X

Buscar en Contrahegemonía web

X

Mantengámonos en contacto

contrahegemoniaweb@gmail.com

Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Nicaragua la nueva

31 Jul,2019

por Julio Cortázar

El escritor Julio Cortázar ingreso clandestino a Nicaragua en 1976 y conoció la humillación y violencia con la que el tirano Anastasio Somoza sometía al pueblo. Pero con el triunfo de los sandinistas en 1979 Cortázar volvió a Nicaragua y no se pudo mantener al márgen, no había lugar para los indiferentes: se comprometió hasta los huesos. Desde el colectivo Contrahegemonia queremos recordar al compañero y maestro Julio Cortázar con uno de sus trabajos incluído en su libro "Nicaragua tan violentamente dulce".

Asaltos y otras bellezas

Aunque, no me falta un poco de imaginación, si alguien me hubiera dicho hace un mes que me tocaría entrar en Nicaragua a bordo del jet que perteneció a Somoza, yo le habría contestado como buen porteño: «Anda cántale a Gardel».

Bien mirado, sin embargo, hubiera debido tener presente que hasta ahora mis ingresos en Nicaragua han sido por lo menos insólitos. La vez anterior, tres años atrás, lo hice clandestinamente en una avioneta que salió de Costa Rica llevándonos a Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Oscar Castillo, y yo hasta la frontera donde amigos, seguros nos trasvasaron a jeeps y lanchas para desembarcarnos en Solentiname; pero todo esto ya lo he contado en otra parte, aunque acaso algunos lectores hayan pensado entonces que se trataba de una ficción. Empiezo a creer que tratándose de Nicaragua la frontera entre ficción y realidad no está muy clara en lo que a mí se refiere, porque este segundo viaje, nada clandestino ahora, tuvo también ribetes casi oníricos, o sea que empezó con una pesadilla diurna cuándo en pleno centro de Panamá, donde hacíamos tiempo antes de tomar el avión de línea para Managua, mi compañera Carol y yo fuimos asaltados por alguien que dotado de considerable eficacia se perdió en la nada llevándose casi todo lo que teníamos, entre otras cosas nuestros pasaportes.

Perder el pasaporté es siempre temible en nuestros tiempos, sobre todo cuando no se está nada seguro de que las autoridades de nuestros países van a darnos otro y cuando no hay manera de abordar un avión sin papeles, tarjetas, sellos, contrasellos y matasellos. La pesadilla se volvió resueltamente kafkiana en los cuarteles de la policía, donde un trámite es un trámite y fue preciso exponer en detalle algo que habíaocurrido en pocos segundos. En casos así me ocurre situarme en una especie de segundo plano desde el cual me veo a mí mismo con una indiferente objetividad (claro que la procesión sigue por dentro) y asisto contodas mis reservas de humor a lo que me está ocurriendo, en este caso que un oficial de policía alce los ojos de la máquina de escribir y me pregunte: «¿Cómo se llama su papá?» (sic) mientras yo pienso que maldito lo que tiene que hacer ahí y en esas circunstancias un señor que se ha muerto hace treinta y cinco años, pero lo mismo hay qué explicar que se llamaba Julio, aunque a los efectos del caso lo mismo daría bautizarlo Hilario o Constantino. 

La pesadilla kafkiana (que consiste en que todo se estira interminablemente y siempre en una dirección inútil y a la vez vagamente peligrosa, como si de nuestro interrogatorio, en tanto que víctimas de un asalto pudiera nacer poco a poco una bifurcación que nos fuera transformando en sospechosos y finalmente en culpables de algún gravísimo delito), volvió bruscamente a una realidad hartó preferible en esos momentos, con la entrada en escena de un emisario del general Omar Torrijos, quien enterado de nuestra presencia en Panamá nos mandaba buscar y de paso ponía a todos los detectives de la ciudad en persecución del ladrón de pasaportes. Éstos no aparecieron, pero sí largos tragos helados y alcohólicos y necesarios, y una hospitalidad que no olvidaremos, cálida y discreta a la vez, una charla con un hombre cuya fuerza interior sé oculta tras una displicente bonhomía. Tímido como soy cuando no conozco bien a mi interlocutor, sentí en Torrijos la misma dificultad para el contacto, que se fue dando poco a poco y finalmente se cumplió con una llaneza, que creo nos colmó plenamente a ambos. Si tuviera que resumir la personalidad de Omar Torrijos creo que evocaría la imagen del leopardo, su suave negligencia bajo la cual se agazapa la fuerza fulminante. 

