Otra vez diciembre

Mas allá de las perspectivas ideológicas o los posicionamientos políticos coyunturales, el estilo define cómo interpretamos los acontecimientos que nos tocan en suerte. Hay quienes priorizan la mirada del orden y la regularidad, observando siempre con sospecha lo nuevo. Otros eligen enfatizar lo disruptivo, aquello que siendo apenas un atisbo permite imaginar lo que aún no existe. La ecuanimidad en este tipo de elecciones sensibles carece de valor, es apenas un signo de indiferencia.

crisis hace honor a su nombre y elige aventurarse, asumiendo el riesgo de pifiarle. El 18 de diciembre de 2017 un relámpago iluminó fugazmente la verdad profunda de lo que está en juego en Argentina. El sentido de este acontecimiento será develado de manera compleja y coral en los próximos años. Pero la escritura urgente ofrece hipótesis provisorias, argumentos para la discusión.

1. El vencimiento

Al asumir Mauricio Macri la presidencia en diciembre de 2015, todos nos preguntamos si sería capaz de afincarse en el gobierno. Dos años más tarde, luego de las elecciones de medio término en octubre de 2017, los analistas discutían si se había consolidado o no una hegemonía amarilla. Hoy podemos afirmar que el debate en torno a la reforma previsional y el tratamiento por parte del oficialismo del conflicto suscitado, deja un saldo indeleble: Cambiemos perdió, en la batalla del Congreso, la posibilidad de desplegar un horizonte hegemónico de inédito signo. Cruzó un umbral, en un sentido irreversible.

A la vista de todos, el macrismo reveló dos cualidades que lo definen de una manera cristalina: el ajuste y la represión. Podrán mantener el comando, aprobar más leyes antipopulares, mantener extorsionada a una parte del sistema político, refinar sus métodos de neutralización de la protesta, e incluso ganar elecciones (gracias a una oposición que no tiene mucho para ofrecer), pero ya no contarán con el consenso activo de las mayorías.

Desde este punto de vista específico, el acontecimiento que acabamos de vivir se parece menos a 2001 que al piñazo ruralista de 2008, cuando el kirchnerismo se quedó sin aire y comenzaron a galvanizar las fuerzas sociales que lo desalojarían del poder. A la nueva derecha, desde diciembre de 2017, le empezó a correr su fecha de vencimiento.

2. El velamiento

Una densa bruma mediática e institucional bajó desde las principales usinas simbólicas para opacar rápidamente la crisis política. Cuando el gobierno ya había perdido la discusión pública, y las encuestas mostraban un setenta por ciento de rechazo al recorte de las jubilaciones y pensiones. Cuando la calle había sido ganada por la indignación, y el intento de disuadir la protesta en base a la represión salvaje quedó en ridículo. Cuando el descontento había impactado en el recinto parlamentario, frustrando la sesión del jueves 14. Cuando la grieta amenazaba instalarse en la propia coalición oficialista, y el “ala moderada” parecía tomar las riendas. Entonces apareció una carta salvadora, que puso a la defensiva a los manifestantes: el “demonio” de la violencia. Conviene sacar enseñanzas de esta celada ideológica.

El gobierno ha elegido recodificar el conflicto actual en términos setentistas para maniatarlo. En torno a esta operación confluyen el amor platónico del Presidente y su Ministra de Seguridad por las fuerzas de seguridad, y el cinismo de los progresistas aliados del PRO como Carrió y Meijide, quienes denuncian intentos de golpe de estado y grupos organizados para ejercer la violencia. Cualquiera que haya estado en la plaza estos días sabe que son mentiras alevosas. Operaciones de criminalización para sustraerle legitimidad al reclamo.

Otra vez, hay que insistir en lo obvio: la responsabilidad absoluta por el clima belicoso que asumió el conflicto social recae sobre los poderes estatales, que eligieron la ostentación de la violencia como lenguaje. Ese chiste ya causó dos muertes y centenares de heridos. No hay analogía posible entre la represión institucional armada, y la resistencia de los manifestantes en su afán de ejercer el derecho a la protesta.

Hay quienes de buena fe exigen “condenar las violencias de un lado y del otro, cada una en su justa medida”. No es serio. No se pueden comparar fuerzas de distinta naturaleza. Lo que hay que repudiar, sin ambiguedades, es la represión estatal sistemática y desproporcionada como respuesta a los conflictos sociales. La reacción defensiva de quienes se movilizan está sujeta a la critica política, no a condena moral.

