Revisitar la resistencia antineoliberal en los 90 para repensar las claves de intervención actual

El ocaso de las experiencias progresistas en el continente y, como en el caso Argentino, el avance de gobiernos de derecha marcan el contexto en el que deben pensarse nuevas claves para construir un proyecto emancipatorio. Con ese espíritu –y a 14 años de la Masacre de Avellaneda– este martes 28 de junio en la ciudad de La Plata (6 y 59, Espacio Malisia) se presenta la reedición de “De Cutralcó a Puente Pueyrredón. Una genealogía de los Movimientos de Trabajadores Desocupados”, de Mariano Pacheco. A continuación presentamos el prólogo a la nueva edición.

 

Prólogo

 

Este libro constituye uno de los principales aportes para comprender la última gran experiencia plebeya de la historia argentina, la última interrupción importante del curso ordinario de las cosas. Tal vez la última gran anomalía argentina, hasta ahora.

Una experiencia plebeya y con niveles inusuales de autonomía respecto del Estado y otras instituciones convencionales del poder instituido que fueron desplazados como el locus principal de la política por un instante tan intenso como fugaz. Entonces, “experiencia plebeya” quiere decir aquí: con capacidad de construir significados políticos “desde abajo”, alejados de los conceptos y los formatos liberales. Sin delegación. Sin sustitución. Quiere decir también: experiencia constructora de subjetividades críticas en cada acción y con la aptitud de desarrollar las capacidades de auto-transformación de los hombres y las mujeres.

Una experiencia de poder constituyente y de democracia directa y expeditiva en todos los campos del quehacer humano, alejada del comportamiento compatible con las expectativas de las clases dominantes y sus frentes políticos y sus partidos del orden.

Una experiencia de recomposición de la argamasa social, cultural, identitaria y política del campo popular, que, además, contribuyó decididamente a la caída del neoliberalismo: la experiencia del movimiento de trabajadores desocupados o “los piqueteros” y “las piqueteras”.

Mariano Pacheco construye una historia con datos vivenciales. La misma tiene como punto de partida el surgimiento de las primeras expresiones del movimiento piquetero, en particular la denominada “corriente autónoma”, en la que participó activamente, prácticamente desde su “prehistoria”. Adentrado en los pliegues más íntimos, Mariano pinta con exactitud el proceso de maduración, de la gestación silenciosa y cuasi artesanal de este espacio y sus correspondientes cosmogonías políticas. Un proceso que desembocó en la crisis de fines de 2001 a la vez que, a partir de ella, logró proyectarse y poner en evidencia su potentia. Esto le permitió dialogar con otras experiencias similares que se venían desarrollando en otros paisajes de Nuestra América.

Por un lado, Mariano propone un análisis del sistema que eclosionó en 2001, tanto en el plano material como en lo referido a su comando político, y, por el otro, un análisis de un contexto caracterizado por el despliegue de la auto-actividad de las masas que no sólo se puso de manifiesto en las organizaciones de desocupados, sino también en el movimiento de fábricas y empresas recuperadas, en las asambleas barriales, en el surgimiento de infinidad de colectivos culturales de contra-información, etcétera.

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Se detiene en el momento de mayor visibilidad pública del movimiento piquetero, en el punto máximo del desarrollo de sus posibilidades como “atractor” político y social y, obviamente, el momento más álgido de la lucha de clases de la argentina en los últimos 20 años.

Presenta los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001 en su exacta dimensión: el reencuentro del pueblo argentino con su historia más insigne, una pueblada fundante, pero diversa, con múltiples vectores. Busca entonces extraer de la misma aquellas líneas más afines a una praxis emacipatoria. Más precisamente, las líneas que poseen proyección anticapitalista, los chispazos capaces de encender una quimera. El relato no oculta sus entonaciones proféticas. Luego, explica el significado de la masacre de Avellaneda del 26 de junio de 2002, cuando los políticos del sistema y su policía cebada asesinaron a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, sin obviar ninguna dimensión, desde la más política y general hasta la más íntima.

Asimismo, da cuenta de las primeras definiciones de la corriente autónoma, en particular del MTD Aníbal Verón, de los primeros pasos en pos de su delimitación ideológica y política, proceso que se prolongará con la conformación del Frente Popular Darío Santillán (FPDS) y que hoy, al margen de las vicisitudes de esta última organización, perviven en pequeños espacios no ganados por el desasosiego y que insisten, tozudos, en la tarea orientada a la construcción un proyecto emancipatorio, a la fusión de las izquierdas sociales y culturales en una mediación política común, reconociendo como fundamento innegociable la autodeterminación de los fines y la autogestión de los medios. Espacios reacios a subordinarse a la mal llamada “política real” o a convertir lo estratégico en ornamento.

