¿Quién fue John William Cooke?

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A propósito de la próxima aparición del libro El hereje. Apuntes sobre John William Cooke, de Miguel Mazzeo, reproducimos el prólogo al trabajo que a fin de mes saldrá publicado por la editorial El Colectivo.

 

Durante muchos años Cooke, alias “El Bebe”, ha sido algunas fotos, algunos artículos escritos por periodistas o militantes, alguna frase famosa, el recuerdo de algún veterano o alguna veterana que tuvieron el privilegio de conocerlo, un puñado de cartas, alguna mención a Alicia Eguren, unos pocos textos que apelan a su recuerdo o investigaron una parte de su vida. En resumen, un cargamento valioso que sobrevivió a varios naufragios y que, de tanto en tanto, emerge en la cresta de la ola sin más explicación que la propia tozudez de sus ideas.

Corresponde a Eduardo Luis Duhalde el mérito de haber reunido casi todos sus papeles conocidos y de haber publicado sus Obras Completas.

Corresponderá a Miguel Mazzeo el mérito de convertirse en un guía lúcido y sagaz para acompañarnos a conocer su recorrido.

Miguel, a quien Nuestra América debe una obra excepcional que nos permite acercarnos a José Carlos Mariategui, no improvisa con Cooke. Lo ha venido rastreando desde hace muchos años. Compiló artículos que aportaban diferentes miradas sobre el personaje en: Cooke de vuelta. El gran descartado de la historia argentina (La Rosa Blindada, Buenos Aires, 1999); publicó algunos de sus trabajos inéditos o poco conocidos en: John William Cooke. Textos Traspapelados (1957-1961) (La Rosa Blindada, Buenos Aires, 2000). Es decir, se ocupó de su legado en tiempos en que, en las nuevas generaciones, la sola mención del peronismo remitía al menemismo; es decir, a un pasado cercano y oprobioso. Pero su vinculación con Cooke no se reduce a la preocupación de un investigador serio que elude las tentaciones marquetineras. Porque Miguel, como Cooke, ha estado más preocupado por la revolución que por ser considerado un intelectual de izquierda, o un mascarón de proa presentable para esconder tripulaciones y destinos poco recomendables para el pueblo. Hay una sintonía en sus herejías.

Miguel nos ayuda a reconstruir el camino de Cooke y mi primera reflexión es que ese camino fue muy distante del que suele imaginarse en los laboratorios del pensamiento de izquierda, pero también del que muchos militantes de izquierda suelen recorrer en la vida real.

Si se piensan los recorridos militantes desde el laboratorio, se supone que el marxismo sería el grado universitario, o el posgrado de la formación intelectual.

La realidad no se compadece de los laboratorios y, habiendo asistido al recorrido de cinco generaciones de militantes, me parece más atinado asegurar que lo más frecuente es el camino inverso, donde el abuso de las terminologías marxistas por parte de jóvenes inquietos sea posteriormente aplacado y reemplazado por versiones discursivas mucho más potables para su inserción laboral o institucional.

Cooke eligió no transitar el crecimiento programado de los laboratorios, una ficción educativa, o la más frecuente declinación de los ímpetus revolucionarios. Su recorrido fue diferente.

No lo dice Miguel, pero me gustaría agregarlo. El recorrido de Cooke se parece al de José Gervasio Artigas, que primero se sintió gaucho e indio, habitante de las tierras libres de la Banda Oriental, y después se fue haciendo revolucionario.

En tiempos más recientes, el camino de Cooke se puede emparentar con el de Hugo Rafael Chávez Frías, que siendo bolivariano incorporó al marxismo como segunda lengua. Los dos se apropian de ese lenguaje ya curtidos por las conspiraciones revolucionarias y modelados por una profunda vivencia y compromiso con las luchas, los deseos y los sueños de los más humildes.

