Santiago Maldonado y el pueblo mapuche. Bajo el signo de viejos estereotipos

Santiago Maldonado puso en primera plana el escenario de los pueblos originarios en Argentina, en especial  la situación de los mapuches en la Patagonia. Una historia plagada de demandas insatisfechas  y estereotipos.

La construcción discursiva del Estado nación capitalista responde a lógicas que subordinan a ciertos grupos sociales por su identidad cultural y que legitiman la dominación de otros actores a nivel simbólico y material. Tanto las instituciones sociales más elementales de la sociedad como la familia, la escuela y el Estado, así como otras esferas, entre ellas la academia, producen y reproducen indiscriminadamente estereotipos.

Al  pueblo mapuche a lo largo de la historia argentina se lo ha clasificado socialmente por medio de signos muy simplificados y generalizados, maloneros,  chilenos, apátridas, terroristas, guerrilleros, entre otros. Representando un conjunto de valores juicios y suposiciones acerca de sus conductas y su historia; que representan los intereses de los sectores oligárquicos. Uno de los objetivos de la utilización de estos estereotipos es la organización del discurso de sentido común en el conjunto de población.

Los medios de comunicación han desempeñado un papel fundamental al generar y legitimar estereotipos y prejuicios en relación a todo aquello que no se adscribe al ser “nacional”.  La programación de las grandes empresas de comunicación está plagada de contenidos en los que, a nombre del sentido común, se denigra la diversidad cultural de nuestro país y  la identidad del  pueblo mapuche. Los discursos y representaciones abiertamente discriminatorias en términos étnicos se refuerzan con prejuicios de género, regionales y de clase. Problematizar este racismo sin tomar en cuenta las contradicciones entre actores antagónicos de la sociedad en términos de su posicionamiento en el proceso productivo resulta limitado, sobre todo al reflexionar sobre las alternativas a la discriminación en sus diversas expresiones.

Una de las claves para entender la producción y reproducción de patrones de discriminación étnica y cultural radica en identificar y analizar las interacciones entre la dimensión simbólica de los estereotipos como construcción histórico-social y las relaciones materiales, las cuales se combinan fuertemente con dinámicas de clase y con comportamientos cotidianos que subordinan la diferencia.

 

El año 2017 estuvo marcado por la visibilización en Argentina de una serie de conflictos que involucraron al pueblo mapuche. La represión desplegada por las fuerzas de Gendarmería, Prefectura Naval, Policía de Seguridad Aeroportuaria y las policías provinciales de Chubut y Río Negro se cobró las vidas de  Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Estos casos forman parte y son el resultado de una política del gobierno nacional en acuerdo con los gobiernos provinciales de criminalización de la protesta social, especialmente la de las comunidades de los pueblos originarios, que ha llevado a la judicialización de sus acciones y demandas, y al procesamiento y encarcelamiento de sus miembros.

El gobierno de Macri desarrolló una política de seguridad  basada en la represión  a los futuros conflictos sociales. El acuerdo entre Estado, grupos económicos y fuerzas represivas en Argentina parece no haberse corrido desde que las corporaciones nacionales e internacionales asumieron el ejercicio del poder en la Argentina. Tal vez valga la pena una vez más, recordar que la desaparición de Santiago Maldonado se produce en un contexto de apropiación de territorios campesinos e indígenas.

Ha pasado un año desde la desaparición de Maldonado. La represión a la Lof en Resistencia, comunidad ubicada en el departamento patagónico de Cushamen,  alcanzó una enorme notoriedad. Estos hechos expresaron la intención represiva ejemplificadora del Estado nacional y los poderes económicos contra las formas de organización y los reclamos populares.

Desde entonces, distintos medios de prensa y diversos sectores políticos han profundizado su  campaña de estigmatización de la comunidad mapuche y del propio Maldonado, presentándolos como peligrosos. El discurso es simple: se los describe como violentos que amenazan la propiedad privada y que estarían vinculados con organizaciones terroristas internacionales.  Esta construcción no es novedosa. Es la reactualización del viejo estereotipo de los pueblos originarios, calificados históricamente como aquellos que amenazan los bienes, la seguridad de las personas, la integridad y el progreso nacional.

