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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Siria y las izquierdas: un debate abierto

Ante la tragedia que vive el pueblo sirio las izquierdas fueron incapaces de construir rumbos unitarios para impulsar una movilización internacional con perspectivas de solución al conflicto. Presentamos aquí el debate entre Santiago Alba Rico y Atilio Borón, que da cuenta de las diferencias existentes en este terreno

 

Alepo, la tumba de la izquierda por Santiago Alba Rico

 

 

 

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Para matar a gran escala, lo sabemos, hay que mentir y además insultar y despreciar a las víctimas. Eso es lo que hizo EEUU en Iraq o lo que ha hecho siempre Israel en Palestina. Toda la izquierda compartió en 2003 esta denuncia al lado de la gente normal y decente; y se indignó y se condolió al lado de la gente normal y decente tras los bombardeos de Bagdad o de Gaza.

Pues bien, ocurre que eso que tanto nos duele y enrabieta cuando son EEUU o Israel los verdugos se ha convertido en la rutina mental de la izquierda en su relación con Siria. Hemos aceptado mentir a gran escala para que el régimen de Asad y sus aliados ocupantes —Rusia, Irán y Hezbollah— maten a gran escala; y al hacerlo no sólo hemos abandonado y despreciado a las víctimas, sino que nos hemos separado de la gente normal y decente. Una buena parte de la izquierda mundial se ha situado, en efecto, al margen de la ética y al lado de los dictadores y de los muchos imperialismos que doblegan la zona. En una Europa en la que crece el neofascismo –y el terrorismo islamista— a velocidad acelerada, este nuevo error, sumado a tantos otros, nos puede costar muy caro.

Para permitir a Asad matar a gran escala ha hecho falta mentir mucho: ha hecho falta negar que el régimen sirio fuera dictatorial y afirmar, aún más, que es antiimperialista, socialista y humanista; ha hecho falta negar que hubo una revolución democrática muy transversal, no sectaria, en la que participaban millones de sirios, muchos de ellos de izquierdas, que no se reconocían en una dirección o un partido (una especie de 15M gigantesco cristalizado en Consejos y Coordinadoras Locales); ha hecho falta negar la represión brutal de las manifestaciones, las detenciones, las torturas, las desapariciones; ha hecho falta negar la legitimidad del Ejército Libre Sirio; ha hecho falta negar los bombardeos con barriles de dinamita y el uso de armas químicas por parte del régimen; ha hecho falta negar o justificar los bombardeos masivos de la Rusia de Putin; ha hecho falta negar la tolerancia de todos (Asad, Rusia, Irán, EEUU, Arabia Saudí, Turquía) hacia el crecimiento del ISIS; ha hecho falta negar la ocupación iraní de Siria; ha hecho falta negar el imperialismo ruso y su excelente relación con Israel; ha hecho falta negar la indiferencia errática de EEUU, que sólo ha intervenido para dejar el paso libre al mismo tiempo al régimen sirio y a Arabia Saudí; ha hecho falta negar el embargo de armas, que ha dejado la rebelión en manos de los sectores más radicales, tan contrarrevolucionarios como el propio régimen; ha hecho falta negar la existencia de manifestaciones simultáneas contra Asad y contra el ISIS (u otras milicias yihadistas) en pueblos y ciudades destruidos y asediados; ha hecho falta negar la ausencia del ISIS en Alepo, expulsado por el ELS en 2014; ha hecho falta negar el sufrimiento y terror de la población alepina bajo asedio; pero ha hecho falta –lo peor— negar el heroísmo, el sacrificio, la voluntad de lucha de miles de jóvenes sirios que se parecen a nosotros y quieren lo mismo que nosotros; ha hecho falta –aún peor y peor— despreciarlos, calumniarlos, insultarlos, convertirlos en terroristas, mercenarios o enemigos de la “libertad”.

Nunca la izquierda, frente a una revolución popular, se ha comportado de un modo tan innoble: no sólo no se ha solidarizado con ella ni —una vez derrotada— ha honrado a sus héroes y lamentado el desenlace, sino que les ha escupido en la cara y ha celebrado su muerte y su derrota. Coherentes con este negacionismo típicamente imperialista (o estalinista) se ha situado al lado de la extrema derecha europea y ha reprimido además las movilizaciones en nuestras ciudades, criminalizando para colmo a la izquierda sensata que, al lado de la gente normal y decente, ha denunciado los crímenes de Asad y sus aliados sin dejar de denunciar asimismo los de Arabia Saudí, Turquía y EEUU ni –por supuesto— el fascismo intolerable, en todo equivalente al del régimen, del ISIS o del Frente-al-Nusra.

Como dice el comunista Yassin Al Haj Saleh, preso 16 años en las cárceles del régimen y uno de los más grandes intelectuales vivos, Siria revela el estado de la vieja izquierda y certifica su muerte. Cuando hace seis años estalló una revolución democrática mundial cuyo epicentro fue el “mundo árabe”, la izquierda no estaba preparada ni para protagonizarla ni para aprovecharla; ni siquiera para entenderla. Hoy, cuando las contrarrevoluciones victoriosas extienden las redivivas “dictaduras árabes” a EEUU y Europa, la izquierda ha quedado fuera de juego como resistencia y como alternativa. Incomodados o molestos, todos los actores abandonaron o combatieron a las fuerzas democráticas sirias y todos –gobiernos, organizaciones fascistas y partidos comunistas— han acabado por coincidir en el relato del “mal menor” que condena a Siria a la dictadura eterna, a la región a la violencia sectaria y a Europa al terrorismo sin fin.

Esta teoría del “mal menor” (¡mal menor el asesino de cientos de miles de sirios, bombardeados, torturados o desaparecidos!) ha sido la matriz histórica de esa “estabilidad” regional, opresora y mortal para los pueblos, que justificó durante la segunda mitad del siglo XX el apoyo occidental a todas las dictaduras de la zona. Tras una revolución malograda, ese modelo del siglo pasado vuelve ahora con ferocidad redoblada, embragado y lubricado por un sector de la izquierda que aplaude y se entusiasma con “la gran victoria” de Bachar Al Asad; un modelo hasta tal punto perteneciente al siglo pasado que se diría que algunos la viven –esa “gran victoria”— como si, 25 años después y gracias a Putin, la URSS hubiera ganado finalmente la Guerra Fría. Una cosa es segura: los que la han perdido también esta vez, en Siria y en Europa, y en Rusia y en América Latina, son la democracia y la justicia, las únicas soluciones posibles frente a los autoritarismos, los imperialismos y los fascismos —yihadistas o pardoeuropeos—, hermanos trillizos que van ganando terreno sin resistencia, que se reclaman recíprocamente y que, por tanto, sólo podrán ser vencidos si se los combate al mismo tiempo.

