X

Buscar en Contrahegemonía web

X

Mantengámonos en contacto

[email protected]

Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Sandino semilla de la revolución

20 Jul,2019

por Fernando Coll

Si hay un país en América Latina donde el imperialismo  norteamericano se haya ensañado con toda su fuerza y su brutalidad, ese ha sido Nicaragua, el cual, al lado de Cuba, constituye uno de los ejemplos históricos de hasta dónde puede llegar aquel cuando un pueblo intenta cuestionar sus decisiones.

Nicaragua, al igual que las demás repúblicas latinoamericanas, reproduce todas las características del desarrollo capitalista en un país atrasado y dependiente. Ya bajo el Imperio español, la economía nicaragüense quedó rezagada con respecto a los principales centros económicos y políticos de la colonia, desempeñando un papel de segundo orden;  como base para el tráfico de esclavos hacia las regiones productoras de metales preciosos del Alto Perú y como productora de ganadería extensiva y algunos cultivos de subsistencia.

El efecto de este atraso económico es la conformación de una sociedad muy conservadora, dominada por una sometida clase de grandes propietarios latifundistas que mantiene sumida en la miseria y la indigencia a los campesinos y peones agrícolas. Tras la independencia, alcanzada en 1821, el carácter dependiente de la economía nicaragüense y el parasitismo de la clase dominante cambiarán de forma pero conservarán su base inalterada.

El sector esencial sobre el que se desenvolvió el capitalismo en Nicaragua fue el café. La combinación de las grandes explotaciones ganaderas procedentes de la colonia y las haciendas cafetaleras será la base de la economía nicaragüense hasta prácticamente mediados del siglo XX. El café llega a representar entre la mitad y un tercio de las exportaciones del país. La explotación cafetera aceleró la acumulación capitalista sin modificar la injusta distribución de la tierra ni la inconveniente concentración de riqueza en manos de la oligarquía.

Aunque la aristocracia terrateniente siguió conservando el control del Estado y de la economía, una pequeña y mediana burguesía comercial empezaba a formarse en Corinto, principal puerto del país, León y otras ciudades. Esta prominente burguesía comercial tenderá a desarrollar algunos intereses económicos y políticos propios,  que en determinados momentos podían entrar en contradicción con los de los latifundistas agrarios. Estas diferencias encontrarán expresión política en el desarrollo de dos partidos: el conservador, más vinculado a la aristocracia terrateniente y apoyado por la jerarquía de la Iglesia Católica; y el liberal, dirigido por sectores de la burguesía comercial y basado fundamentalmente en los artesanos, profesionales urbanos y pequeños comerciantes. Los liberales también conseguirán una creciente ascendencia sobre el naciente proletariado urbano y rural.

El experimento del Partido Conservador de mantener a toda costa el poder provocará numerosos conflictos internos, golpes de Estado e incluso guerras civiles. Estos conflictos interburgueses demostraban;  la absoluta incapacidad de los sectores supuestamente progresistas de la burguesía, encabezados por el Partido Liberal, para concretar  el desarrollo del país, construir una economía y un Estado capaces de asegurar la independencia y soberanía nacional.

El primero de la interminable lista de crímenes contra los intereses populares que llevarán a cabo la oligarquía nicaragüense y el resto de oligarquías zonales  fue precisamente la división de Centroamérica en varios pequeños estados. Tras conquistar la independencia del Imperio español en 1821, y después de una breve etapa en la que debaten su incorporación a México, en 1823 Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y El Salvador se constituyen como las Provincias Unidas del Centro de América. Tras la convocatoria de una Asamblea Constituyente regional, en 1824 es proclamada la República Federal Centroamericana. Uno de los principales impulsores de la naciente República, y el último presidente antes de la disolución de la misma, será el revolucionario hondureño Francisco Morazán.

Te puede interesar

El movimiento indígena ha dicho basta y ha echado a andar

Morazán, un líder liberal influido por las ideas de la Revolución francesa, intenta llevar a cabo la separación de la Iglesia y el Estado, poner límites al poder de los latifundistas y unificar la región, teniendo el objetivo de una Centroamérica unida, contraponiéndose  a los estrechos y ciegos intereses de cada oligarquía local. El proyecto de la unidad centroamericana, que había sido saboteado desde su inicio por sectores de la clase dominante, se romperá, tras numerosas guerras y conflictos internos, en 1838.

