Santiago Maldonado y Rafael Nahuel: dos muertes que reclaman justicia

Una lucha de siglos contra los atropellos de los poderosos

 

El pasado 1° de agosto, Santiago Maldonado -un joven de 28 años oriundo de la provincia de Buenos Aires pero que estaba viviendo en el sur- desapareció en medio de una dura represión de Gendarmería contra una comunidad mapuche que reivindica tierras hoy ocupadas por Benetton en las inmediaciones del río Chubut.

Otra vez la represión contra los pueblos originarios, otra vez el robo de sus tierras, otra vez el gobierno y el Estado actuando en favor de los poderosos, otra vez la terrible figura del “desaparecido”.

Se sucedieron reclamos judiciales, marchas y masivas concentraciones. Las paredes se llenaron de pintadas reclamando la aparición de Santiago. Los debates atravesaron el país y, 78 días después, su cuerpo apareció flotando en el río en un lugar que había sido revisado varias veces.

Desde el gobierno -que estuvo más  de dos meses negando su desaparición e inventando lugares donde supuestamente estaba Santiago- pretendieron negar la represión del 1° de agosto y  un conjunto de situaciones inexplicables para afirmar que Santiago simplemente se había ahogado. En el poder judicial la causa sigue caratulada como “desaparición forzada” y la familia y todo el movimiento popular reclaman una investigación seria para que se haga justicia.

El 25 de noviembre, el mismo día que se realizaba en la provincia de Buenos Aires el entierro de Santiago Maldonado, en el marco de un operativo del Grupo Albatros de la Prefectura Naval Argentina, fue asesinado de un disparo por la espalda de arma de fuego de 9 mm. el joven mapuche Rafael Nahuel de apenas 21 años, resultaron heridos otros dos mapuches (una mujer y un varón), y fueron detenidas varias personas, entre ellas cinco niños. Los hechos se produjeron en el marco del desalojo de la comunidad Lafken Winkul Mapu, en la zona del lago Mascardi, ubicado en la provincia de Río Negro. De nuevo hubo que escuchar barbaridades de las autoridades: la ministra Patricia Bullrich afirmó que los mapuches tenían armas que “arrancaban árboles de raíz” pero después  estuvo claro que no usaron más que algunas piedras y que fueron fusilados por la espalda. La investigación judicial se demora y pasados más de tres meses no hay ningún detenido.

Estos crímenes duelen, golpean fuerte, nos llenan de bronca; a veces también de angustia e impotencia. Otra vez las fuerzas represivas actuando con impunidad  y matando a algunos de los mejores de los nuestros, a aquellos militantes anónimos que son ejemplo de coherencia, solidaridad, compromiso con el otro, como el Pocho Lepratti, como Darío y Maxi, como Carlos Fuentealba.

A nosotrxs, docentes comprometidxs con nuestro presente, nos queda la necesidad de reflexionar colectivamente sosteniendo la mirada crítica, protagonizando desde cada lugar la resistencia, construyendo debates que ayuden a fortalecer nuestras luchas.

 

Tres tiempos de la larga marcha del genocidio

Sin dudas, 1492 es un mojón. Ahí se inició el tiempo largo de este proceso. Con la llegada de los europeos comenzó uno de los genocidios más brutales de la historia. No había pasado un siglo y ya la población originaria se había reducido a la tercera parte: millones y millones había muerto por  las armas, las brutales condiciones de explotación laboral y las enfermedades traídas por los conquistadores. Primero fue la búsqueda del oro. Después fueron las “campañas al desierto” donde los sectores de poder masacraron a los pueblos originarios para apropiarse de sus tierras. Nuestro Estado Nacional se constituyó asentado en esos genocidios.

El 24 de marzo de 1976 se colocó un segundo mojón. El del inicio de un tiempo medio. Un nuevo genocidio al servicio de un modelo económico. Como bien señaló Rodolfo Walsh en su recordada “Carta”: “En la política económica de ese Gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes, sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”. Desde aquel momento las clases dominantes buscan imponer una nueva forma de capitalismo: más injusto, más brutal con lxs trabajadorxs, más colonial, más depredador de los bienes  comunes de la naturaleza.

