Nahuel Moreno: in memoriam

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Un 25 de enero, hace 30 años, desapareció físicamente “Nahuel Moreno”, “Capa”, Hugo… maestro, compañero, referente ineludible incluso en la discrepancia. 

Hace pocos meses, una compañera de la LIT-CI me pidió una evocación para ser publicada, junto a otras, en una reedición del libro Conversaciones con Nahuel Moreno. Quiero compartir lo que entonces escribí con los lectores de ContrahegemoníaWeb.

Corría el año 1966. La dictadura de Onganía había intervenido las Universidades, a pesar de la frontal resistencia de estudiantes y docentes. Los dirigentes de los equipos estudiantiles del PRT fuimos convocados para discutir con la dirección partidaria la orientación del frente. La reunión se hizo en un local clandestino en las inmediaciones de Plaza Once. Recuerdo vívidamente que al ingresar, debimos comprometernos a preservar la confidencialidad y seguridad del lugar. El juramento lo tomaba el inolvidable César Robles. En ese ambiente un tanto solemne, conocí personalmente a Nahuel Moreno…

La impresión que me causó fue profunda y duradera. Nahuel Moreno escuchaba con interés y atención cada una de las opiniones, incluso las de un ilustre desconocido como yo, recién salido de la “colimba”. En el frente universitario habían surgido discrepancias y cada uno expuso sus opiniones. Escuchó a todos, hizo algunas preguntas y en lugar de “bajar línea”, nos dio una lección metodológica. En su intervención rescató aciertos en cada postura, puso en evidencia las ambigüedades y/o contradicciones que en ellas advertía, y aconsejó elaborar conjuntamente un nuevo texto. Orientó para comenzar por las cuestiones más generales y de fondo: la caracterización de la situación nacional y latinoamericana; la articulación de las luchas parciales en la perspectiva centralizadora de voltear a la dictadura y luchar por un gobierno Obrero y Popular. Explicó que sólo con una clara perspectiva estratégica podríamos superar las discrepancias tácticas y formular una política correcta para la Universidad. Hugo tenía esa gran capacidad para dar orientaciones fundamentadas teóricamente, expuestas pedagógicamente. Utilizaba ejemplos que “bajaban a tierra” cuestiones complejas, matizado todo con salidas humorísticas e incluso algunas “cargadas”.  Esto representó una lección también, ya que el compromiso revolucionario no está reñido con el humor, y Moreno nos enseñó que debíamos aprender a reírnos ¡incluso de nosotros mismos!

Siguiendo su consejo, escribimos un nuevo documento enfocado en las grandes tareas de la etapa, superando las discrepancias en el frente universitario, y al poco tiempo estábamos más unidos que nunca. Ello fue muy útil para volcarnos, luego, a la solidaridad con la gran huelga de los portuarios e Intervillas, la organización de lucha con base territorial que el PRT contribuyó a organizar y dirigir.

Durante más de 20 años, reconocí en Hugo a mi dirigente y maestro. Pese a la proximidad y la confianza que con el tiempo se generaron, siempre lo traté de usted y él tampoco me tuteaba. Posiblemente, retribuía la deferencia para colocarse en un plano de igualdad. Creo que llegó a apreciarme bastante y yo lo quise muchísimo. Aprendí con él a reconocer el potencial revolucionario de los trabajadores y la pasión por ayudar al desarrollo de cuadros obreros. Entendí que la política revolucionaria no es un corredor para acceder a las instituciones burguesas, sino un compromiso de vida, full time, para el desarrollo de la lucha de clases y el combate por el socialismo.

Desde esta experiencia vital digo que Hugo no sólo era un dirigente respetado, sino también querido. Los trabajadores y la base del partido, en especial, lo adoraban. Nos inculcó la alegría de desafiar el orden burgués haciendo política revolucionaria, con y desde la clase obrera, evitando tanto el seguidismo populista como el vanguardismo sustitutista. Y nos formó profundamente internacionalistas.

Por otra parte, el régimen interno de la organización concentraba el poder de decisión en la dirección, y especialmente en Hugo, más allá que se escucharan las distintas opiniones. La estructura de cuadros se construía así, en la práctica, de arriba hacia abajo. Moreno corregía parcialmente ese “verticalismo” con una incomparable capacidad para interpretar el estado de ánimo de los militantes prestando atención a sus inquietudes y experiencias. De esa manera también se ajustaban o cambiaban, las orientaciones o tácticas políticas. Pero era, sí, inflexible en la defensa del “centralismo” y en diversas ocasiones respondió con exagerada dureza a quienes discrepaban, especialmente si se trataba de compañerxs de la dirección partidaria. 

Nadie como él sabía entusiasmar a los cuadros y alentar su desarrollo e iniciativa. Personalmente también sentí ese estímulo en las distintas actividades internacionales que me tocó asumir: Venezuela, Portugal o España. También cuando acompañé a Mario Doglio representando al Partido Socialista de los Trabajadores en las reuniones del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, o integrando el Buro Político instalado en París durante la breve unificación con los lambertistas. Y cuando reingresé a nuestro país en plena dictadura en 1978 (para incorporarme a la dirección del PST), lo hice con la convicción y la seguridad que nos daba ser parte de un equipo conducido -a pesar de la distancia geográfica- por Hugo.