Nicaragua y el resto de naciones centroamericanas sólo podrán integrarse en la economía internacional, como economías exportadoras de productos agrarios y materias primas, totalmente dependientes y supeditadas a las potencias imperialistas. Las aristocracias latifundistas de Nicaragua y el resto del continente se limitarán a sustituir su dependencia económica de España por la de los nuevos centros del capitalismo emergente a nivel mundial: Francia, Gran Bretaña, Holanda, etc., pero sin modificar prácticamente nada la estructura económica y política heredada de la colonia. Mientras encuentre comprador para los productos agrícolas o materias primas que vende, esta aristocracia latifundista no se ve obligada  a renovar el aparato productivo, ni a ampliar el mercado interno.

Por otra parte, el rápido desarrollo del capitalismo a escala mundial y su extensión a todo el mundo hace que la burguesía naciente vea unidos, sus intereses tanto a los de las burguesías imperialistas de los países capitalistas más avanzados como a la propia aristocracia terrateniente. Estos capitalistas están vinculados a los terratenientes agrarios y a las burguesías imperialistas por los negocios en común, la explotación a que ambos someten a las masas obreras y campesinas, y, muy importante, el miedo que todos comparten a cualquier movimiento revolucionario de los oprimidos

A lo largo de todo el siglo XIX se producirán nuevos intentos de recuperar la unidad centroamericana pero todos serán boicoteados por la operación de las oligarquías locales y el imperialismo. La ubicación estratégica de Centroamérica la había convertido ya desde los tiempos de la colonia en escenario de las maniobras de las principales potencias imperialistas que en cada momento se disputan el control de las rutas marítimas continentales.

 

Luego de  la independencia de España, los distintos poderes imperialistas harán todo lo posible por impedir una unificación centroamericana e intentarán apoyarse en cada una de las oligarquías locales para hacer valer sus intereses. Una Centroamérica dividida en pequeñas unidades nacionales, resulta mucho más favorable para los objetivos imperialistas. La intervención de Gran Bretaña, Francia y sobre todo del naciente imperialismo estadounidense en la región se intensificará a partir de la segunda mitad del siglo XIX; primero tras el descubrimiento de un yacimiento de oro en 1843 en Nicaragua, pero sobre todo a medida que son concebidos diferentes proyectos para la construcción de un canal capaz de unir el Pacífico y el Atlántico. Antes incluso de que cristalizase el proyecto del Canal de Panamá existía un plan similar para construir un canal interoceánico a través de Nicaragua.

Luego de  la ruptura de la unidad centroamericana, no sólo los conservadores sino también los sectores liberales de la burguesía nicaragüense serán incapaces de llevar a cabo la liberación económica  y la unificación nacional, como así tampoco la edificación de un régimen político estable, el desarrollo de una economía moderna e independiente o una reforma agraria.

El ejemplo más significativo de dicha incapacidad sucede  en 1850, cuando los liberales nicaragüenses contratan a un mercenario estadounidense, William Walker, para enfrentar al régimen conservador. Walker, un ambicioso aventurero al servicio de los estados esclavistas del Sur de EEUU, decide controlar personalmente el país mediante su ejército de mercenarios. Primero nombra un gobierno títere para luego proclamarse a sí mismo presidente.Llega a restaurar la esclavitud, intenta imponer el inglés como lengua oficial y busca extender su dominio a los demás países de la región.

La lucha de los pueblos centroamericanos derrotará los planes de Walker; que será finalmente ajusticiado en 1860 en Honduras. Pero la historia de cómo la burguesía liberal nicaragüense le abrió las puertas del poder a este tipo de aventureros quedará escrita en la historia continental como uno de los mayores ejemplos de cobardía que sectores dominantes de la región ha llegado a protagonizar.

En los años siguientes, la burguesía nicaragüense se mostrará totalmente incompetente de construir un aparato estatal que permita estabilizar, cohesionar y desarrollar el país. Las luchas entre las distintas familias y clanes oligárquicos por repartirse la riqueza nacional; los constantes pronunciamientos de todo tipo de aventureros, generales y caudillos autoproclamados; las periódicas guerras entre liberales y conservadores;   amenazan con disgregar la nación. En definitiva imperialismo estadounidense,  se convierte en el auténtico dueño del país, decidiendo en la práctica sobre todos los asuntos de la vida nacional y manejando ésta como si de su hacienda. Durante el tercio final del siglo XIX y el primero del XX, Estados Unidos intervendrá militarmente en Nicaragua hasta en cinco veces.

