Un socialismo propio para Nuestramérica

Las luchas contra el neoliberalismo iniciadas hace más de dos décadas en América latina dieron visibilidad a un potencial de transformación que actualizó el interés por los orígenes históricos del continente. En los procesos revolucionarios en curso en nuestro continente ha comenzado a tomar forma la discusión sobre los elementos propios del socialismo nuestroamericano. Aquí recuperamos la noción de “socialismo raizal” del colombiano Orlando Fals Borda, para trazar puentes con la concepción de “Buen vivir” y el “socialismo del siglo XXI”. Sobre estas bases afirmamos la necesidad de un cambio civilizatorio de raíces profundamente democráticas, asentado en el protagonismo de los pueblos del continente.

Desde la Conquista a fines del siglo XV en adelante, el derrotero de nuestro continente aparece atado económica, política y culturalmente al desarrollo de las metrópolis. En este marco, la reflexión sobre los procesos emancipatorios en nuestro continente ha estado signada en buena medida por una matriz de interpretación eurocéntrica que buscó analizar la conformación de nuestros pueblos a través de los patrones evolutivos del capitalismo occidental.

Sin embargo, en este movimiento se ha naturalizado la imposibilidad de recuperar experiencias civilizatorias que forman parte del magma histórico de nuestros pueblos. Se impone la tarea de revisar la herencia nuestramericana para, al decir de Benjamin, “cepillar la historia a contrapelo”; es necesario recuperar la historia de los vencidos para dar cuenta de formas emancipatorias que anidan en el subsuelo del continente.

En este trabajo creemos pertinente retomar algunos lineamientos del sociólogo colombiano Orlando Fals Borda por la originalidad de sus planteos para pensar los procesos de transformación social. Investigador y activista político, Fals Borda fundó junto a Camilo Torres Restrepo la carrera de sociología en la Universidad Nacional de Colombia. Fue un renovador de las ciencias sociales latinoamericanas en la búsqueda por delinear un patrón científico alterno y un exponente del compromiso del intelectual con su época.

Para esto, repasaremos de forma breve el esquema analítico del que parte Fals Borda para estudiar el cambio social, deteniéndonos en los conceptos de orden social, utopía y subversión. Hacia el final, con la noción de socialismo raizal desarrollada por el maestro colombiano buscamos dar cuenta de aquellos elementos que caracterizan un socialismo autóctono, que incorpora las raíces histórico-culturales americanas al examinar la estructura de nuestros valores sociales y su evolución desde los orígenes precolombinos. Un socialismo, en definitiva, que pueda dar respuestas a la crisis civilizatoria del capitalismo actual.

La dinámica del cambio social 

En 1967 Orlando Fals Borda presenta La subversión en Colombia, una de sus principales y más originales obras desde donde aborda la cuestión del cambio social. Allí diseña un esquema para comprender la historia de Colombia y, análogamente, de todo el continente. Ese trabajo, que el sociólogo colombiano retoma al final de su vida, es la clave para entender luego su idea de socialismo raizal o quinto orden. No se trata, por cierto, de un modelo para aplicar mecánicamente sin tomar en cuenta las diferentes realidades histórico-culturales. Sin embargo, dada la matriz común de la mayoría de los países latinoamericanos, resulta una propuesta por demás interesante para el estudio del cambio social en nuestro continente.

En la historia de Colombia que va de la Conquista española al siglo XX, es posible distinguir cuatro órdenes sociales. Cada orden social tiene sus “condicionantes” o elementos dinámicos que le dan forma, a saber: valores, normas, organización social (grupos clave e instituciones) y tecnologías (acumulación). Estos cuatro elementos componen el campo de la tradición. Variaciones significativas en cualquiera de estos cuatro elementos implican cambios en los restantes.

El planteo principal de Fals Borda consiste en afirmar que en determinadas circunstancias, condicionados por factores históricos, económicos o demográficos, estos componentes son sacudidos por ideologías de origen utópico que aceleran la descomposición del orden, lo refractan y dan paso a una subversión. El concepto de subversión –tan caro a la Doctrina de Seguridad Nacional y el adiestramiento contrainsurgente de los militares en América Latina– tiene aquí una raigambre estrictamente sociológica que apunta a demostrar su función positiva en la historia. El análisis de las experiencias latinoamericanas y de otras partes del mundo ha demostrado que muchas transformaciones profundas de la sociedad –aquello que Fals Borda llama el cambio significativo– han sido posibles por la acción subversiva y el pensamiento rebelde.

