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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Vaticano 2.0 ¿Iglesia renovada?

19 Dec,2014

En febrero de 2013, mientras Hugo Chávez agonizaba, renunciaba el Papa Ratzinger a su cargo. Los nuevos ánimos que la muerte del líder Bolivariano podían provocar en sectores populares transformadores de base, quedó neutralizada en parte por la inmediata bienvenida de la conducción del chavismo a la asunción del primer Papa latinoamericano, Jorge Bergoglio, con quien comenzó a aliarse rápidamente. Desde esa asunción papal, el centro de la escena fue ocupada cada vez más por una voz que se nos re-propone como interlocutor universal, abriendo el diálogo con buena parte de las reivindicaciones propias de los movimientos sociales contemporáneos. Esa voz es la del máximo representante de la Iglesia Católica, es la voz del Vaticano, la del Papa Francisco.    

Los seres humanos actuamos en la historia por medio de nuestras creencias, ideas, valores, de nuestra subjetividad: esa subjetividad es nuestra mediación con el mundo. Esa subjetividad es la forma en que el mundo se nos hace objetivo. Y es también por ello un campo de batalla.

  En los últimos años venimos atravesando un momento de redefiniciones en medio de una prolongada crisis económica mundial y también nacional. Esta crisis trae aparejada una creciente presión para extender e intensificar las relaciones capitalistas, precarizando y desocupando cada vez a más trabajadores en todo el mundo. Esta es la lógica del capital y su expresión en graves e incalculables consecuencias sociales y naturales. Esta lógica no sólo avanza “desde afuera” de lxs trabajadores. Al mismo tiempo impregna nuestras prácticas, nuestras relaciones sociales cotidianas, nuestra cultura. ¡La mercantilización del mundo nos abarca a nosotros también!   La posibilidad de avanzar hacia una humanidad en el marco del orden capitalista y patriarcal se presenta cada vez más inviable. Pero las clases subalternas, aquí y allá, ponemos en cuestión los discursos y prácticas de las clases dominantes. Aún por debajo de nuestras expectativas militantes, las resistencias vienen creciendo desde el reflujo noventista. Un sostenido crecimiento de diversos movimientos sociales dio lugar a importantes experiencias y conquistas populares desde abajo, así como a encuentros progresivos como el Foro Social Mundial y los movimientos antiglobalización.   En sus inicios, esa alza tomó en parte la forma de alianzas sociales que dieron sustento a gobiernos reformistas, llamados a frenar la crisis de los estados-nación vía la integración de sectores populares que conformaban aquellas alianzas. Pero fracciones importantes del movimiento popular persistimos en una línea de independencia de clase, volcándonos a la acumulación de fuerzas, conscientes que aún no podíamos tomar la iniciativa en la disputa en el plano político-estatal.   Este ciclo “reformista por arriba” encontró fuertes limitaciones. Las mejoras iniciales fueron posibles con algunas reformas en las políticas públicas y el aprovechamiento del alza del precio de las materias primas exportables. Pero una vez que este ciclo de alza llegó a su fin, quedó al descubierto que no es posible obtener mejoras sustanciales y sostenibles en el tiempo sin encarar un proceso de reformas estructurales impulsadas por una fuerza social conducida por los trabajadores, fuerza que pueda sostener una socialización democrática de las relaciones de poder, para proyectar estas reformas en un sentido anticapitalista.   Las limitaciones de este ciclo reformista están mostrando una fuerte crisis tanto en Brasil y Argentina como en los países del ALBA. En el caso venezolano, los sectores que impulsan la autoactividad de las masas y la independencia de clase, deben enfrentar cada vez una mayor oposición, no sólo de la derecha sino también dentro del propio chavismo, esto en el único país donde el momento reformista podía devenir en revolucionario en un corto plazo. Tras la muerte de Chávez el ALBA viene recostandose cada vez más hacia su derecha, hacia los países del MERCOSUR e incluso de la UNASUR, así como con los países del BRICS.   Chávez expresó en sus últimos meses de vida una fuerte reflexión antiburocrática y un decidido llamado al protagonismo popular, un llamado que podía ser tomado como bandera a desarrollar por las masas. Pero, en febrero de 2013, mientras Chávez agonizaba, renunciaba el Papa Ratzinger a su cargo. Los nuevos ánimos que la muerte de Chávez podían provocar en sectores populares transformadores de base, quedó neutralizada en parte por la inmediata bienvenida de la conducción del chavismo a la asunción del primer Papa latinoamericano, Jorge Bergoglio, con quien comenzó a aliarse rápidamente.   