Presentación del libro “Karl Marx, nuestro compañero: una invitación a conocer su vida y sus combates”, de Aldo Casas

El viernes 19, a las 19 hs, Aldo Casas presenta en la Casa cultural Desde el pie, México y Urquiza, en Buenos Aires, “Karl Marx, nuestro compañero, una invitación a conocer su vida y sus combates”, su última obra,  Lo acompañarán en la presentación Daniel Campione y Jorgelina Matusevicius.  Contrahegemoniaweb invita a sus lectores a encontrarse con el revolucionario que Aldo Casas nos presenta:  una imagen amplia y compleja de la vida y personalidad de Marx, enfatizando su carácter de revolucionario, comunista y anticapitalista. No es un Marx “políticamente correcto”, momificado para regocijo de los apologistas del capitalismo, sino que es un pensador radical que nos invita a sublevarnos en el siglo XXI, como él lo hizo durante el siglo XIX. Este libro es un recuento de aspectos de la vida y la obra de Marx, un relato en que su autor se apoya en diversos escritores del mundo, y en ese sentido forma parte de un esfuerzo colectivo que se nutre de las múltiples preocupaciones que inspira y genera la riqueza siempre viva del legado de Marx.

Adelantamos aquí el Prefacio de la obra, por Renán Vega Cantor. 

Karl Marx nunca se ha ido.

“Marx es contemporáneo de nosotros. Es como la (mala) conciencia del capital. Porque el capital, en aquella época que él diseño su retrato-tipo, estaba haciendo sus primeros daños y perjuicios, y hoy en día, se ha convertido ya en un social killer adulto que destroza el planeta entero”. Daniel Bensaid, Marx ha vuelto, Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2011, p. 50.

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En la medida en que la lógica del capital se ha expandiendo por el mundo entero, un proceso que tan solo se ha logrado plenamente en los últimos treinta años, la mercancía se ha impuesto como la razón suprema de la existencia humana. Pero aparte de ese hecho incontrastable que ha significado convertir a la tierra en un gran bazar planetario, donde todo se compra y se vende,  otra característica del capitalismo realmente existente radica en que las mercancías cada vez duran menos y lo que tiende a dominar es lo efímero, lo fugaz, lo instantáneo. El capitalismo es cultor del presente, dimensión temporal que le sirve para reducir la vida humana a pocos actos: comprar, consumir y contaminar. Los seres humanos, en este mundo capitalizado hasta los tuétanos, no tenemos ni pasado ni futuro, estamos perpetuamente encadenados al presente hedonista, sin sueños, utopías,  ni esperanzas, salvo que consideremos que el  celular es la utopía, que el consumo es el sueño del edén hecho realidad y las esperanzas se reducen a poseer una cantidad de cosas inútiles y dañinas que lanzan las empresas capitalistas a toda hora para envenenar el alma y el cuerpo y destruir los ecosistemas con tal  obtener  fabulosas ganancias.

Esta realidad capitalista domina el mundo material y la producción de ideas, hasta el punto que estas últimas también se han hecho desechables. En rigor, como norma dominante ya no hay ideas sino ocurrencias y disparates, que se venden también como si fueran aportes extraordinarios al saber humano, cuando en el fondo son simplemente estupideces, como se ve a diario en las universidades del mundo entero, convertidos en centros de ignorancia generalizada. Peor aún, estas universidades se parecen cada vez más a los centros comerciales, dónde las ideas se hacen desechables y, aunque no tengan ninguna importancia creadora que beneficie a los seres humanos, a sus promotores sólo les interesa enriquecerse, como se demuestra con las estupideces que promueven el “pensamiento positivo” y baratijas por el estilo.

Nada ni nadie parecería perturbar ese “mundo feliz” del capitalismo al estilo de la distopía de Aldo Huxley, que habría logrado auto-reproducirse al infinito, mediante la producción ininterrumpida de mercancías y su consumo generalizado. Nada importarían las desigualdades sociales ni la explotación intensificada de los trabajadores en los cinco continentes, ni la destrucción de los ecosistemas, porque el dominio del capital marcharía hacia el crecimiento eterno, ahora impulsado por las pretendidas nuevas lógicas de acumulación basadas en el espejismo del dinero como creador de riqueza (D-D’, la ficción dineraria), que generarían las nuevas tecnologías informáticas. Este estribillo fue el que se repitió a diario durante casi dos décadas, tras el fin del socialismo burocrático y la desaparición de la URSS, cuando el triunfalismo del “nuevo desorden mundial” llevó a proclamar que habíamos entrado en una nueva época, de dicha eterna, sin crisis ni sobresaltos para un capitalismo que llegó hasta proclamar por boca de un ideólogo de quinta categoría, pretendidamente hegeliano, el fin de la historia. Fue en ese momento (1989-2007) cuando aparentemente desapareció el nombre que encarna al principal crítico del capitalismo, Karl Marx, al que se volvió declarar muerto y se procedieron a efectuar muchos cortejos fúnebres en numerosas ocasiones en la década de 1990.

