México 68. La lucha de los estudiantes contra el Estado represor

“Ya no más frases injuriosas, olvídense de los insultos y de la violencia. No lleven banderas rojas. No carguen pancartas del Che, ni de Mao. Ahora vamos a llevar las figuras de Hidalgo, la de Morelos, la de Zapata, pa’que no digan. Son nuestros héroes. ¡Qué viva Zapata!”  (Consejo Nacional de Huelga-México 1968)

 

La revuelta estudiantil de 1968 en México es conocida en todo el mundo por la masacre del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco; matanza organizada por el Estado. Hacía más de dos meses que el movimiento estudiantil se enfrentaba al gobierno del priista Díaz Ordaz. Ese día para las 17:30,  miles de personas se habían reunido en ese lugar, con el fin de escuchar a los líderes estudiantiles. Nadie imaginaba la causa de presencia de tantas  tropas, tanquetas y policías, que se apostaban en los principales puntos de acceso y en los alrededores de la plaza.

Hacia las 18:10 horas inició la llamada Operación Galeana con el lanzamiento de bengalas desde un helicóptero, señal para que francotiradores  del Estado Mayor junto a  grupos paramilitares emplazados en diferentes edificios circundantes  y en el techo del templo colonial, dispararan indiscriminadamente en contra de los manifestantes. Los tanques ligeros del Escuadrón Blindado entraron en la plaza disparando contra todos y en dirección al edificio “Chihuahua”, donde se encontraban los oradores.

Entre fuegos cruzados, los civiles huyeron despavoridos hacia la iglesia, que se convertiría en un  paredón de fusilamiento, también trataron de dirigirse hacia la salida lógica, ubicada en el corredor que forman la plaza y el edificio “Chihuahua”, para ser recibidos por soldados que los atacaban con sus bayonetas.

Al mismo tiempo, en el edificio “Chihuahua” los integrantes del Batallón Olimpia, compuesto por diferentes cuerpos del ejército bajo el comando de la Guardia Presidencial, vestidos de civiles y que portaban un guante blanco como distintivo, cumplieron sus órdenes: bloquear el edificio, detener a los miembros del Consejo Nacional de Huelga, tomar el segundo y tercer piso, y disparar sobre la multitud.

Durante horas, el Batallón Olimpia allanó los apartamentos de los edificios donde muchos estudiantes se habían refugiado en las azoteas o encontraron refugio con algunos vecinos: fueron detenidos, golpeados, forzados a quitarse la ropa. Aún continuaba la masacre en Tlatelolco cuando en casi todos los medios informativos se daba a conocer la versión oficial impuesta por el gobierno; el ejército había sido atacado por estudiantes, no hubo más alternativa que iniciar el combate ante la provocación de quienes se decía eran terroristas y comunistas que pretendían derrocar el gobierno de Díaz Ordaz.

Las fuentes  coinciden en que en la madrugada del 3 de octubre los soldados estaban apilando infinidad de cadáveres en la Plaza de las Tres Culturas, el objetivo era eliminar en lo posible las evidencias de la matanza y coordinar la limpieza de la plaza donde corrían ríos de sangre. Casi no existen registros fotográficos de las victimas dado que el ejército cerró el área no permitiendo  acceder a los medios de prensa

Muchos de los jóvenes activistas que sobrevivieron a la matanza fueron perseguidos, hubo innumerables secuestros, cientos quedaron aislados y detenidos sin orden de aprehensión, en instalaciones militares. Fueron objeto de toda clase de atrocidades y torturas, golpes y presiones morales, para obligarlos a rendir declaraciones que coincidieran con la historia oficial de los hechos; se fabricaron pruebas en su contra.

El saldo de la represión fue de innumerables muertos y heridos.  Según los datos aportados por la Comisión de la Verdad el total de víctimas fatales alcanzó a las trescientas, además de cientos de heridos y  más de 2.000 personas arrestadas el 2 de octubre, incluidos activistas y miembros del Consejo Nacional de Huelga (CNH)  que sufrieron la de tortura, intimidación, secuestro y violencia hacia sus familiares.

Se trataba de un crimen de Estado premeditado, organizado en cada detalle con el objetivo de imponer, una solución definitiva a un conflicto que había puesto en movimiento a cientos de miles de personas y  que se ganó la simpatía de amplios sectores sociales en todo el país. El accionar del Estado fue la Persecución generalizada, estado de sitio no declarado, control de los medios de comunicación, suspensión de facto de las garantías constitucionales, contra la subversión imaginada;  había actuado con el objetivo de  liquidar al movimiento estudiantil.

 

 

Esta historia de violencia institucional comienza el  22 de julio.  Producto de la rivalidad entre alumnos de dos escuelas, en la Plaza de la Ciudadela se desata una pelea  entre alumnos de la Vocacional 2  del Instituto Politécnico Nacional IPN y  los de la preparatoria particular Isaac Ochotorena (afiliada a la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM), en la pelea se interponen dos pandillas.

Al día siguiente, los estudiantes de preparatoria apedrean la Vocacio­nal 2, ese día intervienen las fuerzas policiales que  lejos de resolver la situación pacíficamen­te, la agravan al atacar indiscriminadamente a estudiantes y profesores ingresando violentamente al interior de las vocacionales 2 y 5, donde detienen jóvenes de manera arbitraria.  En una primera reacción, al día siguiente  la Escuela Nacional de Ciencias Políticas, declara la huelga, en solidaridad con los estudiantes presos. La Federación Nacional de Estudiantes Técnicos llama a una movilización para el 26 de julio.

Ese día, se convertiría en el verdadero comienzo del movimiento estudiantil, la manifestación convocada por los politécnicos contra esta acción  se transformó en una demostración de apoyo a la Revolución Cubana, organizada principalmente por los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma. Al mismo tiempo se realizó, como había sido anunciada, la protesta organizada por la FNET,  que llamó a protestar por la intervención y la violencia policíaca de los días anteriores. La manifestación es reprimida dura­mente por la policía.

La policía rodeó todo el antiguo distrito universitario en el centro histórico de la ciudad;  para protegerse los manifestantes improvisan barricadas y luego contraatacan, por lo que se intensifica la batalla campal. El Gobierno aprovechando la situación lanza al mismo tiempo, un operativo para encarcelar “subversivos”. La jornada resulta extremadamente violenta y con un saldo trágico;  entre los estu­diantes hay 8 muertos, 500 heridos y 200 detenidos.

