Sobre la “disputa por el centro” y el “bloque de izquierda”: situaciones sin rebeldía en la izquierda chilena

 

Recientes conflictos en el Frente Amplio en Chile han sido dibujados por la prensa y también por algunos voceros como el enfrentamiento entre un sector de izquierda y un sector centrista. No se está lejos de la realidad. Por un lado, un grupo viene planteando -en mímesis a la izquierda ibérica- la tesis de que la izquierda debe pelear el apoyo de lo que se conoce como centro electoral. Por el otro, se ha propuesto construir un bloque de izquierda y que debe mantener las banderas históricas de la misma como identidad de la alianza electoral. Pareciera un conflicto propiamente político, y tal vez ese sea su problema. Difícil resulta hoy negar que la política formal no es lo mismo que la disputa por el poder real en una sociedad. Para la tradición teórica de la izquierda, aquello debería estar muy claro: la política parlamentaria jamás ha reflejado la lucha de clases, por el contrario, busca expulsarla como razón central, para imponer en su lugar la razón de las clases propietarias y sus disputas. En este escrito se propone que, independiente de si la tesis es “centrista” o “de izquierda”, ambas no dejan de ser posiciones en el límite de la política transicional (ensanchándola sin descuadrarla), y que una política autónoma de izquierda debe buscar, como base de cualquier posibilidad de avance histórico, imponer la razón de la lucha de clases en la política, la misma que es ajena a las dos tesis dominantes en la disputa actual del Frente Amplio.

I

“Disputar el centro” fue una frase recientemente planteada en tono de mandato estratégico para la izquierda y sostenida sobre todo por los españoles de Podemos y otras izquierdas europeas. Dicha hipótesis situó el objetivo en la ocupación del “centro” de la política actual. Eso se entendió, en la política real y parlamentaria española, en hacerse ineludible en cualquier fórmula de gobierno pluripartidario a través de un éxito electoral. Este éxito, a su vez, se planteaba como posible con otra “disputa del centro”: el centro electoral, es decir, aquellos electores que no se reconocen ni en la izquierda ni en la derecha. De esta forma, la tesis de “disputar el centro” intenta convertir a la izquierda en a) una fuerza importante en la política de las democracias reales, a través de b) presentarse en la propaganda y el discurso como una alternativa elegible por la mayoría electoral; y así c) abrir un nuevo ciclo político.

Esta tesis es la que pareciera imponerse en la campaña presidencial del Frente Amplio. Es la que podría explicar tanto la evidente ausencia de contenidos políticos de fondo, como una agenda electoral de encuentros con organizaciones “de la sociedad civil” que han sido abiertamente defensoras del neoliberalismo, como la Comisión Nacional de la Productividad o Educación 2020. Si estos no son signos de un viraje mayor, sino el viraje mismo, estamos ante una táctica electoral centrista que merece un rechazo claro. Eso sí, un rechazo explicado y razonado materialmente, en función de la política, y no sólo una invocación discursiva a la lealtad ante dudosos principios de izquierda.

La tesis de izquierda ha nacido como una reacción a su símil de centro. Es una mera oposición al delirio de la “blitzkrieg” electoralista que está detrás de esta última. Pero no por ser un simple rechazo es menos compleja e irreductible, y también realmente sentida. Tiene tonos de iglesia y se aferra a símbolos, pues su unidad es todo. La pervivencia del izquierdismo, su existencia real como identidad de buena parte de la sociedad, es la tesis de izquierda. Y aunque parece simple, no lo es.

II

Es necesario partir por descartar la crítica a la “tesis centrista” que se ha planteado como “la izquierda del Frente Amplio”. Ésta le ha opuesto a la vocación por la disputa del centro y sus votantes, la vocación por permanecer leal a los principios de la izquierda, que serían aquellos del programa clásico estatista del siglo pasado -en sabor socialdemócrata o blochevique da igual- y, en el caso latinoamericano, se le agregan las consignas anti imperialista y los rudimentos del marketing populista. De ahí la fascinación política con los trenes, símbolos de la nostalgia desarrollista. Quienes sostienen esta tesis asumen a priori que su objetivo es llegar a esa pequeña pero leal franja de votantes de izquierda, la misma que ha abandonado masivamente al PC como su referencia de identidad en el voto.

La posición de “la izquierda del Frente Amplio” ha mostrado capacidad de administrar con relativo éxito esa lealtad nostálgica. Y puede incluso que les asegure algún diputado. Puede que de todo eso salgan airosos discursos sobre Cuba, Venezuela, o cualquier otro lugar común del imaginario de izquierda. Todo eso es posible y descartarlo sería subestimar la capacidad de reproducción identitaria de la izquierda tradicional. Pero todo eso tiene poco que ver con los objetivos históricos de la izquierda: la emancipación humana de todo dominio. Nada hay allí sobre cómo hacer de la participación electoral y parlamentaria un instrumento para avanzar, aunque sea a pequeños pasos, en función de ese objetivo. El izquierdismo que se refugia en “bloques” de identidad para cuadrar falanges de votantes, en el fondo, reproduce el casillero izquierda en el mueble de la política parlamentaria, inmunizada hace mucho de partidos minoritarios de izquierda. Si la tesis de centro busca su inclusión en el orden parlamentario para gobernar, la tesis izquierdista busca la misma inclusión, pero para cumplir la función de administrar una permanente minoría opositora.