A veces me parece que fue apenas ayer, pero lo cierto es que pasaron ya 30 años de su fallecimiento. En los años transcurridos muchas cosas cambiaron. Así, las organizaciones en las que Moreno aportó a su construcción de manera decisiva (tanto el MAS como la LIT-CI), sufrieron fuertes crisis y divisiones. En realidad, el curso de la lucha de clases había comenzado a experimentar cambios sustanciales ya en vida de Moreno, sin que tomáramos nota de ello ni modificáramos pronósticos y/o políticas. Es inevitable entonces que las viejas emociones y experiencias aparezcan hoy mezcladas con la convicción, tan genuina como la anterior, de que con Moreno mismo incurrimos en serios errores. Mencionaré sólo tres: la equivocada caracterización que transitábamos la etapa de una “revolución mundial inminente y generalizada”; el creer que había llegado “la hora del trotskismo” por lo que nuestras organizaciones ganarían rápidamente influencia de masas; y por último y no menos importante, teníamos un régimen interno de partido hiper-centralizado, con muy poca flexibilidad para asumir y debatir diferencias, a la par de una disciplina interna más propia de una secta que de un gran partido.

Además, entiendo que la inmensa personalidad de Moreno merece recordarse con sus contradicciones, luces y sombras: la de “un trotskismo bárbaro”, según dijera, forzado a aprender de sus propios y numerosos errores. Por ejemplo, el paso fundacional del Grupo Obrero Marxista fue insertarse en el movimiento obrero, pero se dio ignorando al Partido Laborista y sin comprender qué representaba el peronismo, lo que no permitió avanzar sino a los tropezones. Otro ejemplo: fue un inmenso acierto luchar contra la Revolución Libertadora, participar en la Resistencia y entrar con Palabra Obrera a las 62 Organizaciones para organizar el peronismo obrero revolucionario, enfrentando  las capitulaciones de la burocracia y del mismo Perón. Pero diversos errores, como sindicalismo, despolitización y sectarismo, a lo que se sumaba el aislamiento internacional, hicieron que aquella colosal experiencia de masas culminara en una crisis interna muy seria.  Tan grave, que inicialmente no se reconoció el carácter y alcance de la Revolución Cubana, error posteriormente corregido con un heterodoxo y audaz documento escrito por Moreno,  titulado La Revolución Latinoamericana (1962) , en el  que asume el desafío de pensar en nuevos términos la revolución socialista y la lucha armada en el continente latinoamericano.

Hoy no milito en ninguna de las organizaciones llamadas morenistas, lo que no impide que asuma la trayectoria de la corriente “con beneficio de inventario”, a sabiendas de que no existe un balance común del legado de Moreno. Tampoco de lo que hemos sido capaces o incapaces de hacer con el mismo.  Pienso sin embargo que para comprender lo ocurrido no basta con mirarnos a nosotros mismos. Deberíamos considerar el marco general que hemos vivido. Desde la “revolución conservadora” de los años 80,  la restauración del capitalismo en los países del mal llamado “socialismo real” en los 90, la ofensiva “neoliberal” que acompañó la plena conformación del mercado mundial y la “globalización”…  Todo un cataclismo económico, político y social, que barrió a los Estados burocráticos y restos del aparato estalinista  (lo que en modo alguno lamento), pero que sin dudas también golpeó y desarticuló a la clase trabajadora y a todas las organizaciones obreras y revolucionarias,  a escala internacional.

Sin embargo, la lucha continúa. Y la crisis estructural del capital nos plantea la necesidad y la posibilidad de relanzar, sobre nuevas bases, una renovada ofensiva socialista. Esto no significa hacer tabula rasa del pasado, sino por el contrario, recuperar críticamente las más diversas tradiciones y experiencias. También por esto no reniego de nuestra tradición, que sigue y seguirá viva en tanto y en cuanto sus portadores seamos capaces de intervenir en los nuevos combates para cambiar el mundo, y a nosotros mismos. 

Quiero suponer que Hugo, que a su gran capacidad teórica sumaba audacia para enfrentar los cambios y pasión para la acción política de masas, no actuaría de otro modo. En este sentido, tal vez, sigo siendo morenista.

 

Aldo Casas, noviembre de 2016 

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Aldo Andrés Casas. Nació en 1944. Ingresó en 1965 al PRT y militó en el PRT-LV, el  PST y el  MAS. Como internacionalista estuvo en Venezuela (1973), Portugal (1974), España (1977), Frxsancia (1982). También en Polonia (1989). Participó varios años en la dirección la LIT-CI. En 2002 se alejó del Nuevo MAS, integró Cimientos e ingresó al FPDS en 2007. Desde 1996 anima la publicación de Herramienta. Es autor de Karl Marx Nuestro Compañero (en imprenta), Los desafíos de la transición (2011) y, anteriormente, Después del estalinismo (1995). Fue compilador de Escritos sobre revolución política, de Nahuel Moreno (1990) y de Un siglo de luchas. Historia del movimiento obrero argentino (1988).

 

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