 

Pero lo irracional velaba todavía, porque cuando la realidad se acumula y se condensa en demasía termina por cambiar de signo y todo es posible en ella como en los sueños o los cuentos fantásticos. Preocupado por nuestro destino inmediato, Torrijos nos propuso enviarnos a Managua en su avión privado, y en eso estábamos cuando uno de sus asistentes llegó con la noticia de que en Nicaragua ya se habían enterado de nuestras dificultades y que el comandante Tomás Borge, ministro del Interior de la Junta de Gobierno, acababa de ordenar el envío de un avión para llevarnos por la mañana a Managua; he aquí cómo después de vernos privados de toda posibilidad de desplazamiento, dos aviones fuera de serie se ponían al mismo tiempo a nuestra disposición. Torrijos retiró amablemente el suyo y por la mañana nos hizo llevar al aeródromo militar, pero lo que sigue merece párrafo aparte.

Un cielo por fin libre

Pequeño, brillante, con dos jóvenes pilotos y una aeromoza que hacía en él su primer vuelo y estaba tan excitada como nosotros: el jet que fuera de Somoza y que se quedó atrás en la fuga nada elegante del tirano y sus esbirros. Su interior: una banqueta lateral para cuatro personas y dos sillones frente a frente con una mesa de por medio, todo forrado con pieles y oliendo a dólares. La culminación simbólica: el retrete, donde hay que buscar con mucha atención el artefacto necesario, porque tanto él como las paredes y el piso desaparecen bajo los capitonados, algo así como la tienda de un sheik árabe en una película de Hollywood.

Volar a Managua en tan inesperado avión iba más allá de lo onírico, y saboreamos cada minuto junto con un par de sandwiches y un café fuerte. Sentado en uno de los sillones traté de imaginar los diálogos que pudieron darse allí: entre el dictador y los suyos, sus ojos de zopilotes mirando por las ventanillas los campos y los cultivos, entendidos como feudo personal, como reino incontestable de la dinastía. Podía imaginar incluso el recibimiento acostumbrado en el aeropuerto, la Guardia formada y los saludos serviles; nosotros en cambio, con la alegre improvisación de las revoluciones jóvenes, aterrizamos frente a un hangar vacío mientras los amigos y los periodistas nos esperaban exactamente en la otra punta del aeródromo. Un auto —perdón un carro— nos juntó en pocos minutos, y yo tuve mi segundo baño de Nicaragua, mí segunda y hermosa inmersión en las aguas de un pueblo inconteniblemente feliz en su liberación y su renacimiento. Radio, televisión, entrevistas relámpago, todo entre abrazos y planes y noticias y contradicciones y las primeras visiones de los milicianos en armas, chicos y chicas con metralletas y pistolas y uniformes a veces indescriptibles y siempre invariablemente siempre, la sonrisa de la libertad, quiero decir tan bien la libertad de la sonrisa.

Tomás Borge no solamente nos había enviado un avión, sino que nos recibió en su casa para alojarnos junto a él y su esposa Josefina, y por su parte Ernesto Cardenal nos esperaba en el Ministerio de Cultura para ponerme bajo las narices un considerable plan de trabajo (que discutí con la energía necesaria hasta reducirlo a proporciones humanas). Me alegro de que las cosas hayan ocurrido así, pues de la amistosa rivalidad de dos ministros —sin hablar de un tercero, Sergio Ramírez—nació una semana en la que no solamente hubo contactos culturales, sino una cercanía inmediata con las masas de trabajadores de la ciudad y del campo. Cambié un par de mesas redondas, por concentraciones populares en las provincias (no sin trabajo a veces porque el cariño, y la amistad suelen exigir de uno el don de ubicuidad), y creo que una semana me bastó para abarcar en sus grandes diámetros este enclave de la esperanza que es hoy Nicaragua en América Latina. No soy sistemático en mis recuerdos y sólo podré mostrar algo de lo que supe y lo que vi; otros lo irán haciendo con más profundidad y detalle, porque muchos historiadores, sociólogos y periodistas están trabajando allá sobre el terreno para que la revolución del pueblo nicaragüense sea por fin mejor conocida y reciba un apoyo, y, una solidaridad, que hasta ahora no ha estado a la altura que merece y necesita.

