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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Ay Nicaragua, Nicaragüita (I)

22 Jul,2019

por Adolfo Rodriguez Gil

Reproducimos el articulo de Adolfo Rodriguez Gil, que si bien salio para el aniversario numero 25 de la revolucion, desde Contrahegemonia creemos todavia en su actualidad y la informacion que nos aporta para entender el proceso revolucionario. Por el presente serán extractos del mismo y como en su formato original los pondremos en dos articulos, el primero titulado " Ay Nicaragua, Nicaragüita (I)" y la segunda parte "El FSLN en el poder (II)".

El 19 de julio de 1979, las formaciones guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) entraron en Managua y tomaron los últimos símbolos del poder somocista: el Palacio Nacional y el complejo de la loma de Tiscapa. Dos días antes, el tercero de la dinastía de los Somoza, Anastasio, había abandonado el país forzado por el avance de las columnas guerrilleras que iban tomando una tras otra todas las ciudades del país y por la descomposición de su Guardia Nacional y de su poder, pero también presionado por la Administración Carter, de los Estados Unidos, que buscaba a toda prisa aguar el anunciado triunfo revolucionario propiciando una salida pactada y un gobierno que incluyera sectores somocistas.

Ese día millones de personas vivimos una alegría como sólo puede proporcionar una revolución, sentimos que todos los sacrificios merecen la pena aunque sólo sea por vivir un momento así. La victoria fue especialmente celebrada en toda América Latina. En los pueblos, en las ciudades, en las fábricas, en los barrios de trabajadores, en las universidades, en las casas, hubo miles de fiestas. Incluso en los países que, como Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay... vivían una dictadura. América Latina fue una sonrisa ese día y muchos más, porque la revolución nos seguiría dando a todos muchos motivos para sentirnos orgullosos y todavía hoy, a pesar de todo, nos los sigue dando. A ese recuerdo y a este presente, porque el fermento revolucionario sigue vivo en Nicaragua y en toda América Latina, está dedicado este artículo.

¿Una revolucion imposible?

En todas las revoluciones hay una aleación inseparable de necesidad histórica y de “milagro”, pero cuando se estudia la revolución nicaragüense ese último componente parece ocupar casi toda la mezcla. Casi da miedo analizar la secuencia de pasos quebradizos que la armaron.

Cualquier análisis “objetivo”, anterior a la toma del poder, proporcionaba una visión pesimista de las posibilidades revolucionarias en Nicaragua. Es verdad que Nicaragua era un país de “revoluciones”. Un país en el que la política parecía asentada en el siglo diecinueve y en el que las disputas entre los grupos con aspiraciones al gobierno en muchas ocasiones se resolvían a tiros. En el que burgueses, terratenientes, ganaderos poderosos, gentes de la pequeña burguesía urbana, hijos segundones en busca de fortuna... se montaban a caballo al frente de sus partidarios (o de sus empleados y colonos) para hacer una “revolución” contra el gobierno. Una práctica que todavía se arrastraba desde la interminable cadena de guerras civiles que recorrió América Latina tras la independencia, en las luchas por la configuración de los nuevos Estados y en las disputas por las regalías y ventajas que siempre otorga el poder político.

Es cierto también que, además de esas pugnas entre oligarcas, aventureros, oportunistas y, también hay que decirlo, algún burgués visionario, en Nicaragua hubo otra tradición de lucha desde los oprimidos, de insurrecciones indígenas, de alzamientos de pobladores, de revueltas de estudiantes de secundaria y de la universidad, de huelgas de mineros y jornaleros, de asonadas ciudadanas... y, sobre todo “el pequeño ejército loco” comandado por Augusto Cesar Sandino en los años treinta, declarando la guerra a todos: a su propio Partido Liberal, al gobierno traidor, a los vendepatrias y a los Estados Unidos, y lo que es más increíble ganándola y obligando a los marines a replegarse, para luego perderla, junto con la vida, en los pactos negros y espinosos de la paz que dieron nacimiento a la saga de los Somoza. Después de la derrota de Sandino, se sucedieron periódicamente rebeliones antisomocistas y en gran medida dirigidas o capitalizadas por el Partido Conservador, frente al Partido Liberal somocista, hasta el nacimiento del FSLN. Pero hablemos de la situación de la Nicaragua en la que nació el movimiento revolucionario.

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Nicaragua antes de la revolución era un pequeño país subdesarrollado y dependiente, de poco más de dos millones de habitantes (unos 2.700.000 en 1979), la gran mayoría de ellos niños y niñas, con un analfabetismo superior al 50% en la población adulta y del 90% entre las mujeres campesinas.

Su economía era preponderantemente agropecuaria y en este sector predominaba el pequeño campesino, propietario de pequeñas parcelas situadas en las peores tierras (a las que había sido progresivamente desplazado), en las que producía para el consumo interno con una tecnología muy atrasada . A su lado existía una mediana propiedad bastante extendida, que producía tanto para el mercado interno como para la exportación, y una gran propiedad latifundista, encaminada funda- mentalmente hacia la exportación (café, algodón, azúcar, banano, tabaco...), que se había apropiado de las mejores tierras y que contaba con un relativamente alto nivel de tecnificación y con un bajo empleo de mano de obra permanente .