Tan pronto como se conocieron los eventos  del 26 de julio, comenzaron  las movilizaciones y a buscar modos de ligazón como la creación de un comité de coordinación del IPN y una convocatoria a la huelga general. Desde el día siguiente, los alumnos de las Preparatorias 1, 2 y 3 toman las instalaciones de sus escuelas como protesta por la represión gubernamen­tal y se organizan Comités de Huelga en diversas facultades y escuelas superiores.

En pocos días la huelga involucró a todos los institutos del IPN, la UNAM, el Instituto Nacional de Agricultura Chapingo, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la Escuela Normal y la Escuela Normal  superior. Muchas escuelas y universidades de todo el país pronto se unieron a la huelga, así como también instituciones educativas de gestión privadas.

 

 

 

El gobierno no había previsto la respuesta inesperada y totalmente espontáneas de los estudiantes, la reacción de este fue un ascenso en la represión y una generalización de los enfrentamientos que culminaron con la intervención del ejército en la noche del 29 de julio y la toma de varias escuelas, universidades y  politécnicas.  Lugares sitiados por la policía, autobuses incendiados convertidos en barricadas, heridos, detenidos, desaparecidos;  incluso se habló de muertes al final de esos días.

La violencia del Estado fue el origen del movimiento estudiantil mexicano de 1968. Con  actos y comportamientos claramente provocativos por parte del gobierno, que buscaba la confrontación.  La potencia y rapidez con que se desenvolvió la movilización asombró al gobierno, como así también al  mismo movimiento. La réplica desde el primer momento fue la represión; y  lo único que consiguió fue que el movimiento tomara más fuerza.

El  día 30 de julio, el rector de la UNAM, ingeniero Javier Barros Sierra llama a defender la autonomía universitaria que ha sido violada Los estudiantes conformaban brigadas de información que,  bajo la presión de las circunstancias, se transformaron en brigadas de autodefensa. En ese momento se generaliza la huelga en la UNAM, el IPN, Chapingo, y en universidades de provincia. Al día siguiente comenzó a funcionar una coordina­ción de escuelas en huelga, formada por estudiantes y maestros de esas instituciones y de las  escuelas normales.

Ante la sorpresa del Gobierno y el reconocimiento de la sociedad, el 1 de agosto el rector de la UNAM, encabeza una manifestación de 100,000 universitarios, que parte de Ciudad Universitaria, y recorre varias avenidas de la ciudad, concluyendo con un mensaje del ingeniero Barros Sierra. Al mismo tiempo, en una actitud provocadora, el presidente Gustavo Díaz Ordaz, en un discurso pronunciado en Guadalajara, ofrece su “mano tendida” a quien quisiera estrecharla.

La organización espontánea de estudiantes en asambleas generales, brigadas y comités de control por establecimiento fue creciendo.  Estos esfuerzos de coordinación y centralización lograron que el 4 de agosto la coordinadora estudiantil de la que surgiría el Consejo Nacional de Huelga dieran a conocer un primer manifiesto reivindicatorio unitario con seis puntos: “Libertad de todos los presos políticos. Derogación del artículo 145 del Código Penal Federal, que dictaba el delito de disolución social y sirvió como instrumento legal para reprimir a los estudiantes;  Supresión del cuerpo de granaderos, un instrumento directo en represión, sin ser reemplazado por un cuerpo similar; Remoción de generales que han actuado como jefes de policía, Luis Cueto, Raúl Mendiolea y A. Frías.; Indemnización a los familiares de todos los muertos y heridos desde el inicio del conflicto;  Deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos.  Requerían que el gobierno respondiera dentro de las 72 horas amenazando con generalizar la lucha”.

Ese mismo día las brigadas estudiantiles reparten miles de volantes con sus deman­das, éstas se convierten en el vínculo de los estudiantes con el pueblo en general y le dan enorme fuerza al movimiento. La demanda de libertad a los presos políticos in­cluye a los dirigentes obreros y políticos encarcelados por el Gobier­no como Demetrio Vallejo, Valentín Campa y otros sindicalistas presos en 1959-1960. El movimiento rompe el marco estrecho de los centros escolares y se convierte en un movimiento democrático popular y nacional.

El siguiente lunes 5 de agosto se realiza una manifestación de 100.000 personas de Zacatenco al Casco de Santo Tomás. Se le conoce como la “manifestación politécni­ca”; los estudiantes pasan a la ofensiva, dando un ultimátum de 72 horas al Gobierno para responder a sus demandas al mismo tiempo que llaman a las masas populares a juntarse al movimiento.

El 8 de agosto, siguiente viernes, se organiza la Coalición de Maestros de Enseñan­za Media y Superior por Libertades Democráticas, quienes declaran: “Los maestros entendemos la lección de nuestros alumnos, hemos comprendido que todos los ciudadanos pueden y deben participar en la vida política del país e influir en el mejoramiento de la sociedad”.

El día 9 de agosto surge el histórico Consejo Nacional de Huelga (CNH) con la participación de 38 comités representativos de diversos centros educativos: la UNAM, el IPN, las Normales, el Colegio de México, universidades públicas de provincia y privadas como la Iberoamericana y La Salle. Reunidos en la Escuela Superior de Fí­sico-Matemáticas del IPN, los representantes estudiantiles acordaron ese sábado, que el CNH se integrará con base en tres principios: 1) Que participarán sólo representan­tes electos en asamblea por las escuelas que estuvieran en huelga y no en paro activo, 2) Que se aceptarán tres delegados por escuela y, 3) Que las decisiones se tomarán por mayoría simple de votos, para lo cual cada representante tenía un voto.

El Consejo Nacional de Huelga (CNH)  asumiría la coordinación general y la dirección, promoviendo  varias acciones que lo mantendrían a la ofensiva. Su presencia se hizo más fuerte y más legítima a medida que el movimiento alcanzó su apogeo. Seis semanas durante las cuales alimentó su relación con las asambleas estudiantiles, contribuyó al fortalecimiento del trabajo de las brigadas que, invadieron por completo la ciudad, desarrollaron un discurso antiautoritario y democrático que será su identidad. Iba a mantener su desafío al gobierno frente a sus estratagemas, sus amenazas y sus acciones de represión.

