Repensar la revolución rusa más allá de íconos y efemérides

En Rusia los maximalistas son los enemigos de los holgazanes. Son el aguijón para perezosos: han destruido hasta ahora todos los intentos de contener el torrente revolucionario, han impedido la formación de pantanos y de ciénagas que estancan. Por eso son odiados por las burguesías occidentales (…) que esperaban que al enorme esfuerzo de pensamiento y de acción que costó el nacimiento de la nueva vida, le siguiera una crisis de pereza mental, un repliegue de la actividad dinámica de los revolucionarios que fuera el principio de un definitivo ajuste del nuevo estado de cosas”

Antonio Gramsci

Es cierto que en cada mitin decimos a los obreros y obreras: ‘¡Cread la vida nueva! ¡Construid! ¡Ayudad al poder los soviets!’. Pero tan pronto como la masa, tan pronto como un grupo de obreros y obreras asume nuestro llamamiento e intenta llevarlo a la práctica, alguno de nuestros órganos burocráticos, que se considera afectado, golpea en los dedos a esos iniciadores demasiado fogosos”

Alexandra Kolontai

Una revolución no es un golpe de estado, no es una insurrección, no es una de aquellas cosas que aquí llamamos revolución por uso arbitrario de esta palabra.
Una revolución no se cumple sino en muchos años”

José Carlos Mariátegui

 

En la historiografía hegemónica -sea ésta conservadora, liberal o de izquierda- revolución y bolchevismo resultan sinónimos que se utilizan de manera indistinta para referirse al proceso vivido en Rusia hace 100 años. En este tipo de relatos se habla, incluso, de la “revolución bolchevique” de octubre de 1917. Lo mismo acontece con respecto al imaginario predominante en gran parte de la militancia partidaria y de muchas organizaciones del campo popular. El bolchevismo fue para todas ellas, para bien o para mal, la expresión unívoca de aquel proyecto transformador acontecido hace un siglo atrás, y las figuras casi excluyentes que lo lideraron pueden contarse con los dedos de las manos: Lenin, Trotsky, Bujarín y unos pocos más.

Si bien no restamos mérito a la corriente bolchevique -que por lo demás no era homogénea ni fue una invariante igual a sí misma desde su génesis hasta su eclipsamiento-, queremos resituarla en un contexto y realidad que la excedía con creces, y que tendió a ser opacada y hasta invisibilizada de manera explícita por aquellos relatos y lecturas que hicieron del exclusivismo bolchevique el prisma imponderable desde el cual reconstruir e interpretar al intrincado proceso revolucionario en Rusia. Ir más allá del bolchevismo y de sus figuras icónicas, creemos, permite explorar esas otras variantes, bifurcaciones, apuestas y alternativas que tuvieron encarnadura real y apoyo popular en algunas de las principales coyunturas y encerronas del proyecto emancipatorio vivido en los primeros años de la revolución.

Sin desmerecer las fechas que nos han legado efemérides ineludibles (atendiendo, por cierto, al calendario gregoriano, por el cual celebramos un 7 de noviembre lo acontecido el 25 de octubre), lo primero que deberíamos asumir es que, por definición, las revoluciones involucran complejos y prolongados procesos, multifacéticos y signados por diversas identidades, sujetos/as, dinámicas organizativas, repertorios de acción, realidades locales, regionales y nacionales, así como formas de opresión e insubordinación, que como tales jamás pueden ser reducidos a sucesos simplones ni a antagonismos binarios, por emblemáticos que éstos resulten. Es cierto que determinadas jornadas han fungido de síntesis o parteaguas en términos históricos, y han condensado una modificación sustancial de la relación de fuerzas entre las clases, grupos y proyectos en pugna en un momento determinado. No obstante, sería importante no acotar ni confundir un evento insurreccional clave -como el del 25 de octubre- con la revolución rusa en tanto proceso, y situar de nuevo a los personajes que se suelen absolutizar como héroes -hay que decirlo: tanto por derecha como por izquierda-, en el marco de un contexto más general, heterogéneo y colectivo, donde los y las protagonistas distan de ser individuales, y los proyectos políticos, las apuestas organizativas y las estrategias de lucha exceden, con creces, a los formatos tradicionales que se encuentran arraigados en nuestro imaginario (por caso, los partidos políticos y la institucionalidad estatal).