Su industrialización era muy precaria. Predominaba una gran masa de pequeños talleres artesanales familiares a caballo entre la producción y el comercio, junto con una mediana industria orientada hacia el consumo interno y alguna industria de tamaño mediano-grande (incluida la agroindustria) orientada hacia el mercado local y el centroamericano (proveniente de la época en que la “Alianza para el Progreso” impulsó el Mercado Común Centroamericano).

No obstante, Nicaragua era un país altamente urbanizado y terciarizado. Casi la mitad de la población vivía en ciudades en las que predominaba un sector servicios sobredimensionado, en el que prevalecían los negocios familiares instalados en la propia casa (la “pulpería”, la casa de comidas, la peluquería, el taller de reparaciones, etc.), junto con una burocracia gubernamental privilegiada y una clase media nada despreciable.

Esta estructura productiva y social, ocasionaba que no hubiera una clase obrera desarrollada ni en el campo ni en las ciudades. La gran mayoría de los jornaleros eran a la vez pequeños propietarios y los trabajadores industriales eran apenas el 5% del total de la población activa , tenían por lo general poca cualificación, se daba en su seno un alto nivel de rotación y tenían un bajo nivel de organización .

El sector hegemónico de la economía nicaragüense era la exportación de productos agropecuarios, en manos de las oligarquías terratenientes y financieras, que no sólo exportaban lo producido en sus latifundios sino también acopiaban la producción de las medianas propiedades (de las que provenían la mayor parte de lo exportado).

Junto con estos factores, la geopolítica situaba al país en lo que sucesivos presidentes de los Estados Unidos llamaron su “patio trasero”, y si bien no hubo nunca una presencia destacada de empresas norteamericanas, en comparación con el resto de países centroamericanos, el factor geopolítico, reforzado por el hecho de que en Nicaragua fuera factible la construcción de un canal alternativo al de Panamá, hacía que el vecino del Norte vigilara con cuidado todo lo que pasaba en este país e interviniera continuamente en su vida política. “La Embajada” por antonomasia ponía y quitaba presidentes, dictaba leyes, definía el presente y el futuro con todo detalle y de manera cotidiana.

Este panorama configuraba unas “condiciones objetivas” donde las perspectivas de una revolución anticapitalista parecían más que lejanas.

El FSLN: la tozudez del factor subjetivo

Pero en este difícil escenario, sin que sepamos a ciencia cierta de dónde surge, el factor subjetivo jugó un papel decisivo, cuando, desde 1960, inspirados por el triunfo de la revolución cubana, un grupo de jóvenes, la mayoría de clase media urbana y estudiantes, decidió constituir una organización armada, que llamarían Frente Sandinista de Liberación Nacional.

El FSLN apareció públicamente con unos planteamientos antiimperialistas, antisomocistas y revolucionarios , y sus principales dirigentes y fundadores (especialmente Carlos Fonseca) se reconocían, en la terminología de aquellos años, como marxistas-leninistas. Los fundadores del FSLN partían de admitir las dificultades de realizar un trabajo político “de masas” en las condiciones de Nicaragua, tanto por el “atraso” de la formación social y especialmente de los trabajadores, como por las dificultades objetivas que planteaba la represión somocista, a pesar de que Nicaragua existían formalmente partidos políticos y elecciones. Por lo que se decantaron por alejarse de la actuación de la izquierda tradicional y crear un grupo armado.

Y empezaron a crear un grupo reducido de “revolucionarios profesionales” jóvenes  , que dedicaran íntegramente su vida a la revolución, y que a través   de acciones de agitación y de “propaganda armada” realizadas por organiza- ciones clandestinas pretendían despertar la conciencia de los oprimidos y convertirse en vanguardia de sus luchas, para derrocar al somocismo, salir de la tutela del imperialismo y caminar hacia el socialismo.

Su vida política en los primeros años consistió en estudiar en pequeños círculos la realidad de Nicaragua y el marxismo, captar militantes, sobre todo en ambientes estudiantiles, realizar agitación y propaganda, a través de boletines, pintadas, etc., participar en todas las movilizaciones antisomocistas, hacer entrismo en otras orga- nizaciones, crear de grupos de apoyo clandestinos, encabezar en muchas ocasiones el movimiento estudiantil, intentar de constituir sindicatos, etc., e iniciar los entrena- mientos militares, viajar a Cuba para participar en cursos de guerra de guerrillas y realizar algunas “expropiaciones” a bancos y sabotajes (aunque siempre con un rechazo explícito al terrorismo). Luego llegarían las acciones armadas en la ciudad y los primeros intentos de crear guerrillas en el campo, partiendo de una estrategia “foquista”, de pequeños grupos que debían ir creciendo con los campesinos de la zona y con los refuerzos llegados de las ciudades. Y también en los primeros años se dieron los primeros fracasos y las primeras y dolorosas pérdidas de cuadros y militantes, que no terminaron prematuramente con la experiencia revolucionaria. Los fundadores del FSLN partían de la conciencia de que le esperaba una muy larga lucha y con este planteamiento, y con esa mística, se educaron las sucesivas generaciones de revolucionarios que se le fueron incorporando.