La más importante de las intervenciones tiene lugar en 1910, cuando el imperialismo derrumba el gobierno liberal-nacionalista de José Santos Zelaya y deciden mantener ocupado militarmente el país durante 15 años. Zelaya había llegado al gobierno gracias a un levantamiento popular, la denominada   “revolución liberal”, que lleva a cabo algunas medidas progresistas como la extensión de la enseñanza y otros servicios sociales e incluso levanta nuevamente la bandera de la unificación centroamericana. Una de sus primeras acciones es recuperar el Reino de Mosquitia que  funcionaba como base del imperialismo británico en la región,  para incorporarlo al territorio de Nicaragua;todo esto provoca la furia de Estados Unidos.

La política que intenta Zelaya es contestada por los norteamericanos con una nueva invasión. En 1909 las tropas yanquis ocupan varios puertos nicaragüenses y en 1910 toman el control total del país. Zelaya, aunque había desafiado al imperialismo y tomado algunas medidas progresistas, a causa de las restricciones que le impone su origen de clase y traicionado el  vicepresidente sale derrotado y exiliado del país. Le sustituirá José Madriz quien a su vez, a causa de no estar dispuesto a humillarse lo suficiente ante EEUU, será sustituido en pocos meses por un nuevo presidente; Adolfo Díaz quien acepta las condiciones del gobierno de los Estados Unidos, más propias de una colonia que de una nación libre. Echa atrás prácticamente todas las medidas tomadas bajo el gobierno de Zelaya, llegando incluso al extremo de conceder a EEUU en 1913 los derechos en exclusivos  sobre cualquier canal que atraviese suelo nicaragüense.

Años después Estados Unidos se niega a reconocer el golpe de Estado del general conservador Emiliano Chamorro y envía a un delegado, Henry Stimson, con el mandato de obligar a conservadores y liberales a llegar a un acuerdo. Mediante el Pacto de Espino Negro (1928), auspiciado tanto por el imperialismo estadounidense y por los gobiernos latinoamericanos más importantes, el jefe liberal, Moncada, renuncia definitivamente a cualquier desvaríoprogresista y reconoce al gobierno conservador de Díaz. En contraparte  los conservadores aceptan compartir el poder con los liberales bajo el control imperial.

Esta  claudicación del movimiento  liberal provoca la escisión de su  ala izquierda, encabezada por liberal más respetado por el pueblo;  Augusto César Sandino. Lejos de ser el comienzo de una etapa de estabilización capitalista y formación de un Estado burgués fuerte, el Pacto de Espino Negro supondrá el inicio de una revolución que conmoverá los cimientos de la sociedad nicaragüense y de toda la región.

A diferencia de la mayoría de los dirigentes liberales, Sandino era un hombre de origen humilde que mantenía intactos sus vínculos con los oprimidos. Recordemos que nació en un pequeño poblado llamado Niquinohomo. Hijo  de una empleada doméstica, y de un pequeño propietario del lugar. Desde niño se ve obligado a trabajar; el contacto permanente con la vida de los explotados no sólo de Nicaragua sino de toda Centroamérica aviva un férreo sentimiento antiimperialista y una profunda sensibilidad social.

Durante la década del veinte, luego de haberse dedicado durante algún tiempo al comercio de granos, sale del pequeño Niquinohomo y, desde el puerto de Bluefields, en la Costa Atlántica, se embarca para La Ceiba, para entonces la ciudad más floreciente de la costa norte de Honduras. Más tarde se marcha al cercano Puerto Barrios, en Guatemala, en donde encuentra trabajo en la UnitedFruit Company. Por último, logra establecerse cerca del Puerto de Tampico, en el Estado mexicano de Tamaulipas, en la Huasteca Petroleum Company donde  ejerce varias actividades.

 En esa zona petrolera conoció el nacionalismo mexicano y el rechazo al dominio extranjero, así como los resultados en materia agraria del movimiento social iniciado en 1910 que se había plasmado en la legislación del país y que, en buena medida, fueron el producto de la heroica lucha de cientos de miles de campesinos mexicanos que tuvieron a la cabeza a Emiliano Zapata, el cual seguramente impresionó a Sandino. Fue testigo de las reformas sociales del General Álvaro Obregón y, de los constantes intentos de intromisión de los Estados Unidos en la vida económica y política de México.

Regresó a Nicaragua en junio de 1926, un mes antes, el 2 de mayo, había estallado una revuelta en la Costa Atlántica y los infantes de marina norteamericanos habían desembarcado en Bluefields “para proteger las vidas americanas” asistidos por un Acta del Congreso de los Estados Unidos que autorizaba al Presidente a ayudar a los países del continente "en asuntos navales y militares".