Su defensa del diálogo público, establecido como un principio absoluto, permitió mantener la cohesión y la coherencia del movimiento, al tiempo que se preservaba de  los mecanismos tradicionales de cooptación del régimen. El debate y la propuesta de diálogo público fue un verdadero desafío para el régimen de control corporativista; y para el gobierno, aceptar tal diálogo equivalía a reconocer la existencia de otro poder, de un actor social independiente incontrolado que exigía transformaciones.

Las asambleas incluyeron un gran número de estudiantes que discutieron y tomaron decisiones colectivas, era una verdadera escuela de politización, reflexión y socialización. La información y las propuestas circularon entre los diversos organismos que favorecieron las discusiones intensas, así como las decisiones y actividades conjuntas, cada vez mejor coordinadas y centralizadas. Al designar los comités de lucha, las asambleas impidieron que estos se convirtieran en instancias monopolizadas por activistas o militantes de  los partidos de izquierda, sin ninguna representatividad. Esta operación le dio al movimiento su carácter democrático y le dio una cohesión innegable.

Las brigadas estudiantiles fueron el mecanismo más amplio y efectivo de difusión, movilización y organización política y social.  Estas  también se volcaron a las fábricas,  las zonas industriales, las oficinas, los mercados; también fueron a barrios difíciles, aparentemente impenetrables, donde los estudiantes siempre fueron recibidos con interés y solidaridad. El desafío fue ante todo enfrentar la  manipulación de la información ejercida por la prensa, negando las calumnias proferidas por el gobierno y sus portavoces. El papel de las brigadas fue decisivo para la conquista de la opinión pública, para crear conciencia y conducir a la simpatía e incluso a la solidaridad a grupos sociales muy diversos. La difusión del movimiento en todo el país fue en gran parte obra de los brigadistas. Incluyeron los medios de comunicación, especialmente la prensa y la radio,  que a pesar de encontrarse presionados pudieron lograr que algunos periodistas hicieran esfuerzos para que  los estudiantes, pudieran expresar sus objetivos y hacerse entender. Esto se pudo concretar gracias al impacto obvio de un movimiento como este.

Todo este ímpetu organizacional y participativo no vino de la nada, ni era completamente nuevo. Fue  la expresión de un largo proceso de reestructuración social y política de organizaciones estudiantiles y populares anteriores, como la Federación de Estudiantes Socialistas Campesinos, o intentos fallidos como el Centro Nacional para Estudiantes Democráticos (CNED), luchas obreras;  o claramente políticas, de índole regional, en donde los  estudiantes fueron el centro o uno de los actores, en estados como Chihuahua, Michoacán, Guerrero, Puebla, Sinaloa, Sonora, Nuevo León y Tabasco y en la capital del país , en la UNAM, el IPN y las escuelas normales.

El 13 de agosto se realiza una nueva manifestación, desde el Casco de Santo Tomás al Zócalo de la Ciudad de México, espacio simbólico e histórico por excelencia en México; ese mismo día se realizan manifestaciones en varios estados de la República. Tam­bién se unen nuevos contingentes estudiantiles de otras instituciones, es importante destacar se suman, obreros y campesinos;  se crea una nueva consigna estudiantil: extender el movimiento por medio de brigadas informativas a fábricas y colonias populares;  el vínculo con la sociedad se va profundizando.

En los días siguientes la actividad adquiere un mayor ritmo y se realizan los mítines relámpago por toda la ciudad, el CNH  invita a diputados y senadores a un debate el 20 de agosto en Ciudad Universitaria, cosa que nunca se concretó, el 16 de agosto se crea la Asamblea de Intelectuales, Artistas y Escritores que exige “la inmediata solu­ción al conflicto de acuerdo con el pliego petitorio del CNH”.

La Academia de Danza Mexicana de Bellas Artes y los profesores de la Universi­dad Iberoamericana se adhieren al movimiento. También lo hacen el 19 de agosto los maestros democráticos del Movimiento Revolucionario del Magisterio, escisión  del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación llamando a “hacer suyas las demandas estudiantiles”.

Si el movimiento logró ser considerado un movimiento popular, fue porque el pueblo de la Ciudad de México  irrumpió en la política. Maestros, artistas, pequeños comerciantes, familias enteras de la clase media, trabajadores, etc., se manifestaron  a  favor de los estudiantes. En las asambleas del CNH, cada vez más grupos de todo tipo llegaron para expresar su solidaridad. Este proceso provocó un cambio en el estado de ánimo de los sectores populares. El momento más significativo, el que reveló el giro de la opinión pública a favor de los estudiantes, fue el día 27 de agosto  con una la manifestación que trajo el movimiento a la cumbre con una participación multitudinaria. Se ganó la batalla de la opinión pública, el resquebrajamiento del control institucional simbolizó un cambio decisivo que ciertamente influyó en la decisión del gobierno de recurrir a la salida militar del conflicto.

El movimiento crecía, se había fortalecido en pocas semanas,  cientos de miles de personas que parten del Museo de Antropología y culmina en el Zócalo, se la llama la “manifestación de las antorchas”, la movilización había crecido como una enorme marea, la opinión pública se iba inclinando a favor de los jóvenes. Los estudiantes apelaban al pueblo ¡Únete Pueblo, no nos abandones! muchas familias de los estudiantes se les unen. En esa concentración además de estudiantes, participaron contingentes de obreros como los electricistas y petroleros. Cuando  comenzó a llegar la noche  se utilizaron  periódicos a los que se prendió fuego para hacer antorchas. Grupos menores realizan actos provocativos como la quema de la bandera mexicana.

El Gobier­no por fin contó con su pretexto para contraatacar violentamente durante la misma madrugada del 28 de agosto. Del Palacio Nacional salen tanques para atacar a los que permanecían de guardia en la Plaza de la Constitución desalojando a los manifestantes. Mientras tanto la prensa callaba o falseaba los hechos y realizaba una gran campaña contra los “al­borotadores”, “agitadores” y “agentes extranjeros”. Acusan al movimiento de estar manipulado por agitadores comunistas, soviéticos y cubanos y que era un complot para impedir las próximas Olimpiadas en México

La  Central Campesina Independiente y di­versos sindicatos obreros apoyan abiertamente al movimiento estudiantil, que busca nuevas tácticas para atraer a los trabajadores y a la población, como se vería el 13 de septiembre  que se  realiza una multitudinaria manifestación silen­ciosa, que tuvo un fuerte impacto  que contrarrestaba la imagen que el Gobierno y los medios querían divulgar, para desprestigiar al movimiento.

