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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Rosa Luxemburgo, la película

13 Jan,2019

por Marcelo Scotti

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Comienza el siglo xx y un grupo de prisioneros recluidos en una reducida celda de una cárcel polaca asisten desesperados desde una pequeña ventana al fusilamiento de algunos de sus compañeros. Se trata de presos políticos perseguidos por su militancia revolucionaria contra el zarismo, entre ellos se encuentra Anna Matschke, seudónimo de Rosa Luxemburgo. El comienzo en una prisión adelanta lo que le sucederá a la protagonista a lo largo de una parte importante del film. En Polonia, en la Alemania imperial, donde milita en las filas de una socialdemocracia de la que va apartándose progresivamente, o en la incipiente república después del final de la guerra, Rosa se encuentra permanentemente perseguida. La protagonista dedica su pasión militante a la búsqueda de una alternativa política real para la revolución social, lo que la va enfrentando sucesivamente con los enemigos políticos tradicionales que defienden el orden establecido, pero también con los amigos y camaradas de toda una vida de activismo, de los que toma distancia alternativamente por distintas razones y en distintas circunstancias. Kautsky, Bernstein y Bebel son algunas de las personalidades ilustres de la socialdemocracia alemana que serán, a su turno, rivales políticos de Rosa. La firmeza de sus convicciones la lleva a distanciarse gradualmente de la presidencia del Partido Socialdemócrata, a no apoyar la declaración de guerra y, finalmente, a fundar el espartaquismo. Entre las circunstancias cambiantes y agitadas de la historia política de Alemania y de Europa, entre las amistades y las separaciones de los amigos de siempre, entre los amores relegados por el compromiso con la política, la película narra los momentos fundamentales de la vida de Rosa Luxemburgo, que se cruzan con los acontecimientos históricos más importantes de las dos primeras décadas del siglo. Algunos apuntes acerca de la representación que el film nos ofrece del principal partido obrero de Europa a comienzos de siglo: ni en la fiesta, ni en las reuniones, es posible distinguir auténticos obreros entre los concurrentes. Incluso cuando Rosa comienza con sus conferencias populares antibélicas, los obreros son simplemente un público de extras, casi un decorado. Finalmente, la discusión de Rosa y Liebknecht en medio de la revuelta espartaquista se produce a distancia de los obreros, mientras estos sostienen el fuego en las calles. Toda la película presenta a la dirigencia obrera como una vanguardia cerrada, y Rosa, que teoriza y discute contra esto en el film, tampoco se aparta del todo de esta imagen. Así, tomando distancia del panfleto y de la biografía intimista, Margarethe Von Trotta intenta acercarse a la personalidad de Rosa Luxemburgo desde una perspectiva histórica rigurosa y preocupada por los detalles. Construye de esta forma, más que un biopic (nombre que se da en la jerga a los filmes que se proponen reconstruir las biografías de personalidades salientes de la historia), una crónica fragmentaria de la vida de su heroína, en la que pueden verse tanto los motivos personales del personaje como el complejo entramado de relaciones y circunstancias históricas en las que vivió y trabajó por una revolución que nunca vio realizada. Esta decisión de la directora de buscar ciertos momentos decisivos de la vida de Rosa le quita al film intensidad dramática y espectacularidad, pero le aporta acaso mayor espesor para la reflexión histórica y para la comprensión de la complejidad de su figura y de su entorno. Uno podría esperar un crescendo dramático a la par de la constante disidencia de Rosa; en cambio, el film la muestra reflexiva y preocupada por los amigos que van quedando en el camino y apenada porque la política insiste en separarlos de bando. Lejos del retrato de una agitadora sin reveses, Von Trotta ha intentado en su film narrar a una mujer desgarrada por los conflictos y los interrogantes cruciales de su tiempo y, pese a ello, decidida a no renunciar al compromiso con una causa: la revolución social a favor de los obreros. Puede verse aquí con claridad que el material fundamental que Von Trotta utilizó en la escritura del guion, al que dedicó tres años de laboriosa tarea, fue la correspondencia de Rosa con sus amigos, sus amores y sus compañeros. Una fuente que la ha provisto de un material personal mucho más rico que el de la mera actividad militante. ¿Qué elige contarnos Von Trotta de la vida y la acción de Rosa Luxemburgo? Fundamentalmente, los motivos complejos de su constante disidencia. A lo largo del film se nos muestran instancias claves de la historia de la socialdemocracia alemana en las que Rosa manifiesta permanentemente su desacuerdo con la línea directriz del Partido. La invitación que Bernstein le hace a Rosa de bailar en la fiesta y el rechazo argumentado de ella nos sitúan rápidamente en la posición de Rosa frente a la tendencia reformista del Partido. Cuando esta línea interna termine afirmándose, Rosa sostendrá sus críticas contra lo que percibe como la muerte de los ideales marxistas bajo la forma del reformismo parlamentario. “El marxismo en Alemania es como un viejo reumático”, suspira Rosa en un pasaje del film, decepcionada por la marcha del movimiento socialista democrático al que adhiere críticamente. Si uno de los pilares de la disidencia de Rosa es la necesidad de ir contra el aburguesamiento del Partido, el otro, conectado con este al calor del clima político que preparó la primera guerra, es su antibelicismo; la causa a la que dedica lo más radical de sus convicciones, su salud quebrantada y más de cuatro años de su vida en prisión, acusada de hostilidad contra el Estado. El propio Partido la abandona a su suerte al votar en la deliberación parlamentaria a favor de la guerra que Rosa percibe como una tragedia. Por eso, desde el punto de vista teórico, lo más interesante del film es sin duda el fragmento en el que Rosa marcha por el país y por Europa arengando a los trabajadores contra la guerra que se avecina. En este pasaje puede encontrarse el núcleo concentrado de su pensamiento político: el internacionalismo irrenunciable, la voluntad proclamada de democratizar las decisiones de la dirigencia obrera y la identificación del capitalismo como enemigo máximo de los trabajadores. En su prédica lúcida e infructuosa contra el enfrentamiento armado, Rosa declara, además, que la larga paz que se pregona no es cierta, que Europa, lejos de haber terminado con las guerras en el período precedente, las ha exportado y explotado en sus colonias. Con razón, Rosa teme que la guerra en ciernes provoque una masacre de trabajadores al servicio del capital y retarde el camino de la revolución internacional enemistando a los obreros en torno de causas ajenas a sus intereses. Pero ¿quién la escucha? Algunos grupos de obreros sin peso en las decisiones de la gran política, algunos camaradas con los que poco a poco irá construyendo la escisión espartaquista… Poco, muy poco, en el marco de un belicismo generalizado que el propio Partido terminará apoyando en lo que Rosa percibe como la renuncia definitiva a los ideales auténticos del socialismo. Desde esta misma perspectiva, este pasaje de la película trae a la memoria Sin novedad en el frente, el excelente film que Lewis Milestone dirigió en 1930 basado en la novela testimonial de Erich Maria Remarque. La corriente popular inicial a favor de la guerra resulta irrefrenable en ambas películas, que describen, sin embargo, universos ideológicos bastante distantes. Esto llama la atención sobre la amplitud de una versión del nacionalismo que arrasó con diferencias de clase y de ideología profundas dentro de la sociedad alemana. Baste recordar, en este mismo sentido, que el propio Max Weber apoyó la guerra en sus inicios y participó como responsable de un área de la salud nacional al servicio del Estado alemán. ¿Por qué ponemos esto de relieve? Porque nos parece que torna aún más excepcional y notable la actitud de Rosa contra todo y contra todos, a uno y otro lado del amplio espectro político de la hora.