Se dirige a Niquinohomo y al no poder quedarseparte a la mina de San Albino, el corazón montañoso de Nicaragua. Mientras tanto, la insurrección popular, que habla estallado en la Zona Atlántica con fuerte participación de trabajadores de las plantaciones bananeras encabezada por los caudillos Luis Beltrán Sandoval y Eliseo Duarte, movilizó a los dirigentes del Partido Liberal, quienes solamente levantaban la bandera de la "constitucionalidad". Importantísima es  la participación activa de trabajadores agrícolas, campesinos y obreros como elemento motor del movimiento lo que permitirá que posteriormente levante las banderas de la  liberación nacional y el antiimperialismo.

Los Estados Unidos le ofrecen la presidencia al jefe militar del movimiento "constitucionalista”, José María Moncada, un politiquero que su único  mérito fue el  haber participado en el levantamiento dirigido por los Estados Unidos que derrocó a Zelaya en 1909. El 4 de mayo de 1927, firma un acuerdo por el que se compromete a deponer las armas desmovilizar a las fuerzas constitucionalistas y "garantizar la paz tanto política como económica". Esto coincidía plenamente con la política exterior de los Estados Unidos.

Sin embargo, dentro de las fuerzas constitucionalistas que luchaban contra la oligarquía conservadora en el poder, existían dos tendencias: por un lado Sandino, con su ejército y su núcleo original de mineros, campesinos pobres y pequeños propietarios, y por el otro José María Moncada. Quien decidió la capitulación sujetándose a un conjunto de condiciones estipuladas en un pacto conocido con el nombre de "Espino Negro" o Stimson-Moncada. Todos los generales del ejército constitucionalista menos Sandino aceptaron los acuerdos del Pacto entregaron las armas de sus soldados.

Desde entonces el movimiento que lidera Augusto Cesar Sandino se define, como antiimperialista y pluriclasista, eran fundamentalmente campesinos, obreros agrícolas, terratenientes medios y algunos intelectuales. Desarrolló la lucha de guerrillas, lo que le posibilitó golpear a un enemigo que, aunque superior en  lo militar, no pudo adaptarse a las condiciones del terreno y de la lucha. Este enemigo se ve superado, también, por el espíritu del ejército guerrillero, superior en moral y en táctica. Los obreros y sobre todo  el pueblo campesino,  oprimidos durante siglos por el imperialismo y la oligarquía, hartos de miseria, explotación y traiciones, lo bautizan como “el general de hombres libres” y depositan en él sus esperanzas de cambio.

El débil y no consolidado  aparato del Estado entra en desintegración, por lo que  el imperialismo estadounidense se verá obligado a asumir el control, con el objetivo de evitar su colapso como intentarintentar transformarlo en un instrumento útil contra la insurrección. El ejército y la policía nicaragüenses son dirigidos directamente por oficiales norteamericanos. Para proteger los intereses de los acreedores estadounidenses y canalizar directamente los recursos nacionales de Nicaragua hacia el pago de una deuda externa, los EEUU llegan a tomar el control de las aduanas y los bancos emisores de moneda.

Los soldados yanquis, pese a su superior poder militar, son incapaces de derrotar a los guerrilleros y a los sectores populares  que los apoyan. En su intento de sofocar la lucha de liberación del pueblo nicaragüense el imperialismo recurrirá a medidas cada vez más brutales;  bombardeos de poblaciones enteras, torturas y detenciones en masa. Todo este despliegue de fuerza sólo despierta un mayor apoyo social al ejército de Sandino tanto en Nicaragua como a nivel internacional. La lucha se convierte en un referente latinoamericano e incluso mundial.

Cabe destacar el rol jugado por las mujeres en el Ejército Sandinista, si bien los más conocidos son el de Blanca Aráuz, esposa de Sandino, y el de Teresa Villalobos; no es posible dejar de mencionar a las prostitutas de Puerto Cabezas que conjuntamente con Sandino logran rescatar 40 rifles que iba a ser arrojados al mar por los marines. También a las campesinas, maestras y toda mujer que se sumó a colaborar y combatir para liberar a Nicaragua del yugo Norteamericano.

