Paraguay: Sobre el falso antagonismo que reduce la participación democrática

Paraguay: Sobre el falso antagonismo que reduce la participación democrática

11 octubre, 2017 No hay comentarios

Por Fabricio Arnella*

El pasado 30 de setiembre, luego del lanzamiento de la campaña del Congreso Democrático del Pueblo realizado el día anterior frente el Panteón de los Héroes bajo la consigna “Elegimos Poder Popular”, Cecilia Vuyk publicó en su cuenta de Facebook: “La supuesta contradicción entre participar de las elecciones y construir poder popular es una falacia. Me disculparán mis amigos/as del CDP, pero no es ni el electoralismo en sí ni el antielectoralismo en sí la salida para los cambios estructurales que necesitamos”. Comparto algunas consideraciones con la intención de continuar el fructífero debate suscitado por la desafiante campaña del CDP.

La construcción de Poder Popular y la participación electoral no son antagónicas. El derecho al voto es una conquista ganada a fuerza de luchas populares, y en el caso de nuestro país tuvo un alto costo. El campesinado, el Partido Comunista Paraguayo, el movimiento estudiantil, sindical, las organizaciones insurrectas armadas y tantos otros, libraron por décadas encarnizadas batallas contras las tiranías para derrotarlas y conquistar espacios democráticos. Categóricamente, la lucha electoral es un espacio de batalla fundamental. Y el Congreso Democrático del Pueblo (CDP) nunca ha afirmado lo contrario. Nuestra posición no es antielectoralista.

El antagonismo con el cual quieren reducir la participación democrática casi exclusivamente al voto, no concuerda con la complejidad y el movimiento de lo real. En primer lugar, porque hoy nuestro voto no elige. ¿O es que hay alguien que pueda afirmar que hoy en Paraguay, existen aunque sea mínimas posibilidades de que una alternativa popular y honesta, que represente a la gente trabajadora del campo y la ciudad y que surja desde abajo, pueda disputar la lucha electoral? Desde el CDP creemos que no. Y lo creemos, con cierta experiencia acumulada en este terreno (electoral) y en el terreno de la organización de base.

Es un hecho imposible de negar que el nivel de corrupción del TSJE, el nivel de control que tiene la mafia narco-ganadera, los latifundistas y sojeros sobre todo el proceso electoral es total. Desde el diseño del calendario electoral, validación de candidaturas, pasando por el control de campaña, financiación, el proceso de votación, conteo, y proclamación. Todo el proceso está diseñado para que solamente puedan competir y ganar candidaturas que representen a los ricos, que estén condicionadas por “favores” millonarios o empeñen todo para obtener las grandiosas sumas de dinero y el “apoyo” político necesario. La conformación de las más de quince mil mesas, el traslado de votos, juzgamientos de actas, la propaganda electoral, los boca de urna, trasporte del “día D”, la influencia de los medios comerciales de comunicación, todo juega deliberada y planificadamente en contra de opciones no tradicionales. ¿Vale la pena hoy, en un proceso electoral viciado de cabo a rabo, empeñar todo, cambiar formas organizativas para adaptarnos a la agenda electoral del enemigo, sembrar ilusiones que se desvanecerán sin un respaldo organizativo y popular sólido capaz de exigir condiciones justas de disputar y de sostener lo ganado? La herramienta del voto en estas condiciones es una herramienta de la oligarquía. Como mayoría del campo y la ciudad, tenemos la necesidad de volver a ganar esta herramienta. Creemos que legitimando el circo y jugando al espejismo de la participación no vamos a aportar hoy a este desafío. Ya probamos ese juego. Necesitamos una nueva táctica. Tenemos que volver a ganar el voto como una herramienta democrática. De vuelta: No estamos hablando de Poder Popular vs. Participación Electoral. Colocar esa falsa contradicción en boca del CDP, no es  justo y es engañoso. Y hay toda una trayectoria organizativa y moral de las organizaciones que formamos parte del CDP,  que así lo demuestran.