La salida de la dictadura no modificó estas líneas fundamentales de la apuesta a construir un capitalismo asentado sobre nuevas bases. El modelo extractivista, que arrasa con los bienes de la naturaleza y condena a la más profunda precariedad a millones de argentinos es una clara expresión de ello más allá de los cambios de gobiernos. Durante el menemismo se sentaron las bases legales para un salto  en este proceso: por  un lado se aprobaron las semillas transgénicas y comenzó a desarrollarse el modelo de la  soja y los agroquímicos; por otro se sancionaron las leyes que permitieron el desarrollo de la megaminería. Durante el kirchnerismo el modelo  no hizo más que profundizarse: los millones de hectáreas con soja se fueron extendiendo por el país; los proyectos de minería a cielo abierto se multiplicaron por toda la cordillera de los Andes; el petróleo “no convencional” empezó a desarrollarse en Vaca Muerta con terribles impactos ambientales[1]. En Formosa, en Santiago del Estero, en Entre Ríos, en Santa Fe, en Neuquén, en Chubut, en Catamarca y en otras provincias fueron las comunidades campesinas y los pueblos originarios las principales víctimas de esta avanzada capitalista.

En diciembre del 2015, con la llegada de Cambiemos al gobierno, se inicia el tiempo corto del genocidio y la devastación ambiental. Todo el aparato del Estado se pone al servicio de las grandes empresas vinculadas al extractivismo. Se bajan las retenciones en el agro y se anulan a la minería, se pretende modificar la ley de protección a los glaciares, se acuerda con las grandes mineras para que determinen los contenidos escolares sobre la temática, se avanza en políticas represivas, etc., etc. Asumiendo explicitamente la continuidad histórica el Ministro Bullrich habló de la necesidad de una “nueva Campaña al Desierto”; aclaró que era “con la pluma y no con la espada”, pero las muertes de Santiago y Rafael, la demonización en algunos medios de los pueblos originarios (que “son chilenos”, que “actúan como terroristas”, que “reciben armas del extranjero”), la detención del Lonko Facundo Jones Huala y las continuas represiones a las comunidades que resisten hablan de la persistencia de los métodos del siglo XIX.

 

Mantener el reclamo de justicia y ser parte -también en las aulas- de una fuerte resistencia que el poder busca quebrar.

La campaña por la aparición de Santiago y el reclamo de justicia lograron una masividad muy importante.

Los reclamos por la muerte de Rafael fueron más débiles; quizás por la confusión y la sorpresa que generó la aparición del cadáver de Santiago en el río, quizás porque Rafael era “solo un mapuche” y el racismo atraviesa toda la sociedad.

En cualquier caso sigue pendiente la tarea de continuar la lucha por la justicia.

Y de seguir fortaleciendo la resistencia. La historia reciente pone al descubierto por un lado la voracidad del capital y por otro la notable capacidad de resistencia de nuestro pueblo. En Esquel, en Loncopué, en La Rioja, en Córdoba, en Mendoza y en otras regiones se frenaron grandes proyectos mineros. Las luchas de “Paren de fumigarnos” han puesto algunos límites al uso de agrotóxicos. Comunidades mapuches han recuperado territorios importantes en Neuquén y en Chubut. El bloqueo de todo el pueblo de Malvinas Argentinas (Córdoba), con el apoyo de diversas organizaciones ambientalistas obligó a Monsanto a abandonar su proyecto de construir allí la mayor plantan de semillas transgénicas del mundo.

Vivimos y enseñamos en el corazón del modelo sojero. Frente a nuestras escuelas pasan miles de camiones que se llevan la producción a los puertos y siguen llenando las cuentas bancarias de poderosas empresas multinacionales. (Nosotrxs) Padecemos la destrucción de los suelos, la contaminación del aire y de los ríos.

Se trata de ser parte de la resistencia, de ser protagonistas, de apostar a ponerle freno a tanto atropello sobre los bienes comunes que amenaza con dejarnos sin futuro.

Nuestras aulas son también un espacio privilegiado en esa disputa.

Por Santiago, por Rafael, por nuestrxs pibxs.

Porque tenemos que construir otro futuro.

 

Juan Pablo Casiello para AMSAFE

 

 

[1]
[1] Las cifras son claras: en 2003 había 40 proyectos mineros en estudio, en 2015 había 800.  La superficie con soja paso de 12 millones de hectáreas en 2003 a 20 millones en 2015. Datos aportados por el periodista Darío Aranda.

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