Esta fórmula, que podíamos llamar castrista o guevarista y que se generalizó en América Latina en los años sesenta, fue mantenida de manera tenaz, a pesar del sacrificio de la práctica totalidad de los dirigentes del FSLN (de las sucesivas Direcciones Nacionales se puede decir que sólo sobrevivió Tomás Borge) y de centenares más de los mejores hijos del pueblo. Pero esa tenacidad fue convirtiendo los sucesivos fracasos militares en éxitos políticos, en la medida que el FSLN supo permanecer y reconstruirse tras cada golpe y su presencia y su actuación arraigaron en el corazón de la gente y esta organización se convirtió en sinónimo de valentía, honradez, audacia y sacrificio.

El “milagro” se estaba construyendo sobre esas bases firmes, pero también sobre la estrecha línea de la voluntad, de la capacidad y de la honestidad de un grupo reducido de personas.

Y esa estrecha línea se quebró en varias ocasiones y el FSLN atravesó serias crisis internas. Probablemente la más seria se dio entre 1973 y 1975, cuando su organización fue prácticamente inexistente, su dirección ni siquiera se reunía, se inició un proceso de desacuerdos internos, murió en combate su secretario general Carlos Fonseca y finalmente se escindió en tres fracciones . Se puede decir que tres años antes de la toma del poder, el FSLN apenas existía. Pero las tres fracciones mantuvieron un importante grado de contacto, debate y colaboración política y militar que permitió que el ascenso de las luchas revolucionarias en 1977 y, sobre todo, la insurrección en las ciudades de 1978, encontraran su principal referente en la organización guerrillera. Finalmente, en febrero de 1979, sólo cinco meses antes del triunfo revolucionario, las tres tendencias volvieron a dar una lección de flexibilidad y seriedad reunificándose.

La toma del poder: las condiciones subjetivas y las objetivas

Parece claro que la suerte sonríe a los audaces, pero sobre todo a quienes persisten en buscarla. En veinte años de lucha clandestina, el FSLN pasó por momentos terribles en los que quedó reducido a unas decenas de militantes dispersos, aislados y desconcertados. Pero a la vez las condiciones objetivas empezaron a soplar a favor de la causa de los revolucionarios.

En el terreno internacional se empezaron a producir importantes cambios. Los años setenta fueron terribles para el imperialismo. Los USA fueron derrotados y humillados en Vietnam y en toda Indochina en 1975, en África, ese mismo año, de la mano de movimientos revolucionarios se producen la independencia de Angola y Mozambique, y más tarde los cambios en Etiopía, Guinea-Bissau, Libia, Irán, Zimbabwe... en Portugal la Revolución de Abril, en España la muerte de Franco, etc., y su estrategia de dominio internacional quedó desbaratada, a la vez que la crisis económica, que había empezado a finales de los sesenta, se instaló plenamente en la década de los setenta.

En Nicaragua, la crisis económica empezó también a manifestarse con fuerza. A la caída de los precios internacionales de los productos de exportación, se sumó la subida de precios de las importaciones (especialmente del petróleo), la crisis del Mercado Común Centroamericano, la crisis de su industria, la hiper- inflación, el incremento de la deuda externa, etc., configurando un panorama de difícil salida y ante el cual el somocismo respondió con más represión, más corrupción y con una estrategia de robo y saqueo. El somocismo, especialmente desde el terremoto de Managua de 1973, se lanzó a una carrera de apropiación no ya de lo estatal, que era su feudo, sino que invadió cada vez más los espacios económicos de las otras fracciones oligárquicas, apoyándose en el aparato estatal y en el respaldo de los USA, lo que hizo que estos sectores lo sintieran a veces como la amenaza principal a sus intereses inmediatos.

Y el FSLN empezó a recoger los frutos de su estrategia y de sus sacrificios  . Creció, a pesar de su fraccionamiento, aumentó su fuerza política y militar, realizó cada vez acciones armadas más audaces y efectivas, y se convirtió en el principal referente político del país.

