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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Una asamblea de grado en el arrabal indoamericano

23 Apr,2019

por | Horacio Cárdenas

Especial para Contrahegemonía. Esta nota contiene fragmentos de un trabajo de próxima publicación del maestro de grado y educador popular Horacio Cárdenas.  Las escenas que nos trae insertan la discusión de la asamblea escolar como dispositivo pedagógico pero sobre todo nos habla de la historia, frustraciones, esperanzas y capacidad de reinventarse y soñar de les pibes de las barriadas. Es una mirada que interpela las prácticas docentes pero también las imágenes plenas de prejuicios y preconceptos que cosifican a las clases populares.

Presentamos aquí una escena de aula en torno a una asamblea de 4º grado, en la Escuela 15 DE 13, de Villa Lugano, CABA. El relato forma parte de una experiencia de trabajo de más de diez años junto a compañeros y compañeras de la escuela pensando formas de trabajar la convivencia en el aula, pero trascendiendo el carácter instrumental de esta herramienta. La asamblea de grado es una forma para aprender mucho más profunda que la simple disposición geométrica de sillas, porque la entendemos como una manera de nombrar y conocer colectivamente el mundo, una manera específica de entender el vínculo pedagógico y la distribución del poder en el aula.

Aquí un fragmento de asamblea con nombres cambiados, pero con palabras infantiles absolutamente ciertas, más algunas reflexiones esparcidas entre líneas.

Dylan y la formulación del problema

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Hacía rato que en cuarto grado no hacíamos una ronda. Tiempos cortos para temas largos y el buen clima grupal se conjugaron para tendernos la clásica trampa. Y caímos: parecía que reunirse en asamblea era desaprovechar horas importantes o rascar donde no picaba. Pero tarde o temprano la máscara cae y retumban las consecuencias de distraerse.

Hoy hubo combate en el recreo. Dylan aplicó una llave de yudo barrial que dejó boqueando al fortachón de Tiziano. Lo cierto es que se veía venir, pero la facilidad de mirar para otro lado nunca nos avisa que luego será peor. Y así fue.

Tomamos entonces las dos últimas horas del día para hacer la asamblea. Las preguntas anotadas en el pizarrón eran: ¿Qué está pasando en los recreos? y ¿Qué problemas aparecen para trabajar en la escuela?. Amplias como para no encorsetar, pero con leve precisión para no divagar.

Hablaron y mucho. Casi todos expusieron sus palabras. La necesidad era evidente. ¿Cómo no lo vimos antes?

Dijeron de todo un poco, pero siempre alrededor de un denominador común: Dylan. Mi primera intervención, luego de un largo vaivén de comentarios y acusaciones, fue darle a la conversación el orden de un tridente: el problema – la causa – las posibles soluciones. Esto lo aprendimos con el tiempo. En general en la escuela (y en la vida) queremos encontrar rápidamente soluciones a problemas que ni siquiera convertimos en tales. Formular el problema es realmente un verdadero desafío. Ante una misma circunstancia, las percepciones de cada cual son diferentes; por lo tanto, podemos estar queriendo resolver algo que caracterizamos de formas bien distintas.

No fue fácil precisarlo. Valentina inició dejando su cotidiana dulzura para arrojar una cruda hipótesis esencialista:

Para mí que Dylan es malo. Malo por dentro y por fuera. Parece que tiene el demonio adentro.

Muy interesante, pensé. Si este es el problema, la solución es sencilla: ¡exorcizarlo! O directamente aniquilarlo, expulsarlo. Pero callé, porque la ronda se da su tiempo.

No hubo total acuerdo con la interpretación satánica de Valen. Aparecieron otras formulaciones tales como “Dylan es muy bruto”, que también remite a alguna esencia, a alguna inmanencia, a una cualidad pseudogenética que el susodicho trae y de la cual no podría desprenderse. Pero sabemos que los seres humanos no somos esencias, sino existencias. Además, si ese fuera el problema, entonces la solución sería pulir a Dylan, pasarle la lija hasta que quede lustroso. O en tal caso alguna forma de amaestraje o domesticación. Pero, por convicción, la ronda se da su tiempo.

Mientras tanto, un silencioso Dylan escrutaba las imprecaciones con su mirada rasgada. Ni una palabra, solo unas venas del cuello tensas como cable de acero. Continuaban las caracterizaciones, ahora desplazadas hacia las acciones de Dylan, más que a sus supuestos atributos intrínsecos. “Dylan pega”, resultaba adecuado para la mayoría. Fue pasando a las sacudidas por varios “todos” y “siempres” que rápido se esfumaron hasta quedar mejor formulado así:

Lo que pasa es que Dylan busca pelea.

El planteo me pareció muy certero. La ronda se dio su tiempo.