Se escucha también: “los violentos de izquierda le hacen el juego al gobierno”. Puede ser. De hecho, el lunes 18 tal vez caímos en la trampa. Cientos de manifestantes se entretuvieron hostigando a la policía, cuando hubiera convenido visibilizar la enormidad de gente que se había dado cita para exigir que no se aprobara la ley previsional. Las organizaciones más nutridas y acostumbradas a la manifestación ni siquiera se plantearon la posibilidad de contener el enfrentamiento. Tal vez sea un signo de inmadurez a tener en cuenta en próximos eventos políticos. Pero la decisión de un organismo como la CGT de renunciar a movilizarse y luego “deslindar toda responsabilidad” es de una indolencia galopante.

La discusión se saldó en términos objetivos por la emergencia del impensado cacerolazo nocturno. La misma indignación política que había sido desalojada de la plaza a golpes de balazos, gases lacrimógenos y detenciones arbitrarias, brotó en los barrios de manera espontánea para confluir otra vez hacia el centro… donde volvió a ser repimida por un ejecutivo obsesivo y autista.

3. El relevamiento

Lo nuevo no fue la impactante movilización, que ya habíamos visto en anteriores oportunidades a lo largo de este año. Sino la capacidad de arrebatarle la iniciativa política al macrismo, en todos los planos. La respuesta oficialista fue la típica de un gobierno que pierde legitimidad y en lugar de retroceder reprime, extorsiona, miente. A partir de diciembre de 2017 ya nadie podrá sostener que Cambiemos es una fuerza democrática. En su primera crisis de magnitud, el macrismo pasó a ocupar un sitial en el arcón de la vieja política.

Si tal cosa fue posible es porque durante estos días en el campo opositor hubieron movimientos tectónicos que salieron a la superficie. En primer lugar, la inexistencia de una referencia central que represente cabalmente el magma de descontentos. La candidata opositora más votada no apareció en escena durante las jornadas álgidas del 13 al 18 (quizás otra muestra de olfato político), mientras sus principales espadas en el Congreso se entremezclaron con quienes hasta hace poco eran rivales irreconciliables. La lucha social, otra vez, pasó a ordenar el tablero de los políticos.

Cuatro actores parecen constituirse como protagonistas de la conflictividad. De un lado los organizadores de la marcha del 13, los llamados movimientos sociales, reunidos en la CTEP, Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa, expresión de un sujeto variopinto que ha logrado importantes niveles de cohesión organizativa en medio de la precariedad.

Este nuevo vector de movilización interpela y pone en tensión a la CGT, que aún detenta el poder de convocatoria a un Paro Nacional. La pesada estructura que representa a los trabajadores formales crujió y está a punto de romperse, como vaticinó hace un año una de sus caras más genuinas aunque minoritarias: “La unificación es una mentira, hay intereses totalmente contrapuestos entre esas organizaciones”.

Otro factor siempre presente en la protesta, ahora consolidado por sus intervenciones en los medios y en el Parlamento, es la izquierda partidaria de filiación trotskista. Y, por supuesto, también gravita el kirchnerismo, a través de organizaciones sindicales como la CTA y la Corriente Federal, pero con más poder simbólico que capacidad de conducir la dinámica concreta del conflicto social.

4. el descubrimiento

 “Señor, señora, no sea indiferente, ajustan a jubilados y golpean a la gente”. “Ya se acerca Noche Buena, ya se acerca Navidad, si se aprueba la reforma, que quilombo se va a armar”. Pero la consigna más escuchada en las marchas del 13, 14 y 18 de diciembre, que volvió a ser el grito principal en los cacerolazos de todo el país, fue un clásico: “unidad de los trabajadores, y al que no le gusta se jode”. Habrá que averiguar qué significa este enunciado en boca de millones de personas, hacia el final de la segunda década del siglo veintiuno, para cuestionar al primer partido posmoderno de la historia argentina. ¿Un revival de la vieja identidad ligada al trabajo? ¿Un auto-reconocimiento popular que denuncia la naturaleza empresaria del gobierno? ¿Una exigencia a las estructuras sindicales y partidarias para que reconozcan la potencia de lo común, mas allá de los interes sectoriales?

Nuestra impresión es que no se trata de una invocación nostálgica. Como sí sucede con el “vamos a volver”, que apareció muy tímidamente y sin fuerza para masificarse. O el “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, un hit durante aquel verano de 2001. En contraste con estas apelaciones al pasado cercano, se impuso otro slogan mucho más tradicional: “olelé, olalá, si esto no es el pueblo el pueblo dónde está”, un cuestionamiento explícito a la estafa representativa del Congreso.

La sensación es que hemos dado el primer paso para la conformación de algo nuevo y vital, que deberá tener muy en cuenta los aprendizajes de los últimos quince años. Una de esas enseñanzas, quizás la más importante, es que el cambio nace de las calles.

foto: Kaloian Santos Cabrera

Fuente: http://www.revistacrisis.com.ar/notas/otra-vez-diciembre

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