El capitalismo y sus ideólogos mundiales, envalentonados con su triunfo en la Guerra Fría, pudieron respirar tranquilos porque el espectro de Marx y el comunismo había pasado a mejor vida. Pero como ha acontecido en diversos momentos en la historia del capitalismo desde el siglo XIX, la idea coetánea de la muerte de Marx y la consolidación de un capitalismo sin crisis ni contradicciones resultó ser sólo una pretensión vacua y sin sentido. Esos ideólogos de la prosperidad eterna del capital hacían suya la pretensión que el propio Marx criticaba con ironía en su tiempo, hablando de las crisis: “Todos quieren la competencia sin sus nefastas consecuencias. Todos quieren lo imposible: las condiciones de vida burguesa, sin las consecuencias necesarias de estas condiciones”. La crisis capitalista que se inició en el 2007, y se mantiene en estos momentos, puso de presente que Karl Marx en realidad nunca se había ido, que su espíritu crítico y combativo siempre nos ha acompañado.

El libro Karl Marx, nuestro compañero, escrito por el militante revolucionario Aldo Casas, viene a recordarnos, con un lenguaje sencillo, claro y directo, pero con gran coherencia argumentativa, la importancia perenne del barbudo de Tréveris para enfrentar el capitalismo. En este prefacio vamos a destacar algunas de las ideas centrales de esta obra.

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Aldo Casas destaca, en primer lugar, el rescate de la tradición teórica que fundó Karl Marx. Este es un sólido y necesario punto de partida, debido a la profusión en nuestro tiempo de diversos lenguajes, en los ámbitos políticos, académicos e intelectual, radicalmente diferentes al empleado por Marx y cuya finalidad, en la mayor parte de los casos, ha consistido en hacer olvidar un vocabulario indispensable para desentrañar los mecanismos de explotación, opresión y desigualdad que caracterizan al capitalismo. Aldo Casas nos recuerda que la terminología introducía por Marx es “un lenguaje para la lucha de clases”. En esa fórmula sencilla, pero contundente, se recoge el sentido esencial del vocabulario de Marx, con el cual se inauguró una tradición teórica hace unos 170 años, que sigue viva y se mantiene como un instrumento para interpelar y, a partir de allí, luchar por la transformación de la realidad capitalista. Que se haya construido una nueva semántica social y política, radicalmente critica, es uno de los aportes imperecedero de Marx, cuyo abandono por parte de importantes sectores de ese hibrido que se sigue llamando “izquierda” ha tenido consecuencias desastrosas. Porque una cosa es la necesidad de actualizar el contenido de los términos con referencia a las modificaciones del mundo real, y otra muy distinta es el abandono puro y simple con el pretexto de que la realidad ha cambiado tanto que es otra y que para aprehenderla ya no sirven los términos críticos de la tradición teórica de Marx.

Ese cambio de terminología, como lo demostró Pierre Bourdieu en sus últimos escritos no es algo fortuito, sino resultado de una estrategia del capitalismo tendiente a eliminar de la conciencia de los seres humanos la posibilidad de pensar el mundo de otra forma que las ideas dominantes generadas por el mismo capitalismo. Así las cosas, dejar de utilizar los conceptos de explotación, capitalismo, clases sociales lucha de clases, plusvalía –para mencionar solo algunas de las desarrolladas por Marx- no es cualquier cosa, no es un cambio puramente decorativo, sino que es una mutación decisiva, porque significa renunciar a las posibilidades analíticas (no solo descriptivas) para comprender la realidad y, sobre todo, políticas para enfrentarla.

