Peronismo, nacionalismo y kirchnerismo: notas sobre identidad popular, resistencias y proyecto socialista (Parte I)

La serie de artículos que aquí comenzamos, a pedido de los compañeros de Confluencia y Contrahegemonía, tienen varios hilos conductores.

En primer lugar, queremos  retomar el inagotable debate alrededor del peronismo como identidad política mayoritaria de las clases populares de nuestro país. Pretendemos mostrar cómo la conformación de esa identidad y su devenir estuvo cruzada por la lucha de clases entre el capital y el trabajo.

El conflicto social determinó en diversas coyunturas el carácter del movimiento y su perfil, incluidas las decisiones de su líder, Juan Domingo Perón. Lejos de encontrar esencias inmutables, sean estas progresistas o reaccionarias, queremos mirar al peronismo en su relación con cada contexto histórico y entenderlo como fruto de un proceso activo de interacciones recíprocas entre seres humanos que se realiza en el conflicto.

En segundo lugar, desarrollaremos de qué manera la constitución del peronismo como identidad popular transcendió y fue más allá de todas las estructuras organizativas que se dio el movimiento peronista –Partido Justicialista, 62 organizaciones, rama femenina, etc- para canalizar sus adhesiones sociales. En particular durante el período 1955-1973 la identidad del peronismo se conformó alrededor de una cultura popular de resistencia. Un “ellos” y un “nosotros” que cristalizó un agudo enfrentamiento social. Si ubicamos a las concepciones culturales que operan en las distintas clases no como campos escindidos y puros sino como fruto de la lucha de clases en disputa por la hegemonía, podemos concluir que la cultura popular no tiene valores inmanentes, sino que es fruto de la dinámica histórica signada por el conflicto. En el desarrollo de ese conflicto se moldeó una identidad que iba más allá de todo intento de encapsularla. Asociar al peronismo con la disputa en y del Partido Justicialista (PJ) es una falacia histórica visto hacia atrás pero también una estrategia que conduce, una vez más, a la derrota visto hacia adelante.

En tercer lugar, reflexionar acerca de cómo, en un diálogo no exento de contradicciones con esa cultura de la resistencia, se constituyó al interior del peronismo una corriente de izquierda que se conoció como peronismo revolucionario. Esa tradición revolucionaria  que se agrega a la diversidad de tradiciones revolucionarias de nuestro país, nunca fue homogénea sino que por el contrario tuvo diversas vertientes que polemizaron sobre un conjunto de cuestiones tácticas y estratégicas: el grado de participación o rechazo a las estructuras oficiales del peronismo; el rol de Perón como líder del peronismo pero mucho más como hipotético conductor de un proyecto revolucionario; la forma y el tipo de violencia política que requería una estrategia revolucionaria; la adhesión a un proyecto de cambio socialista, qué entendían por esto y qué características debía asumir teniendo en cuenta las particularidades de la Argentina; etc. Como veremos, ninguna de esas vertientes se pensó a sí misma como parte de un “capitalismo humano”, tal como sostienen las corrientes que, desde el kirchnerismo, pretenden reivindicar ese pasado.

En cuarto lugar debemos abordar, justamente porque ninguna identidad está al margen de la dinámica histórica, cómo los cambios en la estructura económica y social del país que desarrolló la última dictadura militar con el terrorismo de Estado y se profundizaron con la hiperinflación alfonsinista y el desempleo y las privatizaciones de la década menemista modificaron profundamente a las clases subalternas en general y a la clase obrera en particular. Esa identidad de resistencia y los canales sociales que la hicieron posible cambiaron radicalmente, porque, en gran parte, fueron destruidos a partir de la profunda derrota de los 70’. Por ende, un proyecto revolucionario debe tomar nota de esas modificaciones. El kirchnerismo es un fruto surgido de esos cambios estructurales y de los límites que le puso a la reconstrucción de la gobernabilidad una nueva crisis de dominación condensada en el 2001. No es una continuidad de esa cultura de resistencia y de las tradiciones revolucionarias que nacieron en la coyuntura de la década del 60’.

Sí los límites del kirchnerismo han desembocado en el macrismo hay que buscar qué ejes centrales pueden aportar a una transformación socialista y evitar que el previsible descontento social de esta etapa signada por el despliegue de un neoliberalismo “puro” sea canalizado por el retorno de una variante neodesarrollista. Para eso es necesario repensar cómo y qué sobrevive en las clases populares de esa identidad resistente que expresó el peronismo; qué papel debe tener el nacionalismo revolucionario hoy en la elaboración de un horizonte socialista; bajo qué formas organizativas y de lucha es posible arraigar hoy un proyecto emancipador.

Una vez más interpelamos al pasado desde nuestro presente, buscamos las enseñanzas que nos ayuden a no repetir errores, hacemos nuestras las luchas y los sacrificios de las generaciones que nos precedieron y, como diría Walter Benjamín, intentamos cepillar la historia a contrapelo para que emerja con toda su potencia la tradición de los oprimidos que colabore para hacer pedazos el orden existente.