Ante esta realidad, la propuesta del CDP, ¿es no participar más en las elecciones? No. Nuestra propuesta es organizarnos en una fuerza popular capaz de exigir una reforma estructural del sistema electoral, que incluya regulación y control de gastos de campaña, propaganda igualitaria y obligatoria en medios, conformación por sorteo de las mesas según el padrón, vehículos de transporte público gratuito, reforma del TSJE, que permita mínimas posibilidades de disputa a candidaturas que provengan del pueblo. Y creemos que el nivel de presión que ejerzamos dependerá del fortalecimiento de nuestra capacidad organizativa y de la construcción de confianza en la herramienta política, creemos que estos dos componentes están hoy y aquí, Paraguay año 2017, relacionados a la decisión de no legitimar el circo electoral, de no participar ciegamente de un proceso amañado.

Necesitamos aleccionar a la oligarquía que ostenta el poder y maneja las elecciones, el mensaje tiene que ser claro y contundente: exigimos que el voto sea una opción real y para eso necesitamos estas reformas que corten definitivamente y sin ninguna excusa la dependencia lamentable de alianzas y pactos con golpistas, stronistas, narcos, sojeros y empresarios. Sin duda y de forma reiterativa repetimos: el voto es una herramienta de lucha hoy secuestrada por la mafia, reconquistemos nuestro derecho a elecciones libres y limpias.

Como CDP, hoy elegimos participar de la lucha electoral del 2018 sin candidaturas y aportar a la construcción de esta herramienta política. Con la intención de construir “Unidad del Pueblo”, no más unidad de apariencia, de las cúpulas. Queremos aportar a la construcción de la “Unidad del Pueblo” para construir “Poder” desde ahí, que sea capaz de disputar en una huelga, movilización, toma, recuperando tierras malhabidas, exigiendo juicio y castigo a los stronistas, corruptos y narcopolíticos, velando por nuestros patrimonios públicos, por nuestras riquezas naturales, como también capaz de disputar en elecciones, para reforzar esa defensa de nuestra soberanía y el cumplimiento de nuestros derechos. Y esto no quiere decir que la construcción de Poder Popular es una cosa de “algún día”, no, por eso la consigna es hoy, y es organizarnos en los barrios, en los colegios, en las universidades, en las comunidades, en los trabajos.

El poder no se restringe a la administración de una parte de la burocracia del Estado, en este caso el Ejecutivo o Legislativo, espacios a los cuales teóricamente el pueblo puede acceder por vía electoral. Entonces, ¿desde dónde más, aparte del Estado, se ejerce poder? Esa pregunta solo se puede responder según el momento y lugar donde nos encontremos. ¿Qué es el Estado Paraguayo sino una expresión formal de los sectores de poderes fácticos, reales? El narcotráfico, el latifundio, las corporaciones multinacionales, los bancos, los medios empresariales de comunicación, todos estos sectores estrechamente relacionados, ¿son o no factores de poder? ¿Por qué son factores de poder? Estos sectores mafiosos, ¿ejercen su poder solamente desde el control terciarizado o directo de la burocracia estatal?

La afirmación “la gente va a ir a votar”, es por lo menos parcialmente equivocada. No lo digo yo, lo dicen los datos concretos. Cada vez es mayor la cantidad de gente que prefiere no votar: en el 2013: 1.106.863 inscriptas en la padrón no votaron, en el 2015 la cifra subió a 1.715.360. El aumento del abstencionismo fue de 608.497. O sea, seiscientas mil personas menos votaron en la última elección. Ese es el dato duro. No podemos medir la cantidad de gente que votó coaccionada para defender su puesto de trabajo, arreada en camiones por necesidad, por el precio que le pagan por su voto, que en las últimas elecciones generales promedió los 300 mil gs/voto. Esa masa de gente arreada cuyo voto es pagado, ¿votaría sin esos tres elementos (coacción, transporte y pago)?

