Paco Urondo: el poeta armado

Poeta, novelista, cuentista, dramaturgo, ensayista, guionista de cine y televisión y periodista. Responsable junto a Juan Gelman del suplemento cultural del diario La Opinión y secretario de redacción del diario Noticias. Integró la organización Fuerzas Armadas Revolucionaria, luego fusionada con Montoneros. Murió en Mendoza el 17 de junio de 1976 combatiendo a la policía de la dictadura militar.

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La verdad es la única realidad

por PACO URONDO

(desde la Cárcel de Villa Devoto, Buenos Aires, abril de 1973)

 

Del otro lado de la reja está la realidad,

de este lado de la reja también está la realidad;

la única irreal es la reja;

la libertad es real aunque no se sabe bien

si pertenece al mundo de los vivos,

al mundo de los muertos, al mundo de las fantasías o al mundo de la vigilia,

al de la explotación o de la producción.

Los sueños, sueños son; los recuerdos,

aquel cuerpo, ese vaso de vino,

el amor ylas flaquezas del amor, por supuesto,

forman parte de la realidad;

un disparo en la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos,

aquellos gritos irreales de dolor real de los torturados

en el ángelus eterno y siniestro

en una brigada de policía cualquiera

son parte de la memoria,

no suponen necesariamente el presente,

pero pertenecen a la realidad.

La única aparente es la reja cuadriculando el cielo,

el canto perdido de un preso, ladrón o combatiente,

la voz fusilada, resucitada al tercer día enun vuelo inmenso cubriendo la Patagonia;

porque las masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad,

como la esperanza rescatada de la pólvora,

de la inocencia estival: son la realidad,

como el coraje y la convalecencia del miedo,

ese aire que se resiste a volver después del peligro

como los designios de todo un pueblo

que marcha hacia la victoria o hacia la muerte,

que tropieza, que aprende a defenderse,

a rescatar lo suyo, su realidad.

Aunque parezca a veces una mentira,

la única mentira no es siquiera la traición,

essimplemente una reja que no pertenece a la realidad.

 

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Carta muy abierta a Francisco Urondo

por JULIO CORTAZAR

(Escrita después de que le negaran al autor la visita en la cárcel a Paco Urondo, la carta fue publicada en Liberatión en 1973)

 

Parece, según noticias de buena fuente, que de un tiempo a esta parte, no es nada fácil dar con vos personalmente. Siempre fuiste un poco jodón, pero en este caso estoy convencido de que no tenés la culpa de que los amigos no puedan tomarse un vinito con vos, y como no soy rencoroso te escribo, Paco, con la seguridad de que muy pronto has de cambiar de conducta y no solamente aceptar visitas sino incluso devolverlas. A la espera de todo eso te voy a hacer rabiar un poco, porque si a vos no se te puede ver resulta que a otros si, y a lo mejor te divierte que te cuente cómo me las arreglé en Quito hace apenas dos meses, para ir a pegarle unabrazo a Jaime Galarza. Yo a este punto ya lo conocía de París, no personalmente pero allá, lo sabés de sobra, somos muchos los latinoamericanos que se juntan y hablan y por ahí van saliendo algunas cosas, pavaditas, claro, no vamos a exagerar. Y los ecuatorianos me habían contado cosas de Galarza, yo lo había leído y de golpe zás, El festín del petróleo. Nada, doscientas páginas poniendo en claro lo que a mucha gente le interesaba mantener oscuro, el invariable escamoteo de una riqueza casi increíble, pactos y contratos y consorcios y cualquier cosa menos petróleo del Ecuador para los ecuatoriños. Vos te imaginás las consecuencias del libro: por un lado la edición que se agota antes de que haya tiempo de secuestrarla, y por otro una maquinita bien montada, Jaime Galarza a la cárcel como “cómplice intelectual” de una operación más bien movida en un supermercado. Todas estas cosas se repiten tanto que uno tiene la impresión de estar contando siempre lo mismo, en todo caso si te aburrís chiflame. Lo fuí a ver, y resultó más fácil de lo que pensaban algunos. Fuí con la rubia Mireya (como irrespetuosamente la llamaste vos alguna vez a mi compañera), porque esta lituana loca no es de las que me deja ir solo a lugares de mala fama. Y como mala, es mala, algo sabés de eso, te sacan el pasaporte a la entrada y vos pensás que por ahí se les pierde, esos descuidos penosos. A Jaime lo encontramos con otros huéspedes del hotel y algunos amigos, entre ellos por extraña coincidencia un periodista que visitaba a otro detenido y que al día siguiente dio la noticia a tres columnas, cosa que te probará la utilidad de esa clase de circunstancias. Hablamos largo de Festín y de otros petróleos de este continente, yo aprendí algunas cosas que acaso serán útiles cuando vuelva a Francia, y además, hubo todo eso que hoy no puede haber entre vos y yo, ese quedarse callados, mirándose como nos miramos los amigos, con esa mirada que no tendrán nunca los que nos separan. Me fuí, claro, pero me fuí sabiendo que de alguna manera no me iba, y que también Jaime se iba conmigo en esa zona del corazón que está para siempre a salvo de los cercos, las rejas y el odio. Cambiamos un par de libros y abrazos, la rubia Mireya organizó como sólo ella sabe hacerlo un sistema perfecto de postes restantes, revistas, publicaciones y antibióticos para la muchachada de a bordo. A mi pasaporte no le faltaba ni un sello a la salida, y más bien pienso que tenía uno de yapa. Ahora sé quién es de veras Jaime Galarza, ahora me siento más fuerte porque su prisión, las cicatrices de la tortura en sus muñecas, serán como tantas otras cosas, parte de mi fuerza. Y si te cuento esto, Paco viejo, es porque sé que te gustará leerlo y que para vos será como si te hubiera visitado, como si también vos y yo hubiéramos fumado juntos un rato, mirándonos con nuestra sorna de porteños. Y también porque otros leerán esta carta, cerca o lejos de vos, y comprenderán que de alguna manera quise estar con todos, y que mi abrazo con Jaime es el que todos nos damos y nos daremos siempre, hoy de lejos, mañana en esa calle abierta en que nos encontraremos para seguir el largo, necesario y hermoso camino que lleva a nuestro sueño.