Desde esa asunción papal, el centro de la escena fue ocupada cada vez más por una voz que se nos re-propone como interlocutor universal, abriendo el diálogo con buena parte de las reivindicaciones propias de los movimientos sociales contemporáneos. Esa voz es la del máximo representante de la Iglesia Católica, es la voz del Vaticano, la del Papa Francisco.   Pero ¿qué sucedió para que el Vaticano asuma esa representación luego de un Papa tan antipopular como Benedicto XVI? Fue necesaria una fuerte crisis de legitimidad de la institución más poderosa de los últimos siglos para que un enclave conservador elija a un Papa de retórica populista como cara visible de la Santa Sede. Lo hicieron asegurando un acodado tiempo de acción, eligiendo a un cardenal de 77 años. Los factores más visibles de esa crisis son los escándalos de lavado de dinero y la relación con la mafia del IOR (Banco del Vaticano); los casos de pedofília y sus costosos juicios; y la pérdida de feligreses a nivel mundial.   Sin embargo, esta crisis vaticana está también unida a la crisis del predominio europeo en sus estructuras de dirección y puede ser leída en el marco general de la crisis de legitimidad del proyecto europeo en el actual contexto de multipolaridad. Y aquí por proyecto europeo no debe entenderse sólo el llamado estado de bienestar, sino más bien la asociación subordinada de Europa al capitalismo anglosajón norteamericano. La insistencia de la clase dominante en Europa que busca salir de la crisis económica actual con más neoliberalismo, no ha encontrado respuestas positivas. Esa salida tiene como piedra de toque una baja de los costos laborales y sociales para que a las transnacionales les convenga invertir nuevamente en el viejo continente y dejen de trasladarse a otras regiones. Pero esta estrategia está destruyendo condiciones de vida históricas sin reponer suficientemente la competitividad requerida por esas empresas para volver a invertir. Europa sigue estancada, mientras la legitimidad del orden se agrieta día a día.   Crisis del neoliberalismo y crisis de la iglesia conservadora Esta crisis del capitalismo en Europa y del neoliberalismo en general, converge con la crisis orgánica de la Iglesia Católica. Podemos hablar entonces de una revolución pasiva, desde arriba, en la cual la iglesia reconfigura sus fuerzas internas para transformarse en algunos aspectos, y así reconstituir su fuerza moral y su conexión orgánica con los sectores populares. Este transformismo de mano de su ala progresista, preanuncia una iniciativa de la iglesia en el plano del modelo de sociedad, en Europa y en el mundo. Ese modelo de sociedad se perfila no-neoliberal, pero no es claro si pretende una vuelta al desarrollismo. Probablemente este debate, sobre qué modelo de sociedad capitalista propugnar, esté en curso actualmente.   La asunción de este Papa latinoamericano y jesuita abre parcialmente el juego que monopolizaban los sectores conservadores oligárquicos de la curia romana (parte, a su vez, de la fuerza social que condujo a la crisis) a otros sectores, que hasta ahora se encontraban subordinados a aquellos. Ofrece la posibilidad de recuperar la iniciativa, luego de un período a la defensiva, a los Jesuitas, que cuentan con cuadros de influencia política y capacidad de gestión. Se caracterizan por ser una orden disciplinada, conservadora y ortodoxa en lo doctrinario, pero con una mirada basada en la doctrina social de la Iglesia (1).   En esta renovación vaticana se dio la transformación de Bergoglio de ser un antipático y reaccionario arzobispo a un Papa sonriente y humilde. Pero estas expresiones en el reino de los signos no pasan solamente por una propuesta gestual. Mucho más significativo que la apertura discursiva es el reciente Encuentro Mundial de Movimientos Populares -27 al 29 de octubre de 2014- realizado en el Vaticano. Allí diversos movimientos sociales, que encausan varias de las luchas populares de Latinoamérica, dedicaron en tres días de encuentro un día entero a escuchar la palabra del Papa, para luego difundier su mensaje por los canales propios. Escucharon al Papa y difundieron la Iglesia.   ¿Qué tipo de mensaje propuso la curia a través del Papa en ese encuentro? Uno que interpela a los movimientos sociales: tierra, techo y trabajo. Un mensaje que retoma del concilio Vaticano II la diatriba contra el ‘dios dinero’. Piensa en la ecología, se hace eco de los límites de la democracia formal, y plantea que la doctrina de la Iglesia ya es de por sí revolucionaria. Un mensaje a los movimientos sociales para caminar junto a la curia, un mensaje que plantea la integración, el reconocimiento, y la confluencia entre ambos. Ante todo, la gobernabilidad de las fuerzas sociales dominantes que deben escuchar al pueblo y ponerse al servicio del mismo (escuchando, y asistiendo, pero sin modificar las jerarquías) para realizar las transformaciones “necesarias”. Trocar la lucha de clases por la negociación, enfocando hacia allí las luchas sectoriales. Presenta los desastres del capitalismo como un asunto de base individual: una falta de solidaridad con el otro; un falso altruismo; una falta de diálogo, un remplazo de Dios por el dinero. Propone como solución a estos males una cultura humanista que diluye el papel de las relaciones de producción -separación violenta de los trabajadores respecto a los medios de producción-.   Al mismo tiempo, se propone velar el rol de la iglesia en el mantenimiento de las relaciones actuales y en su propia conformación. La estructura de la Iglesia Católica, más allá de sus representantes, legitima la propiedad privada a través del sistema patriarcal y, en tanto principal institución que impone y reproduce dicho sistema, refuerza las relaciones sociales de opresión y dominación necesarias para la continuidad del orden social vigente. Material e ideológicamente es un enclave fundamental para la conformación de estados capitalistas, ejércitos imperialistas, conquistas y genocidios de toda índole (2). La iglesia católica, responsable del genocidio a las mujeres durante la inquisición, de la expropiación de las tierras a los pueblos originarios de Nuestramérica y su posterior intento de aniquilación, se presenta hoy como la posibilidad de cambio, acompañando a los sectores menos favorecidos obviando la estrecha relación entre la situación actual de los mismos y los intereses históricos que guían a la política eclesiástica.   En terreno enemigo, más allá de la palabra... No faltan ejemplos que se desplazan del plano de las imágenes del Papa de los pobres que se construyeron en este año. En relación a los límites de la democracia formal, el consejo asesor que creó el Papa -el G8 Vaticano- como gesto de democratización de una Iglesia de 1200 millones de católicos está coordinado por Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, que fue uno de los principales operadores del golpe de estado en Honduras contra los movimientos sociales. Sobre el dios dinero, la prometida limpieza de las finanzas mediante la transformación del IOR en un Banco ético -que presta sin interés- se limitó únicamente a una publicación de los balances en Internet y actualmente genera una ganancia de 55 millones de euros -sin trabajar- por obra y gracia del dios dinero. En relación a la renovación de la Iglesia, pesan sobre Bergoglio el mantenimiento del Padre Grassi y el Obispo Storni -ambos pedófilos- mientras excomulgó a los sacerdotes de Inclusión Católica por estar a favor del matrimonio igualitario; la continua segregación de la mujer de la dirección de la curia, en palabras retóricas de Francisco: “Las mujeres en la Iglesia deben ser valoradas y no ‘clericalizadas’. Pensar en las mujeres como cardenales es también clericalismo”; por no hablar de la actual injerencia en asuntos del Estado Argentino como en el caso de las reformas del Código Civil y Penal, con el antecedente de sus declaraciones sobre el matrimonio igualitario como impulsado por “la envidia del Demonio que pretende destruir la imagen de Dios”.   Esta parcial renovación, a la que recurre la curia, proviene del ethos de una Latinoamérica que a pesar del exterminio de gran parte de los proyectos políticos de la clase trabajadora en los setenta logró poner en pie amplios movimientos sociales que enfrentaron desde sus diversas posiciones sectoriales décadas de neoliberalismo. Este recurrir de la curia a ese ethos como forma de construir legitimidad es significativo para pensar nuestro presente. ¿Qué se juega en el paso del Foro Social Mundial en Porto Alegre 2001 al Encuentro Mundial de Movimientos Populares en el Vaticano 2014? ¿Qué pasó del lado de la organización de la clase trabajadora? Es tentador hacer un paralelismo local entre el estallido del 2001 y la transversalidad e incorporación de movimientos sociales al aparato estatal de manos del kirchnerismo. Puede pensarse en una falta de capacidad de nuestra clase de volver a generar una opción política propia que logre superar las reivindicaciones sectoriales y construya una voz de conjunto. A falta de esa voz de la clase que articule políticamente los distintos frentes y movimientos, la dirección es asumida por posiciones interclasistas donde la burguesía viste ora de cordero, ora de lobo. Se vio con la apertura kirchnerista, se puede ver con el encuentro Vaticano. Esta misma incapacidad de nuestra clase es la que desarma al movimiento y permite al Vaticano ofrecerse como quien puede prestar esa voz desde su propia estructura y sin temor de ser arrastrado por las luchas populares.   