Se los describe como fundamentalistas étnicos, violentos, irracionales y como una amenaza a los bienes y personas, a la propiedad privada de la tierra y a las mismas áreas naturales protegidas como los parques nacionales como un peligro para la integridad nacional y la seguridad de los ciudadanos, todo esto anclado en el viejo argumento que cuestiona la condición  de “pueblo originario” al pueblo mapuche, la única extranjería cuestionada en la Patagonia, siendo que existen numerosos sectores de la población, especialmente entre los grandes terratenientes e inversionistas en actividades extractivas, que en efecto son extranjeros, inmigrantes o descendientes de inmigrantes.

La particularidad de pueblo invasor atribuida a los mapuche, un elemento cultural instalado de forma muy profunda en la sociedad argentina. está relacionada con el estereotipo del indígena malonero que se construyó desde la década de 1870 en el contexto del sometimiento e incorporación estatal de las poblaciones de la Pampa y la Patagonia y de sus territorios con las llamadas campañas al desierto de 1878 a 1885. En otras palabras, se trata de la construcción de un enemigo interno, amenazante del orden social y económico, que ha servido en distintos momentos históricos para establecer el proceso mismo de construcción de la matriz Estado-nación-territorio.

La representación de los malones indígenas como grupos organizados para saquear que debían ser neutralizados por las campañas de conquista ocultó  las previas relaciones entre hispano-criollos y pueblos originarios. Estas relaciones habían comprendido alianzas, intercambios económicos, enfrentamientos y firma de tratados entre autoridades indígenas, coloniales y luego republicanas.  Se argumentaba entonces que se trataba de “salvajes” que no conformaban entidades sociopolíticas con las cuales fuese posible y correspondiese negociar más allá de la rendición incondicional o su aniquilamiento; se consideraba que el “indio malonero” debía desaparecer, debía ser eliminado, un ser sacrificable  para la construcción de la matriz Estado-nación-territorio. La población de las Pampas y la Patagonia era asociada en conjunto a la poderosa figura del malón; el estereotipo del indígena malonero constituirá una imagen y una construcción cultural de aquello que no puede ser incorporado a la comunidad nacional, con el objeto de marcar el modo en que se deberán comportar y actuar los indígenas que deseen no ser sacrificados.

Otro elemento clave en el contexto de las campañas estatales de sometimiento a los mapuches  es la construcción de la idea de “desierto”. El desierto es donde proviene el no-asimilable “indio malonero”, pero es también la idea fundamental para definir al espacio como territorio del Estado, ya que de esta forma no se lo reconoce como un otro territorio y mucho menos como un territorio indígena. Al mismo tiempo, se lo describe como espacio no cultivado, no trabajado y no social, que espera por el brazo laborioso de los argentinos que le extraiga sus riquezas, lo habite y transforme.

Es necesario recorrer los procesos históricos para comprender por qué y cómo determinados acentos fueron fijados en la definición de la otredad indígena en relación con la construcción de las ideas de nación, territorio y Estado. Los estereotipos del “indio malonero” y del desierto no sólo vinieron a cumplir, en el discurso político,  sino que permanecerá como un construcción cultural clave en las elaboraciones ideológicas de la diferenciación social, la explotación y el orden y disciplina social. El genocidio desplegado por el Estado argentino  es fundamentalmente la eliminación del otro, del enemigo interno, en aras de la construcción de una nueva sociedad capitalista.

Desde fines del siglo XIX y principio del XX hasta la actualidad, los distintos gobiernos nacionales invisibilizaron la existencia de comunidades de los pueblos originarios en la Patagonia.  En muchas ocasiones, se utilizó al aparato represivo del Estado y la justicia letrada para su expropiación, reclusión injustificada y aun torturas. En ocasión de las masacres de Napalpí (1924), en Chaco, y en La Bomba (1947), en la localidad norteña de Formosa, la prensa difundió previamente entre la población que los indígenas se estaban reuniendo para preparar un malón. La expropiación de la comunidad de Boquete Nahuelpán, en Chubut, en 1937, tuvo como único argumento que se trataba de indígenas araucanos y que practicaban el cuatrerismo. En todas las oportunidades se justificaba  el accionar estatal  como respuesta a  un peligro a la propiedad y por parte de una agresión  foránea.

