Vida y obra de Osvaldo Bayer

Foto: Junto a Osvaldo Bayer, Luis Yanes, Ilse Schimpf Herken, y Miguel Mazzeo. Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, año 1992.

 

“Y como la historia se ha relatado tantas veces, ha echado raíces en memoria de todos”

John Steinbeck

 

La díada vida y obra, a pesar de remitir usualmente a un compendio, resulta escindible en la mayoría de los intelectuales argentinos contemporáneos. Los estragos del servilismo, la soledad, el vacío social y la desesperanza, han angostado el registro de la coherencia. Pero sucede que, a pesar de todo, este registro aún subsiste, riguroso y dilecto. Es probable que Osvaldo Bayer lo encabece.

 

Escribir sobre Osvaldo me lleva a reflexionar sobre la inscripción de su impronta en mi propia praxis y en la de unos cuantos más. No se trata de un ejercicio de egocentrismo. Simplemente propongo una representación íntima de Osvaldo con la certeza que puede aportar a construir otra más objetiva, más rica y más certera.

 

Me veo, con 20 años, en el sur de Argentina, con los tomos de la Patagonia Rebelde en la mochila, recorriendo lugares de trágica evocación, aprendiendo a desentrañar una metáfora inolvidablemente descripta que sintetiza la historia argentina, hacia atrás y hacia delante, tal como pude corroborar, apesadumbrado, en reiteradas ocasiones, años más tarde.

 

Me percibo intentando asimilar una historia vindicadora y cruda en el auge de la historia “profesional”, ejercitada desde diversas soberbias, mojigaterías y burocracias; en el tiempo de las palabras huecas y los sueños baldíos; en el contexto del dominio casi absoluto de los matizadores de atrocidades con sus calados sarcásticos, su coleccionismo, sus modos de tramar satíricos y sus implicaciones ideológicas liberales y conservadoras que ubican a la dignidad humana en las regiones más bajas de la importancia estratégica.

 

Me reconozco en el propósito de incautarme una trama romántica y trágica, un modo de implicación ideológica revolucionario pero “de base”, una historia donde la memoria no se desinteresa de la verdad, una historia que obliga a pensar el presente y donde los personajes andan sin carteles colgando del cuello.

 

A la distancia me observo experimentando una palabra transparente y para nada presuntuosa (porque no se autoreifica), una escritura “con todo el cuerpo” en tiempos en que predominaba su elipsis, un modo de interpretar el pasado con sentido ético alejado de la historia hecha masonería o espectáculo, bien distante del barroco indagador de lo “curioso” y apartado de los ornamentos que, como sugerían los tres hermanos arquitectos Perret, ocultan siempre un defecto de construcción.

 

Conservo nítida la imagen de Osvaldo asumiendo como Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires y como Profesor titular de la Cátedra Libre de Derechos Humanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En ese rol lo evoco recibiendo semana tras semana a diferentes organizaciones populares, cediéndoles el estrado y la palabra, construyendo un diálogo, nunca bajando línea o presumiendo teoría.

En infinitas charlas y conferencias en locales populares lo redescubro una y otra vez maestro desenterrador de historias (en)cubiertas por el poder, revelador de realidades abandonadas, siempre capturando la inteligencia y la sensibilidad de las compañeras y los compañeros, consciente que la conciencia es un trampolín ontológico.

 

Lo contemplo -joven eterno- presidiendo una asamblea estudiantil en el marco de la defensa de la Universidad Pública y al servicio del pueblo. O en la intersección de las Avenidas Acoyte y Rivadavia, en la ciudad de Buenos Aires, sobre una caja de ¿manzanas?, hablándoles a los estudiantes. Allí está: agitador al aire libre, vehemente, tierno y furioso, como los viejos libertarios. Está feliz y pleno. Recuerdo el color exacto de ese atardecer invernal: rojo

 

Lo distingo nítidamente en la base del monumento a Julio Argentino Roca, organizando la lucha para bajarlo del pedestal. No es una pelea contra la estatua fría e impasible del general genocida, no es una batalla retrospectiva. Se trata de una lucha contra el capital que depreda y acumula desposeyendo, una lucha por los derechos de los pueblos originarios, aquí y ahora. En el fondo es otro episodio de la gran lucha de Osvaldo por cambiar el sistema de valoración, una lucha contra los imaginarios pusilánimes.

 

Cada ocasión (y yo me referí sólo a unas pocas) remite a una instancia de aprendizaje y el que enseña con orgánica regularidad es Osvaldo Bayer: con sus libros, con su palabra, con su imperecedero gesto de resistencia e insistencia, en fin, con su vida y su obra, que, doy fe, son rigurosamente lo mismo.

 

El autor a comienzos de la década del 90, formó parte del grupo promotor de la Cátedra de Derechos Humanos de Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y fue miembro de su equipo docente.

 

**[Texto publicado en: Ferrer, Julio (entrevistas y compilación), Osvaldo Bayer por otras voces, La Plata, Edulp, 2008].

 

Fuente: Resumen Latinoamericano

 

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