Se abre el abismo: surgimiento y caída del Keynesianismo [selección]

El ’68 significó el comienzo del fin de un patrón de dominación del capital sobre el trabajo. La institucionalización de la protesta a través del “pacto” keynesiano estalló al compás de sus contradicciones y de las luchas populares. Como aporte para comprender el mundo que acababa y el  que surgía, desde Contrahegemonía seleccionamos fragmentos de este texto de John Holloway

I

El propósito de este trabajo es examinar el establecimiento y colapso del keynesianismo como un patrón de dominación, un  modo de contener al poder del trabajo.

El poder del trabajo al cual respondió el keynesianismo fue  ilustrado dramáticamente en el octubre rojo de 1917. La  revolución rusa no fue un evento aislado, sino la cresta de una ola: la estabilidad del capitalismo fue rota no sólo en San Petersburgo y Moscú, sino también, más brevemente, en otros lugares, Berlín, Budapest, Munich, Turín, etcétera. Estas luchas revolucionarias al final de la Primera Guerra Mundial fueron parte de un cambio mucho más vasto: como Woodrow Wilson expresó poco antes de su muerte, en 1924, la revolución rusa era “el símbolo del descontento de la era” (Schlesinger 1857,94).

El movimiento revolucionario se alimentó de (y alimentó a) una oleada larga del poder de la clase trabajadora, expresada en el surgimiento del sindicalismo y de los partidos socialdemócratas en todos los países de capitalismo avanzado, desde finales del siglo XIX. A pesar de todas las fallas del movimiento organizado (más notablemente el colapso del “internacionalismo socialista” en la víspera de la guerra), el visible poder de la clase trabajadora creció enormemente en los primeros años del siglo.

Bajo el visible poder organizado del trabajo yacía un poder  menos perceptible, más insidioso: el poder de los explotados para resistir la explotación. El capital quizás controlaba sus  vidas, pero e1 capital también dependía de su trabajo para su  supervivencia. El poder surgía precisamente de la condición que  definía la clase trabajadora: el trabajo. Esta realización se expresaban no sólo en el retiro del trabajo en las huelgas, sino, constantemente, en la lucha diaria por el control del proceso de trabajo: el control de cómo se hacían las cosas, a qué ritmo. Incluso los capitalistas más prepotentes tuvieron que aceptar el hecho de que ellos, de modo frustrante, no controlaban por  completo el proceso de trabajo que era la misma fuente de sus ganancias. F. W. Taylor habló de su propia experiencia: “como era usual entonces…, la fábrica era realmente controlada por los trabajadores y no por los jefes. Los trabajadores juntos habían planeado cuidadosamente cuán rápido podía ser hecho cada trabajo” (Braverman 1974, 102). La vida de Taylor articuló la  frustración del capital, dedicándose a dominar la fuente de la  frustración, el poder del trabajo para controlar el proceso de  trabajo

….

La respuesta del capital a esta amenaza fue compleja. Desde el fin de la guerra en todos los países capitalistas había voces pidiendo reformas: políticos y teóricos de la burguesía, quienes argumentaban que el viejo capitalismo había sido desacreditado y que un orden social totalmente nuevo era necesario. Estos llamados tomaron formas diferentes y surgieron en diversas ocasiones a lo largo de los años veinte.

Había tres temas principales en los debates estratégicos de los años veinte: las relaciones Internacionales, el rol del Estado y el control del dinero.

La cuestión del nuevo orden internacional fue rápidamente decidida contra la posición de los progresistas por el Tratado de Versalles. El segundo tema, la cuestión del Papel del Estado; permaneció vivo durante los años veinte. La guerra había visto una expansión sin precedentes del papel del Estado (cfr. Clarke 1988). En los años posteriores a la guerra, los “progresistas” argumentaban que el desarrollo del capitalismo hacía necesario que el Estado tuviera un papel activo e intervencionista en la economía. El argumento tomó diferentes formas y se justificaba de diferentes maneras, desde el reconocido temor a la revolución, o la preocupación caritativa por los pobres, hasta la simple búsqueda de la eficiencia económica…

Se decía que el Estado debía ser más activo en proporcionar bienestar social para los pobres, especialmente en el caso de desempleo. Se argumentó también que debería jugar un papel más activo en fomentar la eficiencia, especialmente a través de la promoción de una “racionalización” económica. Todas las funciones que usualmente se asocian con el Estado “keynesiano” después de 1945 eran ya tema de discusión en los años veinte.

El viejo equilibrio había sido roto por el poder del trabajo colectivo. La suposición de que la fuerza de trabajo podía simplemente ser tratada como cualquier otra mercancía en el mercado ya no era válida: “los sindicatos son suficientemente fuertes para interferir en el libre juego de las fuerzas de la oferta y las demanda”(Keynes 1972)…No era posible por más tiempo asumir que las fuerzas del mercado solas pudieran asegurar el uso más eficiente de los recursos.