Sobre las causas arriesgaron de todo. Desde que Dylan “se defiende” legítimamente de los atropellos pasando porque lo hace “sin querer” hasta que le sale por instinto de “venganza”. Alguien dijo que era “para ser el rey del grado” y consulté entonces si le estaba funcionando; claramente convinieron en que no. Otros propusieron que era “para llamar la atención” aunque ninguna convencía demasiado hasta que rescaté una que tiró Camila y resonó esporádicamente en otros:

Dylan lo hace porque no puede hablar.

Me metí para señalar que esa debía ser la razón pues el mismo Dylan estaba confirmando la prueba: ¡hasta el momento habían hablado casi todos y él no dijo absolutamente nada!

Aproveché para darle la palabra y no quiso usarla. Pero se notó que estaba escuchando muy atentamente.

Con respecto a las soluciones Chiara propuso:

Lo mejor es que todos sean amigos y listo –pero enseguida comprendió que no bastaba con enunciarlo para que suceda.

Camila también aportó:

Mi mamá me dijo que no hay que pegar y sí hay que hablar.

Aproveché para resaltar la contradicción entre su anterior hipótesis y la posible solución. Si Dylan pega porque le cuesta hablar ¿cómo haría para resolverlo hablando?

El entusiasmo de decirse y pensarse no decayó en ningún momento. Al contrario, lo que subió en temperatura fueron las acusaciones contra Dylan, inflamadas por su intrigante silencio y más por sus consuetudinarias diabluras. Valentina prosiguió, llamativamente picante:

Dylan no hace nada bien.

A lo cual intervine y pregunté:

¿Nada bien hace Dylan?

El coro automático infantil bramó:

¡Nooooo!

¿Nada bien?

¡¡Nooooooo!!

Parecía una turba, pero como sé que no lo son, esperé con cara de naipe y ahí nomás salieron varias voces a relativizar.

Bueno, no siempre.

Sí, es verdad: a veces es bueno.

Camila, íntima amiga de Valen, levantó la mano para contar que hoy mismo las había ayudado a ambas con los problemas de matemática:

Y hasta me soportó porque no entendía nada…

Contundente. Tanto que Valentina asintió con la firmeza y el alivio de la razón. Aproveché para recordar todos los aportes de Dylan a las clases de naturales, entre otras virtudes, porque no merecía irse a casa con fama de criminal irrecuperable. La biaba colectiva que le dieron fue suficiente para moverlo, mucho más que lo que funcionaron todos los recreos perdidos hasta ahora.

Volviendo a las soluciones, esperaba que pronto hicieran tronar el escarmiento. Imaginé que el castigo estaba al caer, pero la ronda avanzaba y no aparecían los reclamos punitivos. Hasta que Melisa expresó con claridad lo que todos estaban viendo mucho mejor que yo. Dijo cuál sería el castigo irremediable que no le mancharía las manos a nadie:

Si Dylan sigue molestando y pegando, se va a quedar sin amigos.

Así de fácil. Así de suficiente por ahora.

Como ya estaba claro el problema y bien definida una solución, quise volver sobre las causas. Insistí para que Dylan demuestre que sí puede hablar, o en todo caso darse una oportunidad de intentarlo, pero no quiso, aunque se veía que tenía la declaración en la punta de la lengua. Retomé entonces una frase que cacé al vuelo de Joel y la formulé como pregunta:

¿Será que Dylan no habla porque está muy enojado?

Lo escucharon, lo pensaron y sobre todo lo sintieron.

Capaz que sí está enojado. O tal vez está triste… o dolido… –dijo Juanma.

Su lanza hizo mella. Dylan acusó recibo. Se le empañaron los ojos. Los demás también lo percibieron. El silencio cayó como manto sobre el círculo. Solo Damián esbozó una risita descuajeringada y enseguida lo censuraron con miradas torvas.

Ahí Gabriel intervino con un globoso desatino que al cabo resultó afinado:

Para mí que a Dylan lo echaron de la otra escuela porque molestaba a todos y nadie lo quería.

Nada que ver con la realidad, por cierto mucho más dura que eso, pero resultó para destrabar. Dylan habló. Dylan saltó. Dylan contestó. Muy enojado y muy triste le escupió la voz:

¡¿Qué decís?! ¡¡No me echaron nada!! Me cambié de escuela porque mi mamá quería mandarme a una-de-todo-el-día para…

Y le faltó, y no pudo decir lo que yo ya sé: que su mamá se lo quería sacar de encima, que no lo quería ver, como no lo quiere ver ahora ni ahora lo ve.

Dylan se largó a llorar definitivamente. Habló también con sus lágrimas y se las oyeron con atención.

Cerré entonces diciendo que ese enojo y ese dolor que vemos en Dylan puede tener una historia detrás, que no conocemos y que antes que inventarla mejor sería saber. Así que cuando querramos y estemos más tranquilos, si estamos verdaderamente interesados, podemos conversar con él.

El timbre de salida nos obligó a empacar útiles y pensamientos. Pinchar la discusión con el tridente problema - causa - solución ayudó a escuchar, a entender y a conmover, tres vértebras del conocimiento.

Horacio Cárdenas

Maestro de grado

cardenashoracio@yahoo.com.ar

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