Contra la corriente

Rosa pasa casi toda la guerra en prisión, apenas asistida por los favores de unos pocos camaradas que siguen respetando su liderazgo disidente, apenas visitada por los pocos viejos amigos que la política o la guerra no han arrancado de su lado. Con la ayuda de su viejo enamorado, Léon, el apoyo de Karl Liebknecht y la colaboración de un par de compañeros leales, sobre el final de la guerra funda el movimiento político de ruptura con la socialdemocracia, al que denomina Espartaco. A pesar de que obtiene su liberación tras el armisticio, Rosa y el grupo deben operar en la clandestinidad porque siguen siendo considerados enemigos del Estado, ahora en manos de algunos de sus viejos compañeros de partido. Von Trotta describe el proceso sin suspensos inútiles y sin esperanzas y nos muestra una situación que se precipita pronto hacia el desastre. Rosa y Liebknecht rompen: él cree que ha llegado la hora de tomar Berlín y dar comienzo al movimiento revolucionario; ella se desespera frente a la masacre inútil de tantos compañeros e intenta parar el asalto de las calles, segura de que en Alemania no habrá revolución hasta que el proletariado de todo el país se movilice en el mismo acto. Es una pena que Von Trotta dedique solo un par de secuencias a este momento clave de la historia, que queda expuesto en el film casi de manera anecdótica. Porque detrás de la discusión entre los dos líderes revolucionarios hay una tensión propia de la política de la hora en la que se cruzan tanto los motivos que la mujer ha sostenido con firmeza a lo largo de toda la historia como la percepción de parte de Liebknecht de la excepcionalidad de un momento que requiere acciones decididas y un liderazgo político claro. “Alemania no es Rusia”, argumenta Rosa en la discusión, al pie del enfrentamiento entre revolucionarios espartaquistas y fuerzas del orden. La historia le da la razón, el levantamiento se transforma rápidamente en la masacre que ella había previsto. Pero lo que se pierde en la escena son las circunstancias puntuales en las que se originó la rebelión social y los motivos de la actitud de Liebknecht, que parece simplemente arrollado por los acontecimientos. Si bien Von Trotta inserta algunas imágenes de archivo en este pasaje, que vienen a reforzar la intención de crónica histórica que es parte de la obra y que aportan cierta noción del espacio social del Berlín de posguerra, no alcanzan, sin embargo, a conferir mayor intensidad a la representación y distraen de la cuestión principal que queda solo esbozada: las condiciones que originan el inicio de la revuelta y la ruptura entre Rosa y Karl, quien concluye la discusión considerándola traidora al movimiento revolucionario. Sofocada completamente por ex oficiales reclutados informalmente para la ocasión por el nuevo gobierno socialista, la Comuna de Berlín de 1919, como se conoce la revuelta, es el capítulo final de la vida de Rosa Luxemburgo. Reunida otra vez con Liebknecht, ambos resultan apresados y cobardemente ejecutados en el silencio y las sombras de la noche por las fuerzas represivas, que arrojan sus cuerpos a un cenagoso canal que surca la ciudad. Hasta el final, Rosa fue contra la corriente de la historia; aun en el episodio en que podía vislumbrarse finalmente el inicio de una revolución proletaria, sus convicciones la obligan a disentir y a convocar un momento más propicio para el accionar revolucionario general. Hasta el final, Von Trotta recorta la figura de su heroína de todos los fondos políticos de la época: el Partido, el Estado, la nación, la célula; el norte de Rosa Luxemburgo parece encontrarse fuera del tiempo y del lugar en el que le tocó vivir, una revolución desplazada constantemente del curso de la historia, que no puede dejar de buscarse.