El domingo 15 de septiembre, se realiza una gran celebración al conmemorarse el aniversario de la Independencia de México, con una fiesta popular en Ciudad Universitaria y en el IPN.  Como respuesta el ejército ocupa la Ciudad Uni­versitaria y son detenidas más de 500 personas. La Cámara de Diputados el PRI  apoya la ocupación y la política represiva de Díaz Ordaz, mientras que el rector Javier Barros Sierra la repudia, en respuesta a esto  se multiplican los ataques contra su persona por parte del aparato oficial y de la prensa, poco después  presenta su renuncia.

El siguiente objetivo es el Politécnico, pero los estudiantes preparan la defensa y la noche del 21 al 22 de septiembre se da un duro enfrentamiento entre estudiantes y vecinos de Tlatelolco contra las fuerzas represivas que querían tomar las instalaciones. El 23 de septiembre se enfrentan las fuerzas del Gobierno y los estudiantes en el Casco de Santo Tomás, luego de largas horas de batalla el ejército logra su objetivo y controla el campus principal del IPN y la Unidad Profesional de Zacatenco.

Tlatelolco se había convertido en un bastión del movimiento democrático y el movimiento estudiantil. A los tres días se realiza un mitin en la Plaza de las Tres Culturas, ahí se invita a otro para el 2 de octubre, en ese mismo lugar a las cinco de la tarde. Desde que se inició el movimiento estudiantil hasta el miércoles dos de octubre se habían organizado ahí ocho movilizaciones.

La tarde del 2 de octubre la ciudad guardaba silen­cio y presenciaba una gran movilización militar, a la que ya muchos se habían acos­tumbrado desde agosto. A pesar de todos los síntomas amenazantes, miles de estu­diantes se congregaron en la Plaza de las Tres Culturas. El autoritarismo gubernamental, ya se había hecho presente en persecuciones, secues­tros, torturas y asesinatos contra quienes mostraban públicamente su rechazo, pero ni en las peores pesadillas se podría imaginar la violencia que ejercería el Gobierno durante esa jornada.

Cientos de  estudiantes permanecerán en las cárceles; el gobierno, por su parte, repetirá la tesis de un complot internacional para desprestigiar a México. Tres días después se inauguran los XIX Juegos Olímpicos con un sonriente Gustavo Díaz Ordaz en el palco del estadio de Ciudad Universitaria. Los estudiantes hacen volar un papalote en forma de paloma sobre su cabeza, responsabilizándolo de la matanza.En los días siguientes, hubo una reacción internacional con fuerte  lazos de solidaridad.  El descontento de las bases obreras en la Confederación de Trabajadores de México (CTM) obliga a la burocracia sindical  a declarar como culpable de la masacre al gobierno.

 

 

 

Cuando la Revolución mexicana se institucionalizó en medio de grandes movilizaciones populares en tiempos de Lázaro Cárdenas; el espíritu de lucha, la autonomía, la capacidad de organización y expresión de los trabajadores y campesinos fueron confiscados por el Estado dirigido por el PRI. Cárdenas se balanceó entre las clases en pugna por un lado tomó muchas demandas de los trabajadores,  nacionalizó la industria petrolera y los ferrocarriles;  sin embargo también se apoyó en los sectores populares para fortalecer una burguesía nacional frente a las potencias imperialistas. Cárdenas retomó la demanda popular de la educación y la utilizó como un instrumento de cualificación de la mano de obra para las demandas empresariales.

La política de  incorporar a los sindicatos como parte del Estado fue un duro golpe para los trabajadores que, aunque en aquel momento no se sintió, a lo largo de las diferentes décadas  los dejó sin la  posibilidad utilizar una herramienta de lucha y organización de los trabajadores; acostumbró a los trabajadores a negociar antes que a luchar por sus derechos.

Las fuerzas colectivas de la sociedad fueron paralizadas por un sistema político extremadamente jerárquico que dividió a la población en diferentes sectores,  por un lado, trabajadores, campesinos y  pueblo en general;  por el otro las diversas corporaciones controladas por la intervención del Estado; donde  nunca se permitió la expresión ciudadana. Disciplinada, sujeta a divisiones y jerarquías impuestas que rompieron sus lazos de solidaridad, la sociedad iba a sufrir el desgarro y la distorsión de sus tradiciones comunitarias y asociativas, características de pueblos ancestrales y grupos sociales populares.

El gobierno de Cárdenas realizó una serie de reformas a favor de los trabajadores, sin embargo los presidentes que le siguieron se caracterizaron por todo lo contrario. Las políticas dictaminadas por Ávila Camacho eran encaminadas a minar todas las reformas progresistas del periodo cardenista, entre el 50 y 60% de la inversión pública se destinó a favorecer la iniciativa privada.

En el plano sindical este periodo se caracterizó por afianzar la incorporación de los sindicatos al Estado que había iniciado Cárdenas. La coyuntura internacional de la Segunda Guerra Mundial permitió la expansión de exportaciones y un desarrollo del mercado interno, esto permitió dar concesiones por parte del Estado a los sindicatos incorporados al mismo.

La llegada de Miquel Alemán a la presidencia significó el ascenso de esa burguesía desarrollada bajo los auspicios de la revolución, él representaba a una parte de la burocracia y acaparadores de la revolución que se hicieron ricos durante este periodo. A lo largo de este periodo la industria se desarrolló y la economía siguió creciendo, al mismo tiempo miles de campesinos emigraban del campo a la ciudad para incorporarse al mercado de trabajo en expansión. La industria se versificó y la prosperidad reinaba.

En el periodo conocido como periodo estabilizador la economía crecía, sin embargo como los bienes de capital eran principalmente de capitales extranjeros las importaciones crecieron de forma espectacular y con ellas el endeudamiento externo. Luego de un ciclo de luchas del movimiento obrero durante los años 50, que fueron cerrados con represión. Después de esta escalada de violencia que sufrieron los trabajadores el gobierno cambio de táctica, comenzó a dar ciertas concesiones selectivas que llegaron a la modificación de la Ley Federal del Trabajo y el aumento en el gasto social y educación, esto ayudó a desactivar las protestas.