Frente a esta situación el gobierno desencadenó una represión cada vez más amplia y más indiscriminada, en el más puro estilo de la Escuela de las Américas, lo que en vez de producir el miedo que pretendía, produjo un cada vez mayor respaldo popular al FSLN y su estrategia de derrocamiento por la fuerza del somocismo. Los jóvenes de los barrios, de las universidades y de los institutos se enrolaban en el FSLN o emprendían por su cuenta acciones armadas contra la Guardia Nacional (“la genocida”), no sólo como resultado del aumento de conciencia que la situación les provocaba, sino en muchos casos como medio de autodefensa. En esos momentos podía ser más peligroso, siendo joven, caminar por un barrio, ir al instituto o a la universidad, y hasta permanecer en su casa, que pasar a la lucha armada clandestina. En esos años, las tres fracciones del FSLN crecieron y se lanzaron a un tipo de actividad que en gran medida iba a resultar complementaria. La fracción Tercerista o Insurreccional llevó la voz cantante, obtuvo un importante apoyo internacional por parte de algunos gobiernos y de partidos socialdemócratas, realizó los golpes más audaces (como la toma del Palacio Nacional), tendió puentes a sectores de la burguesía antisomocista, mientras preparaba desde Costa Rica la conversión de los grupos guerrilleros en columnas militares para “invadir” el país, coincidiendo con la insurrección que auspiciaba. La fracción Guerra Popular Prolongada actuó fundamentalmente en las montañas y en las zonas campesinas en una guerra de desgaste. Mientras, la fracción Proletaria se centró en las ciudades, en la organización de comandos urbanos, en las fábricas y en el movimiento estudiantil.

El derrumbe del poder de la dictadura costó miles de muertos. La Guardia Nacional bombardeó los barrios (y de paso alguna industria de los grupos competidores con Somoza). La insurrección de septiembre de 1978 fracasó y las fuerzas guerrilleras tuvieron que abandonar las ciudades conquistadas. La represión hizo que más jóvenes abandonaran sus casas y se unieran a los grupos guerrilleros. Varios gobiernos rompieron relaciones con Nicaragua. Y en mayo de 1979, el FSLN, ya reunificado, lanzó la “ofensiva final”, atacando desde el sur y desde el norte y convocó la huelga general revolucionaria. Mientras, los USA intentaron maniobrar para lograr una salida pactada que incorporara a la burguesía al carro de los vencedores. Incluso hicieron un último intento en la OEA, en junio, para que se produjera una intervención (que hoy llamarían “militar-humanitaria”), una “fuerza de paz”, con la misión de interponerse entre los contendientes, es decir de evitar el triunfo sandinista.

El proyecto revolucionario: de nuevos las condiciones objetivas y subjetivas

El FSLN, recién unificado y con una dirección colegiada de nueve miembros, tres por cada antigua fracción, sin un líder máximo o un secretario general (lo cual era un fenómeno prácticamente nuevo en los movimientos revo- lucionarios), dirigiendo a la población había tomado el poder político. Los anhelos parecían cumplirse. El sueño se hacía realidad, pero otra realidad esperaba a la mañana siguiente. Lo más duro estaba por llegar.

Se había demostrado que la voluntad puede mover montañas, pero se iba a demostrar que no basta sólo con voluntad para construir una nueva realidad y que esa voluntad es necesario reproducirla y cuidarla. La revolución tenía ante sí tareas gigantescas: debía estructurar un movimiento social revolucionario y un modelo económico que le diera sustento. Y esa tarea debía abordarla un grupo político que se había dedicado sobre todo a las tareas militares, que tenía muy pocos cuadros y militantes, en medio de una crisis económica mundial (especialmente fuerte en América Latina y en Nicaragua), en un país con una formación social desestructura- da y atrasada, con una economía fuertemente ligada al mercado mundial, en la que la pequeña propiedad era dominante, y con la amenaza inminente de enfrentar la intervención militar del gobierno de los Estados Unidos.

Por un lado, el factor subjetivo, la “vanguardia”, era sumamente débil. Ciertamente el FSLN tenía cuando alcanzó el triunfo el respaldo de la mayoría de la población y especialmente de los trabajadores, los campesinos pobres, los estudiantes, los intelectuales... Pero su número de militantes era ínfimo (la última promoción que se realizó antes del 19 de julio llevó el total de militantes a cerca de cien), aunque contaba con entre tres mil y seis mil guerrilleros y con una red social que podía multiplicar por cinco o diez esta última cifra. El acceso a la condición de militante había estado muy restringido, como diseño consciente del modelo de organización adoptado, y lo seguiría estando . El FSLN era dirigido por un reducidísimo número de cuadros y sólo se accedía a esa condición después de haber probado durante un período largo de tiempo su fidelidad a la lucha y después de tener un cierto nivel de formación (¿es esto antidemocrático?: creo que no. ¿es esto peligroso?: sin duda).

Por otro lado, las condiciones económicas y sociales no eran favorables para la consolidación de un proceso revolucionario de carácter socialista.

Somoza había dejado una deuda externa de 1.600 millones de dólares y apenas tres millones en las arcas del Banco Central, la crisis económica mundial se manifestaba con especial crudeza en América Latina y afectaba de manera especial a las exportaciones nicaragüenses y a los países centroamericanos, la guerra había causado decenas de miles de muertos (los datos que se daban oscilan entre 30.000 y 60.000) y una gran devastación en infraestructuras, industrias, hato ganadero, etc.,

En el terreno de las transformaciones económicas y sociales, los revo- lucionarios partían de considerar que no era posible la transformación radical de manera inmediata. Aunque también pesaban los lazos que, en los últimos meses antes del 19 de julio, se habían establecido con sectores de la burguesía, con gobiernos como el costarricense, el venezolano, el mexicano..., el apoyo de la socialdemocracia internacional, la voluntad de no cortar relaciones con las instituciones financieras internacionales (BID, FMI, BM...) e incluso con el gobierno USA. La reconstrucción de la economía era la prioridad y para eso se necesitaban recursos externos, créditos, apoyo internacional, evitar el aislamiento y, al menos, no acelerar la agresión.