¿Cómo definir esas “revoluciones árabes” que hoy mueren definitivamente en Alepo con la complicidad del yihadismo y la complacencia de la amplia alianza internacional, de derechas y de izquierdas, volcada contra Siria? Esas revoluciones fueron, sobre todo, una revuelta contra el yugo de la geopolítica que mantenía congeladas, como bajo el ámbar, las desigualdades y resistencias de la zona desde hacía al menos 70 años. En un mundo de relaciones de fuerza desiguales entre naciones-Estado, la geopolítica impone siempre límites a toda política emancipatoria de izquierdas. La geopolítica –es decir— no es de izquierdas y, si hay que tomarla en cuenta para hacer mínimos progresos realistas frente a los imperialismos y en favor de la soberanía, no podemos llegar al punto de contradecir los principios elementales asociados al carácter universal de toda ética de la liberación: eso que antes se llamaba “internacionalismo”, cuyo impulso es necesario recuperar en una versión no-identitaria y democrática.

El llamado “mundo árabe” (que es kurdo y amazigh y bereber y tubu, etc.) es el ejemplo más doloroso de una entera región, rehén de sus propias riquezas petroleras, sacrificado al interés común de potencias y subpotencias en liza: la así llamada “estabilidad”. Cuando los pueblos de la zona se rebelaron en 2011 contra este “equilibrio” monstruoso, sin pedir permiso a nadie y al margen de todos los intereses inter-nacionales, la geopolítica les cayó encima, como una camisa de fuerza, y la izquierda corrió, al lado de sus enemigos, a anudarle las mangas y apretarle los botones de hierro.

En un contexto en el que la hegemonía de los EEUU se debilita, en el que otras potencias igualmente imperialistas se independizan de su hegemonía para imponer sus propias agendas y en el que el campismo de la 2ª mitad del siglo XX es sustituido por un avispero de intereses reaccionarios contrapuestos muy parecido al de la 1ª Guerra Mundial –también porque no hay ahí ni una sola fuerza o proyecto anticapitalista o emancipador— la izquierda, sin entender nada del “nuevo desorden global” ni de su musculatura reaccionaria, se ha precipitado a entregar el pueblo sirio, atado de pies y manos, a un dictador asesino, a la Rusia de Putin, al Irán de los ayatolás y, de paso, al Estado Islámico y a las teocracias suníes del Golfo. Es decir, a lo que muy justamente Pablo Bustinduy ha llamado “la geopolítica del desastre”. No lo hace ahora y en nombre del “mal menor” (¡Franco y Pinochet un mal menor!). Molesta y desbordada por esas intifadas populares que no entendía (salvo un puñado de “trotskistas” que eran “trotskistas” sólo porque sí las entendían y las apoyaban), la izquierda mundial reaccionó desde el principio de la misma manera que los gobiernos y la extrema derecha: apoyando a los dictadores. Para los imperialistas eso no ha supuesto jamás un problema (“nuestros hijos de puta”) pero sí debería plantear alguno a la gente que se dice “de izquierdas”, que han acabado por renunciar a comprender el mundo al tiempo que a sus principios éticos y políticos. Para abandonar a nuestros afines sobre el terreno, apoyar a sus verdugos y dejar matar a gran escala, decíamos, ha hecho falta deshacerse de la verdad y someterse a los mismos clichés culturalistas, racistas e islamófobos de la peor derecha europea.

Apostando por un esquema geopolítico superado que impide abordar el “nuevo desorden global”, la izquierda ha abandonado, en efecto, sus principios éticos a cambio de nada; o, mejor dicho, para favorecer así el regreso, en versión expandida y agudizada, de las dictaduras, los imperialismos y los yihadismos. Este gran éxito geoestratégico se ha alcanzado a costa de aceptar una triple contradicción, incompatible con la universalidad de la ética de la liberación y brutalmente occidental y orientalista.

Aceptar este yugo geoestratégico –por lo demás ilusorio y mal fundamentado— supone, en primer lugar, declarar sin vergüenza que un madrileño tiene derecho a combatir una monarquía insuficientemente democrática y un bipartidismo corrupto y a desear, sin arriesgar la vida, más democracia y más justicia social para su país mientras que un sirio debe en cambio soportar una dictadura que lo encarcela, lo tortura y lo asesina y renunciar a todo atisbo de democracia y de justicia social.

Aceptar este falso yugo geoestratégico supone, en segundo lugar, declarar también que es mucho más grave que encarcelen a Andrés Bódalo en España que a Yassin Al Haj Saleh o a Salama Keile o a Samira Khalil, todos comunistas, en Siria; o que es mucho más grave la detención de unos titiriteros o el procesamiento de un concejal en Madrid que el asedio por hambre y el bombardeo de un entero país.

Aceptar este falso yugo geoestratégico supone, finalmente, reclamar con toda naturalidad el derecho de los españoles (o los latinoamericanos) a decidir si y cuándo y de qué manera pueden rebelarse los “árabes” contra sus dictadores. Los sirios, al parecer, deben hacer lo que les indique desde fuera una izquierda que se ha revelado impotente, inútil y ciega en sus propios países. Eso implica, además, vivir como una amenaza, y no como una esperanza, la voluntad democrática y las luchas sociales de los otros pueblos: los que luchan en condiciones más difíciles por lo mismo que nosotros se convierten no en compañeros sino en enemigos, no en valientes afines con los que hay que solidarizarse sino en criminales “terroristas”, ese término que tan justamente denunciamos o relativizamos cuando lo utilizan nuestros jueces o nuestros gobiernos “imperialistas”.