Durante la década de los sesenta hubo un proceso de masificación en las escuelas; miles de hijos de trabajadores y campesinos que emigraban a la ciudad para buscar trabajo en el proceso de industrialización se incorporaban a las escuelas superiores. Los jóvenes que se incorporaban a las instituciones educativas  no escapaban del ambiente general de asfixia que se vivía en la sociedad, algunos de ellos seguramente eran hijos de ferrocarrileros, telefonistas, metalúrgicos o de cualquier otro trabajador que había sido víctima de la brutalidad del gobierno cuando demandaban democracia sindical y cuestionaban el Estatus Quo existente.

Estos jóvenes que emergieron del “desarrollo estabilizador” exigían un lugar en el marco del sistema, sin embargo el sistema no estaba interesado, ni en escuchar, ni en dar ningún tipo de espacio. Si bien hasta el momento los problemas del Estado con respecto a las masas se había arreglado con la incorporación del movimiento de los trabajadores a éste, y que por medio de la violencia había aplastado las voces de la democracia sindical, el movimiento de los jóvenes que se avecinaba provocaría nuevas demandas.

La política en México se limitaba a lo que ocurría en las filas del PRI, una especie de maquinaria política que, bajo mandato del Presidente de la República, se encargada de garantizar el dominio de todo el  espacio institucional.  La distribución del poder se realizaba  entre los actores políticos pertenecientes a la llamada “familia revolucionaria”. Podrían surgir nuevos disidentes y nuevos actores políticos, pero fueron inmediatamente descalificados o cooptados  de una manera u otra. Este instrumento era parte de la maquinaria del aparato estatal y sus políticas públicas, para garantizar el orden, la estabilidad e incluso la legitimidad existentes,  que todavía estaban instituidas desde la Revolución mexicana.

Cuando los estudiantes y los maestros comenzaron a rebelarse contra la represión arbitraria, las mentiras y la impunidad del Estado;  irrumpieron en un espacio reservado para pocos, la actividad  política.  Rompiendo las reglas que  hicieron posible la amplia reproducción de la dominación, y la seguridad del orden económico-social  que predominaba. Es por eso que el movimiento estudiantil mexicano apareció desde el principio como un movimiento deliberadamente político, sus demandas iban contra el autoritarismo: liberación de presos políticos, lucha contra la impunidad de las fuerzas represivas y  su disolución, rechazo de abusos el poder, la necesidad de justicia y el respeto de las libertades democráticas. Es necesario aclarar que en México, todos los movimientos sociales, invariablemente se politizan, debido a la intervención que el Estado realiza. Es la propia naturaleza del sistema político lo que licúa las diferencias  entre lo social y lo político e impone la paradoja de la politización de todos los conflictos sociales debido a que el mismo régimen se asienta  en la despolitización.

En los sesenta el capitalismo había suavizado su rostro en occidente, por medio de la política expansiva de la demanda, los subsidios y la acción del Estado que se transformó en propietario de sectores estratégicos de la economía, y con ello afianzó su condición como rector de la misma y regulador del mercado, asunto éste, que generó grandes tensiones y debates, pues los intereses monopólicos habían sido trastocados con la regulación, modificando parcialmente en su funcionamiento al sistema capitalista.

En esos años el Estado mexicano fue endureciéndose en contra de los movimientos laborales y populares. El impulso de éstos fue muy fuerte, hizo que para el Gobierno no fuera fácil controlar a los grandes sindicatos que se consolidaron a lo largo de la primera mitad del siglo xx. Los movimientos de ferrocarrileros y maestros en 1958 y el de los médicos internos y residentes en 1965 fueron movilizaciones muy profundas, que luchaban por derechos elementales y terminaron violentamente reprimidos. La represión era constante, y brutal, no sólo contra los obreros, también contra dirigentes rurales. En mayo de 1962 había sido asesinado en Morelos, Rubén Jaramillo, junto con su esposa embarazada y sus hijos cuyos cadáveres fueron abandonados en Xochicalco.

Así pues, el clima de represión en México, fue uno de los detonantes de  la rebeldía en la juventud consciente de todo el país. Los estudiantes, muchos de ellos hijos de obreros y campesinos, tomaron la iniciativa, oponiéndose al autoritarismo de los gobiernos del PRI, hubo en diversos estados de la República movilizaciones de estudiantes. La lucha estudiantil continúa la tradición combativa de los jóvenes en los años cincuenta en la que se destacó el movimiento de los politécnicos en 1956 y 57, contra el alza de los precios del transporte, así como la huelga de la Escuela de Agricultura “Antonio Narro”. De modo que en los años sesenta el movimiento estudiantil tiene continuidad y llegado el momento crucial da un salto cualitativo.

La situación internacional y el ambiente de movilización y protestas previas a las jornadas estudiantiles de la ciudad de México, crearon un ambiente propicio a la toma de conciencia de los estudiantes. Esto tenía muy preocupado al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz que se caracterizaba por su extremo autoritarismo, rigidez y falta de comprensión de los fenómenos sociales. Por su mentalidad, era proclive a creer en “complots” y en la amenaza inminente del comunismo.

En México, antes del estallido del movimiento estudiantil del 68 se habían desatado luchas de gran significado en diversos sectores sociales como los mineros, campesinos, petroleros, electricistas, maestros, ferrocarrileros, y el movimiento médico entre otros. Es importante destacar la formación del Movimiento de Liberación Nacional que se había ido forjando a partir de la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz; asimismo estaban en marcha las luchas guerrilleras en los estados de Chihuahua y Guerrero.

Fueron  años de reorganización y, hasta cierto punto, fortalecimiento de la izquierda mexicana. Este proceso de crisis, rupturas y surgimiento de corrientes y grupos izquierdistas innovadores fue en realidad el resultado de las grandes luchas sindicales independientes que terminaron en 1959 con la derrota militar. La crisis del Partido Comunista Mexicano (PCM), en el contexto del triunfo de la Revolución Cubana y el conflicto chino-soviético, condujo al surgimiento de corrientes críticas que abrieron la puerta a otras experiencias.

Las opciones de izquierda, hasta ahora limitadas principalmente al comunismo y el lombardismo, corriente encarnada por Vicente Lombardo Toledano, que era una especie de nacionalismo populista estalinista que jugó un papel fundamental en la formación del régimen empresarial en la década de 1930, convirtiéndose prácticamente en indispensable para Lázaro Cárdenas; siendo  promotor de la colaboración de clases, y de la “alianza” subordinada con el régimen de la revolución mexicana. El espartismo, creado por el escritor José Revueltas, fue la corriente más diversificada y extensiva; pero también fue el impulso del trotskismo, el maoísmo y el guevarismo.

