Saberes populares, saberes comunales

La negación de los saberes populares no es un simple capricho o un mero prejuicio racista de las clases dominantes. Es una pieza central de la dominación.

El primer gran objetivo de una política de dominación es destruir la autoconfianza de los pueblos en sus conocimientos, en los saberes adquiridos por generaciones.

En el año 1516 (veintiocho años después de la llegada de Colon a América) el sacerdote inglés Tomas Moro escribió sobre una sociedad utópica donde ocurrían cosas muy curiosas. Por ejemplo:

Que estaban organizados en grupos de treinta familias, que todos los años elegían a un Juez; estos jueces o delegados de las familias, elegían a los miembros del Senado, a quienes integraban el Consejo de Estado y al primer mandatario o Príncipe.

Que todos los asuntos de Estado se resolvían en el Senado, previa consulta de los senadores a los jueces y de estos a sus familias.

Que en esa isla de la Utopía no había propiedad privada y todos sus habitantes trabajaban seis horas: el resto del día lo dedicaban a la distracción, a un hobby, al estudio o a cultivarse con la música o la buena conversación.

Que en la isla de la Utopía existían mercados públicos a los que cada cual llevaba el producto de su trabajo y (cito textualmente)

Cada padre de familia va a buscar al mercado cuanto necesita  para él y los suyos. Lleva lo que necesita, sin que se le pida a cambio dinero o prenda alguna. Hay abundancia de todo y no existe el mínimo temor de que alguien se lleve por encima de sus necesidades. ¿Pues porque pensar que alguien va a pedir lo superfluo, sabiendo que no le ha de faltar nada?

Todo esto fue narrado en un breve escrito titulado “Libellus… De optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopiae” (en español, Libro Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía), más conocido como La Utopía, considerado una obra capital del Renacimiento y contracara de otra obra contemporánea, El Príncipe, escrito por Maquiavelo en 1512. Y esto es axial, porque si en El Príncipe están expuestas con la mayor crudeza y cinismo las reglas del poder y de la política de su época, en La Utopía es difícil encontrar vinculación alguna con la realidad que vivía el propio Tomas Moro, quien fuera vicecanciller de Inglaterra y víctima de esa realidad política: murió decapitado por Enrique VIII al negarse a aceptar su decisión de romper con el Vaticano y reconocerlo como Jefe Supremo de la Iglesia Anglicana. Es muy fácil conectar con su libro a quien, como Maquiavelo, asesoraba a los Medici de Florencia, pero más difícil es establecer una conexión entre las vivencias de Tomas Moro y su obra La Utopía. Sin embargo, en esa obra el mismo Moro nos da la pista, diciéndonos que su fuente son los relatos de Rafael Hytlodeo, un marinero que acompañó a Américo Vespucio.

Éste señor Vespucio debiera resultarnos familiar, porque fue él precisamente quien bautizó a estas tierras como “pequeña Venecia”, Venezuela. Y fue este navegante y cartógrafo quien con admiración y cinismo relató en sus cartas a los Médicis las sorpresas del nuevo continente. Y la mayor de todas: la existencia de sociedades igualitarias libres del Dios de los cristianos y de la propiedad privada. Sabido es que esos y otros relatos circularon por Europa, al punto de llegarle a Tomas Moro, lector atento y humanista, para servirle de inspiración.

Ustedes se preguntaran: ¿qué tiene que ver todo este cuento con los saberes populares, y los saberes comunales? Tiene que ver, porque el llamado “descubrimiento de América” es el punto de inflexión en nuestra historia, porque desencadena un genocidio que costó la vida de no menos de 60 millones de americanos originarios y 30 millones de africanos, previamente secuestrados, y significó además un formidable aplastamiento de las cosmovisiones y de los saberes de las poblaciones victimizadas… Pese a lo cual, esas cosmovisiones, esas ideas, llegaron a Europa, al punto incluso de alumbrar obras como la de Tomas Moro y de empujar el Renacimiento. Pero ese legado nunca fue reconocido.