 

El primer peronismo

La llegada del peronismo al gobierno a mediados de la década del 40’ implicó el triunfo de una alianza policlasista por definición heterogénea, conformada por sectores de la burguesía industrial, franjas de las Fuerzas Armadas -sobre todo del ejército-, de la Iglesia católica y la mayoría de la clase obrera.

Los trabajadores se organizaban por medio de grandes sindicatos únicos por rama industrial que el propio Perón había impulsado desde el  aparato estatal durante la dictadura militar de 1943 a 1946. Esa alianza nunca estuvo conducida por los trabajadores, sino por los militares y ciertos empresarios industriales que impulsaron un nuevo modelo de acumulación dentro de los marcos del capitalismo. Ese proyecto tenía dos pilares fundamentales: por un lado, el aumento del mercado interno a partir de la multiplicación de la industria liviana y la distribución de la riqueza a favor de los asalariados para aumentar el consumo. Por el otro, el despliegue de un estado intervencionista-benefactor que asegurara las condiciones necesarias para la expansión del modelo, lo que requería resignificar y ampliar las funciones económicas, culturales, políticas y sociales del aparato estatal.

Esa transformación del Estado y el impulso de un nuevo modelo de acumulación requerían de un nuevo tipo de compromiso entre el Estado y las clases populares, fundamentalmente los trabajadores. La clase obrera accedió plenamente a la vida política canalizando su participación a través de sus organizaciones sindicales. Ese compromiso requirió del reconocimiento de derechos sociales y políticos así como de la introducción del concepto de ciudadanía social. En el discurso peronista ya no se trataba de garantizar sólo los derechos políticos sino que los trabajadores tenían derecho a una inclusión económica y social que les garantizara una mejora decisiva en sus condiciones de trabajo y de vida. En esa perspectiva la ciudadanía no se reducía al acto electoral sino que requería de la organización, participación y movilización de los trabajadores para que esos derechos les fueran reconocidos.

En su trabajo sobre la constitución del peronismo como identidad, el historiador inglés Daniel James rescata el papel central que tuvo en la subjetividad de los trabajadores la idea de ciudadanía social para constituir toda una trama de símbolos, valores, prácticas y pensamientos que conformaron la mentalidad obrera y que sobreviviría mucho más allá de la caída del gobierno peronista.

Esas conquistas se reflejaron al interior de las fábricas donde se extendieron los cuerpos de delegados y las comisiones internas modificando las relaciones de fuerza entre los trabajadores y las patronales en el lugar celular de reproducción del capital. El crecimiento de la organización por abajo sería también una herencia –por cierto no buscada por el gobierno peronista- que perviviría a la caída ocasionada por el golpe de 1955 y se transformaría en el objetivo central de los ataques del poder económico, las fuerzas armadas y los partidos sistémicos en el período posterior.

Aún así, quedarnos con esta imagen significaría una distorsión del carácter del primer peronismo. Si por un lado se reforzaba la capacidad de negociación de los sindicatos el Estado, a su vez, conformaba toda una estructura política y jurídica que buscaba el control riguroso de las organizaciones obreras. El objetivo era que éstas fueran la correa de transmisión de las políticas estatales y no la canalización de las demandas de los trabajadores desde las bases. La ideología oficial postuló el acuerdo entre el capital y el trabajo como forma de llegar a la armonía de clases. En la ideología del primer peronismo sólo un Estado atento a la justicia social podía convertirse en antídoto eficaz para evitar la expansión del comunismo y la lucha de clases que ponían en peligro el orden social y la convivencia entre argentinos. El Estado era el tercero imprescindible para lograr la convivencia entre el capital y el trabajo.

Desde sus inicios, como vemos, la alianza policlasista estaría surcada por múltiples tensiones y contradicciones de diverso signo. El  problema central residía en la ambigüedad de reconocer a los trabajadores como fuerza social, lo que implicaba su fortalecimiento en términos organizativos tanto como el crecimiento de la autoestima, sensación de poder y dignidad obrera en el plano subjetivo. Al mismo tiempo se buscaba reforzar los mecanismos de control sobre el conjunto de la clase tratando de evitar cualquier tipo de autonomía que trascendiera el objetivo de un capitalismo, más o menos independiente, que se fijaba la “Comunidad Organizada”.