Estas utopías se presentan como un conjunto de ideas y de valores sociales que tienden a dominar sobre el sentido de dirección que debe tomar el cambio social. Por eso mismo, buscan expresión en las normas y se apoyan en la organización social. De esta manera, el orden social vigente sufre un desgaste por efecto de las tendencias irrealizadas que representan las necesidades de la época. Es decir, el impacto que provocan las utopías muestra las incongruencias en las formas de vida del orden social vigente.

De allí surgen los “contraelementos” como respuestas dialécticas a los de la condición de tradición, que son los antivalores, las contranormas, los disórganos (antiélites e instituciones de nuevo tipo) y las innovaciones técnicas. Estos se integran entre sí conformando una contradicción en el seno de la misma sociedad, a lo que se denomina subversión. “La subversión se define como aquella condición o situación que refleja las incongruencias internas de un orden social descubiertas por miembros de éste en un período histórico determinado, a la luz de nuevas metas (utopía) que una sociedad quiere alcanzar”.[i]

Es necesario señalar que la subversión no debe confundirse con cualquier aspecto del cambio social, pues constituye un “índice de inconsistencias y discordancias valorativas, normativas y organizativas de significación, que van desde las agregaciones mayores de la sociedad hasta los grupos de nivel local y la propia personalidad” de un pueblo.[ii] Aquí se deja en claro que la teoría de la subversión en nada es asimilable a una teoría de la desviación, de signo funcionalista. Por esto, es posible hablar de subversión justificada, una filosofía donde Fals Borda ensambla otros conceptos como los de cambio marginal, cambio significativo, antielite y guerrilla. “Estos conceptos tratan de representar elementos de una sociedad parcial que se transforma en el seno de otra que persiste en la tradición: son una ‘contrasociedad’ (…) Así, la subversión se descubre como una estrategia mayor y un proceso de cambio social y económico visto en toda su amplitud, y no sólo como una categoría para analizar la conducta divergente o los grupos marginales producidos por la industrialización”.[iii]

Cuando entran en confrontación la condición de tradición y la condición de subversión, se inicia entonces un proceso de ajuste que busca la estabilización relativa de un nuevo orden social. En este convulsionado período de ajuste, con los residuos que deja la confrontación comienza a surgir una nueva topía.[iv] Toma forma un nuevo orden social que, convertido en otra tradición, lleva implícitos los residuos contradictorios para una eventual subversión.

La subversión en la historia

Como adelantáramos, son cuatro los órdenes sociales que es posible distinguir a lo largo de los últimos quinientos años de la historia de Colombia. El primero es el orden áylico, que es el orden aborigen precolombino. En éste se destacan los valores autónomos del pueblo chibcha, dominado por un ethos (carácter dominante de una sociedad) de sacralidad tolerante. El marco normativo privilegiaba la estabilidad comunal y la providencialidad, mientras que los grupos clave de la organización social eran los sybyn, con integración vecinal, roles prescriptivos y estratos sociales semicerrados.[v] El complejo tecnológico de los americanos estaba compuesto por una cultura de surcos y tubérculos, el palo cavador y la azada, algunas artesanías y técnicas de defensa manual.

De la mano de la conquista española llega al continente americano la utopía misional, concebida en 1493 y decantada ideológicamente poco después. “La imposición de la conquista hizo surgir una antiélite y grupos clave ladinos [mestizos] que, con los otros grupos subversores o disórganos hispanos, dieron casa a la primera subversión de la historia colombiana, la cristiana, ocurrida entre 1537 y 1595. Durante ese período se asimilaron los antivalores y las contranormas traídos por los españoles y se cerraron los grupos sociales para dar lugar a una estructura de castas”.[vi]

La confrontación entre el orden áylico y el europeo trajo como síntesis un nuevo orden social, el orden señorial. Aquí se adoptaron valores nuevos con un ethos de urbanismo de castas, traducidas en normas de rigidez prescriptiva y moralidad acrítica, que vinieron a sumarse a las de estabilidad comunal y providencialidad del orden anterior. Los grupos clave estaban formados por los señores (incluido los clérigos), junto con los mestizos de diferentes clases y niveles. En cuanto a la organización social que dio sustento al Nuevo Reino de Granada, los dispositivos más importantes para llevar a cabo la transición al nuevo orden fueron la encomienda, la doctrina y la hacienda, que impusieron instituciones como el resguardo, el concertaje y el tributo. El complejo tecnológico que garantizó la estabilización del orden señorial incluía las técnicas del arado de madera con instrumentos de hierro, la cultura de granos, la rueda y la defensa montada con arreos. El orden social impuesto por la subversión de los españoles se mantuvo desde 1595 hasta 1848, casi por ocho generaciones.