Por eso el FSLN puso al frente del gobierno a la llamada Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, en la que junto a destacados sandinistas, se encontraban elementos de la burguesía como Violeta de Chamorro, Arturo Cruz, Alfonso Robelo (estos dos últimos se pasarían posteriormente a las filas de la contrarrevolución) y proclamó que los principios de la revolución eran la economía mixta, el pluralismo político y el no alineamiento.

Y la revolución empezó a promover y a dar cauces a esas transformaciones.

Vino la campaña (“cruzada”) de alfabetización en la que decenas de miles de jóvenes partieron hacia el campo (“la montaña”) a enseñar a leer, a ayudar en las tareas campesinas, a apoyar las transformaciones, a llevar el espíritu insurreccional de las ciudades a las zonas más alejadas, etc.... y a la vez a conocer lo más profundo de su país, a sorprenderse de lo que no sabían que pasaba, a ver que la miseria y el atraso no es una definición de sociólogos sino una realidad durísima.

Vino la reforma agraria a crear miles de cooperativas, a titular tierras ocupadas, a repartir tierra en algunas zonas, a crear sindicatos y asociaciones campesinas, a establecer empresas estatales en las grandes fincas confiscadas a los somocistas, a expropiar los latifundios mal cultivados, a mejorar la capacitación, a tecnificar la producción, a intentar mejorar la comercialización, a hacer caminos para poder sacar la producción hacia los mercados, a establecer empresas para el acopio, a organizar milicias populares entre los campesinos, a llevar el crédito a los últimos rincones del país, a subsidiar la producción de los granos básicos...

Vino la nacionalización de las empresas industriales de los somocistas, se crearon empresas de servicios antes inexistentes, se reconstruyeron las infra- estructuras destruidas en la guerra y se construyeron otras nuevas, a la vez que se extendieron los sindicatos (en unos años había unos 300.000 trabajadores/as del campo y la ciudad sindicados)...

Se puso en marcha un sistema de salud de carácter universal, con nuevos hospitales y centenares de puestos de salud, con campañas de salud e higiene, con miles de voluntarios/as (“médicos descalzos”). Se generalizó la enseñanza, se formaron decenas de miles de nuevos maestros/as, se abrió la universidad a las clases populares y se enviaron miles de jóvenes a estudiar a Cuba, Bulgaria, la RDA, la URSS... Se crearon programas de atención social, se amplió la seguridad social... Se puso en marcha un proyecto cultural que pretendía llegar a toda la población, se crearon editoriales, librerías y bibliotecas populares... Se titularon las parcelas irregulares en las ciudades, se crearon nuevos barrios ordenados, se facilitó la autoconstrucción de casas dignas, se abarataron y subsidiaron los materiales de construcción, se potenciaron las industrias de estos materiales, se extendió el agua potable, el alcantarillado, la luz eléctrica, el transporte público, se crearon Comités de Defensa Sandinista (CDS) para organizar a la población en los barrios (en poco tiempo contaron con cerca de medio millón de afiliados y afiliadas), debatir los problemas y atenderlos, prepararse para la defensa, disminuir la delincuencia, vigilar a los contrarrevolucionarios... Se puso en marcha un sistema para regular las escalas salariales y evitar las grandes desigualdades, se organizó el trabajo voluntario... Se organizaron las milicias populares, se repartieron centenares de miles de fusiles, se generalizó el entrenamiento militar, en el que participaron decenas de miles de hombres y mujeres de todas las edades... en las cooperativas y explotaciones agrarias, en los barrios, las fábricas, las universidades, se prepararon para la defensa de la revolución...

Es decir se puso en marcha una revolución, con todas sus consecuencias. Impura, como todas las revoluciones, pero real y, si me apuráis, mejor que las anteriores (como nos recordó en Managua Ernest Mandel, a finales de 1984).

Puede sorprender la cantidad de tareas que se emprendieron en los primeros años (especialmente en 1980 y 1981), pero es que las revoluciones tienen un arma secreta que es conocida: la incorporación de la gente, especialmente de los más humildes, en cuerpo y alma a las tareas revolucionarias. La dinamita de la conciencia y del entusiasmo abría todos los caminos, encontraba caminos nuevos, inventaba caminos inconcebibles... Y esto no es literatura, era algo que se constataba todos los días, a todas horas y en todos los rincones del país. Y sólo por esto todo parecía posible.

La economía mixta y las nacionalizaciones: coexistencia de clases, sin conciliación de clases

La mayoría de los documentos y debates anteriores al triunfo revolucionario e inmediatamente posteriores, cuando hacían referencia a las transformaciones económicas, basaban muchas de sus esperanzas en que con la confiscación de las propiedades somocistas se podría crear la base para una economía en la que el sector nacionalizado fuera hegemónico y pudiera dirigir la economía.