Con toda la propaganda electoral, con todo el transporte y la oferta de dinero, aun así, es un montón de gente la que no vota, y es mucha también, la que pese a estar en edad de votar, ni siquiera está inscripta en el padrón: 559.792, o sea, un 12.5% de los habitantes en edad de votar. Y entre la gente que votó, es cada vez mayor el porcentaje de votos blancos y nulos: 165.870 votos en el 2015.

¿Es motivo de alegría todo esto? Por supuesto que no, pero es sin dudas una expresión del cansancio hacia la politiquería. ¿Es mayoritario ese cansancio? Creemos que sí. Y en caso de que no, igualmente son muy significativos estos datos en un país de 7 millones de habitantes con 4 millones de electores habilitados.

Ante la constatación de estas realidades, ¿nos sumamos ciegamente al concierto de las elecciones fraudulentas sin posibilidades de disputar poder? ¿Nos aliamos con sectores conservadores totalmente desprestigiados y reconocidamente mafiosos y corruptos? ¿Por qué pelear por una política alternativa no sería una posibilidad válida? Es más, reformulo esta última pregunta: ¿Por qué pelear por una política alternativa no sería la mejor posibilidad, la más válida alternativa? No es una cuestión ética o de principios en el sentido abstracto y vacío que muchos atribuyen, es una cuestión ética y de principios en el sentido práctico y estratégico de un proyecto de país y de sociedad. Porque la ética y los principios nacen, crecen y se reproducen en los hechos concretos, no en los discursos abstractos, por eso la ética y la moral son la base estratégica de un proyecto político. Pero no solo por eso, además esta propuesta del CDP está basada en un cálculo simple. ¿Tiene sentido ganar (en el hipotético caso) y gobernar con quienes hace décadas nos roban, con quienes hace poco masacraron y encerraron a nuestros compañeros para hacer un golpe de Estado? ¿Con quienes fueron los precursores  de la ley de privatización APP, de los bonos “soberanos” que despojaron de soberanía hasta a nuestros nietos que tendrán que pagar la deuda? ¿Qué les impide nuevamente hacer lo mismo?

Si la respuesta está encerrada en el marco institucional, otra pregunta, ¿Existe en nuestro país una tradición de respeto a los espacios institucionales de poder? ¿Es nuestro Estado una institución aunque sea relativamente estable, donde las reglas de juego democráticas son mínimamente respetadas por los poderes reales? Creemos que no y existen sobrados ejemplos en todo el siglo pasado y en las últimas décadas de una fragilidad institucional que no garantiza el respeto mínimo a los espacios institucionales de poder.

Menciono solo algunos hechos ligados al ámbito electoral, desde la nueva Constitución para adelante: 1992: Internas coloradas. Ganó Argaña pero finalmente hicieron ganar a Wasmosy, un perfil más acorde “a los nuevos tiempos”. El propio Galaverna aceptó años después que fue un fraude. Luego Wasmosy fue electo Presidente. 1996: Intento de golpe de Lino Oviedo contra Wasmosy, quien se refugia en la embajada norteamericana y luego pasa a retiro al General Oviedo. 1997: Lino Oviedo gana las internas coloradas, sin embargo lo invalidan y meten preso. Los colorados conforman la chapa con Cubas y Argaña. “Tu voto vale doble” (Cubas al poder, Oviedo en libertad) era la consigna. 1999: Marzo Paraguayo. Asesinan a Argaña, matan a jóvenes en la plaza, renuncia Cubas, asume González Macchi. 2000: Otro intento de golpe con Oviedo, cañonazos al cabildo. 2007: Internas coloradas: Blanca Ovelar gana por escasísimo margen a Castiglioni, pocos creen que no hubo fraude. 2008: A duras penas Blanca Ovelar acepta el triunfo de Lugo pese a los intentos de varios sectores colorados para desconocer la votación y generar una crisis. 2009: Primeras conspiraciones contra Lugo en la embajada norteamericana de Liliana Ayalde denunciadas por el Ministerio de Defensa, a quien apartaron indirectamente del cargo. 2012: Masacre de Curuguaty y golpe de Estado Parlamentario. Matan y encarcelan a luchadores campesinos. 2013: Elecciones generales organizadas por el golpismo. Gana claramente un candidato que literalmente compró a la ANR.