Una buena parte de la izquierda árabe, europea y latinoamericana –en resumen— ha sacrificado el internacionalismo a un orden geoestratégico en el que los pueblos y sus luchas democráticas no tienen ya ningún amigo y en el que, fuera de juego y en claro retroceso, esa izquierda ha dejado avanzar sin resistencia, ahora en todo el mundo, los regímenes contra los que se alzaron los “árabes” en 2011. No hemos comprendido nada, no hemos ayudado nada, hemos entregado al enemigo todas las armas, incluso la conciencia. La democracia retrocede desde Siria en todo el planeta. Alepo es, sí, la tumba de los sueños de libertad de los sirios, pero también la tumba de la izquierda mundial. Justo cuando más la necesitamos.

 

 

 

 

 

Las izquierdas en la crisis del imperio por Atilio A. Boron

 

 

 

Una nota reciente de Santiago Alba Rico examina lo que, a su juicio, constituye un grosero error de interpretación de “conocidos militantes anti-imperialistas latinoamericanos” que, como el que suscribe esta nota, piensan que el asesinato del embajador de Rusia en Ankara es, en términos objetivos, una “respuesta” al creciente protagonismo de ese país en el sistema internacional. [1] En su escrito Alba Rico incurre en una serie de equivocaciones que no pueden ser pasadas por alto y que es preciso señalar y corregir. Dado que para ilustrar ese diagnóstico equivocado, según nuestro autor, se toman textualmente algunos pasajes o expresiones de un artículo de mi autoría publicado poco antes en este mismo medio siento, a los efectos de evitar confusiones entre los lectores, la necesidad de formular algunas precisiones. [2] Seré breve, pese a la amplitud de la temática, para poner en cuestión algunas líneas esenciales de la argumentación de nuestro autor.