La realidad era diferente, pues aunque el peso económico de la oligarquía somocista era muy grande, no lo era tanto como la propaganda política revolucionaria indicaba. Por ejemplo, las propiedades rurales expropiadas a los Somoza y sus allegados eran algo menos del 15% del total de la tierra. Pero en esta primera oleada nacionalizadora también se incluyó la banca (no sólo la somocista) y los seguros, el comercio exterior, el almacenamiento y acopio del café, azúcar, algodón y carne (principales productos de exportación), las minas de oro y plata propiedad de empresas extranjeras y gran parte de la pesca y de la industria maderera. Estas empresas nacionalizadas se agruparon bajo el bonito nombre de Área Propiedad del Pueblo (APP).

Concretamente la participación del APP en el total de la producción era sólo del 27,6% y empleaba al 22,7% de la población económicamente activa. Con esto, en 1980, el peso del sector público (Estado más APP) era únicamente del 34% del PIB, lo que si bien era un salto importante con respecto a la situación anterior (11% del PIB), es menos de lo que se daba en la mayoría de los países europeos y en algunos latinoamericanos.

Por otro lado, el APP no configuraba un área pública creada expresamente, integrada y con una lógica interna, sino que, básicamente, era el resultado de las expropiaciones y entre las propiedades confiscadas además de algunas de las industrias y de las explotaciones agrarias más tecnificadas del país, había también burdeles, “roconolas”, hoteles, casas, empresas de taxis, cines, restaurantes, balnearios, etc.

Además, las propiedades incautadas estaban descapitalizadas (la fuga de capitales anterior al 19 de julio se calculó entre 500 y 1.500 millones de dólares), una gran parte habían sufrido daños y saqueos durante la guerra, un sector considerable de sus administradores y técnicos las habían abandonado y el sistema bancario estaba en quiebra.

Posteriormente, en 1981, se dio la segunda ola nacionalizadora, con la proclamación de la Ley de Reforma Agraria que extendió las confiscaciones a la gran propiedad ociosa o mal administrada y que básicamente se distribuyó a los campesinos organizados en cooperativas, pero que también llevó, desde 1983, a la distribución de tierras en forma de propiedad individual al campesinado pobre (especialmente en las zonas más atrasadas, que eran en las que con más fuerza incidía la contrarrevolución) y se continuó con las titulaciones de tierras a los campesinos que las ocupaban sin legalizar (“precaristas”) .

En general se puede decir que el FSLN fue cumpliendo su programa económico en casi todos sus puntos , pero que no tuvo oportunidad de ir más allá. En este terreno la revolución se enfrentó a un dilema clásico. Si nacionalizaba podía, por un lado, aumentar la cohesión en el campo de los trabajadores y poner en marcha un sistema de planificación. Pero, por otro lado, también podía llevar al caos a la producción e incrementar, dentro y fuera del país, la lista de los enemigos de la revolución. A mi juicio, el factor fundamental que hizo que las expropiaciones no avanzaran más deprisa y no llegaran a más sectores fue el que no se podía garantizar que las propiedades confiscadas siguieran produciendo al mismo nivel. 

...

La escasez de cuadros políticos experimentados y probados, la penuria de profesionales y técnicos favorables a la revolución, el que la propia sociedad revolucionaria despenalizara el pequeño hurto, el mercado negro, el intercambio de favores, el nepotismo , etc., hacía muy difícil la administración de las empresas nacionalizadas, como también hizo muy difícil la administración del aparato del Estado. Esta situación influenció en gran medida las opciones tomadas. Así, por ejemplo, cuando empezaron a escasear los productos básicos y se decidió establecer la cartilla de racionamiento, se optó por hacerlo fundamentalmente a través de pequeños comercios privados, pues, como se reconocía en un documento del Ministerio de Comercio Interior, la situación no permitía ni aconsejaba sustituir el comercio privado por el estatal y no sólo por lo caro que hubiera resultado crear una red alternativa, o porque una parte importante de la población vivía del pequeño comercio y que gran parte de esa población estaba activamente con la revolución, sino también porque se reconocía que “no hay garantía de tener suficiente personal honesto para vender” .

Es cierto que algunos cuadros de base, especialmente aquellos que volvían de hacer cursos o estudiar en Cuba, urgían al cambio y que en el interior del FSLN las polémicas al respecto eran cotidianas, pero el debate fundamental era de ritmos y prácticamente nadie sostenía que era posible un salto a las nacionalizaciones masivas .

Muchas más polémicas sobre la orientación de la economía, que no caben en este artículo, recorrieron el país en los diez años de poder revolucionario. El debate sobre qué nivel de industrialización era posible y necesario, sobre qué tipo de industria promocionar (hubo un decantamiento por la agroindustria) y qué tipo de tecnología utilizar (tecnología puntera o “tecnología adecuada” que generara menos dependencia del exterior), si la tierra debía explotarse por empresas del Estado y por cooperativas.