Cuando se deja de utilizar el término explotación, por ejemplo, se  está renunciando a comprender lo que está sucediendo en el mundo del trabajo a nivel mundial y se pierden los nexos existentes entre generación de valor (que efectúan los trabajadores mediante la explotación) y la ganancia obtenida por los capitalistas y acumulada en forma de riqueza monetaria o de capital físico. El abandono del término explotación no ayuda a desentrañar lo que se encuentra tras el dato estadístico (apartemente frio) que denota un contenido aberrante de la sociedad capitalista, como el que suministró la ONG Oxfam a comienzos de 2016, cuando se indicó que solamente el 1% de la población mundial tiene más riqueza que el 99% restante. ¿Cómo entender está tremenda disparidad si no se habla de explotación? Y eso nos remite a lo que sucede con los trabajadores por doquier una gran mayoría de los cuales está sometida a condiciones laborales no del siglo XXI sino de los siglos XVIII y XIX, y cuya fuerza de trabajo genera la inmensa riqueza que beneficia a una reducida porción de la población mundial, formada por multinacionales y grandes capitalistas.

Desde luego, decir esto no implica que las formas de explotación no hayan cambiado y no haya que incorporar nuevos elementos de la realidad capitalista, pero importa subrayar que si se quiere comprender de verdad lo que está sucediendo, debe hablarse de explotación, una dura situación que no ha desaparecido en el “capitalismo financiarizado” o en el “capitalismo informacional”, para recordar dos denominaciones que han gozado de alguna popularidad en los últimos años.

Aldo Casas nos recuerda en su libro la importancia de usar unos términos que dotan de identidad a los anticapitalistas del mundo y nos suministran unos instrumentos analíticos y políticos que deben ser enriquecidos, porque no son pétreos e inmutables, con el estudio de la realidad concreta. Renunciar a ese lenguaje es perder un soporte básico en la lucha anticapitalista, es como hallarnos huérfanos, sin una brújula que oriente nuestras luchas y acciones. Perder nuestro lenguaje no es cualquier cosa, es deponer de entrada las armas de la crítica radical para enfrentar al capitalismo.

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Un segundo aspecto que debe destacarse de la obra de Aldo Casas es el rescate de la noción de crítica en el pensamiento de Marx, un término que no es un recurso retórico ni mucho menos. Es bueno recordar que el vocablo critica está presente en algunos de los escritos más importantes de Marx: Critica de la filosofía del Derecho de Hegel, La Sagrada Familia (Critica de la crítica), Contribución a la crítica de la economía política, El Capital, Critica de la economía política. Ese uso frecuente muestra una preocupación constante por parte de Marx, que tendría tres finalidades complementarias. En un primer sentido, la crítica apunta a desentrañar los mecanismos específicos que caracterizan el funcionamiento específico de las relaciones sociales capitalistas, como una realidad histórica, esto es finita, que sin embargo ha sido presentada desde sus orígenes como una relación natural, eterna e inmodificable. A esa labor critica, demoledora, Marx le va a consagrar la mayor parte de su existencia, sobre la que nos dejó unos cimientos invaluables, que se constituyen en las piezas más notable de anticapitalismo jamás escritas y que, por lo mismo, le granjearon el odio eterno de  los capitalistas de todas las épocas.

La crítica en Marx tiene un segundo sentido, que se dirige a develar las mistificaciones ideológicas de la “ciencia económica estándar”, que en su tiempo incluían a lo mejor de la economía clásica. Se trataba de demostrar que tras las categorías  de la economía se ocultaba la pretensión de presentar como natural y eterno al capitalismo, como si no fuera una relación social sujeta a sus propias contradicciones y como si además el fetichismo de esas categorías no fuera la expresión más profunda del fetichismo de la mercancía y el dinero.

Pero Marx no es un crítico porque sí, como sucede a menudo con los iconoclastas o nihilistas, sino que tiene en mente una sociedad alternativa al capitalismo (aunque, por desgracia, en esa dirección haya avanzado poco, por múltiples y variadas razones).  Por ello, la apuesta de Marx es por una sociedad emancipada, en la que los productores asociados rijan sus propios destinos.

Los tres elementos de la crítica que nos recuerda Aldo Casas son de gran importancia, pero sobresale en mí entender con más fuerza el último, si se consideran los intentos fallidos de avanzar en esa dirección durante el siglo XX. Dicho en otros términos, la derrota de los proyectos anticapitalistas en el intento de construir el socialismo ha hecho que se acepte en algunos círculos liberales de Europa el sentido de la crítica de la realidad capitalista y de las categorías que los encubren, pero que se dude de la posibilidad de alcanzar el tercer sentido de la crítica.