Hay que agregar también que la necesidad de legitimación de la iglesia hacia estratos populares y creyentes se da precisamente luego del desarme de los movimientos progresistas dentro de la Iglesia tras tres décadas de purga neoliberal encabezada por Juan Pablo II (quién nombró como cardenal presbítero en 2001 a Bergoglio y a quién Francisco está santificando ahora). Por eso, a diferencia de la fuerte efervescencia que caracterizó a la Iglesia en el período del Movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo (1967-1976 aprox.), esta reconfiguración de la propuesta discursiva populista del Vaticano se da en un contexto completamente diferente.   Sí podría trazarse un paralelo con la asunción de Juan XXIII en los cincuenta y con edad avanzada, luego de varios papados conservadores. Allí sorprendió al asumir y llamar de inmediato al Concilio Vaticano II, abriendo las ventanas del Vaticano. Esa renovación vio inconclusa su función relegitimadora. Aquella apuesta de apertura entró en un cono de sombras en los setenta y fue boicoteada exitosamente por el ala reaccionaria de fuera y de dentro del Vaticano, como el asesinato del Papa Juan Pablo I y el asesinato de Aldo Moro. La asunción de Juan Pablo II junto a Reagan, Tatcher y las dictaduras latinoamericanas (entre otros) pararon en seco aquella apertura en la iglesia y también en las sociedades capitalistas. Aquella exitosa reacción avanzó, pero su hegemonía ha vuelto a entrar en crisis.   Pero el Bergoglio que viene a relegitimar a la iglesia y su función hegemónica, no vio pasar por fuera la larga purga vaticanista que va de 1978 al 2013. Ni llega ahora azarosamente a la cúspide del poder. Es parte de la depuración, entre otros de los padres Francisco Jalics y Orlando Yorio, quienes estuvieron desaparecidos en la ESMA en 1976. El propio Jalics relata los hechos refiriéndose al actual Papa: “Mucha gente que sostenía convicciones políticas de extrema derecha veía con malos ojos nuestra presencia en las villas miseria. [...] nosotros sabíamos de dónde soplaba el viento y quién era responsable por estas calumnias. De modo que fui a hablar con la persona en cuestión y le expliqué que estaba jugando con nuestras vidas. El hombre me prometió que haría saber a los militares que no éramos terroristas. Por declaraciones posteriores de un oficial y treinta documentos a los que pude acceder más tarde pudimos comprobar sin lugar a dudas que este hombre no había cumplido su promesa sino que, por el contrario, había presentado una falsa denuncia ante los militares” (Jalics, Ejercicios de meditación, 1994). Bergoglio, en ese entonces ya había nombrado en la Universidad del Salvador -bajo su influencia- a dos profesores provenientes de la Guardia de Hierro, organización con la que estaba vinculado. Para 1977 a través de uno de ellos, Francisco “Cacho” Piñón, entregaba la designación de Profesor Honoris Causa al almirante Emilio Eduardo Massera.   Este contexto de catolización de lo militar no es nuevo. Tampoco su reverso: la participación de las fuerzas represivas en el ordenamiento de la Iglesia. Está ligado a la creación del Vicariato Castrense en Argentina en 1957, un ordenamiento militar dentro de la Iglesia que se ocupa de asistir al personal civil y militar de las distintas fuerzas. Este instituto tiene como finalidad proveer a las fuerzas represivas la ideología de la “occidentalidad cristiana” como aglutinante y va de la mano de la justificación de la tortura y el exterminio, cuyos métodos fueron importados en común de la denominada Escuela Francesa en el mismo año. Así cuando en 2011 Bergoglio fue citado por la apropiación de niños por la dictadura cívico-militar-eclesiástica, desconoció haber tenido noticias sobre la desaparición de niños hasta fines de los noventa, a pesar de que figuran cartas de su puño y letra de fines de los ‘70 derivando los pedidos de familiares hacia las instancias que articulaban con los órganos represivos. Al momento de conocerse la sentencia por crímenes de Lesa Humanidad contra el capellán Von Wernich - quien era parte como capellán de la estructura de la policía bonaerense en 1977 -, Bergoglio manifestó que ‘una oveja descarriada la tiene toda organización’, enmarcó el proceder del capellán como responsabilidad personal, y no le aplicó ninguna sanción eclesiástica.   