Nuestro Marx y los desafíos del presente

El objetivo de esta intervención es compartir y discutir lo que me parecen insuficiencias, problemas o, dicho sin más vueltas, crisis del marxismo. Y me parece oportuno comenzar por recordar la advertencia, entre severa y humorística, que escribió hace algunos años el venezolano Ludovico Silva: “Si los loros fueran marxistas, serían marxistas ortodoxos”. Claro, fácil es darse cuenta que repetir como loros a Marx no nos hace marxistas, sino dogmáticos. Pero no es nada fácil, sin embargo, desprenderse de dogmas y ortodoxias. Es una tarea continua, ardua, crítica y autocrítica, en áspero diálogo con la experiencia histórico-social y con la lucha de clases. Una labor difícil, pero necesaria si queremos contribuir a superar evidentes limitaciones en las izquierdas y el marxismo.

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Nos reconocemos y reivindicamos como partícipes de una corriente o tradición que nació como crítica intransigente de todo lo existente y pretende desarrollarse jerarquizando la fundante relevancia de la praxis. Debemos entonces ser capaces de criticar también nuestras propias parálisis, anquilosamientos o equívocos.

Algunos constructos dogmáticos, como la dupla materialismo dialéctico / materialismo histórico, impuestos y difundidos como quintaesencia de la ortodoxia marxista-leninista por los Manuales soviéticos (esos que el Che llamaba “ladrillos”) fueron en gran medida superados, pero estamos lejos de recuperar la fecundidad de un marxismo articulado a la praxis descolonizadora, anti patriarcal, eco-socialista, anti sistémica, que el presente exige. Es tiempo ya de dejar atrás lo que algunos denominan “marxismo tradicional” aunque sería más preciso decir marxismo tradicionalista. Me refiero a ese marxismo que continúa enredado en las ilusiones ideológicas de la Modernidad y el Progreso, con sus derivas varias: positivismo, evolucionismo, pre determinismo, eurocentrismo, patriarcalismo.

Los mismos Marx y Engels (a quienes nombro juntos no porque pensaran igual sobre todas las cosas, sino porque no debemos desconocer que ellos constituyeron una dupla teórico-política) que tienen algo de responsabilidad en tales contratiempos, dejaron también múltiples indicaciones que ayudan a superarlos. No en vano Karl Marx elaboró, lucho, vivió y murió en medio de polémicas, discusiones, críticas y autocríticas que nutrieron la muy productiva tensión que recorre su obra, lo que Ernst Bloch sintetiza hablando de marxismo frio marxismo cálido.

Por eso, utilizar y desarrollar al marxismo requiere también abordar el marxismo como problema, atreverse a impensarlo tratando de identificar y desechar lo que resulte obsoleto, y ser capaces de desaprender lo que considerábamos ya sabido para hacer posible renovados aprendizajes.

 

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Valga como ejemplo de lo antedicho las accidentadas interpretaciones de la gran Revolución Rusa de 1917 y su deriva. Casi toda la política emancipatoria del siglo XX y las encarnizadas disputas estratégicas de socialistas, comunistas, trotskistas, maoístas, castristas, nacionalismos revolucionarios, etc., estuvieron enmarcadas en el horizonte de sentido (político) y la constelación cultural, histórica e incluso interestatal que ella generó. Hoy no ocurre lo mismo, porque la restauración del capitalismo en Rusia, Europa del Este y China, sin ser la única razón, descubrió de manera brutal una tremenda crisis de alternativa socialista que se venía gestando desde mucho antes. Y atrás quedó entonces, junto con el final sin gloria del autodenominado “socialismo realmente existente”, todo un período histórico del movimiento obrero y revolucionario mundial. Y a pesar del tiempo transcurrido desde que se viniera abajo el Muro de Berlín, las izquierdas siguen deambulando entre los escombros que dejó ese terremoto organizativo, político y simbólico, sin terminar de asimilar críticamente lo ocurrido.