Sin embargo, el fracaso de esos proyectos no invalida la urgencia de construir alternativas al capitalismo, porque como lo sostiene Aldo Casas, ahora esa necesidad es más apremiante ante la crisis civilizatoria, que pone en peligro la propia supervivencia de la humanidad, que es la terrible realidad que hoy enfrentamos. Pero aquí hay un punto discutible o que por lo menos requiere precisar algún tipo de matiz. Nos referimos a la idea de Marx sobre la abundancia en una sociedad futura y alternativa al capitalismo. Habría que aclarar qué se entiende por abundancia, si es simplemente el poseer cosas materiales sin límite alguno –lo cual ya sería característico de los países capitalistas superdesarrollados, empanzando por los Estados Unidos- o hacer extensivo ese consumo de un 20 o 30% de la población mundial al resto de la gente del planeta (un poco como lo que podemos denominar la delirante “opción China”). Este sentido material de abundancia es en la actualidad imposible de alcanzar, porque nuestro planeta  tierra, el único habitado y habitable, es finito en recursos y en energía, y de él no se pueden extraer materia suficiente para concederle a siete mil millones de seres humanos los lujos y despilfarro que caracteriza al habitante promedio de los Estados Unidos. Para que eso fuera posible, ya lo sabemos, se necesitarán algo así como nueve planetas como la tierra, de los que no disponemos.

En esa condiciones, a mi modo de ver la idea de abundancia en Marx debe ser entendida en un sentido más profundo, que suponga, desde luego, la satisfacción de las necesidades vitales de los seres humanos, junto con las necesidades históricas indispensables, y, sobre todo, con el gozar de tiempo libre para enriquecer las relaciones humanas (abundancia de tiempo y de relaciones y no de cosas). Abundancia significa en ese sentido algo diferente puesto que apunta a construir una sociedad plena de vínculos afectivos, con mucho tiempo libre para disfrutar, y sin que el trabajo sea visto como un castigo, como lo es hoy en el capitalismo.

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Aldo Casas destaca que la obra de Marx expresa un pensamiento revolucionario fructífero, vivo y en diálogo permanente y crítico con lo más valioso de la ciencia y el conocimiento de su tiempo. Marx se veía a sí mismo como un “devorador de libros”, con lo cual quería decir estaba al tanto y le interesaba todo lo que se produjera en términos de conocimiento en su momento. Pero ese saber enciclopédico que caracterizaba a Marx, y sorprendía a quienes lo conocieron, no pretendía acumular saberes o títulos, algo que caracteriza a los pedantes doctores y profesores universitarios de nuestros días, sino que estaba destinado a convertirse en la materia prima de una elaboración intelectual muy original, cuyo objetivo era alimentar la lucha de los trabajadores contra el capital. Si bien Marx dialogaba con la ciencia de su tiempo, no era un cientificista convencional, que atesoraba saberes para él, sino que consideraba que “quienes tienen la suerte de poder dedicarse a los estudios científicos deben ser también los primeros en poner sus conocimientos al servicio de la humanidad”. Un saber al servicio de la humanidad es un lema que resume lo que era y quería Marx, y también debería guiar la actividad de los trabajadores del pensamiento y de los militantes revolucionarios que procuran seguir la senda anticapitalista de Marx en nuestros días.

En ese esfuerzo intelectual, Marx se va a ver influido por lo más notable del pensamiento de su época, el fermento que nutre su síntesis critica y, por supuesto, también va recepcionar concepciones que hoy podemos considerar eurocentristas, progresistas y evolucionistas, como bien lo recuerda Aldo Casas. Estos son algunos aspectos que resaltan los críticos de Marx, entre los que se incluyen algunos poscolonialistas o decolonialistas, desconociendo que gran parte de las afirmaciones eurocentristas y progresistas fueron rectificadas en gran medida en otras obras, lo que desde luego no implica desconocer algunas páginas desafortunadas como la que escribió sobre Simón Bolívar. Así, para señalar un ejemplo, la afirmación de Marx de comienzos de la década de 1850 sobre las pretendidas bondades del capitalismo inglés en su

Expansión por la India son superadas con la demoledora crítica que realiza años después sobre el carácter colonialista y opresor de ese capitalismo, no solo en el continente asiático sino en el propio suelo europeo, como acontecía en Irlanda.