No fue sólo en las discusiones de las políticas estatales sino también en el desarrollo de las prácticas empresariales que  crecía la conciencia de un cambio en la situación. Taylor había predicado su evangelio de la “administración científica” desde principios de siglo: un ataqué explícito contra el poder de los trabajadores especializados a través del detallado estudio y de la fragmentación de las tareas especializadas en operaciones muy simples y muy controladas. La fragmentación de las tareas había sido desarrollada por Henry Ford, quien habían enlazado esto a la cadena automatizada para crear la línea de montaje, en la  cual las operaciones detalladas en el proceso de producción de los automóviles Ford se ejecutaban en diferentes puntos a lo largo de la línea. Sin embargo, el desarrollo tecnológico que hizo Ford de la administración científica pronto se enfrentó al hecho de que los automóviles no eran producidos ni por la ciencia ni por la tecnología, sino por obreros. No es de sorprenderse que los trabajadores encontraran la nueva organización del trabajo intolerablemente aburrida y raramente se quedaran mucho tiempo. Durante 1913, por ejemplo, para poder mantener una fuerza de trabajo de quince mil, fue necesario contratar a 53.000 trabajadores (Coriat, 1982). Para controlar este caótico flujo de trabajo, Ford introdujo su famoso contrato salarial de “cinco dólares por día” en 1914.

El contrato de cinco dólares por día fue extremadamente exitoso para reducir los trastornos en el trabajo: después de 1914 estos cayeron a menos del 0,5 por ciento anual (Coriat 1982. 59). Esto sentó las bases para que dentro de la fábrica hubiera una organización de la producción más disciplinada así como una intensificación del trabajo, lo cual, a pesar de incrementar los costos salariales, redujo los costos de producción del modelo T Ford en cerca de 17 por ciento (Beynon 1973, 24; Coriat 1982, 59). Al mismo tiempo, creó también un nuevo grupo da trabajadores relativamente prósperos, quienes entonces suministraron un nuevo mercado para la producción en masa del modelo T.

Lo que llama la atención del contrato Ford es el trabajo hecho entre la aceptación de la disciplinada, aniquilante monotonía durante el día y el relativamente confortable consumo después, la rígida separación entre la muerte del trabajo alienado y la “vida” del consumo. Lo que necesita enfatizarse, sin embargo, no es solamente la naturaleza opresiva de la producción fordista, sino que el contrato fordista, fue un reconocimiento de la dependencia del capital respecto del trabajo y un intento de reformular el poder del trabajo (en, última instancia el poder de no trabajar) como demanda monetaria de mercancías. Fue el innovador reconocimiento y redefinición del poder de trabajo lo que hizo de Ford una figura importante en este periodo, “el más influyente de todos los hombres de negocios” (Schlesinger 1959).

El viejo balance se había roto, pero no estaba claro si las condiciones ya existían para el establecimiento de algún nuevo equilibrio. En el mundo inmediato a la posguerra, la amenaza de la revolución aún permeaba en muchas parles del mundo. Sólo después de que la ola de luchas revolucionarias fuera suprimida violentamente, la estrategia de reformulación del poder de la clase trabajadora se volvió creíble. Fue sólo después de la derrota de la huelga general en Gran Bretaña, por ejemplo, que se desarrolló una nueva institucionalización de la lucha de clases de los trabajadores, la cual podría más tarde proveer la contraparte de las iniciativas de políticas keynesianas.

Después de que la clase trabajadora había sido derrotada en las calles y de que la inmediata amenaza de la revolución había retrocedido, las condiciones eran más favorables para la integración institucional de la clase trabajadora, pero la urgencia de cambio era menos obvia. Sólo después del crac de 1929 y de la subsiguiente crisis, la presión por el cambio ganó nuevos bríos.

El nuevo sindicalismo industrial brotó de las nuevas relaciones en el trabajo. La difusión del fordismo implicó la difusión de un nuevo tipo de “obrero de masa”, trabajadores no capacitados laborando en grandes fábricas. El trato fordista, el intercambio entre el tedio y el pago, había hecho del salario un punto de lucha más claro que nunca. Cuando Ford anunció su contrato de “cinco dólares por día” en 1915, éste había sido un acto unilateral para detener la huida de condiciones de trabajo intolerables. Pero una vez que el salario fue situado como el punto central de la relación, era improbable que los trabajadores fueran a esperar la autorización de la administración. La presión por la negociación colectiva del salario condujo al crecimiento del nuevo sindicalismo industrial a principios de los años treinta. La demanda por el reconocimiento de los nuevos sindicatos como representativos del trabajo en la contratación colectiva fue aceptada por más y más compañías a lo largo de la década de los treinta. Ello no fue sin resistencia, pero también existía el reconocimiento por parte del capital de que la canalización del descontento dentro de la demanda salarial era un componente importante en el establecimiento de una relación más ordenada con el trabajo. Esto fue dramáticamente plasmado por los carteles para el reclutamiento manejado por la CIO: “El presidente Roosevelt quiere que te afilies al sindicato”.