La resistencia y el apoyo popular al liderazgo del ejército sandinista, junto  al rechazo internacional a la intervención imperialista en Nicaragua y el riesgo de que la insurrección nicaragüense pudiera extenderse a los países vecinos obligan finalmente a EEUU a firmar un acuerdo de paz, el 1 de enero de 1933, en el que se compromete a retirar sus tropas. Sin embargo, esto no significará el fin de la expoliación del país ni de la injerencia yanqui.

La lucha de los sandinistas, junto a los obreros y campesinos que los apoyaban,  y que había comenzado como un combate por la expulsión de las tropas de ocupación, empezaba a adquirir cada vez un contenido social más evidente. Sandino veía a los obreros y a los campesinos como los protagonistas fundamentales de la guerra de liberación. La burguesía nicaragüense era absolutamente dependiente del imperialismo y estaba unida a éste por muchos  lazos. La liberación nacional de Nicaragua sólo era posible junto a la  revolución social  y que acabase con el dominio del país de latifundistas y capitalistas nacionales y extranjeros.

Retiradas las tropas extranjeras, Sandino acepta desmovilizar su ejércitoy abrir una negociación con el gobierno del liberal Sacasa. Su esperanza era que, una vez retiradas las tropas invasoras, sería posible llegar a un acuerdo para consolidar un régimen democrático bajo el cual luchar pacíficamente por las transformaciones políticas y sociales pendientes en el país.Sin embargo, para la clase dominante esta negociación no era más que una trampa. El imperialismo y los sectores decisivos de la burguesía nicaragüense habían firmado la sentencia de muerte de Sandino hacía tiempo. El 24 de febrero de 1934, la misma noche que el líder revolucionario acudía al Palacio de Gobierno a reunirse con el presidente Sacasa, el jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza García, organizaba su asesinato y el de varios de sus colaboradores, incluidos su padre y su hermano.

Desde el inicio de la guerra de liberación, Sandino declara que la lucha armada que ha emprendido no sólo tiene por objetivo la defensa de la soberanía de Nicaragua sino también la de toda América Latina. La revalorización de las raíces indohispanas es proyectada a un nivel político; lejos de ser un asunto local, la lucha de liberación en Nicaragua atraviesa las fronteras para convertirse en la lucha de la nacionalidad latinoamericana. Su antiimperialismo se vincula y sostiene en las clases populares de Nicaragua.

La  apuesta por los desposeídos, los pobres, los marginados, los humillados y ofendidos, que se expresó, en primer lugar, en la conciencia que Nicaragua, Centroamérica y América Latina eran avasalladas por el creciente poder de los Estados Unidos de América. Ese avasallamiento se expresaba en discriminación y explotación.  Pero el avasallamiento del Norte contaba con los cómplices en nuestras propias tierras. De ahí que la toma de partido de Sandino por los desposeídos pasa, también, por la oposición y denuncia de quienes son los aliados de los de afuera adentro. Su nacionalismo antiimperialista se vincula y sostiene en las clases populares de Nicaragua; sus intereses y necesidades.

Del pensamiento y la práctica del General Augusto César Sandino se deriva una serie de valores que conforma un ideario humanista vinculado a lo popular, lo latinoamericano, la dignidad y la justicia. Este ideario se articuló a partir de su experiencia de vida, y se expresó en las decisiones y acciones que tomó, especialmente entre 1927 y 1934, cuando se opuso a la invasión norteamericana a Nicaragua.

El asesinato  de los líderes revolucionarios era el primer paso para intentar recomponer el orden en Nicaragua. La  Guardia Nacional se encargará de desempeñar el papel de árbitro entre los distintos sectores de la clase dominante, rol  que antes desempeñaba el ejército estadounidense. El nuevo hombre fuerte del régimen será el jefe de la Guardia Nacional, Somoza García. Era considerado por el imperialismo estadounidense su hombre de confianza en el país, encabezará primero la ofensiva contrarrevolucionaria y posteriormente, en 1936, dará un golpe de Estado proclamándose  nuevo presidente de Nicaragua; una dictadura que dominará el país 43 sangrientos años.  Hasta que la  guerra antidictatorial que se inicia en  1976, como parte de un largo proceso revolucionario, lograría finalmente, a un elevadísimo costo humano, deshacerse de la dictadura de los Somoza en 1979, tras una insurrección popular que probó hasta dónde llegan los pueblos, cuando han decidido quitarse de encima a un régimen de infamia y humillación.

Comentarios

Todavía no hay comentarios. ¡Iniciá el debate!

Todos los datos son obligatorios, tu dirección de correo no será publicada