Nuevas experiencias generacionales y sociales, que trascendieron  a la izquierda,  con la integración de muchos jóvenes, principalmente estudiantes e intelectuales que escaparon de las redes institucionalizadas,  madurarían  bajo la influencia y el  aliento de los vientos tumultuosos que conformaban la atmósfera internacional. La revolución cubana, la guerra de Vietnam, la invasión estadounidense en la República Dominicana, la rebelión negra y las Panteras Negras, las revueltas  contra el colonialismo, el derramamiento de sangre en Indonesia, la guerra de seis días y la revolución palestina, el símbolo del Che Guevara, la lucha de liberación argelina, la insurrección obrera-estudiantil de mayo francés, las revueltas contra el estalinismo en Praga, las diversas resistencias populares a gobiernos autoritarios en América Latina, las primeras experiencias de lucha armada, los procesos de descolonización,  etc.. Junto con esto, la desaceleración de la economía internacional y los primeros síntomas de crisis hegemónica del capitalismo generaron nuevas condiciones para la aparición de procesos de resistencia. Todas estas experiencias alimentaron la experiencia del movimiento estudiantil mexicano.

 

 

El régimen de Díaz Ordaz enfrentó problemas políticos muy serios, que agudizaron los conflictos sociales, tanto en el campo como en las ciudades que llevó a una afirmación de los rasgos autoritarios y represivos del sistema, el elemento nuevo fue su capacidad de repercusión en el interior mismo del aparato de gobierno. Esta resonancia se explica porque involucra a uno de los puntales del régimen, que son los sectores medios,  varias luchas previas como así también un creciente abstencionismo electoral, indicaban una erosión de la legitimidad del régimen. Es el periodo donde se afirmaron los rasgos autoritarios, represivos y excluyentes del sistema; sin embargo estas tendencias tenían fuertes raíces sociales.

La burguesía y de gran parte de los sectores medios privilegiados  tenían temor  ante la emergencia de nuevas fuerzas populares que presionaban  por una mayor participación política y económica y que aparecen a sus ojos con un carácter subversivo. Se trata del mismo fenómeno, aunque con una importante diferencia de grado, al proceso de radicalización hacia la derecha que experimentaron estos mismos grupos sociales en toda América Latina años después, y que culminó con su apoyo  a la instauración de las sangrientas dictaduras militares.

Se produjeron cambios al interior del aparato del Estado, fundamentalmente el control de la cúpula por parte de una burguesía de origen burocrático y que de hecho constituye una fracción de la clase económica dominante; incremento del peso del ejercito debido a su creciente intervención en los conflictos sociales; burocratización de los cuadros políticos y alejamiento de los sectores sociales de donde surgieron. La lógica misma de la estrategia de desarrollo que se ha seguido,  exigía asegurar la “paz social” por cualquier medio como condición para que continúe el proceso de acumulación de capital.

En este contexto, el régimen mostró tendencias autoritarias; desde antes de la matanza de estudiantes, se venía utilizando la represión contra las movilizaciones populares, como así también formas más sutiles de represión política e ideológica. Después del sesenta y ocho estas tendencias  se acentuaron; aparecieron grupos paramilitares, se multiplicaron grupos de ultraderecha fomentados desde el poder, y se incrementó la hostilidad hacia la poca prensa independiente. En contrapartida, desde los inicios del gobierno de Díaz Ordaz, se habían manifestado dentro y en torno al aparato de estado, tendencias reformistas que replanteaban la política económica, como la relación con la oposición política.

Si bien se acentuaron los rasgos autoritarios del sistema no por ello había renunciado a mantener una cierta política redistributiva, como por ejemplo el reparto de tierras.  Y también la integración de todas las confederaciones y sindicatos en un organismo institucional. Esto profundizó la subordinación de la burocracia sindical a la política del régimen del PRI. Los órganos obreros oficiales más importantes, entre ellos el Congreso del  Trabajo, apoyaron la política presidencial, incluso la represión al movimiento estudiantil.

Históricamente  las respuestas del régimen revolucionario a los conflictos laborales variaron tradicionalmente en cuanto a la flexibilidad  y al grado de los alcances represivos; la solución  que se dio a todos ellos prueba que el Estado podía ceder en el terreno de las reivindicaciones salariales y  en algunos beneficios sociales, e incluso el reparto de tierras entre el campesinado.  Pero lo que no toleraría una política independiente y de enfrentamiento directo, como así tampoco direcciones sindicales autónomas al oficialismo.

Una de las banderas de diversos grupos de estudiantes era la democratización del país y ésta implicaba el desmantelamiento del corporativismo y con ello poner fin al control del movimiento obrero; sin embargo, no lo lograron, pese a los afanes por establecer vínculos con organizaciones obreras y en menor medida con campesinas y de colonos.

Por el contrario, el sindicalismo oficial era utilizado por el Estado para acusar  al movimiento estudiantil, de estar financiado por el “comunismo y el anarquismo internacional y por la CIA.  El “premio” del gobierno de Díaz Ordaz por este hecho, y no haberse involucrado en apoyo al movimiento estudiantil, fue la aprobación y promulgación de la Ley Federal del Trabajo de 1970, que si bien contiene diversos avances en materia individual, también incluye otras normas que coadyuvan al control del movimiento obrero, como: el registro sindical y la toma de nota de las directivas sindicales, la posibilidad legal del mal uso de la renuncia o la expulsión del sindicato.

 

 

La violencia fue, una constante del llamado Régimen de la Revolución Mexicana, que se construyó a través de la incorporación obligatoria de las  fuerzas sociales en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y una  presencia todopoderosa encarnando al Estado y la Nación. El poder centralizado y el orden jerárquico impuesto no toleraron la disidencia ni permitieron el desarrollo de formas democráticas de participación; las elecciones eran rituales sin otro efecto práctico que la legitimación de los candidatos designados con anticipación, por la cúpula del partido.

El terror en todas sus formas, legal y no legal, era la esencia de un orden cerrado, reaccionario y clientelar. Cegado por el auge económico y la consolidación del estado que siguió a las derrotas de las luchas obreras de 1958-1959, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, un  extremista tradicionalista, un anticomunismo patológico. No percibió las transformaciones económicas y sociales que trajo consigo el “milagro económico”: urbanización, una fuerte industrialización, mayores desigualdades, crisis agraria, éxodo rural y miseria, cambios culturales, etc. Todos estos elementos estimularon la maduración de una nueva sociedad y por lo tanto un cambio en su relación con  un estado y régimen intolerante y de exclusión.