A mediados de los treinta, sin embargo, el nuevo partido  estaba aún lejos de estar establecido. Para empezar, había una competencia con modelos alternativos acerca de cómo debería ser el nuevo juego. En Alemania, la crisis del viejo modelo y el vigor del trabajo se habían encontrado con otra respuesta. Aquí, la violenta supresión de las corrientes revolucionarias de la posguerra no fue tan claramente separada de la incorporación institucional del movimiento obrero, así que el nuevo corporativismo adquirió una forma particularmente sangrienta. En Rusia también, el poder enorme del empuje del trabajo en 1917 había dado una forma muy diferente a la eventual contención de ese poder bajo Stalin.

No fue solamente la existencia de modelos en competencia lo que estorbó el establecimiento del juego nuevo. Más crucial fue el hecho de que las condiciones aún no habían sido establecidas para una firme restauración de las ganancias capitalista.

….

Aunque las prácticas del New Deal adquirieron una nueva coherencia teórica mediante la publicación de la Teoría General de Keynes en 1936, ni la coherencia teórica ni las políticas gubernamentales fueron suficientes para conseguir la reestructuración requerida para restablecer el capitalismo con paso firme.

Esa reestructuración fue conseguida a través de la guerra. “La muerte, la más grande de todos los keynesianos, regía al mundo una vez más” (Mattick 1978). La guerra triunfó en donde el New Deal, el Nazismo y el Estalinismo habían mostrado solamente posibles líneas de desarrollo. La guerra logró un devaluación del capital constante, incluso más grande que las asociadas con las bancarrotas, y las depreciaciones de la gran depresión. En el trabajo, los cambios administrativos introducidos después  del crac de 1929 fueron impulsados con mayor fuerza, pero en una nueva atmósfera de disciplina. En Estados Unidos, por ejemplo, “muchos patrones usaron las ventajas de la disciplina de los tiempos de guerra después de 1941 para buscar recobrar algo de la iniciativa y control que habían cedido a los sindicatos industriales al final de la gran depresión” (Gordon et al 1982, 182). En esto, los patrones de todos los países fueron ayudados considerablemente por los sindicatos  los cuales predicaron la subordinación del antagonismo de clase a la meta común; de ganar la  guerra» (cfr. Gordon et al 1982). Los cambios en las relaciones  de trabajo fueron acompañados por los rápidos cambios en la tecnología de la producción, en tanto los gobiernos destinaron recursos importantes hacia áreas de desarrollo consideradas como estratégicamente importantes, de modo que hubo un rápido progreso en áreas tales como la electrónica o la petroquímica. El desempleo se resolvió a través del listado y matanza de millones de personas: “un desechamiento masivo de la fuerza de trabajo” (Bonefeld 1988).

…..

Por primera vez en casi cincuenta años, el inminente colapso del capitalismo, el cual por mucho tiempo había  sido una preocupación tanto del pensamiento burgués como del pensamiento socialista, no estaba por lo pronto en la agenda. Desde principios del siglo, el tema del derrumbe del capitalismo había sido el centro de la discusión marxista: había debate sobre la inevitabilidad del derrumbe, pero para todos el tema era de una relevancia inmediata. También para el pensamiento burgués, la guerra, la ola revolucionaria, el crac y la gran depresión, el fascismo, el rearme y el retorno de la guerra, golpe tras golpe para cualquier noción de estabilidad capitalista, habían hecho del fracaso, el colapso y la revolución las preocupaciones dominantes de los años treinta. Los temores y esperanzas de la revolución no desaparecieron inmediatamente con el fin de la guerra en 1945. Por el contrario, el período inmediato de posguerra fue un tiempo de gran fermentación. Pero la balanza se había movido. Por primera vez en cerca de cincuenta años, el capital tenía las bases sobre las cuales podrían proseguir la acumulación y explotación con vigor, una base sobre la cual  podrían construir una nueva apariencia de estabilidad, ocultando en la niebla de amnesia los millones que  habían sido masacrados en el camino.

¿Cómo se había llevado a cabo el truco? ¿Cómo fue convertido el inminente colapso del capitalismo en la famosa frase de Macmillan de los años cincuenta, “nunca lo han pasado tan bien”, que condensaba el optimismo y la aparente estabilidad del período de posguerra?

La clave para la renovación de la acumulación capitalista fue el cambio en las relaciones del trabajo. La nueva disciplina impuesta sobre el trabajo a través de la recesión, la experiencia del fascismo en algunos países y la experiencia de la guerra en casi todos, combinó con las innovaciones administrativas asociadas con el fordismo y con las nuevas tecnologías para aumentar enormemente la tasa de explotación  (cfr. Mandel 1975). Este incremento en la tasa de plusvalor, junto con la devaluación y destrucción masiva del capital constante a través de la gran depresión y la guerra, y la rápida centralización del capital que había sido promovida por la mayoría de los gobiernos en el mismo período, crearon las bases para un nuevo nivel de ganancia y dieron un nuevo impulso a la acumulación de capital, reflejado en  la tasa de ganancia sin precedentes del período de posguerra. Como las limitaciones del New Deal habían mostrado, no habría habido una era “keynesiana”, ni prosperidad de posguerra, si estos cambios fundamentales no hubieran sido forzados sobre la humanidad a través de la depresión, el fascismo y la guerra.