  1. Jamás he dicho, ni conozco alguien que lo hubiera hecho, que la sola puesta en aprietos a la dominación norteamericana en el tablero de la geopolítica mundial se corresponda automáticamente con un ataque al capitalismo y el avance de la revolución, la democracia y los derechos humanos en todo el mundo. No hay automatismos ni determinismos en la dialéctica de la historia, de modo que aquella ecuación debe ser descartada de antemano. Pero, por otro lado, no se puede ignorar el papel crucial, indispensable, insustituible, de Estados Unidos en la reproducción y mantenimiento global del capitalismo. Derrotas o retrocesos de Washington en el tablero de la política internacional no necesariamente abren las puertas a la democracia y los derechos humanos, pero cuando el sostén fundamental –o el “sheriff solitario”, para usar la expresión de Samuel P. Huntington- del capitalismo mundial y de los despotismos que asolaron al mundo desde finales de la Segunda Guerra Mundial experimenta un traspié eso, en principio, es una buena noticia porque se abre una pequeña fisura en un muro herméticamente sellado. ¿O acaso la derrota de EEUU en Vietnam no significó un avance democrático y en materia de derechos humanos en ese país devastado por once años de bombardeos norteamericanos? Y el reflujo de la influencia norteamericana experimentado por Washington en América Latina desde la elección de Hugo Chávez Frías a la presidencia de Venezuela, en Diciembre de 1998, ¿no inauguró acaso un ciclo que, con todos sus defectos e insuficiencias, podríamos caracterizar como virtuoso y positivo para nuestros pueblos? Y las revoluciones en el mundo árabe, que derrocaron a las tiranías de Ben Ali y Hosni Mubarak en Túnez y Egipto, fieles sirvientes de la hegemonía norteamericana en la región, ¿no nutrieron la esperanza –lamentablemente frustrada después- de un nuevo comienzo?
  2. En su nota nuestro autor incurre en un grave error desgraciadamente muy extendido en el campo de las izquierdas: habla de “los imperialismos”, así, en plural. Pero el imperialismo es uno sólo; no hay dos o tres o cuatro. Es un sistema mundial que, desafortunadamente, cubre todo el planeta. Y ese sistema tiene un centro, una potencia integradora única e irreemplazable: Estados Unidos. Tiene el mayor arsenal de armas de destrucción masiva; controla desde Wall Street la hipertrofiada circulación financiera internacional; decreta la extraterritorialidad de las leyes que sanciona su Congreso e impone sanciones a terceros países que incumplen las leyes estadounidenses; controla a su antojo los flujos de comunicaciones que se procesan a través de la Internet y la telefonía a escala mundial; dispone de un fenomenal aparato de propaganda –sin rivales en el mundo- con epicentro en Hollywood; casi la mitad del presupuesto militar mundial y según sus propios expertos, cuenta con algo más de un millar de bases militares instaladas en los cinco continentes. ¿Cuáles son los “otros imperialismos” que compiten con este? Como latinoamericano preguntaría a los cultores de la teoría de la “pluralidad de imperialismos” que por favor me digan cuantas bases militares tienen rusos y chinos en América Latina y el Caribe. La respuesta es cero, contra ochenta de Estados Unidos y sus compinches de la OTAN. Que me digan cuántos golpes de estado o procesos de desestabilización pusieron en marcha Moscú y Beijing en esta parte del mundo, contra los más de cien que tuvieron su origen en Washington. O que me digan quién arrebató la mitad de su territorio a México: ¿habrán sido los rusos, los chinos, Irán quizás? ¿Cuántos presidentes o prominentes líderes políticos y sociales de la izquierda fueron asesinados por órdenes de Rusia y China? Respuesta: ninguno. ¿Y Estados Unidos? La lista sería interminable. Mencionemos apenas algunos de los más conocidos: Augusto Cesar Sandino, Farabundo Martí, los jesuitas en El Salvador y también en ese país Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Salvador Allende, Orlando Letelier, los generales constitucionalistas chilenos René Schneider y Carlos Prats González, el ex presidente boliviano Juan José Torres, Omar Torrijos, Jaime Roldós y los miles detenidos, desaparecidos y asesinados en el marco de la “Operación Cóndor.” Confieso que a medida que escribo y rememoro estos datos siento una creciente indignación ante los crímenes del imperialismo y, también, ante la incomprensión de algunos camaradas de la izquierda de las elocuentes lecciones de nuestra historia que los deberían inducir a ser mucho más rigurosos a la hora de hablar sobre el imperialismo. Con estos antecedentes a la mano la sola idea de una pluralidad de imperialismos no es otra cosa que un disparate, una frase hueca, un auténtico nonsense que ofusca la visión de lo que ocurre en el mundo real.
  3. No entiendo la extraordinaria centralidad que Alba Rico le atribuye a Siria en los asuntos mundiales. Menos todavía que este sufrido país sea “la vía muerta de la revolución democrática que comenzó en 2011”, o que haya sido Damasco quien le devolvió “protagonismo a las dictaduras”, o la “fuente contaminante” de la desdemocratización. Francamente, no lo comprendo. Menos aún que se diga que Rusia e Irán, al igual que hiciera EEUU en América Latina o Vietnam, utilizaron “todos los medios a su alcance para sostener hasta el límite a un tirano asesino” como Bashar –al Assad. Rusia, y en mucho menor medida Irán, intervienen cuando la destrucción del país parecía inexorable ocasionada, precisamente, por Washington y sus aliados. Lo hacen cuando la tragedia humanitaria desencadenada por …. ¿la pasión norteamericana por la democracia y los derechos humanos o por sus imperativos geopolíticos? se ensañó contra ese pueblo para inventar una “guerra civil”, como hicieron en Libia, derrocar a Assad, aislar a Irán privándolo de su único aliado significativo y facilitar el asalto final contra la República Islámica. Para ello la Casa Blanca reclutó –con la inestimable ayuda del Reino Unido, Arabia Saudita e Israel- un ejército de mercenarios a los cuales la prensa occidental, alentada desde Washington por la por entonces Secretaria de Estado Hillary Clinton, exaltó hasta convertirlos (como antes a la siniestra “contra” nicaragüense y después a los bandidos apostados en Bengasi, que culminarían su cruzada democratizadora linchando a Gadaffi y desmembrando a ese desdichado país) en virtuosos “combatientes por la libertad”. Fue la propia Clinton quien luego reconoció que “nos equivocamos al elegir a nuestros amigos”. ¿Cuándo lo dijo? Cuando Estados Unidos ya no pudo proseguir –por completamente infundada- con su campaña de acusaciones sobre el programa nuclear iraní y la Casa Blanca tuvo que cambiar de táctica. Ellos sabían, como todo el mundo, que el único país que tiene armas nucleares en Oriente Medio es Israel, pero eso no es problema para Washington y sus peones europeos. Al cambiar de táctica, al caerse aquel pretexto para la ofensiva norteamericana, los delincuentes plantados en territorio sirio se autonomizaron de sus antiguos jefes y protectores y una parte de ellos dio nacimiento al Califato y a diversas variantes del yihadismo, se dedicaron a degollar y decapitar infieles, robar petróleo y, con el beneplácito de Washington, comenzar a venderlos a treinta dólares el barril, para debilitar -¡de pura casualidad nomás, no hay que ser mal pensados!- a tres enemigos de Washington: Rusia, Irán y Venezuela, grandes exportadores de ese precioso recurso. El más elemental análisis de la situación no puede sino concluir que Siria, por lo tanto, no es -¡jamás podría haber sido!- la causante de la “desdemocratización” del planeta sino un despedazado país destruido casi por completo por el imperialismo, y que gracias a la intervención de Rusia se puso temporario fin a una masacre promovida y consentida por la metrópolis imperialista y sus secuaces. Que la injerencia de Rusia haya estado motivada por intereses geopolíticos propios porque en Tartus, Siria, se encuentra la única base militar rusa existente fuera de su propio territorio, no quita que con su intervención militar se han salvado miles de vida mientras que las potencias occidentales –y los intelectuales sometidos a su hegemonía- se prodigaban en ejercicios meramente retóricos o en huecos discursos lamentando la tragedia pero sin ofrecer la más mínima alternativa. Una testigo presencial de esta tragedia en Alepo, la monja Guadalupe Rodrigo, lo manifestó con una rotundidad y sensatez que me encantaría hallar en los escritos de tantos analistas cuando dijo que “lo que está sucediendo en Siria está muy lejos de ser una guerra civil. Si hubiera que ponerle una etiqueta sería más bien una invasión.” [3]
  4. Lo anterior no significa que Assad represente ni de lejos un ideal político para la izquierda. La insinuación de que quienes se oponen a la sangrienta política norteamericana en Siria son admiradores de un personaje como Assad o de un modelo político como el imperante en Siria es un insulto que carece por completo de fundamento. La afirmación de que “la democracia ha muerto. Los DDHH –apenas una buena idea– pertenecen al pasado. Assad, gran triunfador, es el modelo; y a la izquierda impotente y vencida le gusta ese modelo porque incluso en EEUU se ha impuesto, como ellos querían, un protodictador” es asombrosa, por lo injusta e injuriosa.

Lo menos que debería hacer Alba Rico al lanzar una acusación tan tremenda es tratar de fundamentarla, diciendo cuál teórico de la izquierda, o cuáles fuerzas de esa orientación han manifestado su “gusto” por el modelo sirio o su alborozo por la elección de Donald Trump. La izquierda, en sus distintas variantes, ha sido siempre la enemiga jurada del fascismo y el baluarte de los procesos de democratización en todo el mundo. ¿O cree nuestro autor que los capitalismos democráticos lo son porque la burguesía y la derecha se propusieron alguna vez en algún país construir un orden democrático? ¿Quién si no la izquierda fue la protagonista de las grandes luchas democráticas en todo el mundo? Por eso cuando le adjudica la “responsabilidad en este proceso de desdemocratización”, cosa que le parece innegable y reprobable, incurre en un gravísimo yerro y, además, lanza una ofensa gratuita a millones de gentes que en los cinco continentes y desde la izquierda se juegan la vida para construir un mundo mejor, un orden democrático donde imperen la libertad, la justicia y los derechos humanos. Agravio que, por otra parte, se construye a partir de un rotundo error de interpretación histórica, a saber: afirmar que “el fascismo clásico fue el resultado de y acompañó a un proceso de desdemocratización radical, exactamente igual que ahora.” La relación causal fue exactamente la inversa: el fascismo fue, según Clara Zetkin, un castigo porque el proletariado fracasó en su intento de realizar la revolución y, añadimos nosotros, una represalia por los desafíos planteados por la radicalización del impulso democrático en los años de la primera posguerra y, después, en el marco de la Gran Depresión. Su respuesta fue desdemocratizar al orden político instaurando la dictadura desembozada de la burguesía. Esta tesis fue defendida desde un principio por la Tercera Internacional y reafirmada en los escritos de -aparte de la ya mencionada Zetkin- León Trotsky, Karl Radek, Ignazio Silone, Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti, entre otros.