No deja de ser sorprendente escuchar la insistencia con que se repite una versión hipostasiada de la historia, según la cual “la Gran Revolución de Octubre” seria ejemplo y paradigma de “revolución obrera victoriosa”. Se ignora que antes de “Octubre” hubo un “Febrero” y se calla que al triunfo siguieron frustraciones y derrotas. El ninguneo de la insurrección de Febrero y sus secuelas impide reconocer el significado y alcances que tuvo la irrupción en la lucha política de las masas populares en una escala y con una intensidad jamás vista. Millones de anónimos hombres y mujeres imprimieron a la movilización el carácter de una revolución social en acto. Y mucho más que obrera, aquella fue una revolución raigalmente plebeya y diversa. Confluyeron, chocando y enriqueciéndose, tres revoluciones: la de un proletariado pequeño pero concentrado y combativo; la de un inmenso campesinado que conjugaba atraso, miseria extrema y una antigua tradición de rebeliones agrarias abonada por la prédica de los naródniki; y las nacionalidades oprimidas, lanzadas a demoler la “cárcel de pueblos” que había construido a lo largo de siglos el zarismo.

Los bolcheviques rompieron con la concepción “ortodoxa” que prevalecía en el marxismo de la Segunda Internacional, según la cual “la necesidad histórica” imponía el desarrollo capitalista de Rusia. Ellos entendieron que el Imperialismo y la Guerra hacía necesario repensar la actualidad de la revolución y el rol que en ella correspondía a la acción autónoma de obreros y campesinos en el viejo imperio convertido en eslabón débil del capitalismo mundial. Alentaron la auto-actividad de los explotados, apostaron al poder creativo de los soviets y articularon las más urgentes aspiraciones populares con la perspectiva internacionalista del socialismo. Lenin esbozó incluso el proyecto de un poder revolucionario de nuevo tipo, inspirado en la Comuna de París, con burocracia mínima y autodegradable. Tuvieron el mérito inmenso e imperecedero de haber asumido e impulsado la revolución socialista, poniendo la inteligencia, la pasión y el cuerpo en el combate subversivo y libertario que culminó con la instalación tumultuosa del poder soviético (“gobierno de los obreros y campesinos”) y sus revolucionarias medidas iníciales. Pero este reconocimiento no puede llevar a desconocer y menos aún ocultar que lejos estuvieron de lograr esos objetivos y, sumergidos en la vorágine de conservar el poder por cualquier medio, terminaron haciendo muchas veces lo opuesto de aquello por lo cual habían luchado, alentando nuevas y dañinas ortodoxias.

La talla excepcional de dirigentes como Lenin y Trotsky no disminuye el trágico error que fue adoptar todas las decisiones de gobierno desde la cúpula del Partido Comunista y teorizar que el poder soviético debía ser concebido como la dictadura del Partido en nombre de la clase obrera. Demasiado rápido, la revolución “vació” la actividad autónoma de trabajadores, campesinos y nacionalidades no rusas en el molde de un Estado hipertrofiado, con una burocracia que convirtió al Partido en instrumento de mando vertical y autoritario contrariando la voluntad de obreros y campesinos. Inadvertidamente, se crearon condiciones que, a posteriori, facilitaron el brutal viraje hacia el régimen de terror que se impuso con Stalin en los años treinta.

En la URSS, lejos de desaparecer, la alienación y explotación del trabajo asalariado asumieron la forma fetichista del “trabajo (asalariado) socialista”. La estatización de los medios de producción y los Planes Quinquenales no fueron la realización del socialismo, sino palancas para acelerar con los más bárbaros métodos la modernización, el desarrollo industrial… y los privilegios de la nueva elite. En nombre del socialismo y el comunismo, todos los esfuerzos fueron dedicados a “alcanzar y superar al capitalismo”, produciendo las mismas cosas, de la misma manera y con menos eficiencia. Finalmente, las Nomenklaturas en crisis terminaron restaurando el capitalismo puro y duro. Pero los mitos, ilusiones y desilusiones de aquel socialismo que no fue, siguen siendo un recurrente factor de confusión. Y lo seguirán siendo hasta tanto un riguroso balance de lo ocurrido permita asimilarlo como experiencia estratégica, desaprendiendo todo lo que impida hacerlo.