La utopía liberal-democrática en 1794, con la onda expansiva que abre la Revolución francesa en nuestro continente, comienza a resquebrajar el orden señorial que ya mostraba fuertes incongruencias, como así también la decantación de su utopía. Las guerras de Independencia serán la punta de lanza de esta nueva etapa, pero recién en 1848, al calor del romanticismo de los grupos progresistas, se condensa este impulso ideológico que inicia la subversión liberal en Colombia (1848-1867). Esto llegará a su máxima expresión con la revolución de 1854 conducida por José María Melo.[vii] Sin embargo, los antivalores y contranormas no se asimilaron por completo, a causa de una rápida coerción y captación reaccionaria de las antielites por los grupos dominantes, frustrando así los efectos de la revolución. En cambio, se implantaron valores y normas como el mecanicismo, la ética empresarial, el nacionalismo, el laissez faire y la democracia formal, que serían las bases para la constitución de los grupos clave burgueses y el bipartidismo en Colombia. La tecnología del vapor, las relaciones comerciales y la cultura de la vertiente en plantaciones tabacaleras y en fincas cafeteras constituyeron las innovaciones de aquel período, que luego incorporarían la industria y el ferrocarril, para favorecer la conformación de una clase media rural en la región meridional de Antioquia.

Con la frustración de la subversión liberal de 1867, cuando es derrocado Tomás Mosquera a manos del general Santos Acosta, adviene el orden señorial-burguésque rigió hasta 1925, “el cual representó la síntesis entre el orden señorial anterior y los elementos de compulsión de los grupos clave burgueses que asimilaron parcialmente la subversión liberal”.[viii]

La acelerada acumulación tecnológica condujo, entre más factores, a la necesidad de modificar los otros componentes del orden. En estas circunstancias aparece la utopía socialista que desde 1914 se introduce como elemento de renovación ideológica. La subversión socialista (1925-1957) significó la agudización de conflictos en todos los órdenes, hasta llegar a un segundo intento revolucionario en Colombia durante el “Bogotazo”, tras la muerte de Jorge Gaitán en 1948.[ix] Sin embargo, el intento por llegar al poder sería frustrado y se abriría así la etapa de la Violencia, que se extiende de 1949 hasta 1957.

A lo largo del período de subversión socialista se difunde un ethos de secularidad instrumental, que promovía los antivalores del supranacionalismo, el tecnicismo, el humanismo y el comunalismo. El desafío que esto impuso al orden señorial-burgués tuvo por respuesta nuevamente los mecanismos de refrenamiento y captación de las antielites para frustrar la subversión, objetivo que no lograron plenamente puesto que en parte fueron socializados en el pueblo los nuevos valores seculares-instrumentales.

Pero en 1957 se asiste a una nueva síntesis que inicia el cuarto orden, con la implantación del Frente Nacional[x] y el surgimiento del orden social-burgués. Durante este período se consolida un proletariado y una clase media urbana, al tiempo que los estratos sociales se abren parcialmente. Los grupos de la burguesía, que mantienen el control del desarrollo tecnológico, impulsan la industrialización pesada, la mecanización del agro, la organización del tranporte aéreo y la importación del motor a explosión. La gran burguesía continúa profundizando la importación científico-tecnológica, lo cual conforma un cuadro de dependencia y dominación de Colombia con los países desarrollados, particularmente con Estados Unidos. El resultado es una sociedad concentrada económicamente y con una marcada desigualdad en la distribución de la riqueza.