Las nuevas prácticas, sin embargo, fueron contrarias a la teoría económica ortodoxa, la cual estaba construida sobre la noción de que la operación libre del mercado proveería condiciones óptimas para el desarrollo económico. La contribución de la “revolución keynesiana” en la teoría económica fue retomar las demandas y prácticas ya existentes, para darles una nueva coherencia y fuerza. La nueva ortodoxia era ahora que el Estado debía asumir responsabilidad por la economía, interviniendo donde fallara el mercado, para estimular la producción y mantener el pleno empleo. Ya que la crisis era entendida en los términos en que aparecía, es decir como la falta de demanda efectiva para las mercancías producidas, el rol del Estado para contrarrestar la crisis era entendido en términos de la administración de la demanda: en tiempos de recesión el Estado debería estimular la demanda a través del financiamiento deficitario, es decir a través de gastos estatales basados en una expansión del crédito.

Este nuevo papel para el Estado puede entenderse como un nuevo grado de integración del Estado dentro del circuito del capital. Mientras en el mercado el plusvalor producido por los trabajadores es distribuido entre los capitales individuales a través de la competencia, la “intervención del Estado” implica que una porción significativa del plusvalor es canalizada hacia el Estado a través de la imposición fiscal (en cualquier forma) y reorientada por aquel a través del gasto, con el objetivo de mantener las mejores condiciones posibles para la acumulación del capital. La canalización del plusvalor a través del Estado para proveer las condiciones para la acumulación del capital no era algo nuevo, por supuesto: estaba inscrita ya en la constitución del Estado capitalista y es precondición para el mismo capitalismo, incluso donde el Estado cumple nada más que las funciones mínimas como la regulación de peso, medida y moneda  (cfr. Holloway y Picciotto 1984). Lo que era nuevo era la escala en la cual esto era considerado legítimo; no sólo eso, sino la medida en la que se consideraba legítimo para el Estado canalizar no únicamente el plusvalor existente sino los derechos monetarios sobre el plusvalor futuro a fin de mantener condiciones  favorables para la producción de plusvalor. La administración de la demanda a través del financiamiento deficitario significaba precisamente eso: el uso del crédito, es decir la creación de derechos monetarios sobre el plusvalor aún inexistente, con el objetivo de estimular la acumulación. Inherente al proyectó  keynesiano era el divorcio entre el dinero y el valor existente, el desacoplamiento entre la acumulación monetaria y la acumulación real (Bonefeld 1993). Una comprensión del peligro inherente a este desarrollo fue el meollo lógico de la larga y vigorosa batalla del “partido del viejo mundo” en el período de entreguerras para mantener la doctrina del presupuesto balanceado.

La nueva relación entre el Estado y la economía no fue establecida simplemente a nivel nacional. El flujo del capital es inherentemente internacional, así que es más preciso hablar de la nueva relación entre Estado y economía en términos de una integración más intensa de los muchos Estados dentro del circuito del capital (cfr. Braunrnühl 1978; Bonefeld 1993).

Un rasgo importante del mundo de posguerra fue la posición claramente predominante de un Estado, Estados Unidos; lo cual posibilitó el establecimiento de formas internacionales de regulación de un modo que no era posible en el período de entre-guerra. Estas  formas internacionales de regulación tuvieron la doble función de consolidar la posición dominante de Estados Unidos y al mismo tiempo proveer una base internacional más estable para la acumulación del capital. Así, la conferencia de Bretton Woods de 1944, que estableció el Fondo Monetario Internacional (FMÍ), el Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT) de 1947, y finalmente el Plan Marshall, que proporcionó dólares para la reconstrucción del capitalismo en Europa, fueron componentes de esta estrecha vinculación de lo económico y lo político en el nivel internacional, que sería parte de la estabilidad de posguerra (cfr. Clarke 1988; Armstrong et  al 1984).

La nueva integración de los Estados dentro del circuito internacional del capital se puede ver como una intensificación de la socialización del capital. Esto no significa que haya una fusión efectiva entre el Estado y los monopolios o con capitales individuales (como sugieren, de manera muy distinta, las teorías de Negri y de los teóricos del capitalismo monopolista de Estado), sino que los movimientos de ataque y (sobre todo) de defensa del capital son más estrechamente coordinadas a un nivel nacional e internacional. El caos inherente a la producción del valor no está superado, pero hay consecuencias significativas para la forma en la cual se presenta la crisis así como para las formas que toman las luchas alrededor de la reestructuración del capital.

….

Hablar en este contexto del poder del trabajo no es ni sonar huecas fanfarrias de triunfo por el socialismo, ni negar las derrotas sufridas por el trabajo en los años precedentes, sino identificar la fuente de la reproducción de la inestabilidad capitalista. El logro del capitalismo en los años después de 1917 había sido no tanto romper el poder del trabajo sino transformarlo. Fue esta transformación la que se expresó en el nuevo patrón de relaciones de clase.