El movimiento estudiantil de 1968  anunció la decadencia del régimen político y el advenimiento de una sociedad que estaba produciendo cambios profundos y rápidos. Sus reclamos de derecho, justicia y libertad, sus prácticas democráticas, el despliegue de su creatividad y su capacidad de comunicación, su autonomía, su valentía, su rápida politización, iban a caer como un ácido corrosivo, sobre la lógica despótica del poder del PRI. Sobre un régimen cerrado, sin ninguna apertura surgió la paradoja de un  poder absoluto,  conteniendo fuerzas y contradicciones que preparaban  su implosión.

Los estudiantes habían reaccionado de manera espontánea, librando un aluvión de movilizaciones que no dejaron de crecer a pesar de las repetidas intervenciones del aparato represivo del Estado. La ciudad de México se encontraba  llena de vida, transformada por multitudes de estudiantes.  Paulatinamente  ella se transformó en un  lugar de expresión, protesta, y creación, recuperando espacios públicos como el Zócalo, normalmente reservados a los partidarios del régimen. También las escuelas,  mercados, plazas públicas, calles, barrios, transporte, oficinas, negocios, todos se convierten en lugares de diálogo. Las grandes manifestaciones que se organizaron prácticamente sin medios materiales, fueron solo los indicadores de una actividad difusa, que se volvió frenética, de miles e incluso decenas de miles de estudiantes, que llegaron hasta último rincón de la ciudad.

El movimiento estudiantil mexicano fue un despertar de conciencia que tuvo objetivos semejantes a la lucha de los estudiantes de otros países; que se expresa en la lucha contra el autoritarismo, que se refleja en la exigencia de liberación de los presos políticos; contra la represión abierta o disimulada, por la derogación de los artículos 145 y 145bis del código penal (disolución social) que fueron utilizados durante muchos años para perseguir y encarcelar sin fundamento real a los luchadores sociales, al tiempo que se enarbolaban como banderas la democracia real y la justicia social.

La movilización estudiantil personificó para el régimen del partido hegemónico en México un desafío diferente a lo acostumbrado;  porque provino principalmente de los jóvenes de las clases populares favorecidas por las políticas desarrollistas instrumentadas por los gobiernos posrevolucionarios; en segundo lugar, porque no planteó demandas gremiales, sino reivindicaciones de índole políticas que apuntaban a debilitar los cimientos del autoritarismo priísta. Lo que en esencia se reclamó  fue la vigencia real de las libertades democráticas.

La expresión de descontento de los estudiantes era incomprensible para el gobierno, en el pensamiento del jefe de Estado, solo podía ser el producto de;  fuerzas extranjeras, subversivas, del comunismo internacional, destinado a manipular a los estudiantes para desestabilizar el país y sabotear la realización de los Juegos Olímpicos tan queridos por el gobierno.

Al irrumpir en la escena nacional, el movimiento estudiantil  ocupó el espacio público, transformando  toda la ciudad en un campo de acción y comunicación política. Los lugares de trabajo, educación, vivienda, se convirtieron en territorios de convivencia, de diálogo, de debate;  en espacios políticos.  Pudo capturar la  comprensión del pueblo, su solidaridad, su complicidad, en un contexto donde los medios de comunicación masiva; que siempre habían tenido características totalitarias y sujetos a la censura del Estado y autocensura oportunista, siempre al servicio del régimen político y el poder económico; intentaban ocultar su existencia.

Sin duda, la imaginación de los estudiantes, su sensibilidad, su creatividad y su capacidad para inventar modos de organización y movilización entusiasmaron a una sociedad que estaba  sujeta al abuso de poder, la arbitrariedad, la corrupción, las relaciones clientelares.  Es por eso que más y más personas de diferentes sectores y niveles sociales comenzaron a escuchar sus demandas, que a pesar de los golpes y las persecuciones seguían expresándolas,  desafiando a la persistente parálisis por miedo y persistiendo en la lucha. La indignación de los estudiantes liberó la ira acumulada, alentó el espíritu de rebelión latente en otros sectores del pueblo, como así también profundizó la pérdida de confianza en el gobierno y en el  presidente. Un proyecto de politización de las masas comenzó a abrirse camino,  gracias a la acción del movimiento estudiantil que desconcertó al poder por su autonomía, su osadía y su determinación.

 

El  movimiento estudiantil de 1968 en México fue ante todo una lucha contra la impunidad, la mentira, la terquedad no solo del presidente Gustavo Díaz Ordaz, sino también del poder institucional,  sin representatividad y sin legalidad, sujetas a corrupción y poder discrecional. Los seis puntos de la plataforma tenían  que ver con la violación de derechos, con una legalidad punitiva que se superponía a las libertades, las garantías consagradas en la Constitución, y con  el deseo de restablecer la legalidad violada por aquellos quienes estuvieron a cargo de garantizar los derechos democráticos y sociales nacidos en la Revolución.

El aprendizaje de la legalidad para los estudiantes, especialmente para los más politizados, fue algo difícil, contra la corriente en un país extremadamente legalista pero sin apego a las leyes;   sujeto a la arbitrariedad y la ausencia de un estado de Derecho. El orden constitucional era en sí mismo contradictorio, producto de una Revolución que se había institucionalizado  aplastando sus principales fuerzas impulsoras, la parte popular de sus actores. El absolutismo presidencial, consagrado, se había convertido en un régimen político sin equilibrios ni controles, donde predominaban los poderes de los sectores más acomodados de la sociedad.

Los tres poderes (ejecutivo, legislativo, judicial) fueron absorbidos por un poder presidencial único y omnipotente. El gobierno y los jueces carecían de autoridad, estaban acostumbrados a la arbitrariedad, realizaban acusaciones sin sentido y llevaban a cabo juicios basados ​​en mentiras y planes turbios, especialmente cuando había implicaciones políticas o que tocaran a intereses de la burguesía o del capital.  Una de las demandas de 1968 incluyó la liberación de líderes sindicales encarcelados sin ningún proceso legal real, como Demetrio Vallejo, Valentín Campa, Víctor Rico Galán, etc.