Mariano inició su práctica militante siendo un adolescente, mientras promediaba la ofensiva neoliberal y cuando el fracaso de las viejas narrativas y prácticas de la izquierda aparecía como notorio. De este modo, Mariano (como Darío) se fue amasando en el barro de una praxis que venía a romper amarras con la cultura política de izquierda previa: con el vanguardismo, el elitismo, el paternalismo, las lógicas super-estructurales, las prácticas delegativas, despóticas, etc. Una praxis que, entre otras cosas, reivindicaba el arraigo territorial de la política; el trabajo político molecular e intermitente; la pedagogía de los cuerpos solidarios en acción, la pedagogía que apuesta a la politización de las intervenciones cotidianas y que se preocupa por los procesos y no sólo por los resultados. Una praxis orientada a erradicar las subculturas de aparato para no quebrar artificialmente por arriba lo que espontáneamente (en ciertas condiciones históricas) se une por abajo. Una praxis cuyo mérito principal consistía en tratar, por todos los medios posibles, de infundir libertad en la necesidad. Una praxis que construye la legitimidad de una “conducción”, de un liderazgo. De este modo, Mariano desarrolló una predisposición a aceptar que las creencias y las prácticas podían cambiar en paralelo, bajo la presión de la experiencia colectiva. Supo detectar saberes políticos emancipatorios nuevos y, además de contribuir a gestarlos, con el oficio de escritor contribuyó también a sistematizarlos. Escribir porque se entiende.  Entender porque se escribe. Una multiplicidad de lecturas –desordenadas, como corresponde– enriqueció su lenguaje y su pensamiento. Su mirada se tornó más escudriñante.

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Este trabajo presenta una combinación de registros y géneros diversos. Una mixtura impuesta por la coyuntura histórica. Por ejemplo, por la recomposición del sistema de dominación y la certeza de habitar un período de reestructuración posneoliberal. O por las limitaciones de la corriente autónoma a la hora de proponer una agenda pos-neoliberal. O por las dificultades de las organizaciones populares para administrar, en los nuevos escenarios “reformistas” o “nacional-populares”, los saberes políticos radicales que supieron gestar en el período de auge de la auto-actividad. También por el desarrollo del autor en el plano político y literario que le permite reconstruir una serie de debates imposibles de reflejar apelando al puro testimonio. De esta manera, la escritura acompaña el proceso histórico de un espacio militante, con sus entusiasmos, sus desengaños y sus frustraciones. La escritura va mutando y se va dotando de los instrumentos más idóneos: el destello o la lógica formal. Apela a elegía, a la celebración o a la función crítica y corrosiva.

Vemos cómo Mariano, sin abandonar el registro testimonial, a medida que avanzamos en la lectura, va añadiendo nuevos registros, dosis cada vez más altas de análisis político o cultural. Percibimos un “distanciamiento” analítico (jamás afectivo) respecto de los sucesos narrados. Ocurre que, sin dejar de ser un protagonista, el autor logra dar cuenta de las determinaciones que lo trabajaron, tanto a él y como a sus compañeros y sus compañeras, hace 15 años. En este caso, las ventajas de la interioridad del escritor respecto de los procesos sociales y políticos son aprovechadas al máximo. Sin caer en la tentación fácil de la autoreferencialidad, sin atribuirse derechos por los diversos con-padecimientos.

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Mariano contribuye a la dilucidación de un período donde la historia se aceleró. Un periodo en el cual los y las que frecuentamos entornos organizativos autónomos plebeyos y suburbanos; los y las que por distintos motivos (entusiasmo político y poético, búsqueda de equilibrio psíquico, hallazgo de espacios de socialización, alegría de existir), vivimos con intensidad cada día; los y las que pusimos en juego alguna ilusión o algún imaginario de dimensión utópica, los y las que creímos habitar una coyuntura histórica decisiva, fuimos distintos y distintas. En este aspecto, tal vez, radique el mérito inigualable de este libro. Mariano sugiere, sutilmente, que la política es vida o es nada, que la ocasión de la libertad solo puede habitar en los ámbitos colectivos, y para corroborarlo, brinda un puñado de ejemplos cercanos. Es decir, compone un relato político popular alejado de la conciencia desdichada que sólo sabe recordar los fracasos.

Mariano nunca presenta hechos desordenados y momentos aislados sino que reconoce un sentido y una totalidad condicionante. No promueve una descripción objetiva, sino una historia viva, una historia que es pasión.

Con una evidente dialéctica entre el debate y la realidad, con una preocupación por ubicar con precisión el momento histórico de cada discusión, de cada polémica, nos muestra como una nueva radicalidad fue emergiendo en los intersticios del sistema a partir de las luchas populares y nos invita a reflexionar sobre temas claves como el Estado, la conciencia, las praxis subjetivantes, las mediaciones políticas, los tiempos y ritmos de la condición subalterna o la dinámica de los movimientos populares, los procesos de acumulación, la impermeabilidad del capitalismo, etcétera.

La miseria actual del medio con sus dosis de cinismo, resignación, sumisión y determinismo; el imparable repliegue egoísta, el peso de los imaginarios colonizados por el capital o por los dogmas desfasados, pueden generar dudas respecto de la historicidad de la anomalía de la que habla este libro. Vale aclarar que nada contiene este libro que pueda asociarse a una nostalgia que pone a funcionar un mecanismo idealizador, o a un sueño pos-episódico. He aquí un conjunto de aciertos y vislumbres, de elementos valiosos e indispensables para la tarea ardua de rehacer el acervo ideológico de la izquierda y el campo popular en la Argentina.

 

Miguel Mazzeo

Lanús Oeste, febrero de 2016

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