Cooke y Chávez empalman con los mejores aportes del pensamiento marxista (o de los marxismos); ellos fueron capaces de leer, discernir, criticar, advertir lagunas y valorar cumbres, sin más pretensiones que las de contar con una herramienta más eficaz para trabajar y comprender mejor lo que desde el inicio de sus trayectos venían haciendo. Por eso fueron brillantes y su legado intelectual y político seguirá sobreviviéndolos.

Basta recorrer las páginas de El Hereje para comprobar la vigencia de un pensamiento político que atraviesa un tiempo viejo en que el peronismo fue “el hecho maldito del país burgués” (esa definición le pertenece a Cooke) y un tiempo nuevo en que el peronismo se ha ido convirtiendo en el acertijo más complicado del proceso revolucionario argentino. No podrá hacer una revolución quien no invoque su herencia (el 17 de Octubre del 45, Eva Perón, la Resistencia Peronista, el ascenso insurreccional de la década del 70), pero tampoco podrá hacer la revolución quien se asocie a sus herederos formales: el Partido Justicialista que, a semejanza del Partido Revolucionario Institucional (PRI) Mexicano, se ha convertido en la mejor garantía de consolidación del proyecto capitalista, el más eficaz bombero, el más lúcido intrigante y desarticulador de la unidad popular.

El pensamiento político de Cooke trasciende al destino de la identidad política a la que nunca renunció: el peronismo. Y otra vez vuelve a parecerse a Chávez, cuyo pensamiento sobrevivirá al destino del chavismo.

Esta comprobación no lo desvincula de su momento histórico y de las luchas y los sueños de hombres y mujeres de su tiempo. No habría Cooke sin su sorprendida asistencia al 17 de Octubre de 1945; no habría Cooke sin su vinculación con la vanguardia obrera de la Resistencia Peronista; no habría Cooke sin su vivencia de la Revolución Cubana.

Por el contrario, la vigencia de su pensamiento radica en que su experiencia formativa fue forjada y sus conclusiones políticas más profundas fueron elaboradas en las cocinas de la lucha de clases de su época. Y no estaba allí por casualidad, fue llevado por sus fervores militantes, por su compromiso con las causas populares.

Me parece un acierto de Miguel haber insertado en su libro las “Notas para una biografía de Alicia Eguren”. No conocí a Alicia, pero sí a otras personas, sobre todo compañeras, con quienes había compartido militancia. Por sus comentarios, puedo asegurar que su presencia podía generar distintas percepciones, menos indiferencia. Se parecía en eso a lo que se decía de Eva Perón.

En la década del 70 nos llegó el rumor de que aquella famosa carta de Juan Domingo Perón con motivo del asesinato del Che, y que tanto nos enorgullecía, la había escrito Alicia, y que “el Viejo” la dejó correr, sin desautorizarla. ¿Falsificarle una carta a Perón? Esa mujer era capaz de todo. Y ese todo incluía enfrentar los prejuicios moralistas de la época y llevar la subversión a la cama y a la pareja.

Está claro que John y Alicia fueron mucho más que la suma de las partes y entre los dos, potenciándose, sobreponiéndose a sus miedos y a sus mandatos de origen, construyeron un dúo extraordinario. Por eso, tampoco habría Cooke sin Eguren.

“Alicia era muy buena militante, la mejor”, me dijo un revolucionario cubano que la conoció bien.

En política quizás su diferencia más marcada con Cooke fue que El Bebe, aun advirtiendo los límites de Perón, siempre albergó la esperanza de que, estalladas las contradicciones del movimiento, “el Viejo” terminaría acompañando la opción elegida por las fuerzas populares, por los trabajadores. Alicia llegó a redondear una opinión diferente, tal vez porque contó con la ventaja de sobrevivir a su compañero y de poder presenciar las decisiones que tomó Perón después de su regreso al país. O siempre lo pensó, o terminó por convencerse. Pero, por una razón u otra, ella no tuvo dudas sobre a qué intereses de clase respondería finalmente Perón.