El contrato salarial fordista es un ejemplo significativo de 1a transformación del poder del trabajo. La oferta de Ford de cinco dólares al día en 1915 se basaba en el reconocimiento del poder del trabajo en la producción (el poder de no producir): fue un intento de transformar ese poder en la demanda de mercancías. El efecto implícito fue enfocar la lucha no en las condiciones de producción; sino en el nivel de la recompensa monetaria. El mismo Ford resistió durante mucho tiempo el corolario de dicho contrato salarial, a saber, la organización de los trabajadores en sindicatos que tendrían como su objetivo principal la negociación de niveles más altos de recompensa. Sin embargo, a pesar de la resistencia de Ford y otros patrones, este fue el arreglo a que fueron forzados a través de las luchas de los trabajadores en los años treinta y cuarenta: el reconocimiento de los sindicatos y la institucionalización de las relaciones industriales (un rasgo central de la cual eran las rondas anuales de negociación salarial entre patrones y sindicatos).

El reconocimiento institucional de los sindicatos no estuvo confinado a las empresas. La guerra había forzado al Estado el reconocimiento de la dependencia del capital hacia el trabajo de otra forma: sin el apoyo activo del trabajo, no había posibilidad de ganar o incluso pelear una guerra. Este reconocimiento había conducido a la integración institucional de los dirigentes sindicales dentro del Estado en varias formas.

….

La administración de la demanda como una política estatal se construyó sobre el nuevo grado de institucionalización de las relaciones industriales a nivel de los capitales individuales. La respuesta a las presiones del trabajo fue tratar de controlarlo a través del ritual del contrato colectivo y la administración de la consecuente demanda de mercancías. El poder del trabajo fue reconocido, contenido y aprovechado para convertirse en una fuerza de desarrollo capitalista.

La contención del poder del trabajo como demanda, a través de las mediaciones de los sindicatos, no era una astucia conceptual. Se apoya en la previa supresión violenta de incontenibles y revolucionarias expresiones de ese poder y en la continua exclusión de fuerzas que no estaban conformes con el nuevo modelo. El aparente equilibrio del mundo keynesiano descansó sobre un patrón complejo e inestable de incorporación /exclusión por el lado del capital, y conformismo/rebelión por el lado del trabajo (sin líneas claras entre la democracia y, la dictadura por un lado; o la reforma y la revolución, por el otro), un patrón llamado muchas veces “corporativismo”.

….

El costo del amansamiento del poder del trabajo fue la inestabilidad-monetaria latente. La transformación del poder del trabajo en la-demanda implicó la aceptación de la expansión del crédito como-clave para mantener la estabilidad social. Ni el crédito ni el presupuesto deficitario eran nuevos, pero el keynesianismo los erigió como un principio de la dominación capitalista, dando legitimidad a una posterior expansión del crédito sin precedentes.

El capital había sido reconstruido, pero la reconstrucción se había logrado no por el pensamiento racional, sino por una combinación de la depresión, el fascismo y la guerra, por años de conflicto desesperado y violento, del cual el resultado nunca fue certero. No hubo transición tranquila de un “modo de regulación” a otro, ni una “correspondencia” tranquila entre los diferentes elementos del nuevo patrón de dominación, como algunos de los teóricos “regulacionistas” sugieren (para una crítica cfr. Bonefeld y Holloway, 1993). La esperanza o el espectro de la inminente revolución o colapso había sido alejado por el presente, al menos en los países capitalistas dominantes; pero la reconstrucción capitalista era mucho más contradictoria de lo que podría sugerir la frase de Macmillan, “nunca lo han pasado tan bien”. El capital había sido reconstruido, pero la negación en su núcleo, el poder del trabajo en-y-contra el capital, permanecería como una explosión potencial de inestabilidad. El New Deal (nuevo reparto) había logrado reiniciar el juego, pero las apuestas habían sido elevadas.

 

II

El nuevo juego se acabó en los últimos años de los sesenta y principios de los setenta. Nunca había sido jugado sin interrupciones. Incluso después de que las turbulencias del período inmediato a la posguerra habían sido contenidas, incluso después del claro establecimiento del “marshallismo” en Europa y de la dominación de Estados Unidos en todo el mundo, los movimientos anticolonialistas y revolucionarios, así como el descontento industrial siguieron retumbando a lo largo de los años cincuenta y principios de los sesenta. No obstante, no fue sino hasta finales de los sesenta que el patrón de relaciones entre capital y trabajo que había sido establecido después de la guerra comenzó a desintegrarse.

La “crisis del keynesianismo”, como se le denomina frecuentemente, no es simplemente una crisis de la teoría económica, o de una forma de hacer políticas económicas: estas son manifestaciones de una crisis en la relación entre el capital y el trabajo, una crisis en el patrón particular de contención del poder del trabajo. Por lo tanto, la crisis no se puede entender en términos del fracaso de las estructuras objetivas (o de la operación de las “leyes objetivas del capital”), ni simplemente en términos del impulso subjetivo del trabajo, ni, aún más claramente, en términos de las tensiones entre capitalistas, o de grupos de capital nacional. Fue la relación entre capital y trabajo que se fracturó: las tensiones presentes en la relación desde el principio se había inflado y reventado. El antagonismo contenido por el keynesianismo ya no se podía contener por más tiempo. El patrón de dominación de la posguerra tenía como precondición la explotación efectiva del trabajo, Los métodos fordistas de producción en masa se habían establecido no sólo en Estados Unidos sino también en Europa después de la guerra. Esto trajo un marcado incremento de la productividad, pero con un costo. La producción fordista descansaba  en un intercambio entre un alto grado de alienación en el trabajo y unos consumos crecientes después del trabajo: el descontento fue transformado en la demanda y regulado a  través de los contratos salariales-anuales. Una vez que esto se estableció como el patrón dominante, sus contradicciones se fueron haciendo más claras.

