectura del siglo xx es el síntoma de una regresión de la inteligibilidad del pasado cuyo espejo ha sido a menudo la historiografía.

Teleología

Durante los primeros años de mi formación intelectual y política, en la Italia de los años 70, el marxismo tenía una vocación «totalizadora» –en el sentido hegeliano del término– que le confería un estatuto no solo de «ciencia», sino también de verdadera ciencia maestra, una suerte de «ciencia de las ciencias». Un artículo de Ernest Mandel de 1978 resume bastante bien el espíritu de la época: «La gran fuerza de atracción intelectual del marxismo reside en el hecho de que permite una integración racional, completa y coherente de todas las ciencias humanas, sin equivalente hasta hoy»Afirmándose como una suerte de «superación dialéctica» de las ciencias humanas y sociales, el marxismo había podido enriquecerse relacionándose con todos los campos del saber y sacando provecho de su renovación epistemológica. Su simbiosis con el existencialismo, el estructuralismo, el psicoanálisis, la antropología y la sociología lo había enriquecido y le había permitido alcanzar resultados considerables. En este contexto, los historiadores marxistas oscilaban entre una suerte de panhistorismo (su expresa voluntad de integrar el conjunto de saberes en la historia) y la disolución de la historia en un marxismo concebido como ciencia global de la sociedad.

Para Pierre Vilar, Marx no era «historiador» en el sentido tradicional del término, sino que había pensado siempre históricamente, lo que convertía la «crítica histórica de la razón» en su verdadero «descubrimiento». Señalaba pues en este historicismo radical la esencia misma del marxismo: «Pensar todo históricamente, eso es el marxismo. (…) En todos los niveles, la historia marxista está por hacerse. Y es simplemente la historia». El marxismo no se concibe sin la historia y, al mismo tiempo, la historia se incorpora al marxismo. Pero esta concepción perdió su fuerza de atracción cuando, en un nuevo contexto, la síntesis entre interpretación y transformación del mundo, que habitaba el marxismo desde su nacimiento, pareció quebrarse. Durante la década siguiente, muy pocos historiadores habrían podido suscribir la conclusión de Vilar.

A pesar de su gran variedad, las corrientes historiográficas surgidas desde la muerte del fundador del materialismo histórico –del marxismo como ciencia positiva de la historia al marxismo como historicismo humanista y dialéctico– pueden inscribirse en la línea de su pensamiento, apoyándose, privilegiando, a veces radicalizando de manera unilateral tal o cual aspecto de una teoría abierta, atravesada por tensiones fecundas, no siempre resueltas. Existe un Marx teleológico, positivista, teórico del socialismo como resultado casi ineluctable del progreso y el desarrollo de las fuerzas productivas. Es el Marx del célebre «Prólogo» de 1859 a la Contribución a la crítica de la economía política, canonizado por la historiografía positivista (con la ayuda de Engels y Karl Kautsky), cuyo pensamiento fue transformado en escolástica en los países del socialismo real. Junto a ese Marx, hay otro: un Marx dialéctico y antipositivista, adversario del eurocentrismo y el colonialismo, crítico de la explotación capitalista y la civilización burguesa en su conjunto, partidario de la autoemancipación de los oprimidos más que del progreso técnico. Es el Marx que, en sus cartas a los populistas rusos, advertía a los lectores de El capital sobre la transformación de su análisis de la génesis del capitalismo en Europa occidental en «una teoría histórico-filosófica de la evolución general, fatalmente impuesta a todos los pueblos, cualesquiera sean las circunstancias históricas en las que se encuentren» Es el Marx que analiza las revoluciones del siglo xix y que, en las antípodas de toda teleología, formula una visión de la historia como resultado de una acción humana sometida a una compleja red de restricciones materiales y culturales a la vez. «Los hombres hacen su propia historia –escribe en El 18 brumario de Luis Bonaparte–, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias libremente elegidas, sino bajo circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla en el cerebro de los vivos»