Nuestro país no es Suiza, ni si quiera es Chile o Uruguay, países de reciente tradición institucionalista. No, es el Paraguay de la “transición democrática”, del post-golpe de Estado, de los 35 años de tiranía stronista. De los presos políticos, de los centenares de campesinos asesinados en la lucha por la tierra. De los tres gobernadores narcos de Guairá, de una justicia totalmente controlada por la mafia, el país del presidente nacional e internacionalmente ligado a la mafia y el contrabando ¿Qué nos garantiza que los espacios institucionales a los que podamos acceder, pese a la trampa y corrupción generalizada serán respetados? Nada, y esto no va a cambiar si seguimos dando la espalda a esta realidad.

Es en este contexto que se da la disputa del poder institucional por la vía electoral. ¿Esto significa que hay que resignarse y no participar nunca más de las elecciones? NO. Significa que tenemos que organizarnos para que nuestras exigencias de mejores condiciones sean cumplidas, para dar la pelea en el terreno electoral con otras reglas de juego y con mayor fuerza organizada de los distintos movimientos populares, o sea, con mayor “Poder”, poder del pueblo, Poder Popular.

Organizarnos para pelear por modificar las condiciones de participación electoral es clave para no desgastarnos en una elección en la que perderemos siempre si no hacemos acuerdos de cúpulas de los sectores mafiosos, stronistas o golpistas, para creer que “ganamos” y destinar nuestros mejores cuadros a la administración del poder de los otros, de los mismos de siempre. O, en el mejor de los casos, para ganar espacios testimoniales, que sirvan más al sistema para legitimar su fachada democrática que para hacer cambios reales, o que abran paso a procesos recrudecidos, en el marco de esta crisis sistémica. Porque lo que vivimos hoy con el gobierno narcomafioso cartista también es producto de lo que hicimos y no hicimos en el pasado y de lo que hacemos y no hacemos en el presente.

Participar a ciegas y en alianza con sectores mafiosos es entregarse de lleno a una pelea absolutamente desigual con una derecha que no dudará en rajarte cuando ya no le sirvas o cuando apeligres mínimamente algún que otro interés de los sectores de poder real, como ya ocurrió en el golpe del 2012. ¿Por qué no revisamos aunque sea la historia reciente?

Participar a ciegas y en alianza con sectores mafiosos, es entregar de antemano las posibilidades de un cambio real, capaz de acabar con el modelo del monocultivo y la mafia agroexportadora, de romper con el monopolio de medios y empresas, de desarrollar una reforma agraria, justicia tributaria, educación y salud  pública y gratuita de calidad, jubilación, de velar por los derechos de nuestros niños y niñas, por la diversidad de opción sexual, religiosa, de género, que devuelva los territorios a los Pueblos Indígenas, que recupere la historia de coraje y dignidad que nos caracteriza como pueblo.

La construcción de comunidades modelo en el campo pese a la represión del Estado, los secundarios limpiando y mejorando sus colegios mientras los toman por mayor presupuesto, UNA no te calles, la Re-toma de la UCA, la organización en los barrios y comunidades para resolver problemas concretos y cotidianos, como la enfermedad de un vecino, la falta de calles, los métodos de nuestras compañeras de organizaciones campesinas para luchar colectivamente en contra de la violencia machista, y otras muchas acciones son formas concretas de poder que vamos construyendo y nos demuestran que sí se puede, que sí tenemos la capacidad de resolver los problemas de nuestra gente, y así nos estamos preparando para dirigir el país. Por eso hoy priorizamos este terreno de lucha por sobre la disputa institucional en condiciones pactistas y absolutamente controladas por la mafia. Por eso con mucha convicción: ¡Elegimos Poder Popular!

*Miembro del Comité Central del Partido Comunista Paraguayo, integrante del Congreso Democrático del Pueblo

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