En el momento de su mayor poder local, el entonces arzobispo Bergoglio, no dudó en mantener al Obispo Castrense Antonio Juan Baseotto cuando en 2005 este sugirió que el entonces Ministro de Salud Ginés González García “merece que le cuelguen una piedra de molino al cuello y lo tiren al mar” por haber apoyado la despenalización del aborto. O la violenta censura de Bergoglio a la muestra de arte de León Ferrari en 2004, quien luego de un juicio en su contra por parte de la Iglesia y distintas intimidaciones declaraba: "El cardenal (Jorge) Bergoglio escribió una carta en contra de la muestra que leyeron en todas las iglesias diciendo que era blasfemo. La blasfemia en la religión se paga con la muerte por lapidación. Así que cuando procesaron a los muchachos que rompieron algunas obras, pensé que tendrían que haberlo condenado al cardenal Bergoglio porque él había incitado a esta gente para que las rompiera. Por suerte no me rompieron la cabeza".   Así, tanto la convalidación del uso selectivo de la violencia, y su contracara institucional, la articulación a través del Vicariato Castrense con las fuerzas represivas, sigue vigente hoy en el seno de la Iglesia a pesar de los discursos de reconciliación que propuso Bergoglio en relación al genocidio sufrido en Latinoamérica. En el juicio de este año por el asesinato cometido por la dictadura contra el Obispo Angelelli, Bergoglio envió a los jueces material clasificado del archivo secreto vaticano, donde se demuestra que en el Vaticano estaban bien informados del genocidio. Sin embargo este material es indudablemente una parte ínfima de los documentos secretos que permanecen ocultos. El Vaticano sigue reservándose la información (que es poder) y usándolo sólo cuando sirve a sus fines particulares. La verdad y la justicia siguen encarceladas en esos claustros.   Saquen sus rosarios de nuestros ovarios Desde el movimiento feminista y de géneros se viene dando un avance en materia de derechos y de disputa simbólica en relación a las múltiples opresiones que sufren quienes no entran en la norma heteropatriarcal y también quienes inscriptos en la norma, lo hacen bajo una libertad desfigurada, bajo la amenaza del castigo moral. El rol de la iglesia en el refuerzo de estructuras y relaciones de dominación, como puede ser la familia nuclear heterosexual, es conocido y, consideramos, suficientemente probado. El rol impuesto por la religión católica hacia las mujeres, madre, sumisa, virgen, complaciente, amorosa, etc., se presentan en todas las dimensiones de la lucha social y política. En este marco, la apertura promovida por Bergoglio respecto a la postura histórica acerca de la homosexualidad y el divorcio es aparece como una señal  que, con el objetivo de relegitimar a la iglesia y reconectarla con vastos sectores de la sociedad, puede moderar algunas de sus posiciones reaccionarias.   Sin embargo, en países como el nuestro, donde los movimientos sociales y las organizaciones de la clase trabajadora venimos retomando y construyendo los debates y prácticas más radicales en relación a la liberación de las mujeres y las identidades sexo genéricas no hegemónicas, el avance y la relegitimación de la iglesia católica en tanto institución mundial implica un retroceso en el control de nuestros cuerpos, sexualidades y relaciones sociales saludables, aunque en países más retrasados en estos aspectos, la moderación de Bergoglio abrirá algunas puertas.   Los desafíos que se nos presentan a las organizaciones feministas y de izquierda son mayores, ninguna conquista es para siempre (más aun en este contexto de resurgimiento de la fe católica) y la posibilidad de retroceder nos obliga a consolidar lo acumulado y conquistado. El ejemplo más reciente es la influencia de la Iglesia en el sostenimiento de la ilegalidad del aborto por el Estado argentino. El poder eclesiástico lo observamos cada año en los Encuentros Nacionales de Mujeres, donde se visibiliza y se denuncia la complicidad de la iglesia con los poderes políticos provinciales, y debemos enfrentar las campañas y estrategias de boicot de grupos católicos que refuerzan e inciden en la obstaculización para ganar derechos y defender nuestras conquistas. Sabemos que, con un Papa argentino, los intereses de la Iglesia Católica argentina están más protegidos que nunca, y el Estado seguirá habilitando y financiando la educación religiosa, y garantizando la impunidad ante los abusos sexuales a menores, como el caso del sacerdote platense Ricardo Gimenez.   