En la historiografía marxista, la visión del pasado como evolución ineluctable de las formaciones sociales coexistió a menudo con una visión voluntarista basada en una acentuación casi exclusiva de la agencia (agency) y el empoderamiento (empowerment), según el léxico de las teorías críticas contemporáneas. La primera, defendida por una tradición positivista que llega hasta Louis Althusser, ve a los seres humanos como instrumentos inconscientes de la historia La segunda encontró su formulación más concluyente en Trotski, en 1938, cuando escribió que «la crisis histórica de la humanidad» se reducía finalmente a la ausencia de una dirección revolucionaria Entre ambas, la historiografía marxista no ha sabido librarse de cierta teleología implícita en sus dispositivos de historización, que tendían a adoptar esquemas eurocéntricos, tanto para definir las rupturas históricas como para elegir los criterios de periodización. Los debates clásicos sobre la transición del feudalismo al capitalismo o sobre las revoluciones modernas suponían una secuencia cuyo modelo era Europa y cuya finalidad, implícita y necesaria, era el socialismo A menudo, esta postura teórica era el espejo de una cultura difusa en el movimiento socialista, tal como lo recuerda Hobsbawm al citar la anécdota del sindicalista británico de origen obrero que, en los años 30, se dirigía a un hombre de Estado conservador tratándolo de vestigio del pasado: «Su clase es una clase en decadencia; mi clase representa el futuro»

Isaac Deutscher interpretaba el estalinismo como un avatar ligado a las contradicciones del proceso de acumulación socialista primitivo, contradicciones cuya solución residía en última instancia en el desarrollo de las fuerzas productivas. Una vez liberado de las trabas generadas por el retraso soviético, el socialismo conquistaría el mundoLa tetralogía consagrada por Hobsbawm a la historia de los siglos xix y xx, cuyo primer volumen se publicó en 1960 y el último en 1994, muestra claramente la transición de la antigua teleología marxista a la lúcida constatación de una derrota histórica que cuestiona toda idea de una secuencia necesaria de las formaciones sociales. El primer volumen estudia las revoluciones burguesas entre 1789 y 1848, año que anuncia el advenimiento de las revoluciones proletarias y socialistas. El último volumen llega a la conclusión de que el fracaso del comunismo estaba inscripto en sus propias contradicciones: «La tragedia de la revolución de octubre estriba precisamente en que solo pudo dar lugar a este tipo de socialismo, rudo, brutal y dominante» El título mismo de la última obra de Giovanni Arrighi, Adam Smith en Pekín, que ve en el capitalismo y el mercado la culminación de la Revolución China, ilustra de manera emblemática el cuestionamiento de la visión marxista tradicional de la transición del capitalismo al socialismo. En 1989, la teleología parece haber abandonado definitivamente el marxismo para instalarse con fuerza en el campo de los apologistas del mercado y el liberalismo. Según Furet, el comunismo, al igual que el fascismo, no fue sino un simple paréntesis en el avance ineluctable de la historia hacia la democracia liberal

Sin embargo, los trabajos más interesantes de la historiografía posterior a 1989 abandonaron todo enfoque teleológico: el siglo xix tiene ahora fronteras cronológicas abiertas, sus revoluciones burguesas no anuncian las revoluciones proletarias del siglo xx y se inscriben en ciclos en los cuales Europa aparece como un momento, y ya no como el epicentro. Existe primero un ciclo «atlántico», que se inicia en Estados Unidos en 1776 y culmina en Haití en 1804, pasando por la Revolución Francesa; luego una segunda ola de revoluciones desconectadas entre sí, cuyo punto de partida se sitúa en Europa continental en 1848 y cuyo punto de llegada es eeuu en 1865, fecha del fin de la Guerra Civil. Durante esas dos décadas, se desarrollan la rebelión Taiping en China y la revuelta de los cipayos contra el colonialismo británico en la India. Así reconfigurados, los años 1789, 1848, 1871 y 1917 ya no constituyen los sucesivos momentos de una única secuencia que jalonan el camino de la humanidad hacia el socialismo. La historia se dibuja como un laberinto, una ruta hecha de bifurcaciones y desvíos. En el fondo, el propio Marx lo reconocía cuando criticaba la tendencia de las revoluciones a alimentarse de «reminiscencias tomadas de la historia universal para cegarse sobre su propio objeto»