Al acentuarse, con el orden social-burgués, los cambios instrumentales, demográficos y económicos en Colombia, pero también al calor de los nuevos tiempos que corren en el continente, en 1965 se estimula la aparición de la utopía pluralista con el Frente Unido impulsado por Camilo Torres Restrepo. Si bien de corta duración, éste fue pensado como una herramienta política para unir grupos diversos y ponerlos en un camino común, para cambiar las reglas del juego político pero con un claro objetivo final de cambio social profundo. Entonces, “como resultado del pluralismo utópico, no aparece una sociedad cerrada y estratificada que frustre el libre desarrollo humano y de la personalidad. Aparece, más bien, una sociedad en la que se encuentran diversas tendencias, pero que tienen las mismas metas valoradas, aquellas que hoy podríamos definir como provenientes de pueblos originarios. Con este fin se unen todas en un impulso común de creación que permite una amplia libertad de cruces ideológicos, y que ofrece alternativas para escoger las vías de acción con base en una moderna racionalidad”.[xi]

Los elementos del utopismo pluralista, prontamente acallados con la muerte de Camilo Torres, hoy se presentan con una fuerza renovada para crear las cimientes de una nueva subversión, la neo-socialista. Las promesas de pacificación del Frente Nacional rápidamente mostraron sus patas cortas. Por el contrario, la violencia en Colombia fue adquiriendo nuevas formas hasta tomar dimensiones económicas, religiosas y de narcotráfico. Con la mitigación de la pobreza rural se frustró nuevamente la reforma agraria, provocando una migración del campesinado pauperizado hacia las periferias de los centros urbanos. Como saldo, las únicas políticas que se mantuvieron fueron “la militarización de la nación y socialización de la guerra”.

La subversión neosocialista actual enfrenta el desafío de generar contraelementos al orden social-burgués. Propone como alternativa a los valores instrumentales, los antivalores libertarios; a las normas liberales opone contranormas participativas; a las instituciones elitistas enfrenta los disórganos populares y regionales; y a las tecnologías de manipulación y control opone unas tecnologías basadas en el humanismo. Éstos son los elementos de un nuevo orden que debe revertir el largo proceso de des-culturización en Colombia. De aquí surgirán las bases de una nueva topía que reconstruya el ethos cultural hacia un quinto orden.

El socialismo raizal

Las luchas contra el neoliberalismo iniciadas hace más de 20 años en nuestra región han hecho visible un potencial de transformación que hizo resurgir el interés por los orígenes históricos del continente. El actual contexto en el que ha comenzado a tomar forma, en los procesos de revolución democrática en curso, la discusión de un socialismo para el siglo XXI, es el terreno propicio en el cual volver a plantear la necesidad de pensar las formas del buen gobierno asentadas en bases culturales nuestramericanas. La noción de socialismo raizal, que retomamos en este trabajo, viene a dar cuenta precisamente de este intento.

El socialismo raizal es la expresión civilizatoria de aquellos pueblos invisibilizados y condenados a los márgenes de la otredad por la modernidad Occidental.[xii] Es el socialismo autóctono que abreva del magma histórico de la América aborigen, de Asia y África. Es “raizal” porque recupera las raíces de sus valores y sus modos de vida. Es “ecológico” porque representa una forma de vincularse con la naturaleza y el ambiente que se basa en su respeto. Y es “de base” porque recupera el carácter comunitario de las formas de organización social arraigadas por largos siglos en nuestro continente.

El socialismo raizal toma distancia de las formas de socialismo paridas por la civilización occidental, asentadas sobre el “pecado original” de la Conquista. Por lo tanto, el socialismo raizal se distingue del socialismo utópico que vio surgir Europa en el siglo XIX. Pero también difiere del socialismo científico y sus variantes de las escuelas realistas (maoístas y stalinistas). Como bien señala Enrique Dussel, no se trata de hacer una crítica a la razón moderna como razón del terror, lo cual conduce a un irracionalismo posmoderno; pero es necesario, en cambio, criticar el mito irracional que disimula. En definitiva, se trata de una crítica a “la irracionalidad de la violencia generada por el mito de la modernidad”.[xiii]

Hay tres elemento, nos enseña Fals Borda, que están entrelazados por la idea de socialismo raizal: la democracia radical, los pueblos originarios y los valores fundantes. Para el maestro colombiano, de los pueblos originarios es posible derivar valores fundamentales que son parte del socialismo raizal. De estos pueblos, y de sus valores, debe reconstruirse nuestra identidad como nación. Esta identidad puede pensarse como continuidad del proyecto de la Patria Grande que soñaron José Gervasio Artigas y Simón Bolívar. Pero también es un proyecto que incorpora las resistencias de Tupac Amaru y las actuales reivindicaciones de nuestros pueblos originarios.

