¿No va a hacer nada Occidente? El Israel de Netanyahu se dispone a declarar un Estado de apartheid

La Tierra sigue girando sobre su eje, nada ha cambiado, incluso después de las recientes elecciones en Israel.

Elegido para liderar Israel por quinta vez, Benjamin Netanyahu está preparado para instalar el gobierno más nacionalista y derechista de la historia del país y, mientras tanto, el mundo parece continuar como siempre.

Apoyo incondicional

Desde hace varias décadas, Israel ha estado continuamente escupiendo frente al resto del planeta, con un despreocupado desprecio por el derecho internacional y con un desdén absoluto por las decisiones explícitas y las políticas detalladas adoptadas por las instituciones mundiales y por la mayoría de los gobiernos nacionales del mundo.

Sin embargo, ahí afuera, en ese mundo, todos esos salivazos pasan de alguna manera por gotas de lluvia. Las elecciones vinieron y se fueron sin un efecto perceptible en el apoyo automático y ciego hacia Israel por parte de los gobiernos europeos y, por supuesto, también del estadounidense: incondicional, sin reservas, aparentemente sin cambios. Parece evidente que lo que fue es lo que será.

No obstante, Israel ha cambiado durante el curso del largo reinado de Netanyahu. Este habilidoso estadista israelí está dejando su huella sobre el perfil de su país con un efecto profundo y duradero, más aún de lo previsto o incluso aparente.

Sí, es cierto que los gobiernos de izquierdas en Israel hicieron también cuanto pudieron por preservar la ocupación israelí para siempre y no tuvieron la intención, ni por asomo, de ponerle fin, pero Netanyahu está llevando a Israel mucho más allá, hasta sitios aún más extremados.

Está dañando todo lo que pudiera constituir un gobierno aceptable dentro del territorio soberano reconocido de Israel, incluso con respecto a sus ciudadanos judíos. La propia cara de la “única democracia en Oriente Medio”, que durante mucho tiempo ha funcionado principalmente en beneficio de los israelíes judíos que constituyen su clase privilegiada, está siendo alterada ahora por Netanyahu y compañía.

El predilecto de Occidente

Mientras tanto, es increíble que la respuesta del mundo sea no alterar nada en el apoyo con el que ha estado obsequiando a Israel durante todos los años del gobierno de Netanyahu, como si en esta última ronda no hubiera variado nada, como si las cambiantes posiciones adoptadas por Israel no aumentaran ni disminuyeran tal apoyo.

Con o sin Netanyahu, Israel sigue siendo el predilecto de Occidente. Ningún otro país disfruta, sin condiciones, del mismo nivel de apoyo militar, económico, diplomático y moral. Pero la próxima administración israelí, el quinto gobierno de Netanyahu, se está preparando para anunciar un cambio que puede que el mundo ya no pueda finalmente ignorar.

El nuevo gobierno está dispuesto a arrancarse la última capa de la máscara de su verdadero rostro. El principal activo de Israel, al considerarse a sí mismo como una democracia liberal que comparte valores muy apreciados en Occidente, está a punto de saltar por los aires.

¿Seguirá apoyándolo entonces Occidente? Occidente, el mismo que exige a Turquía que adopte cambios profundos antes de admitirla plenamente en la Unión Europea, que impone sanciones a Rusia en el momento en que invade Crimea, ¿continuará apoyando a la nueva República de Israel que Netanyahu y sus socios gobernantes se preparan a lanzar?

Un cambio radical

El grado de cambio esperado no puede ser exagerado. Israel parecerá diferente. Donde el gobierno anterior prendió hogueras, este avivará las llamas a medida que vayan extendiéndose. El sistema judicial, los medios de comunicación, las organizaciones que defienden los derechos humanos y los derechos de los árabes en Israel experimentarán pronto una sensación abrasadora.

Mediante ley, se impedirá la publicación de artículos de opinión en los medios de comunicación israelíes si, por ejemplo, se les ocurre criticar a los soldados israelíes o si apoyan un boicot a Israel. El aeropuerto Ben-Gurion negará la entrada de manera más generalizada a los críticos con el régimen israelí.

Las organizaciones de la sociedad civil serán despojadas de su situación de legalidad. En el camino emprendido para materializar la visión de un Estado judío, cuyos legisladores son judíos, los árabes serán totalmente excluidos. Y, por supuesto, sin descontar la anexión, en espera actualmente entre bastidores.

El nuevo gobierno será el gobierno de la anexión israelí. Si el apoyo anticipado de Washington está a punto de materializarse (el primer paso, el globo sonda, fue el reconocimiento estadounidense de la anexión de los Altos del Golán), entonces Netanyahu dará el paso que se ha abstenido de dar, hasta el momento, durante todo su reinado: Anunciará la anexión de al menos una parte de los territorios palestinos ocupados.

La trascendencia será inequívoca: Israel admitirá por primera vez que su ocupación militar de 52 años en Cisjordania está ahí para quedarse; que no es, como siempre sostuvo, un fenómeno pasajero.