Julio

 

 

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[Biografía]

Francisco “Paco” Urondo nació el 10 de enero de 1930. Poeta, escritor, periodista, guionista cinematográfico y militante político. Fue director general de Cultura de la Provincia de Santa Fe, director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y autor de los guiones de los filmes “Pajarito Gómez” y “Noche terrible”. Asimismo, adaptó para televisión “Madame Bovary”, “Los Maias” y “Rojo y Negro”.

Colaborador cómo periodista de Primera Plana, Panorama, Crisis, La Opinión y Noticias, fue autor de los poemarios “Historia Antigua”, “Breves”, “Lugares”, “Del otro lado”, “Larga distancia”, los volúmenes de cuentos “Todo eso” y “Al tacto”, la pieza teatral “Veraneando”, la novela “Los pasos previos” y el ensayo “La patria fusilada”, volumen de entrevistas a los tres sobrevivientes de la masacre de Trelew, trabajo que elaboró mientras él mismo se encontraba preso junto con ellos y que fue publicado por la editorial Crisis en 1973.

Militó primero en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y posteriormente en Montoneros tras la fusión de ambas organizaciones.

Sobre su muerte el 17 de junio de 1976 Rodolfo Walsh escribió:

“El traslado de Paco a Mendoza fue un error. Cuyo era una sangría permanente desde 1975, nunca se la pudo mantener en pie. El Paco duró pocas semanas… Fue temiendo lo que sucedería. Hubo un encuentro con un vehículo enemigo, una persecución, un tiroteo de los dos coches a la par. Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Tenían una metra, pero estaba en el baúl. No se pudieron despegar. Finalmente Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: «Disparen ustedes». Luego agregó: «Me tomé la pastilla y ya me siento mal». La compañera recuerda que Lucía le dijo: «Pero, papá, ¿por qué hiciste eso». La compañera escapó entre las balas, y días después llegó herida a Buenos Aires… A Paco le pegaron dos tiros en la cabeza, aunque probablemente ya estaba muerto”.

En 2011, varios policías fueron condenados por su muerte y la de otras 23 personas. Durante el juicio se pudo determinar que no se suicidó tragando una pastilla de cianuro, sino que seguramente le mintió a su pareja para quedarse en el automóvil como blanco fácil de los policías, e incitarla a escapar con su hija de dos años. Urondo falleció por estallido de cráneo provocado por un culatazo de fusil que le propinó el policía Celustiano Lucero.

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