Quizás el hecho de que una figura como Alicia Eguren movilice tantos buenos recuerdos entre los veteranos de la Revolución Cubana, y que su nombre se le haya escapado a las nuevas generaciones que se reivindican nacionales y populares en la Argentina, no sea una mera casualidad. Que se reivindique al Tío Cámpora, cuya mayor virtud fue la fidelidad a Perón, y no a la “infiel” Alicia, es un signo de estos tiempos donde la historia se repite como farsa.

Desde el mismo momento en que la bota del invasor español pisó América para iniciar el saqueo y el genocidio, se inició un combate sistemático contra toda expresión de continuidad histórica y de valorización de saberes de los pueblos originarios. El invasor pretendió asegurar su dominio dejando en blanco la memoria de los pueblos de la misma forma en que se resetea un disco rígido.

Atravesando distintas etapas históricas, hay una matriz de pensamiento eurocéntrico que sigue fiel al mandato original. Nos sigue diciendo que no hubo un pasado ni tampoco hay un presente posible por fuera de la iluminación civilizatoria europea. Apenas somos el desierto, la barbarie, las masas incultas manipuladas por astutos caudillos, los eternos alienados que se aferran a ilusiones fracasadas de antemano.

Cooke va construyendo otra mirada. Su punto de partida no es la barbarie sino las revoluciones inconclusas. Y desde allí puede emparentarse con Mariátegui, que ubica los embriones de socialismo en el ayllu incaico y, treinta años después de su muerte, puede asociarse a Hugo Chávez, que reivindicó el árbol de las tres raíces; Simón Rodríguez, Simón Bolívar y Ezequiel Zamora.

El punto de vista que asume Cooke es incorporar las luchas de su época en el proceso de resistencia y de búsqueda de liberación que lleva siglos. Como bien apunta Miguel, en esa trama va insertar la experiencia de poder de los trabajadores peronistas, “un entarimado histórico que contribuyó a que los trabajadores desarrollaran el sentido de clase y la conciencia de sus potencialidades, condición necesaria para el desarrollo de una ideología revolucionaria”. Se estaba muriendo Cooke cuando Carlos Olmedo, uno de los más lúcidos revolucionarios de la generación del 60 y un hombre cercano a John y Alicia, advertirá que esa experiencia de poder “incompleta”, “ilusoria” o “acotada”, había sido vivida como una realidad por los trabajadores argentinos. Y que esa subjetividad era lo suficientemente potente para ir por más.

En Cooke la reivindicación de las experiencias populares, aun de las experiencias frustradas o inconclusas, va acompañada de un detalle que no es menor. El ojo está puesto en el pueblo, en los trabajadores y las trabajadoras, en su experiencia política, en las modificaciones en su conciencia, en su actividad y procesos organizativos. En resumen: en lo que ese tránsito significó para el conjunto de las clases oprimidas y explotadas. Cooke no se confunde con el resto. Conoce como nadie las limitaciones de la burocracia política y sindical del movimiento peronista y de la reconvertida burguesía nacional en burguesía local. Las ha padecido siendo delegado de Perón, esforzándose en la ímproba tarea de sostener una unidad de fuerzas que marchaban hacia su antagonismo. Años después, Raimundo Villaflor concluiría que aquella unidad no sólo era imposible, sino que era también una utopía reaccionaria.

Como bien apunta Miguel, para Cooke, la Revolución Cubana fue la confirmación de certezas que venía masticando desde hacía tiempo. Varias décadas después de su muerte, la Revolución Bolivariana volvía a poner blanco sobre negro aquellos debates que desvelaron a Cooke y a partir de los cuales terminó fijando algunas de sus posiciones más emblemáticas. La Revolución Bolivariana nos recordaba que “para quien quiera tener Patria el único camino posible es el socialismo” y nos traía de nuevo a Cooke.