¿Quién se animaría a sugerir que La Utopia, la primera obra pre-socialista, estaba inspirada en las comunidades originarias? ¿Quién se atrevería a sugerir que los socialistas utópicos estarían fuertemente influenciados por los jesuitas que, expulsados de América, llevaron la vivencia subversiva de compartir vida con pueblos originarios en las Misiones? ¿Quién se animaría a sugerir que el socialismo, al que le dieron base científica Marx y Engels, tiene raigambre americana, lugar donde sobrevivían aquellas primeras experiencias comunales de la humanidad?

 Estamos hablando de saberes populares. Empezamos entonces por el principio. Por la primera negación de lo que fue nuestro patrimonio cultural, de nuestra cosmovisión originaria.

 La negación de los saberes

 La negación de los saberes populares no es un simple capricho o un mero prejuicio racista de las clases dominantes. Es una pieza central de la dominación.

El primer gran objetivo de una política de dominación es destruir la autoconfianza de los pueblos en sus conocimientos, en los saberes adquiridos por generaciones.

Y acorde a ese objetivo se monta la trampa de afirmar la diferencia entre el que  supuestamente sabe, el maestro, el que ilumina y el que supuestamente no sabe, el alumno, el sin luces.

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Pensemos a modo de ejemplo qué sucede con las comunidades campesinas. Esas comunidades han mantenido durante años conocimientos ancestrales sobre las formas de cultivo y han atesorado por generaciones semillas que han demostrado ser las más aptas y productivas.

Las multinacionales de agro-negocios pretenden que abandonen esos conocimientos, para meterlos en un círculo productivo que los hace dependientes de la compra de semillas y de los paquetes tecnológicos de herbicidas y fertilizantes que vienen con ellas. Metido en ese círculo, el campesino queda convertido en un asalariado a riesgo de las multinacionales, que produce alimentos que no son saludables y que ve empobrecer sus tierras.

Esa dominación se ejerce en todos los terrenos. Se devalúan los conocimientos de los oprimidos y se jerarquizan los de los opresores en todas las aristas del conocimiento: desde la política a la historia, desde la agricultura a la estética, desde la moral a la economía. Todas las incomprensiones, todos los fracasos, son atribuidos a los alumnos, hasta el punto que sus conocimientos adquiridos previamente a la dominación se convierten en trastos de museo y su dependencia se convierte en crónica.

 ¿Pero los pueblos saben?

 Sobre la sabiduría de los pueblos, debo reconocer que me enteré de su existencia muchos años antes de conocer a Freire.

A los 20 años ingrese a trabajar en el frigorífico Swift en la ciudad de Berisso, con una larga tradición de lucha obrera política y sindical. Llegué a ese lugar de trabajo con la misión política de aportar a concientizar y organizar a los trabajadores, pero al poco tiempo me di cuenta que quien venía a aprender era yo.

Le debo a mi experiencia con los trabajadores industriales buena parte de mi formación política, pero también de mi formación como ser humano.

Aprendí que las palabras no están separadas de la práctica. Aprendí que me ganaría el derecho a ser escuchado si era capaz de ser primero un buen trabajador, una persona solidaria. Y aprendí también que el más humilde de mis compañeros tenía cosas para enseñarme.

En más de cuarenta años de militancia no he hecho otra cosa que aprender de los trabajadores, de las doñas jefas de hogar, de los jóvenes. Por eso, si alguna reflexión les puedo aportar, los méritos corresponden a quienes me enseñaron y los desméritos a lo que fui incapaz de aprender.

 Los pueblos recuerdan movilizándose

 Después de la dictadura de Videla, en el año 1984, intentamos con otros cumpas indagar sobre los desaparecidos, sobre el destino de sus hijos, de sus familias, en una ciudad obrera que había sido asolada por la represión… Nadie parecía saber nada. Un año después, volviendo de una movilización, una compañera me contó de los muchachos que iban a organizar los barrios, de la represión, de los desaparecidos.

 Aprendí así que el hombre y la mujer inmóviles suelen perder la memoria y hasta pueden quedar atrapados en la telarañas de la manipulación capitalista mediática o jerárquica, pero que movilizados sacuden su caja de recuerdos y sacan a relucir sus mejores experiencias y conclusiones.

