Pequeño esquema para una interpretación de la colección “Antiprincesas”

La editorial Chirimbote acaba de publicar un nuevo volumen de la colección Antiprincesas: Eva Perón. Con textos de Nadia Fink e ilustraciones de Pitu Saa, Eva Perón viene a sumarse a la lista que integran Frida KhaloVioleta ParraJuana Azurduy y Clarice Lispector, y dos volúmenes más de la Liga de las Antiprincesas.

 

El hecho de que la autora se haya aventurado a una figura de la complejidad de Eva Perón, nos plantea la necesidad de una mínima retrospectiva sobre la colección.

En medio de la proliferación de pedagogías negras, muchas de ellas encubiertas bajo poses y discursividades progresistas, las Antiprincesas constituyen una bocanada de aire fresco. Un salto cualitativo en la literatura infantil, un campo que suele ser conservador y estático, bastante propicio para la reiteración de formatos y simbolizaciones. Por eso, creemos, es uno de los géneros más difíciles, siempre expuesto a los formulismos minimalistas y a una banalidad que linda con el abuso (infantil). Es moneda corriente la confusión de literatura infantil con “literatura pueril” y el prejuicio estigmatizante que ve en la literatura infantil una literatura para menores y, por lo tanto, un género menor. Por eso los autores y las autoras que rompen los moldes y “hacen la diferencia” son excepcionales. Con las Antiprincesas, Nadia Fink se suma a la escueta lista de autores y autoras capaces de retomar las mejores tradiciones del género, al tiempo que hacen su aporte original a la ampliación de sus horizontes.

Son muchos los méritos de las Antiprincesas. No corresponde limitarlos a lo demasiado evidente: una clave narrativa apta para familiarizar a los niños y a las niñas con una realidad plagada de lugares desventajosos para las mujeres (en el plano material y simbólico); la composición de figuras femeninas como antítesis exactas de las representaciones que muestran a la mujer como partenaire pasiva; los pasos insignes en pos de una radical “democratización del héroe”… Sin dejar de ser estos objetivos centrales, la propuesta de Nadia Fink y sus Antiprincesas va mucho más lejos. Hay otros aspectos medulares que caracterizan a los textos de esta colección y creemos que es importante ponerlos de relieve.

Al tiempo que valoran la autonomía de los niños y las niñas, las Antiprincesas no dejan de plantear la responsabilidad de los adultos a la hora de atender (y responder) a sus demandas. En particular una que nos parece central: la codificación de los mensajes que los niños y las niñas van a recibir. De hecho, el gran problema de algunas pedagogías negras seudo-progresistas es que no se preocupan por la codificación y caen el relativismo y el escepticismo. Ocurre que sin codificación no hay mensaje. Y sin mensaje no hay campo de intersubjetividad. De este modo, se reproduce el patriarcado público y se incrementa el patriarcado privado. Aumenta la violencia contra las mujeres. El resultado salta a la vista: proliferan cada vez más las imágenes andro-céntricas que degradan la feminidad. Las Antiprincesas, con su codificación clara y su mensaje directo, aportan a contrarrestar los procesos de desubjetivación en los niños y las niñas.

En las Antiprincesas, el problema no radica tanto en el cuerpo como en la investidura. La investidura es determinante de la posición del sujeto. Más allá de las diferencias, los cuerpos de los seres humanos no son desiguales. La investidura, que es parte de un proceso histórico y de determinadas relaciones de fuerzas, es la que instituye la desigualdad. Las Antiprincesas son básicamente mujeres que cambiaron su investidura. Cambiaron las investiduras instituidas por el colonialismo, la burguesía y el patriarcado. Por eso, las Antiprincesas de Nadia Fink no se convierten en “madrecitas de los pobres”, en “mujeres exitosas” o en figuras similares. Y si por azares del destino los diferentes contextos las aproximan a estas figuras, ellas mismas se encargan de repudiarlas. Su desobediencia es radical.

 

Respecto de la sexualidad, lo que se percibe en las Antiprincesas es una crítica a la “moralización” de la sexualidad; pero también, y esto constituye una auténtica postura disruptiva, a la “naturalización” de la sexualidad. Por qué esta última opción, que suele posar de “avanzada” o “moderna”, no deja de reforzar los procesos de desubjetivación. Si se naturaliza la sexualidad, el otro/ la otra aparecen como instrumento. Lo natural no está exento de agresividad, crueldad y sadismo, por el contrario ese es su campo de expansión más propicio.  Entonces, respecto de la sexualidad podría decirse que las Antiprincesas la abordan desde lo histórico/social y construyen un sentido que remite al amor (como proceso y experiencia del mundo) y al respeto por la dignidad del otro/la otra. Pero las Antiprincesas no son inocentes. Intuyen que la lógica opresora alimenta la ontología de la totalidad. Saben que si se le otorga trato de “otro” (aquí sólo cabe el masculino) a los que poseen voluntad de poder y dominio no saldrán de esa lógica opresora, persistirán en su condición de víctimas.

Otros méritos que, por ahora, sólo enunciamos: el despliegue de una feminidad sin ultrajes; el alejamiento de la short story y la recuperación de los grandes relatos y de la épica plebeya: en las Antipricesas se habla de clases, de pueblo, de nación; la denuncia de los flancos en apariencia menos oscuros por donde se puede colar el discurso del amo, etcétera.

Un párrafo aparte merecen las ilustraciones de Pitu Saa. Su conexión con el con el texto es orgánica. Difícil imaginar trazos más certeros para las Antiprincesas. Sus figuras y colores poseen la pregnancia adecuada a las historias narradas.

El respeto para con los niños y niñas es la cifra de las Antiprincesas. Posiblemente sea su signo más distintivo. Respeto a su pulsión de saber y a su “instinto” de investigación (o curiosidad). Respeto por su mirada, capaz de detectar que todo, absolutamente todo, lo que hay en el mundo se mueve, se pelea y se ramifica incesantemente. Respeto y admiración. Los seres humanos nacen “dialécticos”, después, la gran mayoría, se malogra por el efecto combinado de la instrucción formal y el mercado; y terminan aburridos, insoportablemente predecibles y “analíticos”. Por cierto, no es caso de Nadia Fink. Ella persiste dialéctica. Puede que en esa predisposición trasgresora radique la capacidad transmisora de las Antiprincesas.

 

Lanús Oeste, 16 de noviembre de 2017

 

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