Miguel afirma acertadamente que Cooke “muere en las vísperas” y eso le da pie para abordar la importancia que tuvo su desafortunada ausencia para el proceso revolucionario argentino de la década del 70. Agregaría también otras tempranas y desafortunadas ausencias como las de Carlos Olmedo y Sabino Navarro. Y para ser justos, con implicancias opuestas, el demorado fallecimiento de Juan Perón. Las revoluciones las hacen los pueblos, pero azarosas circunstancias que hacen a la sobrevida o temprana desaparición de dirigentes o cuadros revolucionarios suelen tener mucha incidencia. Las experiencias de las revoluciones cubana y bolivariana, que nos brindan un material muy valioso para sacar conclusiones políticas, confirman la importancia de estas circunstancias azarosas.

Pensando en las continuidades de Cooke en los diversos colectivos militantes, la confirmación sobre una de ellas me llegó en forma inesperada.

Estaba conversando con Fernando Martínez Heredia en La Habana, en 2013 y la conversación rumbeó hacia mis primeras experiencias militantes. Le estaba comentando de las Fuerzas Armadas Peronistas (las FAP), cuando me interrumpió sorpresivamente

–Cooke.

–Sí, claro, Cooke.

Después empezó a contarme de aquellos años épicos de principios de los 60, que había conocido a John y Alicia, que eran parte de “la mesa del Che”. Fernando tenía autoridad para decirlo. Él mismo era un hombre del Che. Es decir, era parte de una forma particular de ser revolucionario en el seno de la experiencia de la Revolución Cubana. Y esa forma particular de ser revolucionario en pensamiento y ejemplo ha dejado un legado que sobrevive al tiempo y se actualiza ante cada dificultad que surge, en cada momento de crisis.

Incluiría en la línea sucesoria de Cooke a los y las protagonistas de la gran rebelión popular de 2001, que permitió desalojar al gobierno de Fernando De la Rúa; y de entre todos ellos y ellas, elegiría la figura de Darío Santillán, a quien tuve el privilegio de conocer. Darío, que caminó las mismas calles que Raimundo Villaflor (y por parecidos motivos), fue asesinado el 26 de junio de 2002 en Avellaneda, en la zona sur del conurbano bonaerense, el gran bastión de más de cien años de luchas obreras y populares.

En la Argentina de hoy los intereses populares y las esperanzas revolucionarias lo tienen en frente a Mauricio Macri y a los dueños del país, dispuestos a ejercer sin intermediarios el poder político apelando a las mismas recetas económicas que denunciara Rodolfo Walsh en la Carta a la Junta de Comandantes: baja de salarios, endeudamiento externo, incremento de la desocupación, relaciones carnales con Estados Unidos, apertura de los mercados. Esta época aciaga se completa con un horizonte donde se recorta un posible retorno del Justicialismo, como último garante de la continuidad de la gobernabilidad capitalista.

En Nuestra América las mejores esperanzas revolucionas juegan su destino en los países del ALBA, en particular en Venezuela y Bolivia, dos procesos revolucionarios que están pagando el duro precio de desafiar al Imperio y a las burguesías locales.

John William Cooke y Alicia Eguren viven en las luchas que retoman el viejo camino de la unidad y protagonismo popular y del enfrentamiento sin claudicación por una Patria Grande Latinoamericana, Libre y Socialista.

Quiero agradecer a Miguel Mazzeo su enorme esfuerzo por ayudarme a recuperar a un Cooke muy parecido al que pude intuir por los relatos de mis compañeros de Berisso de la década del 70, en los cuales también aparecía con frecuencia el recuerdo del Vasco Ángel Bengoechea.

Creo que incluirme en la línea sucesoria de Cooke es una exageración del autor que puede disculparse porque, aun a los intelectuales críticos, lo subjetivo –en nuestro caso una prolongada y cálida amistad– puede nublarle la mirada.

Conocer a “El Hereje” aportará a la tarea de recuperar nuestro pasado, sobre todo a las nuevas generaciones, desde una mirada desprovista de toda apelación folklórica o manipulación interesada. Abordar su camino desde el pensamiento crítico, es hacerle justicia a su nombre, pero también a su ininterrumpida búsqueda con vocación revolucionaria.

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