Porque las revoluciones crecen desde el pie... Es claro que la mágica conversión de Bergoglio, responde a la nueva posición de poder que ocupa en relación con la coyuntura mundial y de la Iglesia misma. Lo problemático aparece cuando se quiere presentar una América grande que trasciende sus límites de la mano del Papa -como lo hace el PCR o el Movimiento Evita-, y se olvida que se propone una América Católica. Que no solamente significa un retroceso en la separación de la Iglesia y el Estado, un refuerzo a la miríada de instituciones dogmáticas vinculadas con las fuerzas represivas y un nuevo impulso para la hegemonía católica frente a otros credos, sino que se sostiene una posición populista basada, aún en sus aspectos progresivos, en una ilusoria separación del discurso de la curia, a través del Papa respecto de la práctica de la Iglesia que lo hace posible. Si bien hay un retorno de la práctica de la colegialidad, es decir el encuentro entre pares dentro de la iglesia y una posibilidad de diálogo más genuino (contraria a la práctica jerárquica de la bajada de meras órdenes), la realidad es que estructuralmente la ley fundamental siguen siendo los votos de obediencia. En el mismo sentido se replantea una relación menos jerárquica del Vaticano con los movimientos sociales, pero la historia nos indica que si coyunturalmente ello es posible, es muy dudoso que una iglesia relegitimada no vuelva a asumir su rol histórico respecto a nuestros movimientos.   La pregunta entonces no es por el Papa, o por estilos discursivos, sino más bien por la organización y por la conciencia. Por los movimientos sociales que luego de años de distintas construcciones latinoamericanas deciden establecer como una sede de sus luchas al Vaticano. ¿Qué tipo de conciencia social refuerzan? ¿Esta relación de los movimientos sociales les servirá para reforzar su construcción de base y la conquista de sus reivindicaciones?   Los documentos oficiales del encuentro de los movimientos sociales con el papa, incluyen en sus conclusiones parte de las reivindicaciones históricas de los movimientos respecto a la tierra, la vivienda y el trabajo. La parte más elemental de esas reivindicaciones, pero que así y todo sería muy importante realizar en lo inmediato. También se plantea que los sectores populares no sólo deben pedir, sino más bien organizarse, luchar y conquistar esas reivindicaciones. Y es posible que importantes sectores populares se sientan más llamados y motivados a seguir ese camino luego de esta declaración junto al Vaticano. Y aún más, es factible que esas luchas sean encaradas de conjunto con sectores cristianos de base.     Con esta intervención no pretendemos rechazar a priori esa unidad de acción, ni mucho menos de quitar motivación a la lucha. Sí queremos distinguir la unidad de acción respecto a la unidad orgánica. En nuestra opinión hay que estar predispuestos a la unidad de acción, como lo venimos haciendo en numerosas luchas populares, en tomas de tierras, en las luchas piqueteras, en la construcción sindical, etc. Pero el camino de autoorganización popular no puede proyectar su propia institucionalidad independiente y de clase sin tener su propio programa y su propia organización, separada orgánicamente de instituciones estructuralmente jerárquicas y “castas”.   Tampoco negamos la fuerza de las creencias. De hecho creemos fuertemente en un proyecto emancipador. Y revalorizamos los proyectos que han apuntado a un cambio desde nuestra clase, como decía el Movimiento de sacerdotes para el tercer mundo en 1969, un proyecto que “incluye necesariamente la socialización de los medios de producción, del poder económico, político y de la cultura”. O aquellos que, con distintos credos, han buscado una espiritualidad que no reproduzca el orden actual sino que sea fuente de empoderamiento antipatriarcal, anticapitalista y por el socialismo.   Por eso, para una espiritualidad que no replique la enajenación y reproduzca la dominación, creemos que es necesario, más que una alianza con el Vaticano, dar pasos decididos por la completa separación de la Iglesia del Estado, la eliminación de los aportes económicos, la supresión del Vicariato Castrense, y la apertura de los archivos del Vaticano sobre su participación en las dictaduras Latinoamericanas. Y por sobre todo construir la sociedad que haga posible esa espiritualidad de nuevo tipo, que construya en la tierra el paraíso de toda la humanidad.   La Caldera, Noviembre 2014.

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