Esas tensiones estuvieron presentes en la propia génesis del peronismo ya que la oposición frontal de la mayoría del bloque dominante a las reformas impulsadas por Juan Domingo Perón desde la Secretaria de Trabajo y Previsión (STP) obligaron al entonces coronel a recostarse en el apoyo sindical. El apoyo de gran parte del movimiento obrero en esa coyuntura no fue pasivo, como el imaginario “progresista” antiperonista quiso fijar en la sociedad posteriormente. Por el contrario, la jornada del 17 de Octubre de 1945, con Perón preso y la dirigencia sindical decretando un paro nacional para el 18 de Octubre, implicó la irrupción de los trabajadores desde pisos organizativos propios, menos espontáneos y pacíficos de lo que se construyó como mirada posterior del 17 desde el discurso gubernamental peronista. Fue esa irrupción, no esperada por ninguno de los actores principales de la época -incluido el propio Perón-, la que modificó profundamente las relaciones de fuerza en esa coyuntura. El proyecto de conciliación de clases, ante la polarización social y la agudización de la lucha de clases tuvo que ir más allá de lo que inicialmente esperaba ir para consolidar la adhesión de los trabajadores. Si las conquistas fueron rápidas y el protagonismo del Estado central, de ninguna manera fue sólo un proceso desde arriba como muchas lecturas, incluidas la del propio peronismo oficial, pretendieron fijar como imagen.

Esa tensión constitutiva afloraría en distintos momentos de la década de gobierno peronista.

Ni bien consolidó su poder, tras ganar las elecciones de 1946, Perón impulsó  el Partido Peronista obligando a disolver el Partido Laborista, creado por dirigentes obreros para apoyar su candidatura, estructura política que conservaba grados importantes de independencia. Poco tiempo después los principales dirigentes de la Confederación General del Trabajo (CGT) eran desplazados de sus cargos por sindicalistas mucho más obsecuentes, lo que evidenciaba la búsqueda de disciplinar las estructuras gremiales. Esto sucedía en un contexto de huelgas de gran magnitud, desarrolladas entre 1946 y 1947, que demostraban que los trabajadores veían una oportunidad decisiva en la coyuntura para conseguir conquistas largamente postergadas, pero también ponían de relieve la existencia de niveles de autonomía en el apoyo que  brindaban al gobierno.

En un sentido esas tensiones se reflejarían en el accionar de Eva Duarte de Perón. Evita -al mismo tiempo que ponía como valor central la lealtad total de los trabajadores hacia Perón y el gobierno – con su virulento discurso antioligárquico y su proyecto de organizar milicias obreras que defendieran al gobierno popular del cada vez más probable golpe militar, fue quien expresó los anhelos más profundos y la disposición combativa de amplias franjas obreras. Su voz crispada canalizaba sentimientos y expectativas populares que los cada vez más burocratizados sindicatos ya no podían expresar.

Esa tensión reaparecería en toda su magnitud en el segundo gobierno de Perón cuando se hicieron evidentes los límites del modelo de acumulación propuesto. El crecimiento del modelo industrial liviano no integrado y el insuficiente desarrollo de la industria pesada generaban continuas importaciones de insumos y tecnología. Las divisas que financiaban esos bienes provenían de las exportaciones de un agro latifundista, relativamente atrasado e incapaz de sostener la mayor demanda de alimentos en el mercado interno por la suba de salarios y la necesidad de divisas del sector industrial. La -a partir de allí- clásica restricción externa ya era visible a fines del primer gobierno e intentó ser resuelta por Perón atrayendo la radicación de capitales extranjeros, buscando recortar el consumo popular e incentivando el aumento de la productividad de los trabajadores en el ámbito fabril. El Congreso de la Productividad de 1955, impulsado por Perón junto a la burguesía industrial reunida en la Confederación General Económica (CGE) y la dirigencia sindical nacional  pretendió ser el escenario que avalara la ofensiva empresarial sobre el poder de las comisiones internas en las fábricas. Pero ese intento de cambio en el modelo de acumulación fracasaría por la resistencia que encontraba en las bases obreras cualquier intento de modificar los Convenios Colectivos de Trabajo y el peso de las comisiones internas en las fábricas. Desde 1954 en adelante distintas huelgas enfrentaron todo intento de modificar las conquistas laborales obtenidas recientemente. Las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo que había expresado el primer peronismo le impedían al propio Perón avanzar en su modificación y la lucha de clases le hacía naufragar la puesta en escena del Congreso de la Productividad. Aunque quisiera avanzar en ese sentido, Perón tenía el límite de que su principal apoyo residía en los trabajadores y no podía limar sus propias bases de sustentación, mucho menos frente a la alianza golpista que vertebraba a la burguesía más concentrada, la fracción terrateniente, la Iglesia católica, las Fuerzas Armadas y franjas mayoritarias de la clase media. El golpe de 1955 pretendería demoler ese poder obrero pero el régimen excluyente que se puso en marcha a partir de allí terminaría por generar un grado de radicalización social y político que culminaría años más tarde, Cordobazo mediante, en una brutal crisis de dominación que pondría en jaque al sistema. (Continuará)

Bibliografía

Bitran, Rafael, El Congreso de la Productividad. La Reconversión económica durante el segundo gobierno peronista, Buenos Aires, El Bloque Editorial, 1994.

Doyon, Louise, Conflictos obreros durante el régimen peronista (1946-1955), Mimeo.

James, Daniel, Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora Argentina (1946-1976), Buenos Aires, Sudamericana, 1990.

Torre, Juan Carlos, La vieja guardia sindical y Perón. Sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Sudamericana, 1990.

 

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