El estado diario de las violaciones a la ley por parte del gobierno era asombroso, así como la ausencia  de  respeto por los derechos democráticos y sociales. Esto,  evidenció  la existencia de un régimen despótico, omnipotente e intolerante, sin ningún tipo de mediación democrática. Los estudiantes y todos aquellos que recurrieran  a la actividad política tuvieron que actuar en forma clandestina. La “violencia institucional” fue complementada por la violencia paramilitar. Durante la revuelta estudiantil, ejecutó acciones atemorizantes, utilizando fuerzas paramilitares,  como atacar con fuego de ametralladoras contra escuelas, golpizas a estudiantes, secuestros;  una guerra sucia que presagió el 2 de octubre y la violencia institucional ejercida por las dictaduras latinoamericanas durante los años setenta.

Las brigadas, las reuniones diarias, las asambleas;  con o sin ataques policiales,  llevaron finalmente a que se ejercieran derechos democráticos establecidos legalmente, siempre condicionados y cancelados por el gobierno. Gradualmente se entendió y aceptó que la exigencia por el cumplimiento  los derechos establecidos legalmente en la Constitución, podría ser también un medio de denuncia al régimen, un  refugio democrático, exigencia por las libertades socavadas,  protesta contra la impunidad y la ilegalidad del poder. El movimiento adquirió así un aspecto legalista por el  requisito de respeto a la Constitución y la ley ultrajada por el régimen que los había instituido. Por lo tanto, el movimiento estudiantil también fue el precursor de la lucha por los derechos humanos en México y la lucha por la democracia.

Hasta la noche de Tlatelolco, cuando toda la nación se sintió avergonzada  a causa de la matanza del gobierno;  las casi diez semanas durante las cuales se desarrolló la rebelión fueron intensas y largas jornadas de politización masiva. Sobre todo, la de los estudiantes y profesores que escaparon a la inercia y los impedimentos que sometieron durante muchos años al conjunto del pueblo,  a la apatía, el conformismo, la reproducción de las relaciones jerárquicas, la falta de comunicación y el aislamiento.

El movimiento fue un aliento igualitario que desató relaciones de solidaridad, cooperación y cordialidad. Los debates en asamblea, la conquista de las calles, el aprendizaje de la libertad, el encuentro vital con personas de todos los orígenes sociales y culturales, el reconocimiento de la ciudad en su diversidad, el despliegue de capacidades de comunicación insospechadas y especialmente el movimiento colectivo que  confrontaba con el gobierno, su aparato, las manipulaciones de los medios. La capacidad de respuesta que el movimiento construyó, a esto significó un proceso de politización, conciencia, cambio cultural irreversible para toda una generación.

La sociedad con sus diferencias y desigualdades, descubrió manifestaciones y prácticas políticas, opiniones y críticas hacia el régimen que reunió a innumerables grupos sociales no solo estudiantes en el ejercicio de la política. Fue también por esta razón que el movimiento apareció como una posibilidad de devolver a la política su dignidad, como algo necesario y respetable, que podría conducirse con procedimientos diferentes a los del PRI,  como una práctica de confrontación con esta política institucional que todavía se referenciaba en la Revolución mexicana.

Ciertamente, muchos estudiantes se politizaron en las distintas instancias del movimiento, hicieron sus armas y luego ingresaron al mundo de la política. Pero muchos actores del movimiento venían  de otras luchas, de experiencias que los habían capacitado en prácticas políticas y sociales, clandestinas o semiclandestinas. La mayoría de los líderes más destacados del CNH fueron activistas  de organizaciones de izquierda y sociales, así como muchos miembros de los comités de lucha, animadores de las asambleas y brigadas. En cierto modo, representaron  la memoria, y la continuidad de un legado teórico y político que de alguna manera había sobrevivido y se modelaba contra la corriente de un régimen aplastante que había surgido desde la primera Revolución del XX  siglo basado en mitos populares y nacionalistas.

Todas las corrientes que se desempeñaban dentro del movimiento estudiantil,  llevaron al Consejo Nacional de Huelgas (CNH) sus planteos, a pesar de que esto las arrastró, las desorganizó, y las transformó  y el desenlace de la rebelión  eventualmente las terminó. Después de la masacre de  1968, el colapso de estas organizaciones fue seguido a diferentes ritmos y niveles y trajo una  nueva configuración de la izquierda. Pero durante el movimiento el  CNH se enriqueció con debates y contribuciones que estas aportaban, a menudo polarizados, pero que colectivamente favorecían la construcción en el centro de los acontecimientos de una estrategia que inicialmente organizó el movimiento, lo proyectó a la sociedad y  también logró aislar y mostrar al gobierno del PRI en su verdadera luz.

A pesar de la diversidad de su composición, en el Consejo se formó un liderazgo, totalmente legitimado como un cuerpo colectivo, independientemente del peso real de algunos de sus miembros como Raúl Álvarez Garín o Gilberto Guevara Niebla. El problema más  significativo, fue la incapacidad para percibir el cambio de la situación política después del 13 de septiembre con el redespliegue militar y la guerra sucia. Fue la prueba final para la consagración del CNH como una dirección consumada del movimiento político-social más importante de México de la segunda mitad del siglo XX. La masacre del 2 de octubre con el arresto de los principales líderes del CNH y la persecución que no se detuvo incluso durante los Juegos Olímpicos, eliminaron la dirección del movimiento, que perdió su capacidad de iniciativa.

 

 

El movimiento estudiantil reveló las debilidades del régimen cuando este último estaba en su apogeo, y al mismo tiempo descubrió libertades y prácticas sociales, mostró la posibilidad de vivir lo político de otra forma, democráticamente, sin subordinaciones impuestas. El movimiento estudiantil fue aplastado militarmente, brutalmente, por el aparato  estatal. Toda la nación estaba avergonzada por la bajeza del Genocidio nocturno de Tlatelolco. En el largo plazo, en la perspectiva histórica, el movimiento estudiantil popular de 1968 ha triunfado poniendo de manifiesto las verdaderas características de los regímenes sustentados en él capital.

 

Fernando Coll

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

1968: El Fuego de la Esperanza, Raúl Jardón, Siglo Veintiuno Editores.

Crónica 1968, Daniel Cazés, México: Plaza y Valdés.

Historia mexicana, economía y lucha de clases,  Enrique Semo, Editorial Era.

La izquierda mexicana a través del siglo XX , Carr Barry, Editorial Era.

La Noche de Tlatelolco, Elena  Poniatowska, Marea

La Revolución Mexicana, gasto federal y cambio social, James Wilkie, FCE.

 

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