  1. Recapitulando: el imperialismo es un sistema que lo podemos representar con tres círculos concéntricos. En su núcleo fundamental hay un país, Estados Unidos, que es quien ejerce la función dirigente y dominante. Luego hay un segundo anillo formado por los estados vasallos del capitalismo desarrollado, con quienes Washington mantiene relaciones que en algunos temas puntuales pueden dar origen a tensiones y contradicciones pero que, ante una amenaza sistémica se agrupan rápidamente en torno a los dictados de la Casa Blanca y se convierten en dóciles peones de las más siniestras decisiones que pudieran emanar de Washington. Por ejemplo, después del 11-S, países europeos cuyos dirigentes están siempre prestos a pontificar sobre la importancia de los derechos humanos colaboraron en viabilizar los “vuelos secretos” de la CIA transportando presuntos terroristas hacia “lugares seguros” en donde torturarlos y desaparecerlos, fuera del alcance de la legislación estadounidense. [4] Para Zbigniew Brzezinski evitar “la confabulación de los vasallos”, es decir, de este segundo círculo, “y mantener su dependencia en cuestiones de seguridad” es uno de los tres principales objetivos del imperio. La OTAN es la expresión más nítida de la aplicación de este principio. El tercer círculo del sistema imperial está constituido por las naciones de la periferia o semi-periferia capitalista, es decir, ese vasto y tumultuoso “tercer mundo” formado por las naciones de Asia, África y América Latina y el Caribe, que es preciso, siempre según Brzezinski, mantener bajo control. [5]

Por consiguiente, cualquier proceso de debilitamiento del núcleo duro del imperialismo, Estados Unidos, o de su segundo círculo, los vasallos, es en principio auspicioso que tendrá, como contrapartida, la violenta reacción de Washington. Que ello finalmente madure en una dirección correcta y en algunos países dé nacimiento a un proceso democrático y emancipador ya es otra cuestión y dependerá, como todo, de la inteligencia y voluntad con que las fuerzas sociales y políticas del campo popular encaren la lucha de clases y se aprovechen de los cambiantes equilibrios geopolíticos internacionales. La emergencia de actores cada vez más poderosos en la estructura internacional -la irrupción de China, el retorno de Rusia, el lento pero irreversible ingreso de la India, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y los BRICS, para señalar apenas los más importantes- está dando lugar a un naciente multipolarismo que si bien no puede ser caracterizado como intrínsecamente anti-imperialista modifican, a favor de los pueblos, las condiciones objetivas bajo las cuales se libran las luchas por la democracia, la justicia y los derechos humanos en la periferia con independencia de los rasgos definitorios de los regímenes políticos imperantes en China, Rusia, la India o cualquier otro actor involucrado. Esa es la clave para entender la violenta reacción norteamericana ante ese nuevo orden emergente, que erige barreras intolerables a su pretensión de supremacía incontestada. La historia latinoamericana y caribeña de los últimos años no habría sido posible de haber persistido el unipolarismo que siguió a la implosión de la Unión Soviética. Puede no ser de agrado para nuestro autor, pero sí lo ha sido para todos los líderes y movimientos populares de América Latina y el Caribe, desde Fidel y Chávez hasta Lula y Kirchner que ha visto ampliar sus márgenes de maniobra en la complejidad de la nueva realidad internacional. No es lo ideal, como hubiera sido un insólito florecimiento del socialismo, la democracia, la justicia y los derechos humanos en el capitalismo desarrollado. Pero lo que hemos visto ha sido exactamente lo contrario. Y en el mundo que realmente existe será preciso que avancemos en nuestras luchas sin esperar el advenimiento de aquellos cambios en el primer mundo.

  1. Nuestro autor pone término a su nota extremando el pesimismo que impregna toda su argumentación. Declara, resignadamente, que “ya no hay alternativa sistémica, ni siquiera imaginaria.” No creo que en una amable conversación personal (como la que sostuve con él más de una vez en el pasado) pudiera decir algo semejante. Creo que tal vez la sorpresa al comprobar como muchos de sus amigos latinoamericanos interpretaban lo ocurrido en Ankara y la premura de la crítica lo llevó a escribir algo que podría ser visto como una reformulación, en términos filosóficamente aún más radicales, de la absurda tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia. Estoy seguro que Alba Rico no adhiere a esa tesis. Sin embargo es indudable que las dificultades con que tropieza la creación de una alternativa sistémica al capitalismo global son inmensas. Estados Unidos construyó el imperio más poderoso que jamás haya existido en la historia de la humanidad. Sus dispositivos de hegemonía y dominación son formidables; su capacidad de control y sometimiento también. Pero el inicio de su decadencia ya es inocultable. Lo reconocen los propios mandarines del imperio así como los estrategas del Pentágono y la CIA. Y, también es cierto, que hoy no se avizoran las formas concretas que podría asumir una alternativa sistémica. Pero sí sabemos, a ciencia cierta, que el capitalismo está llegando a su límite porque tal como lo asegurara el Comandante Fidel Castro Ruz en la Cumbre de la Tierra en Río, en 1992, su reproducción está destruyendo las condiciones medioambientales que hicieron posible la aparición de la vida humana en el planeta Tierra. El ecosocialismo ha aportado agudas reflexiones y muchos datos concretos sobre esta insoluble contradicción entre capitalismo y naturaleza. Y los pueblos están a la búsqueda de alternativas, tanto reales como imaginarias, sin esperar a que los intelectuales las inventemos. Las aportaciones de las etnias originarias de América Latina y el Caribe sobre el “buen vivir” son una prueba de ello. La idea de que “otro mundo es posible” ha ganado millones de adeptos en todo el mundo. La gravedad de la irresuelta crisis general del capitalismo, estallada hace ya más de ocho años, hizo posible que en Estados Unidos, en Europa, en el Sudeste asiático y en Canadá grandes manifestaciones populares adopten como consigna unificadora la crítica al capitalismo, algo inimaginable hasta hace unos pocos años cuando al capitalismo ni siquiera se lo nombraba. Bertolt Brecht dijo una vez que el capitalismo era un caballero que no deseaba ser llamado por su nombre. Su anonimato lo invisibilizaba y de ese modo ocultaba su carácter de régimen social de explotación. Ahora se lo nombra y se lo escribe y, en un desarrollo tan inesperado como promisorio, se lo leía en las pancartas de los jóvenes norteamericanos del Occupy Wall Street, y en las de los españoles del 15-M que no sólo denunciaban al capitalismo sino que hacían lo propio con la farsa democrática que éste había montado y que había perdido toda legitimidad.