Cambios políticos espectaculares

Los territorios no son “moneda de cambio” en las negociaciones para la paz, como se afirmó al comienzo de la ocupación, sino propiedades coloniales destinadas a permanecer bajo el dominio israelí de forma permanente. No hay intención alguna de devolver a los palestinos los territorios ya anexados, que podrían después expandirse.

Así pues, el nuevo gobierno de Netanyahu declarará dos cambios políticos espectaculares. En primer lugar, el fin de la solución de dos Estados, que incluso Netanyahu apoyó y de la que se declararon partidarios todos los líderes mundiales.

Esa opción se declarará liquidada. En segundo lugar y al mismo tiempo, Israel se proclamará a sí mismo como un Estado de apartheid no solo de facto, sino ahora, por primera vez, también de iure.

Dado que ninguno de los que están a favor de la anexión tiene la intención de otorgar igualdad de derechos a los palestinos en los territorios de los que van a apropiarse, y como tal anexión de la tierra en la que se levantan los asentamientos es evidentemente fraudulenta, los estadistas del mundo no tendrán más remedio que reconocer, con pleno conocimiento y aceptación, que en el siglo XXI se ha declarado un segundo Estado de apartheid al estilo de Sudáfrica.

En este último supuesto, un régimen de apartheid fue derrotado milagrosamente sin derramamiento de sangre. ¿Se solidarizará el mundo en esta ocasión para repetir esa postura?

¿A qué Israel siguen aún apoyando?

Esta es la pregunta que debería plantearse ante todo a los líderes europeos, desde Angela Merkel hasta Emmanuel Macron, incluida Theresa May; a todos los dirigentes de la Unión Europea. Han repetido sin cesar el mantra de que su apoyo a Israel y a su derecho a existir con seguridad es firme e inmutable.

Han venido declarando de forma continuada su apoyo a una solución negociada de dos Estados. Entonces, ¿a quién apoyan ahora? ¿Qué es lo que apoyan? Exactamente, ¿a qué Israel? ¿En qué mundo se imaginan que viven? Tal vez en el mundo de sueños en el que evidentemente se sienten cómodos, aunque cada vez menos conectados con el mundo real.

¿Seguirá afirmando Europa que Israel comparte sus valores liberales cuando las organizaciones de la sociedad civil estén prohibidas en Israel? ¿Cuándo casi todos los políticos sionistas en Israel declaren que no tienen nada que discutir en el Parlamento con los legisladores árabes electos?

Intenten imaginar a un diplomático europeo declarando que los miembros judíos del Parlamento de su nación no pueden formar parte de ningún diálogo político. O que un diplomático europeo afirmara que los ciudadanos judíos de su país son traidores y quintacolumnistas.

Este tipo de cosas son políticamente correctas en Israel, en todos los partidos. ¿Y qué sucede con la libertad de expresión, tan sagrada en el discurso europeo, cuando el Índice Mundial de Libertad de Prensa 2019 de Reporteros sin Fronteras clasifica ya a Israel con el número 88, detrás de Albania, Kirguistán y la Hungría de Viktor Orban?

Ese es el Estado de Israel que Vds. están apoyando.

La solución de dos Estados está muerta

El apoyo automático de Occidente a una solución de dos Estados exige también una actualización. ¿De verdad creen, queridos estadistas, hombres y mujeres, que el Israel actual tiene alguna intención, en algún momento, de poner en marcha tal solución?

¿Ha habido alguna vez un solo político israelí que quisiera, o pudiera, desplazar a unos 700.000 colonos, incluyendo la ocupada Jerusalén Este?

¿Creen que sin una retirada de todos los asentamientos, que representa un mínimo de justicia para los palestinos, existe la posibilidad de que tal solución pueda arraigar y convertirse en una realidad?

Uno podría señalar que la mayoría de los diplomáticos occidentales que están bien informados sobre lo que está sucediendo, saben ya desde hace mucho tiempo que tal solución está muerta, pero ninguno de ellos tiene el coraje de admitirlo.

Admitirlo les obligaría a reconfigurar todas sus posiciones sobre el conflicto en Oriente Medio, incluyendo el apoyo a la existencia de un Estado judío.

Con el advenimiento del nuevo gobierno de Netanyahu, el mundo occidental no puede seguir haciendo la vista gorda y seguir afirmando que todo va bien. Pero nada va bien.

Por tanto, la pregunta ahora es: ¿Están preparados para aceptar esta situación? ¿Van a seguir permaneciendo en silencio, continuarán mudos, prestarán su apoyo y harán la vista gorda ante la realidad?

Aquellos de Vds. que estén más preocupados por el futuro de Israel deberían ser los primeros en despertar y sacar las conclusiones necesarias. De hecho, toda persona de conciencia debería estar haciendo eso.

Fuente: Rebelión

Gideon Levy es columnista de Haaretz y miembro de la junta de editores del periódico. Ha recibido diversos premios internacionales e israelíes por sus trabajos. Su nuevo libro The punishment of Gaza ha sido publicado por Verso.

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