Reactivar el pasado

Creo haber aprendido, a lo largo del tiempo, a establecer con el marxismo una relación de tensión crítica –más fuerte hoy que en el pasado–, susceptible de integrar nuevos aportes escapando a los dilemas planteados por la adhesión (o el rechazo) a un sistema de pensamiento construido como un edificio cerrado. No creo en el marxismo como arsenal conceptual autosuficiente. Desconfío actualmente de todo dispositivo teórico listo para ser aplicado en realidades dinámicas como un conjunto de categorías normativas. Trato de hacer un uso fructífero de algunos conceptos legados por la tradición marxista –clase, lucha de clases, hegemonía, reificación, modo de producción, capitalismo o imperialismo–, pero detesto su transformación en nociones comodín. Esto vale para otros conceptos hoy muy difundidos como la deconstrucción, la «práctica discursiva», el biopoder, el campo y el subcampo, el habitus o la reproducción. Si bien la visión crítica de la historia esbozada por Marx sigue siendo para mí un logro ineludible, la hermenéutica histórica legada por un marxismo transformado en doctrina me parece dudosa. La actitud de E.P. Thompson, quien hacia el final de su vida se consideraba «posmarxista», reafirmando su adhesión al marxismo frente a sus detractores y su alejamiento frente a los devotos ingenuos o ciegos, me parece a fin de cuentas la más honesta. Se negaba a ver «la historiografía marxista como subordinada a algún corpus general del marxismo como teoría, situado en alguna parte» (especialmente en la filosofía). Escribía:

La historia no es una fábrica para la producción de una Teoría Máxima (…), tampoco es una cadena para la producción de teorías enanas en serie. No es tampoco ninguna estación experimental gigantesca en la que la teoría fabricada en otra parte pueda ser «aplicada», «contrastada» y «confirmada». Esta no es en absoluto su tarea. Su tarea consiste en rescatar, «explicar» y «comprender» su objeto, la historia real

¿Qué le queda a una historiografía que se ha desprendido de la teleología y el determinismo? Mucho: la tarea de descifrar el pasado concebido como totalidad abierta, como una historia moldeada –según la expresión de Marx– por las mujeres y los hombres a través de sus acciones y combates, sobre la base de condiciones sociales y culturales dadas. En este esfuerzo de situar en la historia, es decir, de contextualización, objetivación y conceptualización del pasado, el historiador construye un relato (la escritura de la historia) que selecciona, ordena e interpreta la materia heterogénea del universo histórico (la realidad fáctica, pero también el pensamiento y el imaginario). En ese trabajo, algunas herramientas epistemológicas aportadas por Marx pueden resultar indispensables (pero no siempre y a veces menos que otras). Marx nos ayuda a detectar relaciones y conflictos sociales, lógicas culturales y políticas subyacentes a los acontecimientos y sus actores. Se trata de interacciones y no de causalidades mecánicas, cuya inteligencia permite la construcción de un discurso crítico sobre el pasado. Este enfoque se opone a la historia como discurso del poder, tradicionalmente presentado por el Estado (con sus archivos, museos, conmemoraciones) y, actualmente, cada vez más, por los medios de comunicación y la industria cultural, que actúan como poderosos vectores de reificación del pasado. Necesitamos, pues, a Marx. Pero si puede dudarse de una historiografía crítica que prescindiera de Marx, se debe desconfiar también de los intentos de anexar la historia al marxismo. El siglo xx demostró en gran medida hasta qué punto el marxismo mismo podía ser esclavizado y transformado en ideología.

Esta tensión crítica respecto de la tradición marxista es, sin duda, la única manera de evitar los escollos simétricos de la apostasía estéril y la fidelidad ciega. En el fondo, los antimarxistas se dividen en dos categorías: los críticos y los «renegados», no en el sentido en el que Lenin definía a Kautsky, es decir, estigmatizándolo en el plano ético y político, sino en el sentido en el que Isaac Deutscher y Hannah Arendt calificaban a los ex-comunistas en la época de la Guerra Fría. Muchos liberales (Max Weber, Benedetto Croce, Raymond Aron, Isaiah Berlin, Norberto Bobbio) o incluso conservadores y reaccionarios (Werner Sombart, Carl Schmitt, Augusto Del Noce) reconocieron el carácter fecundo de una confrontación crítica con el pensamiento de Marx. Los «renegados», es decir, los ex-comunistas, pasaron de una adhesión total a un rechazo también total al pensamiento de Marx: podría citarse, entre los historiadores, a Borkenau, Eugene D. Genovese, Annie Kriegel y el ya mencionado Furet. A menudo, se trata de ex-estalinistas que conservaron una visión del mundo esquemática y sectaria y se limitaron a cambiar de lado. Estos dilemas nunca afectaron a historiadores que se sirvieron, en mayor o menor medida, del aporte de Marx, sin preguntarse jamás si debían considerarse «marxistas». Es el caso de un historiador de la Antigua Grecia como Pierre Vidal-Naquet, quien reconocía su deuda respecto de Moses Finley, o de un historiador del mundo contemporáneo como Arno J. Mayer. Desde este punto de vista, me identifico con las palabras de Georges Duby: «Mi deuda con el marxismo es inmensa. Me complace señalarlo. Por lealtad. (…) Sin embargo, afirmo con la misma claridad no creer en la objetividad del historiador, ni que pueda distinguirse ‘finalmente’ el más determinante de los factores del cual proviene la evolución de las sociedades humanas». Quizás en este sentido Vilar señalaba la «convergencia de las lecciones de Lucien Febvre y la lección de Marx», o Hobsbawm reconocía lo mucho que el nacimiento, en 1952, de una empresa marxista como la revista británica Past and Present le debía al modelo de los Annales de Fernand Braudel