En un mundo en el que, según las conocidas cifras divulgadas por Oxfam, el 1 por ciento más rico del planeta posee más riquezas que el 99 por ciento restante es inviable, no ya en el largo sino en el mediano plazo. La apelación que la derecha mundial hace al neofascismo global es un síntoma de su impotencia y demuestra la gravedad de la amenaza difusa, por ahora inorgánica, que plantea la protesta de los oprimidos y, por ende, de la izquierda. Es cierto que lo que se vislumbra no es lo que quisiéramos. En mi caso, me gustaría una reedición de la triunfal entrada del Movimiento 26 de Julio a La Habana en cada rincón del planeta. Eso no está en el horizonte, pero el lento pero progresivo desmoronamiento del orden imperial ofrece la oportunidad de intentar construir ese mundo mejor que todos anhelamos. Los formatos clásicos de la revolución son productos históricos. Esperar ahora el cañonazo del Aurora para dar la señal para el comienzo de la revolución bolchevique es un anacronismo, un canto a la melancolía. Pero aunque no se lo vea el viejo topo de la revolución sigue trabajando, con ahínco paralelo al desenvolvimiento de las insolubles contradicciones del sistema capitalista. Y la morfología de esa futura revolución es impredecible. Como lo fue la Comuna para Marx y Engels en 1871; como lo fueron los Soviets en 1917; como lo fue la guerrilla en Cuba en la segunda mitad de los cincuentas; o el vietcong en Vietnam en los años sesentas y setentas. Las revoluciones nunca copian, son siempre creaturas originales. El hecho de no poder divisar los perfiles precisos de la rebelión en ciernes no significa que esta no exista. Parafraseando a Gramsci concluimos diciendo que en coyunturas como las actuales el pesimismo de la inteligencia no debería ser el recurso que sofoque el optimismo de la voluntad sino un estímulo para perfeccionar nuestros métodos de análisis social, de tal suerte que nos permitan vislumbrar en los entresijos del viejo orden en crisis los actores emergentes y las semillas de la nueva sociedad.

 

 

Respuesta a Atilio Borón: Imperialismo, imperialismos, Siria por Santiago Alba Rico

 

 

 

De entrada quiero pedir disculpas a mi amigo Atilio Borón. Merezco -y acepto humildemente- su contundente respuesta a una cita abusiva en un artículo de urgencia. Ni el dolor ni la convicción eximen de la cortesía, y menos la que reclama un intelectual -y, aún más, una persona- cuyo trabajo teórico y militante aprecio desde hace años. Si no cité su nombre fue por dos motivos. El primero un cierto pudor respetuoso hacia el amigo. El segundo un cierto pudor respetuoso hacia uno de los intelectuales marxistas que menos representan -o representaban- la posición criticada en mi artículo.

Digo “representaban” porque su legítima respuesta, a la que yo había dado razones, da la razón, sin embargo, a mi crítica general. Ahora sí, mi artículo sobre “geopolítica del desastre” incluye también a Atilio Borón, como si en realidad hubiese sido escrito para dar respuesta a su respuesta. La “cita abusiva” que me reprocho se ha convertido, a través de su nota reactiva, en una justificación retrospectiva de mi “abuso”. Por eso tengo poco que añadir a lo ya escrito.

Añadiré algo. O repetiré mucho. Atilio Borón nos apabulla en su respuesta con datos incontrovertibles sobre la hegemonía militar estadounidense. Quiero creer que en este punto estamos todos de acuerdo, incluido el Pentágono. No es eso lo que está en discusión. Como los imperios “declinan y pasan”, según la expresión de Escipión, destructor de Cartago, y la historia no acaba, de lo que se trata es de saber si en los últimos años se han producido cambios en esa hegemonía y si han traído o no perspectivas de liberación para la humanidad. Equivocado o no, esa es la cuestión que abordaba en mi texto a partir de tres presupuestos:

  1. a) el debilitamiento global del imperio estadounidense
  2. b) el hecho de que ese debilitamiento se produce en un contexto general en el que son las derechas, y no las izquierdas, las que llevan ventaja y proponen alternativas

y c) que la cuestión siria es al mismo tiempo el índice y el acelerador de un “nuevo desorden global” en el que el vacío relativo estadounidense ha sido ocupado por un avispero de luchas inter-imperialistas

La cuestión central -veremos- es la última y es la que desgraciadamente hace casi imposible el debate. Antes de llegar a ella como a un callejón sin salida, diré brevemente dos palabras sobre los dos primeros puntos.