Resumiendo la historia de Colombia, Fals Borda destaca cuatro de estos pueblos originarios: los indígenas primarios, los negros de los palenques, los campesinos artesanos pobres antiseñoriales de origen hispánico y los colonos y patriarcas del interior agrícola.[xiv]

De los indígenas primarios se derivan los valores de la solidaridad o el siempre ofrecer. Pero también otros valores como los de reciprocidad o siempre devolver; la no acumulación o el siempre distribuir; y la extración de recursos de la naturaleza sin excederse. De estos pueblos, entre los que se incluye a Aztecas y Mayas, Muiscas y Caribes, Incas, Mapuches y Guaraníes, es posible además recuperar una cosmogonía propia que es condición para una forma distinta de comprender y vincularse con el mundo.

De los negros libres rescata la experiencia de los palenques o quilombos, territorios habitados por los esclavos que huían de la explotación colonial. La experiencia más conocida, por su duración y magnitud, fue el Quilombo de Palmares (1580-1710) en el noreste de Brasil, donde escapaban los negros de la explotación de la caña de azúcar. De estos pueblos se deriva el profundo sentido de la libertad y su voluntad de resistencia.

Los campesinos artesanos de origen hispano, pobres pero libres, que comenzaron a llegar desde el siglo XVII, trajeron de España una tradición antiseñorial basada en los “fueros populares” y “laudos arbitrales”, instancias que eran respetadas por reyes y nobles. Estos grupos fueron fundadores de innumerables poblados, que darían forma a cabildos, comunas y municipios a lo largo del territorio, y que más tarde harían conocer su descontento contra el gobierno durante la Colonia y primera República. Practicaron formas de democracia participativa y desconocieron autoridades que consideraban ilegítimas. Así llegaron a organizar las “sociedades democráticas” que se declararían socialistas durante la revolución de 1854 al mando de José María Melo. De estos grupos es posible recuperar el sentido de la dignidad política y personal.

Por último aparecen los colonos internos, pioneros de la expansión agrícola del siglo XIX. Estos grupos y sus familias, huyendo del paso de los ejércitos bipartidistas que se enfrentaban en las guerras civiles, fueron ocupando los intersticios dejados en el monte por los antiguos poblamientos, recuperando sus formas de vida pacífica y de autodefensa, e imprimiéndole un gran espíritu público. Lograron buenos gobiernos descentralizados y con primacía del consenso, sin necesidad de policías ni autoridades externas, que hicieron posible una nueva vida productiva para el campesinado. De ellos es posible rescatar el valor de la autonomía y el autogobierno participativo.

Valores como la solidaridad, la libertad, la dignidad y la autonomía que nacen de los grupos originarios, son fundamentales en la reconstrucción de un ethos que permita el surgimiento de un nuevo período de subversión. Esto no significa proponer un arcaísmo y mucho menos plantear una visión romántica tradicionalista. Por el contrario, el ejercicio de búsqueda de valores fundantes en las propias experiencias americanas tiene que ver con reasumir, en palabras de Mariátegui, los “elementos de socialismo práctico”[xv] que es posible derivar de los pueblos de Nuestramérica. El socialismo raizal, en suma, es el intento de recuperar las distintas formas de conocimiento popular que anidan en los grupos fundantes de la nación, que junto a la democracia radical son el “pegante ideológico” de un nuevo ethos para un quinto orden.

Como sostiene Francois Houtart, se trata de construir la base fundamental de una modernidad poscapitalista. En ese camino, la noción de “Buen Vivir” o sumak kawsay que pertenece a los pueblos autóctonos del continente, refiere justamente a

una visión holística y no segmentada de la realidad, donde los seres humanos son parte conciente de la naturaleza. Esto permite, a la vez, concebir la relación humana con la naturaleza en términos de simbiosis y armonía, y no de explotación, y las relaciones sociales como construcción de comunidades basadas sobre la solidaridad y la paz.[xvi]

En tal sentido, la noción de sumak kawsay cobra significativa actualidad para pensar un paradigma alternativo al desarrollo capitalista. El “Buen Vivir” se presenta como opción para sentar las bases de un proyecto civilizatorio postcapitalista. Y este cambio paradigmático implica un proceso de integración regional que se encuentra, de manera seminal, en el proyecto de la Patria Grande.