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El hilo conductor del libro Karl Marx, nuestro compañero es el de rastrear la vida de un luchador comunista y revolucionario. Sí, con todas las letras, sin dudas ni prevenciones, reivindicar que, antes que nada, Marx fue comunista desde que rompió con los jóvenes neohegelianos en los primeros años de la década de 1840 y cuando, al constatar la injusticia, la desigualdad y la explotación adoptó  como proyecto vital el ideario comunista, no como un conjunto genérico y vacío de dogmas o recetas, sino como un proyecto vivo en permanente construcción. Y el despliegue de ese ideario lleva a que Marx se enfrente con la realidad capitalista de su tiempo, soporte la persecución y el destierro, los cuales se convierten en incentivos que impulsan la búsqueda intelectual y política y guía sus investigaciones, desde sus primeros pasos como periodista en la Gaceta Renana, en 1842, hasta la elaboración de El Capital, su magna e inconclusa obra.

Aldo Casas, que es un revolucionario, militante y convencido, con una trayectoria de lucha de más de medio siglo en la Argentina y otros lugares del mundo, a partir de su propia experiencia reflexiona sobre los momentos principales de la vida y la obra de Marx –y paralelamente, aunque en menor medida, de la su infatigable compañero Federico Engels- y nos presenta una imagen nítida sobre los pasos esenciales del trasegar revolucionario de Marx.

Y este sí que es un aporte esencial del libro que prologamos, porque no se presenta a un Marx “descafeinado”, al margen de los compromisos y retos que en su tiempo asumió con consecuencia, como conductor y partícipe en las luchas obreras, en la fundación de la Primera Internacional, en sus numerosos y continuos debates y polémicas, en sus reflexiones sobre la Comuna de París, en el seguimiento de sus obras, las cuales no se explican sin indagar por el contexto político en que se producen. Sí, Aldo Casas, que es un militante, revolucionario y comunista –en el sentido profundo de la palabra, y no como un calificativo huero que se usa a la manera de un rótulo- nos presenta una imagen amplia y compleja de la vida y personalidad de Marx, enfatizando su carácter de revolucionario, comunista y anticapitalista. No es un Marx “políticamente correcto”, momificado para regocijo de los apologistas del capitalismo, sino que es un pensador radical que nos invita a sublevarnos en el siglo XXI, como él lo hizo durante el siglo XIX.

De ahí que, al final de su libro, Aldo Casas recalque que un principio ético y político que caracterizaba a Marx se puede sintetizar con el lema “con los principios no se negocia”, para indicar que una lucha de toda la vida, como la de Marx y la de Aldo Casas, no se abandona por alguna que otra veleidad mercantil, material o burocrática.

Ello hace que este libro sea a la vez un recuento de aspectos de la vida y la obra de Marx, un relato en que su autor se apoya en diversos escritores del mundo, y en ese sentido forma parte de un esfuerzo colectivo que se nutre de las múltiples preocupaciones que inspira y genera la riqueza siempre viva del legado de Marx. Ese relato se ha elaborado con el espíritu del luchador social anticapitalista con hondas preocupaciones para que las nuevas generaciones escuchen el trueno relampagueante de Karl Marx, un pensador que nunca se fue, sino que siempre vivió entre nosotros en las luchas abiertas o encubiertas que nunca han cesado de librar los trabajadores y los explotadores y oprimidos del mundo entero contra el sistema del capital.

Renán Vega Cantor

 

Aldo Casas nació en Córdoba en 1944. Activista estudiantil, social y político desde 1961 ingresó en 1965 al Partido Revolucionario de los Trabajadores y militó sucesivamente en el PRT-La verdad, en el Partido Socialista de los Trabajadores- PST y en el Movimiento al Socialismo-MAS. Como periodista e internacionalista residió durante años en diversos países. En 2002 confluyó en Cimientos y posteriormente en el Frente Popular Darío Santillán. Integra el consejo de redacción de Herramienta y es antropólogo. Es autor de numerosas obras, entre ellas Drogadicción, salud y política (2002) y Los desafíos de la transición (2011), y de obras colectivas tales como Pensamiento crítico, organización y cambio social (2010), Poder popular y nación (2011) y Socialismo desde abajo (2013). Karl Marx, nuestro compañero: una invitación a conocer su vida y sus combates es su última obra.  

 

 

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