  1. a) La criminal y catastrófica ocupación de Iraq -coincidiendo con el despegue político de un ciclo emancipatorio en América Latina, la eclosión de China y la decadencia en picado de Europa- minó la capacidad de “estabilización” de los EEUU, que es la facultad que consagra y legitima a una gran potencia en relación con sus rivales: destruyó un Estado soberano, entregó su gobierno al enemigo Irán y abrió la caja de Pandora del sectarismo y el yihadismo en la zona. Cuando estallan en 2011 las “primaveras árabes”, cada gesto de Obama debilita aún más su influencia regional: incapaz de tomar partido entre Arabia Saudí y Turquía, entonces enfrentados, patoso y a remolque en Libia, errático en Siria, su ausencia acaba permitiendo que tanto sus aliados como sus enemigos, emancipados de su tutela, acaben ocupando el proscenio regional. El 12 de junio de 2015, al hilo de la “crisis” medioriental, lo resumía así Wallerstein, poco sospechoso de filo-otanismo o imperialismo: “Todo este tiempo Estados Unidos realmente ha ido perdiendo su autoridad en el resto del mundo. De hecho, ya no es hegemónico. Quienes protestan y sus candidatos han estado notando esto pero lo consideran reversible, pero no lo es. Estados Unidos es ahora un socio global considerado débil e inseguro. Esta no es meramente la visión de los Estados que en el pasado se han opuesto con fuerza a las políticas estadunidenses, como Rusia, China e Irán. Esto es también cierto para los aliados presumiblemente cercanos, como Israel, Arabia Saudita, Gran Bretaña y Canadá. A escala mundial, el sentimiento de confiabilidad de Estados Unidos en el ámbito geopolítico se movió de casi 100 por ciento durante la época dorada a algo mucho, mucho menor. Y empeora a diario”. La reacción regional al asesinato del embajador ruso en Ankara ofrece una prueba reciente y clamorosa. Si el embajador hubiera sido estadounidense y su asesinato hubiera servido para que Washington cerrara un acuerdo con Turquía, muchos de esos que confunden anti-mperialismo con anti-”americanismo” hubieran concebido sin duda sospechas “conspiranoicas”. Lo cierto es que el atentado de Ankara ha servido para acelerar y profundizar un acuerdo entre Rusia, Turquía e Irán que deja aún más fuera de juego a Estados Unidos.
  2. b) Si aceptamos este debilitamiento de la hegemonía estadounidense, tenemos que preguntarnos por el recambio o la alternativa. Y aquí voy a permitirme un relato un poco más largo. Veamos. La derrota de la URSS en la Guerra Fría tuvo efectos calamitosos en Europa, donde el neoliberalismo pudo acabar sin resistencia la obra de demolición empezada por Thatcher y Reagan una década antes, pero liberó también fuerzas centrífugas potencialmente incómodas. EEUU y la UE pudieron aprovechar el legítimo malestar “anticomunista” en los países de la antigua URSS y estimular y cooptar esos movimientos populares que recibieron el nombre de “revoluciones naranjas”. Pero siempre se olvida que la revolución bolivariana hubiera sido imposible bajo la Guerra Fría y que el ciclo progresista latinoamericano, con su impulso soberanista y democrático, fue hijo también de la derrota soviética. En 2011 el único lugar del mundo donde la Guerra Fría no había terminado era el “mundo árabe”, congelado bajo la triple garra de un equilibrio mortal: las dictaduras locales, las intervenciones occidentales, las respuestas yihadistas. La espontánea revuelta de millones de personas, de Marruecos a Bahrein, era una oportunidad para acumular potencia soberanista global frente a la crisis también global y el imperialismo estadounidense declinante. No fue así. Esa “revolución democrática” fue combatida o frenada por todos, incluidos los que la habían comenzado unos años antes, luminosos pioneros, en América Latina. El “socialismo del siglo XXI” se comportó de un modo muy parecido al del siglo XX y, mientras defendía a “sus” pueblos en el continente americano, apoyaba a las dictaduras árabes en el Norte de África y en el Próximo Oriente, y todo ello en nombre de la “teoría de los tres círculos” formulada por Atilio Borón -uno de los pocos, por cierto, que se solidarizó al inicio con las revueltas “árabes”-; una teoría que, además de olvidar que los círculos han sido sustituidos por “marañas” u “ovillos”, ofrece algunos ángulos ciegos desde el punto de vista ético y político: jerarquiza las luchas populares, como lo hacía la antigua URSS, y sacrifica a todos los que, ignorantes de la teoría de los tres círculos, tratan de sacudirse desde su territorio una dictadura criminal sin consultar a la izquierda española o a la izquierda venezolana.

El hecho, en todo caso, es que la derrota de las revoluciones árabes coincide con la reversión del “ciclo progresista latinoamericano”, de tal manera que el vacío relativo dejado por los EEUU es ocupado, como señala Wallerstein, por las agendas independientes tanto de sus aliados como de sus rivales, todas igualmente criminales, aunque menos “estabilizadoras” que el monodominio estadounidense, por no hablar del bidominio de la Guerra Fría, que no en vano muchos izquierdistas perezosos recuerdan con nostalgia. Pero el problema no es el “caos” adventicio sino la derrota de la opción democrática global y su sustitución por un régimen derechista y autoritario mundial en el que las contracciones identitarias o sectarias y la lucha promiscua por recursos y prestigio nos devuelven -en mi opinión- a las guerras inter-imperialistas no-ideológicas de principios del siglo XX. Los marxistas, en efecto, no podemos hablar de “imperialismos” porque desde Lenin y Rosa Luxemburgo -con todas sus diferencias- sabemos que el imperialismo, nacido hacia 1870, es una “fase” del capitalismo. Como bien explica Hobsbawm en La era del imperio el proceso que lleva a la catástrofe de 1914 tiene que ver con la disputa, dentro del capitalismo en proceso de globalización , entre Estados-nación “occidentales”. Entre estas potencias “occidentales” Hobsbawm incluye, por supuesto, a Rusia y Japón, pero también a España tras su derrota en Cuba y Filipinas frente a los EEUU. Sólo hay un “imperialismo”, pero puede haber muchas potencias imperialistas, y su condición de tales no se define por su mayor fortaleza o debilidad sino por sus ambiciones en el marco del capitalismo globalizado. Si yo hablé de “imperialismos” era solo a modo de argucia retórica, para alertar contra el peligro de identificar el imperialismo con su coyuntura “americana” y para recordar que hoy, como en 1914, el imperialismo -igual que el ser aristotélico- se dice de muchas maneras. Atilio Borón me regaña porque, al contrario, él cree que la coyuntura “americana” y su formidable poder militar resumen y agotan el imperialismo histórico. Yo no soy “antiamericano” sino anti-imperialista. Por eso soy pesimista. Veo que, tras la derrota de la revolución democrática global en América Latina y en el mundo árabe, el anti-imperialismo tiene muy poco asidero organizativo y territorial mientras que el imperialismo multiplica sus instrumentos y sus formatos. Me atrevería a definir la compra masiva de tierras por parte de China en África como una práctica imperialista y a describir también como inter-imperialista el forcejeo en Ucrania entre Rusia, la UE y EEUU. Si estamos en vísperas de una nueva Primera Guerra Mundial, deberíamos recordar el peligro que supone para los pueblos convencerse de que “nuestro” imperialismo es anti-imperialista o sirve tácticamente, en todo caso, a la causa de la libertad. Los pueblos van hoy perdiendo, como casi siempre, y tienen poco que ganar tomando partido por Rusia o por Irán frente a Arabia Saudí o Qatar. Estamos -en puridad- peor que en 1914, pues la tradición marxista ha sido inhabilitada por la experiencia soviética y no ha sido reemplazada por ninguna otra praxis liberadora. Por eso, antes que tratar de aplicar con pinzas éticamente dudosas la teoría de los tres círculos me parece más sensato no engañarse, asumir la derrota y hacer una propuesta realista, como la que, por ejemplo, hacen Toni Domenech y los editores de Sin Permiso en relación con Siria. Si estamos viviendo una nueva Primera Guerra Mundial habrá que construir “un movimiento anti-guerra y anti-imperialista contra la intervención de las potencias regionales” para exigir “el derecho de autodeterminación kurdo y del conjunto de la población siria” contra los distintos fascismos que han devorado la revolución (http://www.sinpermiso.info/textos/alepo-y-las-izquierdas).