La superación del capitalismo requiere de la superación de la lógica de funcionamiento del capital. De allí que la transformación social suponga una larga transición, nacida de las entrañas del capitalismo, pero que no ocurre de forma “espontánea”, ni “necesariamente” por maduración de condiciones, ni “naturalmente” de las cada vez más profundas crisis cíclicas del sistema, sino de la acción política conciente, organizada y articulada a una orientación estratégica socialista.[xvii]

Comprender la revolución social no como un momento o una etapa, sino como un proceso integral de transformación social, cultural, económica, política y ética permanente, se condensa, al decir de Isabel Rauber, en el concepto de construcción de poder popular desde abajo. Un proceso de revolución social desde abajo implica construir integralmente poder popular, esto es, construir un nuevo modo de vida orientado a cimentar una nueva civilización humana superadora del capitalismo. Este cambio civilizatorio, al plantear una ruptura radical con la lógica del capital, se inscribe en una perspectiva socialista, pero “ se trata de un socialismo construído por los pueblos, raizalmente democrático, asentado y fortalecido por una lógica de metabolismo social horizontal”.[xviii]

 

 Quinto orden y subversión neosocialista

Llegado este punto, el lector podrá advertir que en el análisis del desarrollo de cinco siglos en la historia de América Latina no abundan referencia a conceptos como el de modo de producción, base material o superestructura. En cambio, la propuesta de Fals Borda no sólo retoma los condicionantes “económicos” para comprender los procesos de cambio social, sino que también incorpora aspectos de orden “simbólico-cultural”, y los hace elementos constitutivos de cada uno de los órdenes sociales que estudia. Esto, que una lectura simplista llevaría a definir como contrapuesto a un análisis materialista histórico de los procesos sociales, en realidad no hace más que aplicar un principio básico seguido por el propio Marx: el del papel condicionante del contexto en cada caso histórico. Sin tener en cuenta el contexto en que se desarrollan las contradicciones de una sociedad –entre fuerzas productivas y relaciones de producción– el materialismo histórico se convierte en un mero esquema de aplicación mecánica, un manual que habilita el harapo analítico o, más precisamente, en un modelo de filosofía de la historia que generaliza una cosmovisión de occidente.[xix]

Como anticipamos, nuestro esfuerzo no radica en vestir con bellos ropajes la tradición, sino en recuperar la diversidad originaria que forma parte de nuestros condicionantes históricos para retomar los objetivos de cambio social que nos planteamos en la actualidad. Por eso afirmamos que nuestro ethos popular, entendido como conjunto integrado de valores fundantes, es diferente del europeo; por lo tanto, estas deben ser las bases para pensar un socialismo distinto del occidental que denominamos como raizal.

En esta línea, la obra de Rodolfo Kusch es una de las marcas de mayor influencia para recuperar las categorías de un pensar americano. Nuestro filósofo distinguía el “hedor” que radica en las capas más profundas de los pueblos americanos, comprometidos con el mero estar aquí como modalidad profunda de la cultura precolombina, de la “pulcritud” que se muestra en la superficie, en el progresismo del ciudadano occidentalizado que descansa en el ser alguien como actividad burguesa de la Europa del siglo XVI.

Esta tensión entre hedor y pulcritud es constitutiva de la experiencia de América. En todas partes, y en todos los órdenes, reaparece para recordarnos aquello que no logramos hacer visible, que no logramos entender, pero que nos enfrenta a un estado emocional de eversión irremediable. Para Kusch, esta tensión encuentra equilibrio en los procesos de fagocitación, una noción fundamental que da cuenta de “la absorción de la pulcritud occidental por las cosas de América, como equilibrio o reitegración de lo humano en estas tierras”.[xx]

La fagocitación no debe confundirse con un mero proceso de “aculturación”, que remite a la mezcla o hibridación. Mientras esta última se produce en un plano material, como la arquitectura o la vestimenta, en otros órdenes se produce un proceso inverso, de fagocitación de lo blanco por lo indígena. “La fagocitación se da en un terreno de imponderables, en aquel margen de inferioridad de todo lo nuestro (…) Es cuando tomamos conciencia de que algo nos impide ser totalmente occidentales aunque nos lo propongamos”.[xxi]

Recuperar la noción de fagocitación es central para comprender la dinámica de los procesos de cambio social, pues implica retomar los nervios valorativos sedimentados en la memoria larga de las resistencias. Pensar el socialismo desde Nuestramérica exige un ejercicio de recuperación histórica de aquellos valores que radican en el ethos de nuestros pueblos y pueden ser retomados hoy con un sentido emancipatorio.