Desde ya, no pretendemos restarles mérito a aquellos “líderes” bolcheviques ni a sus instancias orgánicas, menos aún en la resolución de situaciones críticas como las vividas en octubre de 1917. Simplemente nos parece que resulta imperioso dotarlos de un rol un tanto más mundano y, de manera simétrica, otorgar una mayor centralidad a quienes supieron ser artífices anónimos/as y tras bambalinas de esa inédita y sumamente rica experiencia revolucionaria. Para decirlo en pocas palabras: disentimos tanto con quienes, desde un prisma liberal-conservador, leen estos acontecimientos en la clave de un “putsch” vanguardista o un golpe de estado autoritario; como con aquellos marxistas-leninistas que anclan la reconstrucción de los acontecimientos en la mera apología de los hechos consumados o en el exclusivismo bolchevique. Más allá de sus notables diferencias, ambos rascan donde no pica.

El propio Trotsky lanza al pasar, en una de las tantas reflexiones vertidas en su autobiografía, una hipótesis que nos resulta sugerente para enmarcar en esta dinámica más amplia y colectiva que proponemos, a la producción teórica de Marx y de Lenin: “Todo verdadero escritor -expresa- tiene momentos en que alguien más fuerte que él guía su mano”. En el caso de la extraordinaria coyuntura de las semanas previas a la insurrección de octubre, podemos conjeturar que lo que condiciona la escritura de Lenin en Finlandia -donde retoma el estudio riguroso de los clásicos del marxismo para abordar el problema del Estado y las tareas de la revolución- es la ascendente movilización de masas, que decide tomar las calles y forjar a diario iniciativas emancipatorias a lo largo y ancho de la convulsionada Rusia. Su centro de gravedad para teorizar es, por tanto, el estar adherido a esta inusitada realidad en curso, signada por una fase de intensificación de las luchas populares. A tal punto esto fue así que el libro quedó inconcluso como consecuencia del alegre “estorbo” del triunfo de la revolución. “En instantes como éstos -sugiere Trotsky- la conciencia teórica más elevada de la época, se fusiona con la acción directa de las capas más profundas, de las masas oprimidas más alejadas de toda teoría”. Podríamos complementar esta interpretación con las palabras del historiador Edward Thompson, quien nos advierte que “a medida que algunos de los principales actores de la historia se alejan de nuestra mirada -los políticos, los pensadores, los empresarios, los generales-, un inmenso reparto de actores secundarios, que habíamos tomado por meros figurantes en el proceso, ocupa el primer plano de la escena”.

No está de más recordar que La guerra civil en Francia, un texto que resultó fuente de inspiración libertaria y anti-estatal para aquel Lenin emigrado, fue en rigor un documento político redactado por Marx a pedido del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores (de hecho, sus integrantes fueron quienes firmaron como “autores” colectivos la primera edición de este material), con el propósito de brindar una lectura desde el punto de vista de la clase trabajadora, acerca de los sucesos ocurridos en París durante la instauración de la Comuna entre marzo y mayo de 1871, a tal punto que las diversas ediciones en inglés y en otras lenguas -por lo general como folleto- fueron vendidas entre los obreros a precios reducidos y se agotaron rápidamente. Es interesante destacar que el interrogante teórico-práctico que obsesionó a Marx durante casi dos décadas (¿con qué sustituir al Estado burgués tras la conquista y destrucción del poder político a través de una revolución?), no pudo ser respondido por él en términos intelectuales o eruditos, sino que fueron las y los desposeídos parisinos que osaron “tomar el cielo por asalto”, quienes resolvieron este enigma y le enseñaron a Marx -a partir de su experiencia colectiva y sin receta alguna- la forma política “al fin descubierta” que debía asumir el autogobierno popular luego de la desarticulación del poder estatal y capitalista.

De manera análoga, podemos afirmar que la redacción -hace 100 años y en plena clandestinidad- de El Estado y la revolución por parte de Lenin, respondió no tanto a una necesidad o interrogante individual, como a una urgencia colectiva de aquellas masas que habían roto “las compuertas de la rutina social” y tenían a este militante bolchevique como escriba y sistematizador de su pensamiento, en tanto clases populares con vocación auto-emancipatoria. Y tal como llega a admitir en aquellas mismas páginas de su autobiografía Trotsky, “los ‘dirigentes’ [las comillas son del original], acuciados por los propios acontecimientos, se limitaban a dar expresión a lo que respondía a las necesidades de las masas y a las exigencias de la historia”. Nuevamente, al igual que había ocurrido en París durante la experiencia de la Comuna, en Rusia fueron las propias masas quienes derribaron al régimen zarista e hicieron resurgir a los soviets como instancias de auto-organización, generando así una situación anómala de dualidad de poderes, que forzará a Lenin a profundizar en el estudio del Estado desde una perspectiva anticapitalista y de ruptura radical con el orden establecido, así como a la elaboración de una propuesta de transición al socialismo centrada en el protagonismo popular y en la progresiva superación de las relaciones de mando y obediencia.