En ese sentido, y como penúltimo exordio, pediría a mi amigo Atilio Borón que no me imitase a la hora de abusar -o de estirar- las citas. Que en estos momentos no haya alternativas no quiere decir que se haya acabado la historia sino que vivimos provisionalmente una historia sin alternativas. Ha ocurrido muchas veces antes y no ha sido el final. Fukuyama interpretó la derrota de la URSS y el monodominio estadounidense como una clausura holywwodiense del conflicto. Es Atilio Borón el que cree en la omnipotencia de los EEUU. Yo digo, al contrario, que nunca ha habido más conflictos y, por lo tanto, más historia que ahora. Nunca hemos sido más desgraciadamente históricos y nunca la historia ha penetrado tanto nuestras vidas. Pero vamos perdiendo y nada garantiza que en los próximos años vayamos a concebir la alternativa capaz de frenar una derechización global acompañada de contracciones identitarias, relativismo moral y cambio climático pre-apocalíptico. Ojalá hubiera terminado la historia. No ha acabado y es atroz. No ha acabado: podemos y debemos seguir luchando. Es atroz: podemos perder de nuevo. E incluso para siempre.

  1. c) Pero todas las reflexiones anteriores tienen un límite, y no lo pone mi voluntad de entendimiento ni la de Atilio Borón. Ambos sabemos -y me tranquiliza- que lo máximo que podemos reprochar al otro es un error. El límite lo pone Siria. Si sobrevaloro el papel de Siria no es por etnocentrismo político. Nos gusta creer que el lugar donde vivimos es el centro no sólo del mundo sino de su transformación. He parasitado durante tantos años América Latina que se me concederá al menos -espero- la voluntad de ecuanimidad. Puedo estar equivocado pero “ecuánimemente”. Lo que digo, en todo caso, es que Siria, tumba de las revoluciones árabes, es el lugar donde se ha revelado y se ha agravado la debilidad de EEUU y constituye la mónada perfecta de ese nuevo desorden global caracterizado por el conflicto inter-imperialista; y que ello es así como consecuencia de la derrota de una revolución legítima, doblegada con el concurso de una decena de actores internacionales, incuida esa América Latina “progresista” que ha apoyado sin reservas y con mentiras a Bachar Al Asad y prefiere hoy creer el testimonio de una monja que el de los activistas -muchos de ellos comunistas- que han sobrevivido a la cárcel y a las bombas de barril.

Aquí se acaba todo debate teórico. De hecho aquí se anula el que podrían haber abierto las reflexiones anteriores. Atilio Borón y yo hablamos de dos países que se llaman Siria, pero que están en planetas diferentes. No voy a repetir de nuevo lo que he escrito ya tantas veces; lo que han explicado otros mejor que yo. Atilio Borón está convencido de que EEUU, por vía interpuesta o directa, ha promovido protestas, pagado mercenarios y finalmente “invadido” -según la expresión monjil- un país soberano que jugaba un papel objetivamente emancipatorio (junto a Irán y Hizbullah) en el orden medioriental; y que Rusia (que no es un “imperialismo” y que, por lo tanto, funge como anti-imperialista) le ha parado felizmente los pies. Esta es justamente la posición que yo abusivamente le atribuía en mi primer artículo y que ahora él confirma sin mucho margen de interpretación.

Me duele que mi amigo Atilio Borón, tan sensible, comprometido y perspicaz, uno de los pocos que en 2011 tuvo el coraje de tomar distancias respecto de la postura de Chávez y apoyar las “revoluciones árabes”, abone ahora un relato que da voz a una monja y se la quita a sus afines sobre el terreno, sacrificados a la teoría de los tres círculos junto a la verdad misma. Si Boron cree realmente ese relato fantasioso no hay nada que discutir. Pero si Borón cree eso no es a mí a quien tiene que convencer; que se lo cuente al cristiano Michel Kilo, a los comunistas Yassin Al-Haj Saleh, Samira Khalil o Riad At-turki, al palestino marxista Salama Keyle; o a tantos y tantos activistas sirios, muertos o encarcelados, cuya existencia Atilio prefiere negar antes que cometer la incongruencia de pedirles que dejen de luchar en Siria por lo mismo que él lucha en Argentina o incluso la bajeza de alegrarse de su derrota. Que se lo cuente a los muchachos que aparecen (y desaparecen) en este documental: Ecos del desgarro. Recuerdo con amargura, pero ya con nostalgia, la defensa que algunos hicimos desde Europa y desde Túnez del primer Chávez, incomprendido y despreciado por una parte de la izquierda europea. Más amargura me produce hoy ver esa misma mirada “europea” dirigida desde América Latina hacia los valientes revolucionarios sirios que no han encontrado ni siquiera el apoyo y solidaridad de los únicos de quienes podían desearla y esperarla.

 

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