La encrucijada de los niños

Hablé de revolución, es el término que se emplea en Nicaragua para designar el estado de cosas que sigue a las infames décadas somocistas después del triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Etimológicamente hablando, ese término sólo es correcto si se lo emplea como una proyección futura, mientras que liberación responde en un todo a la realidad actual del país. Razones que todo el mundo conoce llevan a la Junta de Gobierno a proceder con una prudencia que se impugna ya en los sectores más radicalizados, pero que la enorme mayoría del pueblo comprende y apoya. Sólo así ha sido posible hacer tanto en tan poco tiempo; asombra pensar en la transformación que se ha operado en cuatro meses apenas, comprobar las líneas de fuerza que se tienden en todas direcciones para acelerar la reconstrucción total de un país devastado por la rapiña, el terror, el monstruoso ensañamiento de la mal llamada Guardia Nacional en las últimas etapas de la lucha. Un símbolo apenas: cuando entré en un aula de la Universidad (la UCA) para participar en una mesa redonda con asistencia de escritores y estudiantes, lo primero que vi fueron pizarras con listas de voluntarios para la campaña de alfabetización que comenzará en marzo de 1980. Reunidos con profesores, los estudiantes discutían los planes, los contingentes, la distribución de esfuerzos. Un censo lo más completo posible, dadas las circunstancias, revela el estado de total abandono cultural en que se encontraban los niños y los jóvenes bajo el somocismo; ahora cada vez que asistí a una concentración popular en la que se aludía a alfabetización, vi claramente el apoyo que esta campaña tendrá en todas partes. En vísperas de nuestra partida llegó a Managua un primer contingente; de cien maestros cubanos, que tanto saben de alfabetización; su tarea será la de orientar a sus colegas nicaragüenses, y sobre todo a los estudiantes de universidades y liceos que van a convertirse en alfabetizadores. Y no es inútil señalar que en este momento en la «Isla de la Juventud» de Cuba, mil niños nicaragüenses estudian a la par de los cubanos; trescientos de entre ellos combatieron en las filas del Frente Sandinista.

En este último caso, los miembros de la Junta tienen clara conciencia del problema que representa la readaptación de muchos niños y jóvenes a su condición natural de menores de edad y de estudiantes; basta asomarse a la calle y ver las caras lampiñas de muchachitos uniformados y armados que cumplen sus tareas de milicianos con la evidente conciencia de ejercer un derecho bien ganado. Muchachas apenas núbiles montan guardia con pesadas metralletas al hombro; más de una vez nos mostraron, entre los más jóvenes, a guerrilleros y guerrilleras que se habían batido denodadamente contra la Guardia Nacional. Una tarde fuimos a orillas del mar con Sergio Ramírez y Tomás Borge; un niño de apenas quince años, cuyo nombre se me escapa, fue recibido calurosamente y se sumó a nuestra rueda. Guerrillero de extraordinaria puntería y audacia, había acabado con treinta hombres de la Guardia Nacional; ahora chupaba su helado y respondía sonriente a las preguntas que le hacían Tomás y Sergio. No era fácil imaginarlo de vuelta en una escuela, y se que su caso se multiplica en todo el país. Por un lado, una enorme cantidad de analfabetos; por otro, una generación a caballo entre la niñez y la juventud, que ha vivido él drama de los adultos y que hoy, en condiciones por fin normales, tendrá no pocas dificultades para reajustarse a esa normalidad.