 

 

En estos días de enorme agitación feminista, vale la pena también recordar que la revolución rusa de 1917 se inició un 8 de marzo en las barriadas obreras de Petrogrado, por iniciativa de trabajadoras que salieron a las calles a protestar en contra del zarismo y por la hambruna que padecían en sus hogares. Una huelga política de masas, liderada por mujeres, y con consignas donde la centralidad estaba puesta en la dimensión reproductiva de la vida. Sí, en el mismo momento en que Lenin se encontraba exiliado en Zurich, balbuceando en cartas que ojalá sus nietos tuvieran la oportunidad de ver un proceso revolucionario en Rusia en algún futuro remoto, y Trotsky pasaba, también como emigrado, largas horas en la biblioteca de Nueva York estudiando la estructura económica de los Estados Unidos. De acuerdo a varias fuentes de la época, los representantes de los bolcheviques en territorio ruso trataron de calmar a las obreras que se preparaban para celebrar activamente el “día de la mujer” previsto para esa jornada. Sin embargo, aquellas osadas brujas hicieron caso omiso y, al igual que otras tantas figuras anónimas e imperceptibles desde el escenario público del poder, resultaron ser las verdaderas tejedoras del inicio de la revolución. Y dicen las malas lenguas que, a partir de ese 8 de marzo, se forjó en sentido estricto esta fecha emblemática de movilización popular, por parte de las mujeres, a escala planetaria.

Marcel Liebman, uno de los más lúcidos historiadores de la revolución rusa, supo afirmar de manera irónica que “el movimiento de febrero de 1917 representa un enigma para quienes no pueden imaginar una huelga sin dirigente, ni una revolución sin tenebrosos jefes que dirigen en la sombra a las ‘muchedumbres-juguete’”. En estos días de conmemoración de los 100 años de la revolución rusa, no está de más insistir en la necesidad de cepillar a contrapelo este intrincado proceso del que tanto tenemos, aún hoy, que aprender. Desafiar, tal como propuso desde los estudios subalternos Ranahit Guha, la univocidad de la versión dominante que jerarquiza sujetos e instrumentaliza luchas, para re-escribir aquella historia (o mejor aún: el crisol de historias) de manera tal que se escuchen y visibilicen esas otras voces bajas u opacadas, y se reintegren en el marco de una narración más variopinta y plural, donde la cronología -“vaca sagrada de la historiografía”, al decir de Guha- sea sacrificada en el altar de un tiempo más caprichoso y cíclico que lineal u homogéneo.

Por ello, además de descolonizar y despatriarcalizar los relatos y tradiciones hegemónicas en torno a la revolución rusa, y de revitalizar desde una epistemología militante “cualquier brote de iniciativa autónoma de inestimable valor para el historiador integral”, lo fundamental es no vislumbrar a Lenin ni al sin fin de grandes estrategas de la emancipación (desde el propio Marx a Gramsci y Rosa Luxemburgo, de Mariátegui y Amilcar Cabral al Che Guevara) como iluminados/as y sabelotodos/as que esclarecieron y guiaron a organizaciones y pueblos “ignorantes”, carentes de conciencia por sí mismos/as y meros/as ejecutantes de una estrategia que les era incorporada “desde afuera”. Si bien en todos los casos tuvieron un papel destacado en sus respectivos procesos revolucionarios, vale la pena recordar una de las tesis sobre Feuerbach escrita precisamente por el joven Marx, que critica aquellas lecturas unidireccionales que olvidan que “el educador a su vez debe ser educado”.

De ahí que quizás sea más equilibrado afirmar que fue la praxis colectiva y el devenir histórico-político dentro del cual se situaron con creatividad y audacia en tanto aprendices-sistematizadores/as (o educadores/as-educandos), lo que les permitió destacarse como dirigentes e intelectuales revolucionarios/as a cada uno/a de ellos/as en los proyectos donde intervinieron, por lo que resulta imprescindible resituar -comenzando por el propio Lenin- tanto sus liderazgos como los aportes teórico-prácticos que han generado, en el marco de procesos y sujetos de carácter colectivo, así como en función de una constelación de luchas e iniciativas emancipatorias, que constituyeron las verdaderas escuelas en la que se forjaron como intelectuales orgánicos/as de los pueblos.