 Quien ha estado compartido un sancocho en medio de una lucha callejera o una huelga, ha escuchado a compañeros/as decir palabras de enorme profundidad sobre su propia vida y que revelan una enorme conciencia sobre su calidad de explotados y sus sueños por un mundo mejor. La cabeza de los trabajadores no es una canasta vacía que hay que llenar con conciencia revolucionaria. Los trabajadores, nuestro pueblo sabe, pero recuerda mucho más cuando esta movilizado. La primera tarea de un formador político es aportar a movilizar al pueblo, a hacer aflorar los mejores contenidos de su conciencia.

El objetivo de un formador popular es aportar a la elevar los niveles de conciencia y organización del conjunto del pueblo. Pero ningún formador, ningún colectivo de formadores, ninguna organización política, es capaz de organizar al conjunto del pueblo. Es el propio pueblo el que debe autoorganizarse incorporando los aportes de la formación y de las organizaciones políticas.

 ¿Se puede el pueblo autoorganizar?

 Les vuelvo a responder desde mi experiencia. A finales de los 90, en mi país quedaron al desnudo las consecuencias de dos décadas de políticas neoliberales. Una desocupación que se acercaba al 30%, y la triste realidad de que, en un país reconocido como granero del mundo, como gran productor de alimentos, en las barriadas populares había hambre.

Esta vez fueron las mujeres, las doñas, las jefas de familias, quienes se pusieron a la cabeza de este proceso de autoorganización y lucha.

Fueron las mujeres, porque como consecuencia de este sistema patriarcal que ubica a los hombres en calidad de proveedores éstos, al no poder cumplir su función de traer el dinero a la casa, estaban profundamente deprimidos. Esos hombres desocupados, optaban por evadirse de una situación que los avergonzaba. Se evadían yéndose de sus casas, para iniciar el ciclo con otras mujeres que volverían a abandonar, se evadían por el alcohol, se evadían tomando el camino de la delincuencia y yendo a parar a la cárcel, se evadían con el consumo de drogas, se evadían enfermándose del cuerpo y el alma y pasando sus días postrados en una cama.

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Por las responsabilidades asignadas por el sistema patriarcal, que reducía a las mujeres a su condición de madres y responsables de los niños y el hogar, las mujeres estaban más enteras, menos deprimidas Mantenían una organización familiar básica, con los horarios que impone la crianza de los hijos y, además, no podían quebrase ni evadirse porque eso significaba dejar a sus hijos en el abandono. Fueron esas mujeres, madres de familias, quienes empezaron a juntarse con algunos jóvenes para organizar huertas comunitarias, hornos de pan, comedores comunitarios y quienes salieron a cortar rutas para exigir alimentos y trabajo.

Pero no fueron las mujeres solas. Existieron núcleos militantes que desde mediados de los 90 se habían instalado o desarrollado en los barrios populares, en la búsqueda de aportar a la organización territorial. Fueron esos núcleos militantes quienes advirtieron que los primeros cortes de ruta protagonizados por los trabajadores petroleros cesanteados de Cutral-Co y Tartagal, abrían un cauce hacia nuevas formas de lucha y organización que podían nacionalizarse y masificarse.

Tuve el privilegio de haber sido parte de una de las experiencias más profundas de organización popular, la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, integrada en un 80% por mujeres y que fue uno de los artífices de la derrota del neoliberalismo y la caída del gobierno de De la Rua.

En ese proceso de lucha popular también pudimos sacar algunas conclusiones interesantes, sobre lo que no debe hacerse. Sobre perspectivas políticas que nos conducen a un pantano. En mi país, la mayoría de los partidos de izquierda se negaba a organizar desocupados. No entraban en sus manuales, que los catalogaban como lumpenes-proletarios. Pero cuando, ante la evidencia de los hechos y el crecimiento de las organizaciones de desocupados, empezaron a promover esa tarea lo hicieron suponiendo que la organización popular es una extensión o desarrollo de su partido. Se trataba de adosarlos a su orgánica. Y desde esa lógica sumaron algunos desocupados que engordaron sus partidos, pero fueron incapaces de aportar a la autoorganización de los desocupados.