Solo un socialismo de carácter raizal, antimecanicista, puede redimir a los pueblos del continente y des-cubrir los elementos que constituyen, al decir de Rodolfo Kusch, nuestra américa profunda. Porque el hedor de América brota por todas partes en las luchas de los de abajo. Y son esas luchas hedientas –que la pulcritud se obstina en presentar como salvajes y bárbaras– las que permitirán fagocitar nuestro colonialismo intelectual, para absorber la visión de occidente desde nuestros propios procesos americanos.

La utopía pluralista que surge durante las últimas décadas del siglo XX en nuestro continente adquiere en estos tiempos una renovada vitalidad. El ciclo de luchas que se abre con el Caracazo en 1989, que continúa con los levantamiento indígenas en México y Ecuador en los 90 hasta llegar a las guerras del gas y del agua en Bolivia a comienzos de este siglo, ha puesto de relieve el agotamiento del cuarto orden. En este marco cobraron impulso las luchas por el reconocimiento plurinacional. Pero también, al calor de las transformaciones económicas implantadas por la ortodoxia neoliberal, fueron delineándose los contornos de una potencia plebeya en el continente.

El nuestro es el tiempo de surgimiento de una nueva subversión, la subversión neosocialista. La oportunidad que se nos presenta requiere de un esfuerzo de reinvención de nuestros propios esquemas, para aprehender el sustrato de los cambios que embrionariamente se dan en Nuestramérica. Sólo así seremos capaces de forzar el advenimiento de un quinto orden en el que podamos dar forma a una sociedad más justa.

Notas

[i] Fals Borda, Orlando, “El ritmo social de la historia”, en la edición actualizada de La subversión en Colombia: el cambio social en la historia, FICA-CEPA, Bogotá, 2008, pág. 240.

[ii] Ibíd.

[iii] Fals Borda, Orlando, Las revoluciones inconclusas en América Latina: 1809-1968, México, Siglo XXI, 1968, pp. 52.

[iv] Aquí Fals Borda retoma al anarquista alemán Gustav Landauer (1880-1919), quien plantea la teoría de la retractación de la utopía y propone el concepto alternativo de “topía”.

[v] En las sociedades precolombinas existieron distintas unidades que conformaban la base de su organización social. La organización política de los pueblos chibcha o Muisca se basó en el parentesco por vía materna, donde cada grupo conformaba un núcleo o sybyn gobernado por un capitán, mientras que la agrupación de pueblos estaba al mando de un cacique. El ayllu es la forma de organización social de los pueblos originarios del altiplano, donde actualmente tienen fuerte presencia las culturas quechua y aymara. De igual forma, el calpulli era el núcleo básico de organización local y comunitaria de los pueblos aztecas.

[vi] Fals Borda, Orlando, La subversión en Colombia…, p. 243-244.

[vii] El general José María Melo (1800-1860) combatió en las guerras de independencia como miembro del Ejército Libertador. Participó de las Sociedades Democráticas, órganos impulsados por artesanos e intelectuales influenciados por las ideas socialistas de Europa, que se oponían al libre comercio con los países industrializados y exigían el respeto de la propiedad colectiva de la tierra en los resguardos indígenas y la abolición de la esclavitud. El 17 de abril de 1854, contra la avanzada del liberalismo librecambista aliado a los conservadores, las milicias de las sociedades democráticas cercan el Congreso y proclaman a Melo como presidente. La revolución es derrocada en diciembre de aquel año, cuando la coalición entre liberales y conservadores liderada por Tomás Cipriano de Mosquera toma la ciudad de Bogotá.

[viii] Ibíd., pág. 245.