III

La tesis de centro es el problema principal, a mi parecer, pues es una elección presidencial y parlamentaria lo que está en disputa, y en ella esta tesis se muestra como la más efectiva. Tras las primarias, la tesis centrista parece emerger como lo lógico: derrotada y demostrada como minoría electoral la alternativa de la “identidad de izquierda”, lo que permite aumentar el caudal de votos del FA serían los votos que están a su derecha, y de esa forma, “disputar el centro de la política”. Esto es racional. Efectivamente los votos de izquierda son muy pocos y aquellos que se identifican en el centro -entre la izquierda y la derecha- parecen ser los más en cada encuesta. Mucho se dijo, desde cuando Lavín irrumpió como alternativa electoral en 1999, que los chilenos elegían personas y no ideas o partidos cuando votaban. Así las cosas, si lo que se quiere es un buen resultado electoral -y nada más- la tesis centrista puede funcionar para asegurar una permanente minoría en el parlamento para el FA. No al nivel de lo conseguido por Podemos en España, pero suficiente para que las burocracias y pequeñas orgánicas del FA sobrevivan un ciclo parlamentario sin disolverse ni perderse en el olvido.

Puede funcionar -limitadamente- en el plano electoral, es cierto. Pero la tesis centrista de la acción que debiera realizar la izquierda no entrega orientaciones para construir fuerza social de las clases populares que pueda proyectarse a la política real, a la disputa del poder. Es más, la tesis centrista se basa en disolver esa “amenaza” en una propuesta que, negando la lucha de clases, simplemente ofrece “soluciones para todos”. El discurso de la tesis de centro le habla a un mítico “todos” y los dispone contra políticos poderosos de la transición, contra los males del mundo, pero no explica que esos males solo se solucionan disolviendo el poder de la transición, y no solo derrotando a sus portadores circunstanciales. Al promover el encierro táctico en el campo de los que votan, y específicamente en los que lo hacen con menor convencimiento de transformación, deja de lado el hablarle a los que más necesitan que esto cambie. Al demostrar lealtad con el orden parlamentario y sus razones, demuestra escasa lealtad con las mayorías populares, con sus formas de avance, con su necesidad primordial de destruir ese orden parlamentario y de contradecir en la práctica y en una nueva historia esas razones. Junto a Pablo Contreras K., en un artículo crítico de ciertas izquierdas norteamericanas tras la victoria de Trump, hemos sostenido este punto con énfasis:

“no se puede hacer política de la misma forma que los dominantes porque la situación de los subalternos en la lucha es asimétrica respecto de la de los poderosos. Victorias y derrotas, avances y retrocesos, deben ser leídos diferentes a los que el sentido común aconseja, en la forma exclusiva de elecciones y cargos públicos, pues para ello el movimiento popular desarrolló perspectivas de análisis propias, por ejemplo, el marxismo […] una izquierda nueva debe medir sus avances según la medida en que crece la capacidad de los subalternos para recuperar el poder y la soberanía sobre sus vidas, según cuánto hace retroceder el control capitalista sobre las mismas y cuán bien puede asegurar dichos avances en posiciones firmes desde donde continuar el avance. En definitiva, la izquierda estadounidense no puede triunfar con una táctica similar a la de Trump, sino todo lo contrario: debe hacerlo con conquistas que vayan destruyendo en la sociedad norteamericana todo aquello que hizo posible su victoria.”

La tesis centrista apunta a ganar elecciones y desatender la organización de base para otras funciones no electorales, como la construcción de alternativa en conflicto social con el poder. Esa crítica puede sonar de tono ultraizquierdista, pero no lo es. Una consideración así procedería de quienes ya olvidaron que es la izquierda. La verdad es que una buena y reciente demostración de que se puede ganar congraciandose con los electores más moderados, y a través de ello, con las distintas instituciones contralores de la correcta política parlamentaria -desde la prensa del capital hasta el Banco Mundial-, y a través de la misma acción (o tal vez, debido a la misma) perder políticamente como izquierda, estuvo en el caso del gobierno griego de Syriza. Si la izquierda mide sus avances en triunfos electorales, Syriza es el referente más exitosos en muchas décadas. Si, en cambio, la izquierda mide sus triunfos en avances de la autonomía popular por sobre el control del capital, y en ellos se incluyen los triunfos electorales que expresen ese poder, eligiendo a personas y colectivos que sirvan de voceros y direcciones de ese poder, Syriza resulta ser la expresión de una izquierda inofensiva que navega bien los mares de las democracias realmente existentes. ¿La izquierda chilena medirá sus avances según los resultados de las reformas en educación, laboral o de AFP por las que han luchado los chilenos de clases populares, o según únicamente la métrica parlamentaria de la desactivada democracia transicional? ¿Se medirá en una proporción dentro del estrecho campo de los que votan o según cuánto ensanchó al mismo el Frente Amplio de nuevos votantes organizados y dispuestos a sumarse a las luchas sociales?

