Para nosotros y nosotras, los jóvenes del siglo XXI, la vida e historia del ángel piquetero

Herencia e invención: la figura de Darío Santillán a 16 años de la Masacre de AvellanedaDossier colectivo ilustrado por Florencia Vespignani. 

 

Quienes nacimos, crecimos o comenzamos nuestra militancia en el período que va desde el 2003 en adelante, hemos escuchado más de una vez la historia de los “ángeles piqueteros” Darío y Maxi. Desde la Internet, desde el relato de nuestros padres y madres o bien de viejos compañeros militantes, nos llegan numerosos nombres de mártires de aparentes épocas pasadas de confrontación, de privatización, de la resistencia al Menemato. Aníbal Verón, Teresa Rodríguez, Darío Santillan, Maxi Kosteki. También Walter Bulacio, emblema de la lucha contra la violencia policial contra nosotros, los pibes y las pibas de barrio.

A la par de esto, también hay una confusa idea entre lo que significaron los 90. Para nuestros viejos los 90 fueron nuestros 2010. Los recitales de los Redondos, ir a bailar, arrancar la facultad. Y después llega la parte más solemne que termina en cara seria: dejar la facultad para trabajar, el 1 a 1, perder el trabajo, el corralito y el 2001.

Después bueno, nos cuentan los “años felices”. Néstor bajando el cuadro de Videla, volver a tener plata en el bolsillo, los planes para los pobres, la Ley de Medios.

Y como todo lo bueno, estos años felices que también se terminan, con la gente que “no tiene memoria” y que “vota mal”. Un millón de veces me contaron la misma película.

Pero en el medio de todo esto y de las polémicas de los diarios y la tele, muchos de nosotros y nosotras también arrancamos a transitar los propios caminos. Las tomas de los colegios, los cortes en la 9 de julio, los festivales contra el gatillo fácil, los Ni una menos. Todas estas cosas, y unas cuantas derrotas en el medio, parecieron apuntar hacia la idea de que no estábamos ganando la pulseada por más que el gobierno fuera Nac&Pop.

Después empezamos a revisar el pasado. Leímos La Voluntad. Leímos de la resistencia al Onganiato y de las dictaduras previas a la del 76. Leímos del PRT y los Montoneros. Aprendimos lo que era la Teoría de los dos Demonios. Nos pusimos a pensar si los milicos se fueron por la Guerra de Malvinas o si atrás hubo algo más. Nos enteramos cómo aparecieron los desocupados, los piqueteros y los movimientos sociales. Aprendimos que en el 2001 cantaban “que se vayan todos”. Y finalmente leímos que “La Crisis causó dos nuevas muertes” y nos indignamos.

Acá es cuando la historia nos empezó a hacer ruido. Porque después de que nos contaron de la dictadura de Videla y del 2001, aprendimos que detrás de todo eso estaba la lucha. Y que en la lucha estaban los compañeros y las compañeras poniéndole el cuerpo. Y que así como le pusieron el cuerpo, también le pusieron los muertos.

Ahí ya es cuando se va todo al carajo y nos damos cuenta de que en la vida no están los buenos y los malos. Aprendimos que en todo el mundo estamos las y los de abajo, y están los de arriba. Y que los de arriba compran acciones, cierran fábricas, manejan el precio de la soja, emiten bonos, prestan dólares que después pagamos nosotros, se auto-perdonan deudas. Y que así como se arrogan nuestra representatividad por 4 años, después no tienen problema en mandarnos a la yuta cuando marchamos por pan, paz o trabajo, en arrinconarnos en la prensa acusándonos de pendejos agitadores, en meter presos a nuestros dirigentes ni en mandar a que nos paren por la calle por portación de rostro. Y bueno, si en una de esas nos hacemos los locos, para eso están la policía, la justicia y la ley. Están la doctrina Chocobar, el protocolo antipiquetes y también los medios para hacernos creer que el enemigo está en el pueblo y no en el gobierno. Total, el Estado somos todos, y en el peor de los casos la próxima votamos mejor.

En fin, los de arriba negocian con la sangre derramada.

Pero por más que el sistema trate y trate de borrar la historia con el codo, el pueblo tiene memoria. Por más que los periodistas serios y los empresarios insistan con el fin de la historia, mientras haya opresión y persecución el pueblo no agacha la cabeza (porque ‘aquí hay un pueblo digno’). Y al calor de la lucha de clases, la verdad siempre se abre camino.

El asesinato y muerte de Darío y Maxi por el gobierno de Duhalde y la Policía Bonaerense (entre otras fuerzas), marcó un nuevo quiebre en la gobernabilidad del sistema. Pero también es su vida la que inspira las nuevas luchas. La historia de dos pibes de barrio que desde su corta edad y experiencia decidieron organizarse para exigirle al sistema respuestas, marca un hecho significativo para la generación que lee de Marx y el Che Guevara cuando la Unión Soviética ya no existe y la única salida que nos proponen los dirigentes de la política es el poroteo y el mal menor.

Sin embargo, y con más penas que gloria, el contexto Latinoamericano parece patearnos la boca a todos y a todas y recordarnos que para torcerle el brazo a los de arriba, no alcanza con ganar las elecciones.

 

La juventud históricamente se ha posicionado a la vanguardia del pensamiento crítico y de los posicionamientos más radicalizados. Desde Juana Azurduy a los 43 de Ayotzinapa. Y claro está que cada generación desarrolla sus herramientas de lucha de acuerdo a su historia, sus aspiraciones y su contexto.

Pero dicho todo esto, a los “millenials” no nos queda ninguna duda de que somos hijos e hijas del 2001, y de los piqueteros que plantaron resistencia a los modelos antipopulares al servicio del capital.

En ese sentido qué mejor forma de, a 16 años de la Masacre de Avellaneda, hacerle honor a los pibes que le cortaron el Puente Pueyrredón al sistema en la reivindicación de la dignidad humana, sino es retomando sus banderas y hacernos carne en su lucha, que también es nuestra lucha.

Ahora y siempre,

¡Darío y Maxi presentes!

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