Apelando a una lógica totalmente opuesta, algunos teóricos supusieron que las personas se organizaban espontáneamente. Esta idea supone que en la conciencia popular hay solo saberes valiosos. No contempla que, en la mayoría de los pueblos nuestramericanos, se ha desarrollado una cultura caudillista, que encarna en personas salvadoras los saberes y confianza popular. Y no es capaz de advertir que una organización popular construye a contracorriente de esa cultura caudillista, tratando de promover la autoconfianza y el protagonismo de las bases y demostrando que hay otra forma posible de organizarse, más democrática, creativa y eficaz. Esos teóricos hicieron un daño gravísimo a la organización de los desocupados, promoviendo la disolución de algunas de las experiencias más potentes de auto-organización.

 El papel de las pequeñas victorias en los procesos formativos.

 El problema de la participación en procesos colectivos no se resuelve por decreto o por presión. Hay que estar convencido de que la unidad sirve para algo.

Desde hace muchas generaciones hay un trabajo pedagógico de las clases dominantes sobre los trabajadores promoviendo la idea de que reunirse, juntarse, participar, solo sirve para perder el tiempo o meterse en problemas. Algunos refranes populares justifican que es mejor actuar individualmente. Por ejemplo “El buey solo, bien se lame” o “Reunión de pastores, oveja muerta”.

Pero además hay un tiempo que elegimos no dedicar a estar con nuestras familia o a actividades que disfrutamos individualmente, para invertirlo en concurrir a una reunión o trabajar en una iniciativa colectiva. Esta elección no debe ser vista como un sacrificio, sino como algo que valió la pena y que nos gratifica.

En tal contexto, las pequeñas victorias refuerzan la decisión de participar, los fracasos nos desalientan. Hay que planificar actividades que sean posibles de realizar, que nos permitan acumular pequeñas victorias y fortalezcan nuestra autoestima.

Esta que es una regla general para todas las actividades de organización, debe ser tenida en cuenta particularmente para las propuestas de formación. Tenemos que pensar en propuestas que promuevan el protagonismo de los participantes, que les permita aprender y enseñar, que tengan buena mística y contemplen la diversión y la gratificación. Tenemos que promover que ser designado para participar en una actividad de formación sea considerado como un premio y no como un castigo.

 Nos formamos para rescatar el hilo de nuestra historia pasada,  y para aportar a desatar los nudos de nuestra historia presente

 Solo aquellas personas que tienen confianzas en sus propias fuerzas, pueden valorar sus propios sueños y los colectivos, de construir una nueva sociedad. Esa confianza en sus propias fuerzas debe estar avalada por una práctica actual efectiva y asociada a los múltiples esfuerzos que realizaron las generaciones anteriores por una sociedad más justa. Es decir, debe tener un anclaje en el presente y en el pasado. Si decimos que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, tenemos que reconocer que siempre hubo esfuerzos y luchas de las mayorías por sociedades más libres y más justas que enfrentaron a la opresión de las minorías. Tenemos que rescatar todos los esfuerzos populares, analizar sus fracasos para aprender y no para descalificarlos, convertirlos en el viento de la historia que nos empuja por la espalda. Las clases dominantes quieren que seamos huérfanos. Pero nosotros tenemos antepasados y una historia de lucha y de sueños que debemos reivindicar.

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El más radical de los aportes es aquel que contribuye a destrabar los nudos actuales de la conciencia. No es más radical quien grita más fuerte o propone una consigna más izquierdista. Es radical quien asume la incomodidad de involucrarse en los desafíos del presente.

  Nos formamos para promover la vinculación, la unidad de los pueblos

 El que se queda solo, no se queda solo en la soledad. Se queda solo en el capitalismo. No vive en un tubo de vacío, vive dentro de un sistema político que se ha propuesto explotarlo y deshumanizarlo.

Cuando más solo está, más bordes expuestos tiene para que el capitalismo le inocule sus virus. Tendrá menos capacidad crítica y estará más expuesto a soñar sueños ajenos.