Algunos aportes sobre Margarethe von Trotta y su obra

La más reconocida de las directoras del llamado nuevo cine alemán nació en Berlín en 1942 y lleva realizadas veinte películas –contando las producidas para la televisión alemana– desde que se inició en la dirección en 1975. Von Trotta ingresó en el mundo del cine como actriz hacia finales de la década del sesenta y su matrimonio con el director Volker Schlondorff la acercó a una participación más activa en la realización, primero escribiendo guiones con su marido y, más tarde, dirigiendo sus propias películas. Su primer film como directora, El honor perdido de Katarina Blum (Die verlorene Ehre der Katharina Blum) es de 1975 y fue realizado en compañía de su marido. En 1981 filmó su obra más prestigiosa: Las hermanas alemanas (Die bleierne Zeit), a partir de la cual ganó reconocimiento internacional y un lugar propio dentro del cine de su país, por entonces celebrado internacionalmente. Si Margarethe von Trotta es la única mujer que ha ganado visibilidad entre el grupo de cineastas varones a su alrededor, esto parece encontrar un correlato con su obra. En la mayoría de sus películas, la directora elige personajes o historias que le permiten narrar sobre mujeres que se debaten por encontrar su lugar propio en distintos ambientes controlados por los hombres. En este sentido, es interesante detenerse un instante nuevamente en el film que nos ocupa. El contenido político del accionar de Rosa Luxemburgo, rodeada de hombres que la quieren hacer a un lado o mandarla a que se ocupe del frente femenino del Partido, no necesita para Von Trotta ningún subrayado particular, ninguna proclama, ningún manifiesto. Rosa es una mujer independiente en el mundo masculino de la política y lo es por convicción y derecho propio, pero, curiosamente, sin pregonar nunca a lo largo de todo el film una posición feminista. Es posible que en este punto el guion siga de cerca la actitud del personaje en público, es posible también que se trate de un apunte de la directora. Lo cierto es que la imagen que el film destila de Rosa Luxemburgo tiene pocos puntos de contacto con una militancia feminista y se acerca mucho más a la figura de una mujer que hace política en tiempos en que muy pocas mujeres la hacen, lo que les brinda al personaje y a la situación un peso específico muy fuerte en la obra sin que ningún discurso propio o ajeno lo señale. La independencia de las mujeres o la búsqueda de la afirmación de su propio lugar en distintas instancias, tiempos y situaciones históricas y sociales puede identificarse como el tema principal de la obra de una directora de cine que, al margen de las etiquetas de los críticos, viene desarrollando una obra de una sólida coherencia interna, lamentablemente poco conocida en la Argentina, donde rara vez se estrenan sus películas en la cartelera comercial.

Presentamos a continuación una selección de algunos de sus films más importantes:

1977: El segundo despertar de Christa Klages (Das zweite Erwachen der Christa Klages) 1979: Hermanas (Schwestern odder Die Balance des Glücks) 1981: Las hermanas alemanas (Die bleierne Zeit) 1983: Locura de mujer (Heller Wahn) 1988: Tres hermanas (Fürchten und Lieben) 1990: La africana (L’africana) 1995: La promesa (Das Versprechen) 2003: Rosenstrasse 2006: Yo soy la otra (Ich bin die Andere)   [embedyt] https://www.youtube.com/watch?v=LofL6gntN6U[/embedyt]  

Fuente:

Carpetas docentes de historia, historia del mundo contemporáneo. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata.

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