El estancamiento del pensamiento crítico y la dogmatización han sido un peligro constante en los diferentes proyectos revolucionarios encarados por las fuerzas de izquierda, y hoy cobra nuevos bríos como tendencia en la actual coyuntura que vivimos. Acudir a autores/as, corrientes, matrices de análisis e itinerarios de trastocamiento del orden social y político, que en algún contexto u época diferente quizás prosperaron o resultaron viables para caracterizar y transformar otra realidad, resulta un ejercicio militante imprescindible, siempre y cuando no nos ahorre el ejercicio de pensar y actuar con cabeza propia, a partir del estudio riguroso y situado de nuestros territorios y desde el tiempo histórico que pretendemos revolucionar.

Como es sabido, la historia no se repite salvo como tragedia o como farsa. Por ello, frente al seductor recetario de manuales y esquemas abstractos en estos momentos sombríos donde prima el desconcierto y el desarme teórico, el planteo de Mariátegui de no calcar ni copiar constituye un faro estratégico, desde ya sin que esta consigna implique partir de cero, pero sí cepillando a contrapelo y asumiendo la necesaria actualización y revitalización crítica de los aportes que podamos recuperar de la revolución rusa. Entre ellos, quizás uno de los más actuales sea su apuesta por quebrantar los límites de lo posible a través de un radical proceso de desnaturalización de las relaciones sociales y formas de concebir la realidad, que permitió no sólo la demolición del orden dominante desde sus cimientos mismos, sino también la edificación de novedosos organismos de autogobierno popular y proyectos emancipatorios asentados en la auto-activación de las masas, y que apuntaron a una profunda transformación, en el aquí y ahora, de todas las dimensiones de la vida cotidiana.

Desde esta perspectiva, la revolución resultó ser, más que un mero evento político dinamizado por un reducido número de núcleos “conscientes”, un trastocamiento integral de todo lo existente; algo así como un arcoiris o remolino de revoluciones, gestado desde abajo y a partir de la creciente articulación de un poder popular territorial enhebrado desde ya por los soviet, pero también por comunidades, movimientos, cooperativas, redes, asociaciones, consejos, comités, escuelas, grupos artísticos, comunas, núcleos de base, sindicatos, colectivos, frentes, partidos, clubes, brigadas, destacamentos y demás plataformas, forjadas todas ellas al calor de un sinfín de identidades y luchas subalternas. Entre esta maraña de espacios de auto-organización, podemos mencionar a modo de ejemplo una de las experiencias más interesantes y menos conocidas: el Proletkult (abreviatura de Cultura Proletaria). Nacido semanas antes de la insurrección de octubre para aportar a la creación de una nueva cultura, este heterogéneo movimiento supo concebir a la educación y al arte como potentes fuerzas sociales para gestar y expandir “elementos de socialismo en el presente”, y llegó a contar al poco tiempo con cerca de 1400 secciones locales, decenas de miles de activistas desperdigados en las principales ciudades, y alrededor de medio millón de adherentes en todo el país, casi la mitad cantidad que ostentaba en ese entonces el Partido Comunista.

Ludovico Silva, uno de los intelectuales venezolanos más potentes para formarnos de manera des-manualizada, solía decir que “si los loros fueran marxistas, serían marxistas ortodoxos”. Por cierto, es sobre la base del análisis concreto de nuestra realidad específica -en la que finalmente actuamos e intervenimos a diario- que podemos traducir y (re)elaborar conceptos, rumbos de acción e ideas, así como construir una estrategia revolucionaria acorde a los desafíos que nos depara nuestro presente. No se trata, en suma, de “aplicar” esquemas o categorías prefabricadas, ni de concebir al marxismo como un sistema acabado o un conjunto de verdades irrefutables, sino de recrear sus presupuestos y basamentos, a partir de su confrontación con la cada vez más compleja realidad en la que estamos inmersos. No para transitar un itinerario imposible de replicar, sino para ensayar nuevos proyectos emancipatorios que nos permitan conquistar, esta vez de manera definitiva, el cielo por asalto, tal como supieron hacerlo -hace un siglo atrás y sin libreto alguno- esas apasionadas multitudes en las calles de aquella inmensa escuela a cielo abierto que fue Rusia.

 

Hernán Ouviña es licenciado en Ciencia Política, doctor en Ciencias Sociales e investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Universidad de Buenos Aires

 

 

 

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