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Volviendo a la crisis del marxismo en el siglo XXI, aquí me limitare a abordarla en relación con dos tipos de cuestiones, relacionadas, pero no idénticas. Por un lado, debemos advertir que el marxismo no podría quedar al margen del impacto que provoca una crisis del capitalismo que es también y simultáneamente crisis ambiental y civilizatoria. Las incesantes modificaciones en el metabolismo económico-social del capital y su ofensiva a escala planetaria, plantean una larga serie de nuevos problemas y de problemas viejos que asumen imprevistas dimensiones y consecuencias, que los marxistas intentamos analizar y enfrentar con dificultades y corriendo, por así decirlo, atrás de los acontecimientos. A lo anterior se suma el hecho de que los grandes partidos de izquierda, las centrales sindicales e incluso gran parte de los nuevos movimientos sociales, prestan poca o ninguna atención a tales cuestiones y, si lo hacen, es en términos puramente defensivos. Las cúpulas sindicales fungen como amortiguadores. Los movimientos sociales buscan inspiración en el Vaticano. Las izquierdas institucionales están absorbidas por la Realpolitik que tanto despreciaban Marx y Engels. Prácticamente excluidos de estos ámbitos, el marxismo y los marxistas parecen carecer de raíces sociales, recluidos en instituciones y publicaciones de tipo académico, o en “organizaciones no gubernamentales”, de escasos o nulos vínculos con las luchas sociales y la militancia política orgánica. Militancia que, también hay que decirlo, la izquierda institucional y sus compromisos hace cada vez menos atractiva y nada subversiva.

Muchos marxistas han continuado haciendo aportes de gran valor teórico y potencial utilidad política, que debemos conocer, reivindicar y difundir, pero esto no debiera ocultar que seguimos inmersos en una profunda crisis que, a mi juicio, poco tiene que ver (al menos directamente) con lo acertado o equivocado de tal o cual idea de Marx y/o de las interpretaciones que hicieran los que vinieron después.

Pienso que el tremendo problema que el marxismo y los marxistas no estamos logrando resolver, es al recurrente círculo vicioso de falta de eficacia política, marginalización social, y presiones acomodaticia.  Algunas recientes experiencias de construcción política basadas en el llamado posmarxismo (pienso sobre todo en Podemos) pretenden ser una vía superadora del impasse, pero a poco andar puede advertirse que esas ideas aportan tanta luz como un fósforo en noche de tormenta. De modo que, sin ninguna pretensión de originalidad, soy de la opinión que, para repensar el marxismo lo más conveniente sigue siendo volver a la obra descomunal y en gran medida aún incomprendida del mismo Marx. No sugiero que las respuestas a los dilemas de hoy estarían en Marx, afirmo simplemente que conviene de buscarlas con la ayuda de Marx. Y para eso no debemos acceder a su obra como quien admira un monumento, debemos ingresar en ella como a un obrador o cantera y poner manos a la obra utilizando lo que allí encontramos: formidables elaboraciones con final abierto, intuiciones apenas esbozadas y, también, aporías que dieron pie a muy diversas interpretaciones. De modo que hay puntos en lo que, para ser fieles a Marx, corresponde atreverse a contradecirlo. Más aún: debemos asumir que el valor y la actualidad de Karl Marx no reside solamente en su formidable e impar investigación critica del sistema del capital, reside también en la actualidad de los problemas que él no pudo terminar de elucidar o resolvió mal, problemas vitales que todavía debemos enfrentar teórica y prácticamente nosotros: ¿Cómo ir más allá del capital? ¿Cómo contribuir al ad-venir de la forma social nueva? ¿Cómo pensar el socialismo o comunismo, evitando el fallido paradigma del socialismo que no fue y la ritualidad del marxismo tradicionalista? ¿En el siglo XXI, cómo se configuran la o las figuras de los potenciales sepultureros del capital?