Por todo eso, los niños

El compañero David se encarga de nuestra seguridad; y, esto que podría parecer una exageración responde, sin embargo, al estado de cosas en el país. La casi increíble clemencia de los sandinistas al término de la lucha, la decisión de la Junta de no enviar al paredón a tantos guardias nacionales qué habían cometido los peores crímenes hasta último momento, ha sido positiva en la medida en que el pueblo la ha aprobado en su conjunto prefiriendo orientarte inmediatamente hacia el futuro en vez de ajustar las turbias cuentas del pasado. Pero la contrapartida está en grupos de emboscados que aquí y allá aprovechan de la noche para intranquilizar los ánimos y crear alertas que pueden perturbar los sectores de la población menos comprometida en la lucha armada por la liberación. Al alba de nuestro tercer día en Managua oímos un tiroteo sostenido en la zona donde habita el comandante Borge, y aunque por la mañana se nos dijo que había sido mero producto de una borrachera entre gente armada que tiraba a las estrellas para divertirse, sentimos que no había sido así porque el tiroteo se daba desde diferentes direcciones y convergía lentamente hacia la casa de Borge. Pasará probablemente un tiempo antes de que la capital y el resto del país queden libres de los francotiradores que alimentan la insensata esperanza de modificar una realidad más que definida y que cuenta con el apoyo de la inmensa mayoría. De todos modos, los extranjeros son especialmente escoltados, y asombra verificar a cada paso la disciplina de los jóvenes milicianos que no aceptan siquiera que uno de sus compañeros entre en ciertos sectores llevando sus armas, y sólo le dan paso después de verificar su identidad y sus propósitos. Uno se acostumbra de tal manera a andar entre pistolas y metralletas que, de regreso a Caracas, nos parecía extraño no ver armas en el aeropuerto y en las calles, o viajar en auto sin tener parte de una enorme metralleta sobre los muslos o apoyada en una ventanilla.

El compañero David, hombre culto y fino a quien también le interesaba más hablar del futuro, que del pasado (sólo una vez, en una visita a León donde él había combatido, nos relató alguna acción de guerra) no parece haber terminado de asombrarse de lo que ocurre hoy en su país. Casi al igual que nosotros, el espectáculo de las calles, las escuelas y los comercios le produce una alegría que nos conmueve. Los niños, sobre todo, esa riente y abigarrada presencia en todas partes, sus voces y sus juegos allí donde hace apenas cuatro meses la muerte rondaba vestida de Guardia Nacional.

—Nadie los dejaba salir a la calle —nos cuenta David—, porque muchas veces los mataban por matarlos, por sembrar el terror en un barrio. Sabían que muchos de ellos eran capaces de luchar al igual que los hombres, y les tenían odio y miedo. Si un niño se trepaba a un árbol para coger un fruto o mirar a lo lejos, era frecuente que un guardia se divirtiera baleándolo desde lejos para verlo caer. Y miren ahora...

Hay tanto para mirar, Managua y las ciudades del interior hormiguean de niños y, de muchachos. En las concentraciones populares se los ve treparse a esos mismos árboles que antes les hubieran costado la vida, y por encima de la multitud que llena la plaza asoman como monitos o flores tropicales entre las copas y las ramas. A la salida de los liceos, racimos de chicas y chicos hacen señas a los camiones y los carros que se detienen a levantarlos y a acercarlos a sus domicilios. Los más pobres han vuelto a sus oficios, lustrabotas y vendedores de periódicos en las esquinas; los hay que piden una moneda a la entrada de los restaurantes. Ignoro la política de la Junta en materia de natalidad; sé solamente que harán falta muchas más escuelas, comedores y dispensarios, muchos manuales escolares, muchas vacunas (se prepara ya la vacuna general contra la polio, que costará harto más de lo que puede pagar el estado en estos momentos). Inevitablemente mi memoria vuelve casi veinte años atrás y me veo en mis primeros viajes a Cuba, ese gran ejemplo inicial de revolución latinoamericana, veo las mismas cosas, la alfabetización como un huracán de risas y pizarras cubriendo la isla, veo nacer las escuelas como hongos, los centros sanitarios,: los parques de juegos. Oigo a Fidel hablando de los niños como ahora acabo de oír a Ernesto Cardenal, al ministro de la Salud, al comandante Borge, a todos los que miran hacia adelante, y saben que siempre, en algún lugar de la visión hay un niño que espera y que confía.