Lo que sucede con las personas, sucede con las organizaciones y los países. Las organizaciones que no se juntan con nadie para preservar su pureza, terminan destruidas o cooptadas por políticas clientelares de los gobiernos antipopulares y de las ONGs al servicio de intereses imperiales. Los países que se aíslan terminan invadidos por las grandes potencias. Le pasó a Paraguay en el siglo XIX, le sucedió a Libia en el siglo XXI. Quien no se anima a pensar colectivamente, termina consumiendo recetas elaboradas para uniformar la imbecilidad.

Los profetas del aislamiento y de la salvación individual son funcionales al capitalismo, a la continuidad de las guerras imperiales, a la destrucción del planeta sobrecargado por la extracción de energía y la acumulación de residuos.

El sentimiento más primario de defender la propia vida y la de nuestros descendientes, nos obliga a salir, a vincularnos, a sentirnos parte de los otros.

 Nos formamos para aprender a valorar la diversidad como fuerza creativa.

 La historia de los oprimidos tiene muchas batallas y muchas causas que están vivas en el presente.

Algunos se sumaran al hecho popular y colectivo de la lucha por una sociedad igualitaria, recuperando aportes de la espiritualidad promovida por la gran rebelión de Cristo hace 2000 años, otros incorporaran legados de tiempos de la lucha de la independencia, otros insistirá en recuperar las luchas obreras y sus conclusiones que identifican como nadie la opresión capitalista, otras voces pondrán el acento voces en la opresión de género y en la reivindicación la diversidad sexual, otras voces nos alertan sobre la catástrofe ecológica y reivindican saberes originarios.

Cada relato y cada causa ha sobrevivido, o más bien, ha sido iluminado en este esfuerzo  por construir una nueva sociedad que hoy llamamos socialismo del siglo XXI. La diversidad no es un elemento de diferenciación, sino un aporte a una síntesis más completa y prometedora. Cada hombre y mujer de nuestro pueblo llega a la conciencia de la necesidad de transformar la sociedad desde vertientes diferentes. Se trata de que cada cual sume sus aguas al río de todos.

 Caminando nos formamos, nos formamos para caminar con mejor rumbo.

 Quien lee un texto es como quien ve una película o mira un cuadro. Lo interpreta según su experiencia, sus emociones, sus conocimientos previos.

El marxismo nos hace un gran aporta para interpretar la sociedad capitalista, pero empieza a ser comprensible en la medida que estamos movilizados en la transformación del mundo y somos también capaces de advertir que como producto humano tiene vacíos, inconsistencias y muchos de sus textos hacen referencias a momentos históricos y sociedades diferentes..

Quien niega ideas elaboradas a partir de la síntesis y elaboración de trascendentales luchas y experiencias de los trabajadores, comete un error grave. Pero también se equivoca el que supone que basta leer un par de textos para de allí deducir en forma lógica, las políticas correctas para liberarnos. Uno peca por necio, el otro por dogmático.

Son los pueblos luchando por liberarse los que generan las ideas revolucionarios y reconociendo lo acumulado esta bueno pensar que las ideas brillantes están siempre en el horizonte y como las estrellas iluminan solo un rumbo.

Son los pueblos, equivocándose y acertando, los que hacen los caminos. Son los pueblos los que formulan proyectos al principio toscos y de poco brillo, pero que se van afinando en el camino.

Y en ese camino habrá muchas espinas, muchos encantamientos y falsos atajos que esquivar.

Mirada así las cosas, siempre es bienvenido el debate de las ideas, la disputa contra las mentiras que nos quieren vender el capitalismo y las usinas imperiales, la socialización de las mejores experiencias y conclusiones de otros pueblos.

Pero también es cierto que no podemos paralizarnos porque aún “no todo está discutido”, porque tenemos dudas que acompañan nuestras certezas. La pretensión de no equivocarnos, es una pretensión paralizante para quienes somos víctimas de un sistema injusto, pero además parte de la equivocada suposición que todas las respuestas están al principio o en el lugar donde nos detuvimos.

Caminando aprendemos, caminando dudamos y vamos afirmando nuestras certezas.

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