Para intentar una respuesta, sigue siendo imprescindible apoyarse en lo que magistralmente elucidó Marx, explicando que el modo de producción del capital opera como una compleja “totalidad totalizante” que pone e impone las condiciones materiales, institucionales y culturales que le son necesarias para asegurar casi automáticamente la continuada reproducción ampliada del capital, que es también la de su obligada y subordinada contraparte: trabajo vivo expropiado de medios de trabajo y de subsistencia. La crítica de la economía política demuestra que el carácter sistémico de la explotación se profundiza y difumina con la creciente autonomización del valor, que subsume a los productores directos y, tendencialmente, a toda la praxis social. El capital organiza y dirige la labor del trabajador colectivo y apropiándose de su fuerza de trabajo la convierte en fuerza productiva del capital, al mismo tiempo que modela obreros parcializados, aplastados, mutilados. Por eso el mundo del capital es “un mundo al revés”, con hombres y mujeres encadenados, arrastrados en un círculo infernal de producción y reproducción que escapa a su control y los somete. El irrefrenable impulso productivista y expansionista que se deriva del imperativo de “valorización del valor” no reconoce límites, sostenía Marx, quien agregaba que el límite insuperable para el desarrollo del capital lo constituiría el capital mismo. Su desarrollo agonístico y contradictorio conduciría a un punto en que ya no podría asegurar “la valorización del valor”. El tema es complejo y sigue siendo discutido, entre otras cosas porque, aunque Marx no lo advirtiera, es un hecho hoy incontrovertible que el imperativo expansionista del capital choca con límites externos puestos por la misma naturaleza (esta sería una de las razones de su “crisis estructural”, al decir de István Mészáros). Pero más allá de tal debate, quiero llamar la atención sobre la voltereta o salto argumental con que después de tan riguroso análisis Marx pasa a sostener, sin explicación convincente, que en ese momento en que el capital chocaría su propio límite, habrán ya madurado los elementos constitutivos de la sociedad futura y la clase obrera estará en condiciones de pasar al combate directo y generalizado contra el capital. Considero que esas hipótesis o afirmaciones son insostenibles, y que es completamente equivocada la tan conocida metáfora marxiana de que el desarrollo del capitalismo prepara las condiciones para el “parto” de la nueva sociedad que se gestaría en el seno del capitalismo. Al contrario: se acumulan evidencias de que la lógica del autodesarrollo de capital, lejos de preparar  “el parto de la nueva forma social”, engendra barbarie y, tendencialmente, el eco-suicidio de la humanidad.

Conviene pues oponer a esa lógica inhumana la temprana convicción con que Marx y Engels afirmaran que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, y la liberación de los trabajadores seria obra de los trabajadores mismos. Y, dando un paso más en tal dirección, cabe preguntarse ¿qué clase de lucha es “la lucha de clases”? La experiencia histórica indica que las luchas reivindicativas autolimitadas a resistir la explotación y poner límites a la extracción de plusvalor, es una lucha que puede ser y de hecho ha sido reabsorbida por el capital. De lo que se trata pues es de impulsar la lucha de clases en términos estratégicos, oponiendo a la lógica del capital la lógica antagónica del combate auto emancipatorio del trabajo vivo, sea cuales fueren las “figuras” que en la actualidad lo personifiquen.