La contradicción fundamental de toda producción capitalista es la que se expresa, en la categoría de alienación, la contradicción entre el potencial de creatividad humaría en la producción de valores de uso y la forma impuesta a la creatividad bajo el capitalismo, es decir la creación del valor bajo el control ajeno: en suma, la reducción del trabajo concreto al trabajo abstracto. Bajo los métodos de producción fordista, con su grado sin precedentes de trabajo repetitivo no calificado, esta contradicción alcanzó un nuevo nivel de intensidad. Más y más, la contradicción se expresó no como una lucha contra la abstracción del trabajo (y para el control del trabajo) sino como una rebelión contra el trabajo como tal. El tedio matador del trabajo fordista se encontró con protestas de todo tipo que apuntaban en primer lugar hacia la ruptura de la mortal repetición de tareas sin sentido: hubo un aumento de sabotaje, abstencionismo, paros no oficiales, etcétera. Esto empezó a tener un impacto mucho más serio sobre la productividad y las ganancias que las publicitadas huelgas sobre salarios.

La rebeldía contra el trabajo era más efectiva por el hecho de estar situada en el contexto de una organización laboral peculiarmente rígida. El ataque en contra del poder del trabajo  calificado, encabezado por Taylor y subsecuentemente por Ford, dirigido como estaba en contra de la flexibilidad y juicio del trabajador, había tenido como resultado una organización de la producción muy poco flexible. La fragmentación del trabajo en tareas minuciosas y finamente calculadas, y la subsecuente integración de esas tareas a la operación de maquinaria dedicada a un proceso específico, esta misma fragmentación rígida que inicialmente sirvió para romper el poder del trabajador calificado se convirtió, a través de la lucha, tanto en una arma de la rebeldía contra el trabajo, como en un límite al ”derecho de mandar”  del capital. La rigidez magnificó el efecto de cualquier disrupción del flujo del proceso de trabajo, ya que la no ejecución de un fragmento del proceso hacía imposible, con frecuencia la ejecución de otros fragmentos: no sólo dentro de una fábrica en particular o de una empresa, sino dentro de cadenas de abastecimiento. La rigidez también generó posiciones definidas que con frecuencia se convirtieron en poder para los trabajadores, posiciones desde las cuales podrían pelear por incrementos salariales. Así, las luchas alrededor de la definición de las tareas se hicieron una forma común de conflicto industrial, en tanto los trabajadores utilizaron o defendieron las rigideces originalmente impuestas por el capital.

Frente a la rigidez y la rebeldía, el dinero era el gran lubricante. La negociación se convirtió en foco tanto del cambio administrativo como del descontento obrero. Los incrementos salariales se volvieron el principal medio por el cual la administración de las empresas superaba sus propias rigideces e introducía cambios en las prácticas laborales: el “pago por el cambio” se estableció como un principio de la negociación sindical, al menos en las industrias bien organizadas. Las negociaciones salariales se convirtieron también en el punto principal de las protestas organizadas de la clase trabajadora; los sindicatos se convirtieron cada vez más en los “administradores del descontento”, canalizando el conflicto hacia la forma de demanda monetaria para ser negociada en el proceso ritual del contrato salarial.          .

La monetización del conflicto se volvió más y más problemática, conforme él poder productivo del trabajo se expresaba en niveles de vida más altos. Conforme la protesta en contra del trabajo crecía, la canalización del descontento se tornó al mismo tiempo menos efectiva y más costosa. Por un lado, incrementar los salarios reales era con frecuencia un incentivo insuficiente para establecer un control administrativo efectivo sobre el proceso de trabajo. Las quejas por la pérdida del control administrativo en el lugar de trabajo se volvieron más y más comunes durante los últimos años de los sesenta y principios de los setenta (cfr. Holloway 1988). Al mismo tiempo, las dificultades para establecer el control efectivo y la resistencia a la imposición de nuevas prácticas de trabajo, se expresaron en crecientes demandas salariales, a menudo acompañadas por amenazas de huelga o acciones de huelga reales para reforzarlas (Armstrong et al 1984). El control salarial y el control del poder sindical llegaron a ser la preocupación dominante del período.