IV

Mario Tronti, al reflexionar sobre la tensión irresoluta entre el impulso a negar toda dominación y a buscar el avance racional y medido -la política real-, reconocía el problema: “es fácil elegir entre un bien y un mal; lo difícil es cuando tienes que elegir entre dos bienes, cuando ambos pertenecen a tu bando. El dilema consiste en seguir la pasión de la pertenencia o el cálculo de posibilidades”.

Ambas tesis, la de centro y la izquierdista, parecen ser opuestas. De hecho, fascinan hasta casi la violencia los debates de buena parte de la izquierda actual. Por un lado se levanta “la vocación de mayoría” y por otro “la bandera roja”. Lo cierto es que ambos lados quedan en el estrecho campo de los que votan, y en él, en el aún más estrecho de los que no lo hacen politizadamente por la derecha. La dos opciones son opciones de discurso. No son tesis de estrategia política -de la “gran política”-, sino que “marcas” que apuntan a electores distintos, pero electores al fin y al cabo. Electores ideológicamente definidos y no socialmente situados. La práctica política de ambos discursos queda definida por la estrechez social y temporal del objetivo: necesitar votantes para un único día de elecciones. Independiente de lo agudo y radical de las consignas y de lo que se prometa hacer o deshacer, ambas tesis discursivas, la que apunta al centro o la que apunta a los izquierdistas que aún quedan, lo que busca es trocar dichas promesas por votos en un orden electoral que se en el siglo XXI se ve formado por las fuerzas del mercado.

Lejano a dicho debate entre izquierda y centro está el pensar en el rol de las elecciones en una estrategia histórica de la izquierda. Construcción de movimiento popular y política electoral y parlamentaria son dos términos que no encuentran relación hoy en el pensamiento y la práctica política de la izquierda chilena. Esa es una tarea que parece quedar tristemente grande al Frente Amplio actualmente existente.

V

La izquierda no puede tener la misma política que los poderosos. Ni siquiera puede reconocer que su política se parece a “la política” de los manuales, de los parlamentarios, de las gárgaras ciudadanas de los truhanes que hoy se hacen llamar políticos. La izquierda, para ser tal, debe asumir que su política -de transformación profunda de la realidad, socialista y libertaria (o mejor que no sea)- es contradictoria con lo que formalmente se reconoce como “la política”, aunque participe de ella. Debe estar dispuesta a intentar la compleja síntesis de estar adentro y a la vez en contra. La perspectiva de izquierda debe buscar destruir las ‘democracias reales’, debe ser despiadadamente crítica con ellas e intentar superarlas en la práctica, precisamente porque no son democráticas ni le sirven a los subalternos. No debe hacer eco de la chapucería del deber cívico, ni defender los retazos que quedan de la república y otros emblemas muertos del liberalismo. Debe ampliar la propia democracia en forma, debe producir sus propios emblemas de libertad, sus propios mínimos de ciudadanía y república.

La izquierda, además, debe ser consciente que su tarea solo es posible en un avance de largo aliento. Debe dejar de actuar como si los votos y las cámaras bastasen como herramienta de transformación. Si hay una izquierda en el mundo que debería saber bien que se puede ganar en todas las elecciones y no obtener nunca el poder definitivo, esa es la chilena. El avance de la izquierda se mide en otra métrica, en la lucha por la libertad. No en administrar “este” orden, sino en una larga lucha por cambiarlo.

Para fines estratégicos socialistas, es importante además ser claros que las lealtades, sobre todo en tiempos electorales, están con las luchas sociales abiertamente enemigas del orden neoliberal, y no con los partidos -efímeros y particulares- ni con “la política”, es decir, con la reproducción de clase de los políticos -burguesas y necesariamente proclives al orden y no a la ruptura. Las “pymes electorales” o las “carreras individuales” no deberían tener cabida. Todavía es tiempo de dar el ejemplo desde el Frente Amplio, aquel en que la lucha social determina la política, y así se debe convocar a los que no votan, se debe descuadrar la política. El 20 de noviembre, la cuenta será alegre si el FA logra una bancada parlamentaria que esté sostenida por cientos de miles de chilenos dispuestos a luchar. Si solo tenemos los parlamentarios, se habrá triunfado como alternativa electoral, a la vez que habrá sido derrotada, al menos por ahora, la posibilidad de construir alternativa popular.

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