El marco politico: el poder revolucionario y el pluralismo politico

El segundo lineamiento que proclamaba la revolución era el pluralismo político, entendido como la libertad de organizar partidos políticos, la libertad de expresión, reunión y manifestación y el mantenimiento de un sistema electoral pluralista. Es decir, la revolución se comprometía a asegurar a los sectores de la burguesía, incluidos los sectores que actuaban abiertamente a favor de la contrarrevolución, la posibilidad de existencia legal. Sólo se prescribieron a los partidos y organizaciones somocistas (aunque poco a poco, al amparo de este marco legal, volvieron a organizarse con otros nombres).

Entre la izquierda mundial este era también un debate de actualidad. El eurocomunismo lo había puesto, de nuevo, sobre el tapete, pero también corrientes de la izquierda radical lo analizaban a la luz de la frustrante experiencia de la URSS y de China. En aquellos momentos sectores del trostkismo sosteníamos también la necesidad de mantener un marco de libertades formales en las revoluciones victoriosas, como fórmula de evitar la burocratización y de mantener vivo el debate político. En América Latina las experiencias cubana y chilena (con la Unidad Popular), en el poder la primera y derrotada la segunda, eran elementos importantes, constatables y actuales que polarizaban este debate.

El mantenimiento de un marco de libertades formales era para algunos una virtud de la revolución, para otros era una actuación imprescindible para que Nicaragua mantuviera determinados apoyos internacionales y para otros más era una táctica hasta que se implantara “el socialismo”. La experiencia cubana en este terreno pesaba fuertemente en un número considerable de los cuadros intermedios y de las bases de la revolución y muchos pedían continuamente que se reprimiera a los sectores contrarrevolucionarios más beligerantes.

La realidad era que resultaba muy difícil, teniendo un aparato de Estado revolucionario (ejército, policía, cárceles...) que podía dar al traste en poco tiempo con las expresiones políticas contrarias a la revolución, moderar su actuación en función de un diseño político a medio plazo. No era fácil, cuando por primera vez en la historia de Nicaragua los pobres sentían que la nación era su nación (“¡Tengo patria!: ¡la defiendo!”, era una de las consignas más reveladoras de ese sentimiento) y cuando se quería construir una sociedad para los trabajadores y trabajadoras, convivir con los partidos, las organizaciones patronales y gremiales, las emisoras, los periódicos, etc. de la contrarrevolución, pudiendo aplastarlos en unas horas. Mientras las bandas contrarrevolucionarias asesinaban campesinos y campesinas, maestros y maestras, milicianos y milicianas, cortadores de café, personal sanitario.

En cualquier caso, el marco de libertades formales fue mantenido en lo fundamental durante los diez años en que el FSLN estuvo en el poder.

En este contexto, se dio también el debate sobre la convocatoria de elecciones. El FSLN las postergó a 1985, aludiendo que la tarea principal era la reconstrucción del país, en vez de convocarlas inmediatamente después del triunfo, cuando hubiera obtenido una victoria aplastante y cuando los partidarios de la burguesía y sus organizaciones estaban fuertemente divididos y sumamente débiles. Finalmente, las primeras elecciones, a Presidente y a la Asamblea Nacional que debía elaborar la Constitución, se adelantaron a noviembre de 1984, cuando la situación económica era ya muy difícil, la contrarrevolución armada contaba con miles de combatientes y con una importante influencia en algunas zonas del país, los USA combatían abiertamente a la revolución y los partidos y grupos sociales de la burguesía se habían reorganizado en el interior y plantaban cara abiertamente al proceso revolucionario.

De hecho, las fuerzas más representativas de la derecha, siguiendo los dictados del gobierno norteamericano, no participaron en las elecciones para deslegitimarlas interna y externamente. Participaron únicamente siete partidos, obteniendo el FSLN el 67% de los votos .

Las relaciones internacionales: la solidaridad internacional, la URSS, Cuba y el no alineamiento

El FSLN jugó de una manera especialmente activa en el campo internacional. Incluso en los primeros momentos hizo lo posible por evitar dar bazas a los sectores que en los Estados Unidos, durante el final del mandato de Carter, preparaban el embargo y la agresión.

El FSLN permaneció como observador en la Internacional Socialista, buscó el apoyo del gobierno mexicano del PRI, así como el de Venezuela, Panamá (antes de la invasión yanqui) e incluso de Canadá, mantuvo un difícil equilibrio con los sucesivos gobiernos de Costa Rica, buscó unas relaciones especiales con los países de Europa occidental, encontró un importante apoyo económico y político en los países nórdicos, consiguió apoyo y ayuda de algunos países asiáticos (India, Irán...), Árabes (Libia, Argelia...) y africanos, mantuvo las distancias con China (algo exigido por su acercamiento a la URSS), etc., mientras recibía la hostilidad manifiesta de las dictaduras de El Salvador, Honduras y Guatemala, y de las de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay... la del gobierno de Israel y de otros países más.