[ix] Jorge Eliécer Gaitán (1898-1948), candidato por el Partido Liberal a la presidencia de la República, es asesinado el 9 de abril de 1948. Su muerte provocó una inmensa reacción popular que desembocaría en las violentas jornadas conocidas como “Bogotazo”.

[x] El Frente Nacional (1957-1974) fue el acuerdo electoral al que arribaron las fuerzas del bloque bipartidista en Colombia, mediante el cual liberales y conservadores se repartieron la presidencia de la República entre 1958 y 1974 ante el peligro que significaba la consolidación de una tercera fuerza liderada por el general Gustavo Rojas Pinilla. Por sus carácterísticas se asemeja al Pacto de Punto Fijo (1958) con el que la AD y el COPEI establecieron su concordancia en el poder en Venezuela hasta la irrupción del Caracazo en 1989.

[xi] Fals Borda, Orlando, “Camilo, 40 aniversario: un vino por Camilo”, mimeo, Bogotá, 2006.

[xii] “¿Dónde, en qué época el Occidente ha logrado una sociedqad como aquella del Tawantinsuyo, en que no se conoce ni hambre ni frío; ni dolor ni desesperanza? Una sociedad donde se practica como un rito religioso el principio de Marx: ‘De cada uno según su capacidad y a cada uno según su necesidad’. O ¿qué otra cosa manda sino eso el ‘ama llulla, ama súa, ama khella’ [no mentirás, no robarás, no serás ocioso] del Inkanato? (…) El Occidente es un sistema social individualista de propiedad privada; el Tawantinsuyu, el Inkanato, es un sistema social colectivista de propiedad socialista. El Occidente por antonomasia es propiedad individual, por tanto, guerra; el Inkanato, por contraposición es propiedad social, por tanto, paz. El Occidente ha hecho del hombre ‘lobo del hombre’; mientras que el Inkanato ha hecho al hombre hermano del hombre, en una sociedad de trabajo y amor. Y este Occidente es quien puso en tela de juicio la humanidad de sus habitantes. España negó la condición de ser humano al ‘natural’ de este Continente; creyó y pensó que el aborigen era una especie distinta de la especie humana”. Fausto Reinaga, La Revolución India, Ediciones Fundación Amáutica “Fausto Reinaga”, El Alto-La Paz, 2001 [1970], p. 41 y 46. Negritas en el original.

[xiii] Dussel, Enrique, “Eurocentrismo y modernidad. (Introducción a las lecturas de Frankfurt)”, en Mignolo, Walter (comp.), Capitalismo y geopolítica del conocimiento. El eurocentrismo y la filosofía de la liberación en el debate intelectual contemporáneo, Ediciones del signo/Duke University, Buenos Aires, 2001.

[xiv] Fals Borda, Orlando, Hacia el socialismo raizal y otros escritos, Desde abajo/CEPA, Bogotá, 2007.

[xv] Mariátegui, José Carlos, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Gorla, Buenos Aires, 2004 [1928], p. 49.

[xvi] Houtart, Francois, “El sumak kawsay y la integración latinoamericana” en Anuario de Estudios Políticos Latinoamericanos, n° 1, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2013, p. 119.

[xvii] Rauber, Isabel, Revoluciones desde abajo, Ediciones Continente, Buenos Aires, 2012, p. 42.

[xviii] Ibíd., p. 126.

[xix] Marx, a propósito de la aparición del primer tomo de El Capital en Rusia, a fines de 1877 responde una crítica de N. Mijailovski, principal teórico del partido narodnik: “A todo trance [mi crítico] quiere convertir mi esbozo histórico sobre los orígenes del capitalismo en la Europa occidental en una teoría filosófico-histórica sobre la trayectoria general a que se hallan sometidos fatalmente los pueblos, cualesquiera que sean las circunstancias históricas que en ellos concurran”. Marx, Carlos, El Capital, FCE, México, I, p. 712. Esta respuesta de Marx retoma el núcleo de su conocido intercambio con Vera Zasulich sobre el destino de la comuna rural en la Rusia del siglo XIX.

[xx] Kusch, Rodolfo, América profunda, Biblios, Buenos Aires, 1999 [1962], p. 29.

[xxi] Ibíd., p. 135.

(*) Una versión de este trabajo fue publicado como “El socialismo raizal de Nuestramérica”, en AA.VV, Socialismo desde abajo, Herramienta, Buenos Aires, 2013.

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