Los que muestran el camino

El poeta Cardenal (casi todo el mundo le dice «padre») no ha renunciado a su sempiterna boina y a su camisa blanca; el mismo que secretamente me desembarcó una noche en su comunidad de Solentiname me recibe ahora en su despacho del Ministerio de Cultura donde la gente entra y sale y discute y se concierta o se desconcierta según el momento, donde hay libros y carpetas por todos lados, colaboradores que luchan con los teléfonos y por supuesto con planes, encuentros, conferencias, mesas redondas, proyectos de ediciones y muy poco dinero para hacer todo eso. El despacho de Sergio Ramírez es más austero y vacío, empezando porque Sergio no está demasiado en él, puesto que viaja a todos lados para anunciar nuevas medidas, consultar a la población, juramentar a los integrantes regionales de la Junta (en Siuna asumieron esa función tres mujeres en una población de mineros, lo que me pareció de buen signo en un país donde al igual que en toda América Latina el machismo pretende tener siempre la última palabra). No conocí el despacho de Tomás Borge, uno de los jefes máximos de la lucha armada y ministro del Interior, pero como estábamos alojados en su casa tuve por momentos la impresión de que Tomás manejaba desde allí su Ministerio, cosa posiblemente equivocada pero no del todo. Yo conocía desde hace años a Cardenal y a Sergio Ramírez, pero entablar ahora una relación y una amistad con Tomás Borge fue una de las más altas recompensas que me dio este primer viaje a Nicaragua, a la que por lo demás volveré muy pronto, puesto que si los elefantes son contagiosos, como decían los surrealistas, en mi caso Cuba y Nicaragua lo son muchísimo más y ya no habrá vacuna que me cure ni falta que me hace. Conocer a Borge como jefe y como hombre fue una de esas experiencias que jamás alcanzarán a entrar en la palabra escrita; el silencio, la simple alusión son preferibles, pero quiero decir aquí cómo encontré en él esa difícil alianza de la sensibilidad poética con el duro oficio de llevar a un pueblo hacia su auténtico destino, esa voluntad de hierro tendiendo una mano que aprieta sin lastimar. Conocía ya su libro de recuerdos sobre Carlos Fonseca, fundador con otros héroes del Frente Sandinista de Liberación Nacional, base germinal del movimiento, que acabó con la tiranía somocista; en ese breve texto escrito en la cárcel, Tomás revelaba su propia personalidad sin ponerse jamás en primer plano, limitándose a aludir a esas páginas como «poseídas por el dios de la furia y el demonio de la ternura». Nadie como él hubiera podido describir con tan pocas palabras la admirable personalidad de Carlos Fonseca, y a la vez describirse a sí mismo sin saberlo, retratándose a contraluz a través de un estilo donde el pudor elimina toda retórica, donde todo está dicho casi sin decirlo (y yo, que me obstino en reclamar de los revolucionarios una palabra y una escritura verdaderamente revolucionarias en vez de los clisés que seguimos escuchando en tantos discursos y libros, tengo el derecho de afirmar aquí que ese texto de Tomás Borge es un claro y raro ejemplo de ese estilo).

Hosco, tierno amigo, ya para siempre, sé que en algún momento en que yo no podía escucharte; le dijiste a Carol: «Cuida de Julio, cuídalo mucho». Claro que ella me cuidará, pero eres tú quien debe cuidarse, Tomás, porque tu pueblo te necesitar como necesita a todos tus compañeros. No te diré más, no es necesario entre nosotros ahora. Vives con Nicaragua y tu pueblo es hoy el pueblo más vivo del mundo, el más hermoso y el más libre.

¿Dónde está la solidaridad con Nicaragua?