Recordemos que la última dictadura militar desplegó  un discurso reivindicatorio de la llamada “epopeya del desierto”,celebrando en 1979 el centenario de las campañas de  Roca con una serie de actividades.  No sólo se dedicó  a reeditar la narrativa de la conquista del desierto sino de hacerla presente en la ciudadanía. En  la figura del “indio malonero”, eliminado para la cimentación cultural de la sociedad, se reflejaba la construcción del enemigo interno que la dictadura hacía sobre la movilización política a la que identificaba en términos de guerrilla subversiva. Los sacrificables eran violentos que representaban una amenaza a los bienes, las personas y al mismo orden social, una violencia identificada con otras amenazas externas. Para ellos no había asimilación posible.

La construcción de la idea de nación en la matriz Estado-nación-territorio ha estado hegemónicamente sostenida en aquello de lo que se diferenciaba al ser excluido, el enemigo interno. En las complejas relaciones entre las construcciones de nación y de territorio, este mismo umbral de la inclusión/exclusión ha estado representado también, entre otros seres sacrificables, por la cuestión indígena tanto a través del estereotipo del “indio malonero” como de la idea de desierto en tanto territorio estatal, pero no social. Por lo tanto, quienes lo habitan, quienes provienen de él o se dirigen a él, a quienes les ha sido colocada dicha clasificación, devienen en eliminables, sacrificables.

De esta forma, a través de las «campañas del desierto», desde el Estado e instituciones de la sociedad civil, se operó tanto hacia la eliminación del orden social, económico y cultural de los pueblos originarios, como también hacia el disciplinamiento y la limitación de las formas de vida, acceso reducido a la tierra, censura de sus formas de expresión cultural, negación de sus formas de organización social. Simultaneamente, se aseguró la distribución de los territorios incorporados a favor  los sectores oligárquicos, y  como parte de la acumulación primitiva del capital,  desposeyendo a la población mapuche y tehuelche  del acceso a la tierra.

La larga lucha de los pueblos originarios multiplicó las formas de acción política.  Las modalidades de la articulación han variado según las regiones, los pueblos involucrados y los contextos políticos locales y nacionales. Se han producido recuperaciones de territorios ancestrales y también expropiaciones y desalojos, judicialización de reclamos y criminalización y represión de protestas. También se han hecho visibles las articulaciones entre demandas de comunidades y pobladores indígenas con otros habitantes rurales y urbanos en contra de emprendimientos extractivos.

La respuesta por parte del Estado argentino fuè sistemáticamente, el uso de la fuerza para reprimir , la violencia, el  manejo arbitrario y la utilización del andamiaje judicial, que necesita de ese estereotipo del sujeto peligroso, guerrillero, militante, irracional y violento , como jusficacion ideológica. Utilizando como instrumentos; los artículos en la prensa hegemonica, las expresiones en las redes sociales, producidas desde usinas oficiales pero también desde sectores de la misma sociedad que comparten y construyen las nuevas imágenes y los viejos estereotipos; los “mapuches chilenos”, de los violentos,  los terroristas, de una asociación ilícita, no de una organización social o una comunidad; de un sucio hippie.

El relato del poder sobre el asesinato de  Santiago Maldonado, reproducido sistemáticamente por gran parte de la prensa, ha servido al gobierno nacional  en alianza con los gobiernos provinciales y diferentes sectores vinculados a los latifundios patagónicos para afirmar ante la población que existe un nuevo enemigo interno; el supuesto terrorismo mapuche al cual se le atribuye todo; un otro peligroso para los bienes, las personas y la misma integridad nacional, que con su accionar convierte en “desierto” y territorio “salvaje” lo que ocupa y ante lo cual se anuncian como necesarias, nuevamente, medidas especiales para su exterminio.

Fernando Coll

 

 

 

 

 

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