Como la protesta contra la explotación iba creciendo, tanto en su forma monetizada como en la no monetizada, la extracción del plusvalor se volvía más y más difícil para el capital. Sin embargo, es importante no exagerar esto. A pesar de la indudable efectividad de la lucha de la clase obrera, la tasa de explotación no descendió; por el contrario, siguió aumentando. La creciente mecanización del proceso de producción hizo el trabajo, más productivo de manera que el plusvalor apropiado por el capital continuó incrementándose. Lo que cambió no fue que la tasa de explotación bajara, sino que la explotación se volvió más costosa para el capital: a fin de explotar en forma efectiva a un obrero, el capital requería invertir una cantidad cada vez mayor en maquinaria y materias primas. Esto está indicado, por ejemplo, por el crecimiento más lento de la productividad en todas las economías principales entre 1968 y 1973, a pesar de la creciente inversión en la mecanización (Armstrong et al. 1984). Así, la tasa de ganancia (la tasa de retomo del capital total invertido) descendió no obstante la creciente tasa de explotación.

La clave para explicar la baja en la tasa de ganancia era, entonces, el hecho de que la explotación se estaba volviendo más y más costosa para el capital. Este aumento de los costos de explotación es lo que Marx llamó un aumento en la composición orgánica del capital. Conforme se desarrolla la producción capitalista, el capital constante (la parte del capital que corresponde al trabajo muerto incorporado en maquinaria y materias primas) tiende a aumentaren relación al capital variable (la parte del capital correspondiente a la fuerza de trabajo viva). Muchas veces, en las discusiones sobre la crisis, se hace un contraste entre las teorías que enfatizan la composición orgánica del capital y las explicaciones de la crisis en términos de las luchas de la clase trabajadora (como en los debates entre “fundamentalistas” y “neoricardianos”, por ejemplo). Sin embargo, si el aumento en la composición orgánica del capital es visto no como una ley económica externa a la lucha de clases sino como expresión de los crecientes costos de explotación, la polaridad entre la lucha de clases y las leyes del desarrollo capitalista se disuelve.

….

Los costos de crear un entorno estatal estable para la acumulación aumentaban conforme su efectividad disminuía. En la  misma forma en que el salario se volvía cada vez menos efectivo, como medio para canalizar la rebeldía en contra del trabajo el  Estado se volvía cada vez menos efectivo como medio de canalizar el descontento social. La socialización del capital implicada por la expansión del Estado trajo consigo una intensificación de la alienación en la sociedad. En la misma forma en que la producción fordista aumentó la contradicción entre el potencial de la creatividad humana y la alienación impuesta sobre esa creatividad, la expansión del Estado como Estado de bienestar intensificó la contradicción entre el potencial para la organización social consciente y la forma impuesta sobre ese potencial, es decir el Estado. Conforme el Estado penetraba en más y más aspectos de la vida social, surgió mayor conciencia del contraste entre el control social y el control estatal. La rebeldía en contra del trabajo fue complementada por una rebeldía contra el Estado, expresada muchas veces en el vandalismo y el crimen, pero también en el intento consciente de desarrollar formas da lucha que no se dejarían incorporar por el Estado: luchas por vivienda, educación, salud, transporte, etc. (cfr. Cockburn 1977). La interpenetración de las luchas fabriles y las luchas fuera de la fábrica, dramáticamente ilustrada por los acontecimientos de mayo de 1968 en Francia, por el “otoño caliente” de Italia en 1969; fue un rasgo importante de esos años en muchos países; esta interpenetración se puede teorizar como la recomposición de la clase obrera en tanto obrero social (cf. Negri 1988). La dificultad de contener la protesta dentro de los canales de conciliación estatal establecidos se expresó en el creciente costo de la “administración de la demanda”. La institucionalización de la protesta que era la característica central del Estado keynesiano no estaba basada simplemente en la burocratización a través de los sindicatos, los partidos socialdemócratas y las instituciones del Estado de bienestar: su apoyo material era la capacidad de otorgar concesiones (limitadas pero significativas) a las presiones contenidas. Conforme aumentaban las presiones sobre el Estado, los costos de contener esas demandas aumentaban también, y de ahí también los impuestos y los costos indirectos de la explotación.

A finales de los años sesenta estaba ya claro que la relativamente estable expansión de los años de la posguerra estaba  llegando a su fin. Las ganancias disminuían en todos los países  dominantes (cfr. Armstrong et al. 1984) y el descontento social aumentaba. El aumento de los costos, particular mente los costos salariales, fue culpado de la caída de las ganancias, y se hizo hincapié en la necesidad de controlar los incrementos salariales y aumentar la productividad. Inicialmente, sin embargo, el patrón básico de relaciones entre capital y trabajo no fue cuestionado. Fue asumido que el intento de control salarial y el aumento de la productividad podría alcanzarse sólo a través del esquema existente, es decir a través del reconocimiento institucionalizado del poder del trabajo a través de los sindicatos. El intento de controlar los salarios y aumentar la productividad llevó a los sindicatos aún más crucialmente al centro de todo el sistema de dominación. Esto era el caso al nivel de la empresa, donde los cambios significativos en las prácticas laborales o en la tecnología podrán conseguirse muchas veces sólo a través de acuerdos con los sindicatos (cfr. Holloway 1988). Era igualmente el caso en donde el Estado buscaba controlar los salarios a través de una política salarial: la única posibilidad de implementar políticas salariales era con la cooperación activa de los sindicatos. El keynesianismo  en crisis hizo muy explícito lo que cimentaba todo el patrón de relaciones de la posguerra entre capital y trabajo: el reconocimiento e institucionalización del poder del trabajo y, por lo tanto, el papel central de los sindicatos.