Dedicó inmensos esfuerzos y a centenares de cuadros para buscar que los gobiernos que no veían con buenos ojos la postura de los Estados Unidos apoyaran a Nicaragua en el campo internacional y para conseguir y canalizar ayuda material . Evidentemente tuvo que hacer concesiones en terrenos políticos para mantener estos apoyos, aunque aun así algunos gobiernos fueron retirando poco a poco su apoyo a la Nicaragua revolucionaria.

La guerra de baja intensidad: los USA aprenden de su derrota en Vietnam

A pesar de todo, la revolución sandinista gozó de una buena situación nacional e internacional en los primeros momentos. La economía creció, se obtuvieron importantes aportaciones y créditos exteriores para la reconstrucción y el nivel de vida de la población mejoró notablemente, a la vez que la contrarrevolución somocista carecía de fuerza y tenía poco apoyo internacional.

Mientras, el gobierno de los USA, todavía del partido demócrata, vivía una situación heredada de su tremenda derrota en Vietnam, de la cadena de situaciones revolucionarias que recorrían el Tercer Mundo y también de la crisis económica y de la caída del dólar. La revolución tuvo la fortuna de triunfar en unos momentos en los que la capacidad del imperialismo norteamericano estaba seriamente recortada. De hecho, durante 1979 y 1980, aunque las relaciones con el gobierno USA fueron tensándose y hubo algunos incidentes , se sostuvieron unas relaciones formalmente correctas e incluso se mantuvo alguna ayuda económica norteamericana. No obstante, ya en 1980 ex-guardias somocistas empezaron a organizarse en Honduras, con el apoyo del ejército de ese país, y empezaron a ser frecuentes los ataques a los puestos fronterizos nicaragüenses.

El camino decisivo havia la agresión se inició a partir de enero de 1981 cuando asumió la presidencia de los Estados Unidos el republicano Ronald Reagan, que, entre otras cosas, había incluido en su campaña la denuncia a los “marxistas- leninistas que habían tomado el poder en Nicaragua y querían hacerlo en El Salvador, Guatemala y Honduras”. El gobierno norteamericano multiplicó su ayuda a los regímenes de estos países, empizó una campaña de bloqueo económico a Nicaragua (suspensión de créditos, recorte de cuotas de exportación, veto a los créditos en los organismos financieros internacionales, etc.), involucró de lleno a la CIA en la lucha contrarrevolucionaria, creó campamentos de entrenamiento de contrarrevolucionarios en los propios Estados Unidos, mientras reforzó los de Honduras, realizó maniobras conjuntas con el ejercito hondureño, promovió la tensión entre los dos países e incluso llegó a declarar que apoyaría a Honduras en una guerra contra Nicaragua.

Los primeros años el gobierno norteamericano jugó a propiciar una guerra entre Nicaragua y Honduras, y a intentar que la contrarrevolución, estructurada como fuerza militar uniformada, ocupara una zona del territorio nicaragüense para proclamar un gobierno alternativo y recibir inmediatamente el apoyo militar de los Estados Unidos. Así se sucedieron varios intentos de invasión desde el norte y alguno, de menor intensidad, desde el sur (donde se asentaban las fuerzas comandadas por el ex-sandinista Edén Pastora). Estos intentos fueron apoyados por el ejército hondureño con logística y con bombardeos de artillería, y contaron con la participación directa de la CIA y de mercenarios norteamericanos contratados por la misma CIA. Pero todos los intentos fracasaron. La combinación de la defensa territorial de las milicias populares, con la acción del ejército sandinista, bien equipado, motivado y entrenado, evitó que la contrarrevolución pudiera mantener en su poder un solo pueblo.

Pero el gobierno de los Estado Unidos estaba recomponiendo su estrategia internacional frente a las revoluciones y convirtió a Nicaragua, y a toda Centroamérica, en la prueba de fuego de su nueva política , a la que se llamó “guerra de baja intensidad” .

La prioridad en esta estrategia era lograr el debilitamiento progresivo de la revolución , dando prioridad al desgaste de su base social por medio del deterioro de la situación económica. La guerra contrarrevolucionaria y las acciones militares directas de los Estados Unidos (que las hubo, como sentenció el Tribunal de la Haya), pasaron entonces a tener como objetivo principal el sabotaje de la economía de Nicaragua. Paralelamente los Estados Unidos se volcaron en boicotear las exportaciones nicaragüenses, dificultar las importaciones de materiales estratégicos (repuestos, maquinaria, etc.), bloquear los créditos internacionales, favorecer la salida de técnicos, fortalecer a la oposición interna, etc.

Así la contrarrevolución se fue fortaleciendo militarmente , sofisticó sus tácticas y buscó aumentar su base social en el campo. Mientras que en las ciudades se concentraba en la acción política legal, mejoró la movilidad de sus fuerzas de tarea, introdujo variedades de actuación de una crueldad brutal para generar terror entre el campesinado favorable a la revolución , mantuvo un combate de desgaste y una guerra no convencional y contribuyó así de manera importante al deterioro de la economía y de la base social de la revolución.

(la segunda parte de este artìculo: “El FSLN en el poder”,continua en la proxima publicacion del Dossier)

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