Una relación fecunda con el pensamiento de Marx me parece que se desprende de los escritos históricos de Benjamin, del Libro de los pasajes a sus tesis «Sobre el concepto de historia». En Marx, Benjamin no buscó un esquema de lectura del mundo, sino más bien una sensibilidad, una Stimmung, un estilo de pensamiento. Benjamin participa de lo que podría definirse, tomando la expresión de Michael Löwy y Daniel Bensaïd, como un «marxismo melancólico» susceptible de entrar en una tensión productiva con otras tradiciones –en este caso, el mesianismo judío– y libre de toda ortodoxia. Fue así como derribó los cánones marxistas de su época: ya no veía la revolución como una «locomotora de la historia» que conducía a la humanidad hacia el «Progreso», sino como el «freno de emergencia» que detiene la ciega carrera de la civilización –uno de cuyos rostros era el fascismo– hacia la catástrofe Benjamin introdujo en el marxismo una melancolía que proviene de la obsesión por las derrotas acumuladas a lo largo de la historia y que rememora el recuerdo de los vencidos. Este enfoque se percibe hoy en historiadores que mantuvieron una relación más o menos consciente de complicidad con el pensamiento de Benjamin, provenientes de tradiciones diferentes. Entre ellos, podría mencionarse a Carlo Ginzburg, el fundador de la microhistoria –autor de una obra como El queso y los gusanos, que analiza la cultura popular restituyendo la voz de los humildes, los anónimos, aquellos que han sido borrados de la Historia–; Adolfo Gilly, quien recuperó el espíritu de los campesinos zapatistas en la Revolución Mexicana o Ranajit Guha, preocupado por escuchar la «pequeña voz» de los insurgentes indios del siglo xix, oculta entre las líneas de la prosa colonial. Para Benjamin, la historia es ante todo una rememoración de los vencidos, cuyo recuerdo es portador de una «promesa de redención». Un historiador de los conceptos como Koselleck formuló muy bien este enfoque epistemológico, al señalar que la historia escrita por los vencedores es siempre teleológica y apologética: «A corto plazo, puede suceder que la historia esté hecha por los vencedores, pero a largo plazo, los logros históricos de conocimiento provienen de los vencidos»

Escribir una historia crítica adoptando la perspectiva de los vencidos –tratando a veces de escuchar sus voces subterráneas, inaudibles en la superficie, ignoradas por los archivos oficiales o borradas por el discurso dominante– es, sin duda, la manera más fecunda, para los historiadores, de recibir la herencia de la Tesis 11 sobre Feuerbach. Interpretar el mundo para transformarlo no significa convertirse en defensores de una estrategia o combatientes de una ideología, como lo fueron los «intelectuales orgánicos» del movimiento comunista del siglo xx. Quiere decir, para el historiador, no considerar el pasado como un continente clausurado, definitivamente cerrado. La antropología cultural nos enseña que las luchas del presente se alimentan del recuerdo de los combates perdidos, las derrotas del pasado. En determinadas circunstancias, el presente puede entrar en consonancia con el pasado y reactivarlo. Según Siegfried Kracauer, «como Orfeo, el historiador debe descender al inframundo para traer los muertos a la vida». Benjamin, por su parte, comparaba al historiador con un «ropavejero» (Lumpensammler) dedicado a recoger objetos abandonados, olvidados, considerados inútiles, sabiendo que podrán servir un día, como los acontecimientos de un pasado que permanece a la espera de una redención por venir Algunos dirán que semejante concepción de la historia significa rehabilitar, en una versión secular, la dimensión mesiánica del marxismo, que este último había rechazado esforzándose por convertirse en una «ciencia». Pues bien, este mesianismo secularizado me parece un excelente remedio para los fracasos de un marxismo concebido como ciencia de la historia.

 

 

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