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El rechazo a lo que llamo marxismo tradicionalista nada tiene que ver con los reclamos de quienes proponen “formatear” nuestra desprolija tradición, para convertirla en una “teoría crítica” más “normal”, ajustada a cánones académicos, preparada y ocupada en ofrecer insumos y asesores a las izquierdas institucionalizadas y los progresismos o populismos para “resistir al neoliberalismo” (¡como si fuera posible hacerlo efectivamente sin cuestionar al capitalismo!).

¿Cómo y con quiénes, entonces, repensar nuestro marxismo? Apuesto por una perspectiva que, a contramano del posibilismo y la Realpolitik, asuma un realismo revolucionario tan irreductible en el rechazo a la normatividad sistémica, como modesto y dialógico con los colectivos, culturas y saberes invisibilizados y ninguneados por las clases dominantes y sus Estados.

Debemos buscar compañeras y compañeros en esas “otredades” humilladas y marginadas que son las comunidades de pueblos originarios, los colectivos de lucha contra el extractivismo, el pobrerío urbano, los trabajadores que sufren el ajuste y la precarización, en las luchas contra el patriarcado y la violencia de género, etcétera.  Nuestro marxismo debe ser capaz de actuar, hablar y pensar con ellos y desde ellos para ayudar a poner de pie una multivariada fuerza social popular capaz de proyectar un nuevo horizonte anticapitalista. Contribuir a imaginar proyectos comunes alternativos y a forjar la voluntad colectiva y revolucionaria de llevarlos a la práctica.

El antagonismo social inherente al capital puede ser disimulado y complejizado, pero no eliminado. Por eso la clase obrera tiene la potencial capacidad de golpear al capital en sus puntos más sensibles y es, estratégicamente, imprescindible para expropiar a los expropiadores y poner (¡con beneficio de inventario, desde ya!) la riqueza acumulada por la humanidad al servicio de la autogestión social generalizada. Dicho esto, cabe agregar que es imprescindible ampliar y precisar “el punto de vista de clase”: no es verdad que el antagonismo con el capital sea patrimonio exclusivo del proletariado industrial o el trabajador asalariado, tampoco es cierto que la clase obrera esté siempre a la vanguardia y es completamente falsa la idea de que podría construirse una alternativa emancipatoria desde un enfoque estrechamente obrerista y corporativo. Es posible y necesario afirmarse en lo popular-plebeyo para avanzar desde allí en la concepción y construcción de un concreto y multivariado sujeto revolucionario, necesariamente anclado en el enfrentamiento al capital y los rasgos que asume la explotación y opresión del capital.

Es una senda plagada de acechanzas y peligros, desde cooptaciones asistencialistas, ideológicas y políticas, hasta la más brutal represión, pero allí debe y quiere estar el marxismo. Al menos nuestro marxismo, asumido como una perspectiva teórico-práctica completamente orientada hacia la revolución y el comunismo, al desarrollo de un conocimiento no especulativo ni contemplativo, indisociable de la praxis, con un componente ético, ideal y volitivo.  Sabiendo que la praxis político-subversiva es accidentada, contradictoria y sujeta a rectificaciones, y que también los insumos intelectuales que forjamos para la acción son ideas, hipótesis y proyectos limitados y condicionales que deben ser cambiados cuando dejan de ser útiles a la acción colectiva. Nuestro marxismo no pretende dominar las prácticas sociales, sino ayudar a liberarlas para establecer con ellas nuevas y superiores formas de recíproca colaboración y rectificación.

No quiero terminar sin destacar que estamos asistiendo en nuestro país, pero también a escala internacional, a una formidable movilización de las mujeres y los feminismos. Es una fuerza social y política plural emergente, que avanza precisando reivindicaciones y construyendo un programa. Una ola verde que existe, resiste y plantea desde ya una radical impugnación al patriarcado y el orden establecido. Por eso terminaré diciendo, como Marx, pero con el lenguaje inclusivo que proponen los feminismos y que no sin esfuerzo trato de asimilar: “La liberación de les trabajadores será obra de les trabajadores mismes”.

¡Que así sea!

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