El intento de implementar políticas de control salarial hizo clara la posición contradictoria de los sindicatos. En la medida en que cooperaban con el Estado para restringir las demandas salariales, la única forma para los sindicatos de retener al mismo  tiempo el apoyo de sus miembros era mediante la negociación de concesiones estatales en otras áreas (la política social, por ejemplo). Mientras más los sindicatos se incorporaban en el Estado, más la política estatal se apoyaba en el otorgamiento de concesiones. Para el capital, la restricción de los costos directos de explotación (salarios) tenía que ser pagada mediante el incremento de los costos indirectos (el aumento en el gasto estatal).

La fuerza creciente de los sindicatos en el centro del sistema de dominación hizo todo más rígido: para el capital era cada vez más difícil lograr cambios tanto en la organización de la producción como en la organización del Estado.

La creciente integración de los sindicatos dentro del Estado les hizo aparecer muy poderosos. Pero su poder era el poder institucionalizado del trabajo, y, como instituciones, ocupaban más y más una posición externa y opuesta al poder que representaban. Mientras más poderosos parecían en términos de su influencia dentro del Estado menos efectivos resultaban tanto en la representación como en la contención de sus miembros. Su poder era cada vez más un poder hueco, un poder institucional sin sustancia. Lo mismo se puede decir de los partidos socialdemócratas. El papel central de los sindicatos en la canalización del poder del trabajo bajo el modo de dominación keynesiano daba en muchos casos una posición privilegiada en el sistema  político a aquellos partidos que tenían vínculos estrechos con los sindicatos. Especialmente cuando los problemas de acumulación se hicieron obvios a partir de mediados de los sesenta, los partidos socialdemócratas fueron muchas veces preferidos, incluso por las organizaciones representantes del capital, como los únicos partidos capaces de controlar las demandas del trabajo.

Las presiones contra el viejo patrón keynesiano de relaciones sociales aumentaban por todos lados. La caída de las ganancias y el ascenso del descontento social hicieron mofa de la pretensión keynesiana de poder conciliar los conflictos sociales y asegurar el desarrollo armonioso del capitalismo. El derrumbe del sistema monetario internacional removió el aislamiento respecto del mercado mundial, que era un elemento esencial de la concepción keynesiana de la intervención estatal. Estas tensiones encontraron su expresión en la aguda recesión de 1974-1975: la producción cayó estrepitosamente en todos los países principales, la inflación y el desempleo se elevaron (Mandel 1978) y el flujo de “petrodólares” dentro del mercado de eurodólares incrementó la volatilidad del sistema monetario mundial.

Desde todos lados, se proclamaba la muerte del keynesianismo. En los debates de los economistas, el keynesianismo perdió terreno rápidamente frente a la nueva concepción de moda, la teoría monetarista. Los políticos conservadores en Gran Bretaña, Estados Unidos y otras partes atacaron cada vez más la expansión del Estado, la posición de los sindicatos y la “política del consenso”, y se volvieron hacia teóricos como Friedmann y Hayek para justificar sus posiciones. Incluso los partidos social-demócratas, cuya propia posición en el sistema político dependía del reconocimiento del poder del trabajo, empezaron a denunciar las soluciones del keynesianismo como no realistas.  Como el primer ministro británico, James Callaghan, señaló en  el Congreso del Partido Laborista en 1976.

“Antes pensábamos que era posible salir de la recesión a través de los gastos e incrementar el empleo mediante una reducción de los impuestos y un aumento de los gastos gubernamentales. Les digo con todo candor que esta opción no existe más, y en tanto existía antes, sólo funcionaba inyectando en cada ocasión desde la guerra una mayor dosis de inflación en la economía, seguida por un nivel de desempleo más alto”.

 

El nuevo reparto (new deal) había terminado, el juego se había acabado. O así parecía. Pero hasta ahora sólo uno de los jugadores se había retirado de la mesa. Las fuerzas sociales que habían impuesto el reconocimiento del poder del trabajo sobre el capital aún existían, más fuertes que nunca, y no podrían ser abolidas simplemente por las declaraciones de los políticos. Además, si el juego keynesiano había terminado, ¿cuáles iban a ser las nuevas reglas? Al keynesianismo le había tomado cerca de 30 años de lucha y la muerte de millones de personas establecerse. Después de casi treinta años de estabilidad relativa, el capitalismo estaba de nuevo en caos.

¿Podría establecerse un nuevo orden simplemente por la voluntad de los políticos o requeriría que el mundo nuevamente pasara por la destrucción y la miseria? El abismo quedó abierto.

 

John Holloway

Fuente: Marxismo, estado y capital: La crisis como expresión del poder del trabajo. Cuadernos del Sur, 1994, Buenos Aires.

Texto completo en: https://cuadernosdelsur.org/fichas-tematicas/5-marxismo-estado-y-capital/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.