La palabra «solidaridad» asoma a veces a los labios de los dirigentes de la Junta, acompañada casi siempre por una sonrisa entre irónica y desencantada. Es tiempo de decirlo bien claro: la solidaridad internacional no se ha lucido hasta ahora en lo que toca a Nicaragua. Todo el mundo está ya al tanto de lo que ha costado la guerra de liberación, una guerra en la que los somocistas no vacilaron en bombardear salvajemente las ciudades más importantes del país destruyendo por el solo placer fascista de destruir. Nadie ignora ya que la guerra significó el abandono de los cultivos, una pérdida considerable de ganado, una paralización de las pequeñas industrias y manufacturas, un empeoramiento aún mayor de las pésimas condiciones en que vivía el país bajo las guerras de Somoza. ¿No justifica todo esto el envío inmediato de abastecimientos de equipos, de asistencia técnica, de medicinas, de libros, por parte de tantos países que muchas veces han reaccionado frente a situaciones comparativamente menos graves? Los nicaragüenses no piden nada, tienen el silencioso orgullo de los que han ganado solos su batalla y están dispuestos a seguir librándola igualmente solos, pero los extranjeros que visitan el país y comprueban de inmediato sus inmensas necesidades están en el deber de pedir por ellos, de ser portavoces espontáneos de un pueblo que en los próximos meses se verá frente a una dramática escasez de productos alimenticios (leche para los niños, entre tantas otras cosas) que la escasez de divisas no permitirá remediar. Ayudar hoy a Nicaragua es ayudar a la causa de la libertad y la justicia en América Latina. ¿Será por eso que esa ayuda es tan escasa, oh seudodemocracias de este mundo del norte y del oeste?

Apenas liberado el país, esa diminuta isla del Caribe que se llama Grenada y que tiene una de las poblaciones más pobres del mundo, reunió cinco mil dólares para Nicaragua. Proporcionalmente, esa mínima cantidad represento una solidaridad mayor que la de los Estados Unidos, y eso los nicaragüenses no lo olvidarán nunca. Alguien me contó que un avión chileno trajo una contribución consistente en dos cajas con latas de leche, una con medicinas, y setenta colchones; a lo mejor es una calumnia, puesto que el general Pinochet es, según él, un hombre calumniado; yo me limito a repetir la información, y pienso al mismo tiempo en el equipo de doscientos médicos cubanos que trabaja en este momento en todo el país (ya aludí antes a un contingente de cien maestros alfabetizadores). Que yo sepa a Cuba no le sobran médicos, muy al contrario; pero es que la verdadera solidaridad no es una cuestión de surplus sino de hermandad y, como ocurre casi siempre, los países pobres son los mejores hermanos de otros países pobres en dificultades.

Paradójicamente, y aunque no tengo datos numéricos la solidaridad con Nicaragua fue mucho mayor en ocasión del terrible terremoto que destruyó Managua en el año 1972. Ya nadie ignora que en aquella oportunidad, Somoza y sus inteligentes colaboradores se quedaron con la mayoría de los socorros destinados a la población, razón por la cual Managua siguió y sigue siendo una ciudad casi en ruinas. Es tristemente irónico pensar que ahora se retacea o se rehúsa una solidaridad cuyo producto iría limpiamente a manos de todo un pueblo empeñado en la reconstrucción de su economía y en la salud y la educación de sus niños. Pero no seamos totalmente pesimistas al terminar estas impresiones tan llenas de luz y de esperanza; a lo mejor entre mis lectores internacionales hay algún ministro de economía, de agricultura de sanidad, o el presidente de una fundación o de un consorcio bancario, capaces de comprender esta dura realidad y de organizar planes de acción. Los nicaragüenses no les pedirán nada, pero no pueden impedirme que yo lo haga por ellos, y que lo haga por admiración y por amor frente a su coraje; ya la lección histórica que están dando a nuestra amarga, sufriente América Latina.

 

 

 

 

Comentarios

Todavía no hay comentarios. ¡Iniciá el debate!

Todos los datos son obligatorios, tu dirección de correo no será publicada