Cincuenta años de soledad

Adelanto del libro El hereje: apuntes sobre John William Cooke, de Miguel Mazzeo. Capítulo 31

No las frágiles nieblas de la memoria ni la seca transparencia, sino los tizones de las vidas quemadas que forman una costra sobre la ciudad, la espina hinchada de material vital que no se escurre más, el atasco del pasado presente futuro que bloquea las existencias calcificadas en la ilusión del movimiento: esto encontrabas al término del viaje.

Ítalo Calvino

 

El 26 de septiembre de 2014, en una emotiva ceremonia, las cenizas de John William Cooke fueron arrojadas al Río de la Plata –nuestro Aqueronte barroso– desde el paredón de la Costanera Norte en la Ciudad de Buenos Aires. Habían estado durante largos años bajo la custodia de Juan Carlos “Trapito” Álvarez, compañero de Cooke, que las había recibido de Alicia. Luego reposaron en el panteón de la familia Abal Medina. Con este acto se estaba cumpliendo la voluntad postrera de Cooke. En su mencionada carta-testamento le había solicitado a Alicia: “Si no fuese posible disponer integralmente del cadáver por medio de donación y hay que hacerlo de otra manera, entonces que lo cremen. Y que las cenizas no se conserven ni se depositen, dispérsalas poéticamente al viento, tíralas al mar, (transo con que las tires al Río de la Plata; lo mismo da otro río y aun laguna)” [Obras Completas, Tomo III, p .264]. Cooke, finalmente, se hizo barro en el mismo río en el que los marinos argentinos arrojaron viva a Alicia, 37 años antes. Un río donde se sedimentan nuestras peores derrotas y nuestros mejores sueños. El Mar Dulce hacia donde somos diaria y sutilmente arrastrados a la deriva, como decía Martínez Estrada.

A pesar de la emotividad de la ceremonia no pudimos desentendernos de algunas presencias y de algunas ausencias. Recordamos algunas figuras político-literarias de Cooke: merengue decorativo, cuadros tímidos, paternalismos equilibristas, barloteo ideológico, politiqueros peronistas, administradores prudentes del buen sentido, burgueses con veleidades progresistas, etcétera. No pudimos escapar de los estímulos externos. La diversidad es buena en varios órdenes de la vida, pero hay una línea a partir de la cual se convierte en promiscuidad. En algunas ocasiones esa línea es imperceptible, en otras no tanto. Nos invadió la duda y de pronto nos acometió una sensación de incomodidad. Era la incomodidad de un ritual que no trascendía sus aspectos formales y que, con sus repeticiones, no nos ayudaba a pensar y nos adormecía. El ritual de un culto pervertido o, como mínimo, inútil. ¿Qué tipo de identidad pretendía renovar el ritual?, ¿de qué grupos? Era la incomodidad por no sentir ninguna solidaridad mística con buena parte de los presentes. Como planteó Diego Sztulwark, en relación con esta ceremonia: “El mensaje sigue siendo el mismo: La revolución será homenajeada”.1 Agregamos nosotros: sí, será homenajeada una y otra vez como una de las formas más eficaces de exorcizarla, de condenarla al puro pasado, de presentarla como algo ajeno al presente. Jamás se piensa en retomarla y honrarla como proyecto aquí y ahora. Reaccionamos. Nos preguntamos: ¿No estaremos frente a una operación de doble despojo: un despojo poético de unas cenizas con el que se consumaba el deseo del propio Cooke y otro despojo prosaico, que junto con las cenizas arrastraba todo lo que podía comprometernos con un cambio radical, profundo, revolucionario? Esas presencias que incomodaban, sin dudas, hubiesen preferido un ritual con una momia y no con cenizas. Por eso incomodaban.

Sabemos que la racionalidad de la política impone transacciones… pero, ¿tantas?; que impone olvidos… pero, ¿tantos? Porque ¿qué tiene que ver Cooke con la República burguesa, con la democracia representativa y delegativa de “baja intensidad”, con un “capitalismo con decisión nacional”, con la regulación de la plusvalía y la “corrección” de los abusos del capitalismo? ¿Qué tiene que ver Cooke con las lógicas de los punteros políticos, con las lógicas de control y subordinación que conforman un vínculo perverso y paralizante para los y las de abajo? ¿Qué tiene que ver Cooke con quienes no han hecho más que profundizar la dispersión popular y han promovido una politización vertical y en cuenta gotas? Cooke supo reprobar con lucidez y crudeza toda política que cupiera en los marcos mezquinos de los partidos burgueses, de la centroizquierda y de las encíclicas papales.

Y ahora resulta que, quien supo exhibir, a partir de su propia experiencia política directa y con argumentos sólidos, las limitaciones de los acuerdos poli-clasistas en la Argentina y, en buena medida, en el resto de los países de Nuestra América; quien cuestionó a los proyectos y liderazgos abocados a absorber las contradicciones de clase –sin ninguna intención de iniciar un camino que tendiera a suprimirlas– termina rehabilitado por quienes impulsan esos mismos acuerdos, esos mismos proyectos y esos mismos liderazgos, 50 años después. ¿Cómo no sentirse frente a un acto de profanación o ante un tributo a la superstición? Entonces, es indispensable identificar las inflexiones históricas más intensas para advertir el instante exacto de la coherencia y la incoherencia, la contradicción o las “afinidades electivas” (o la falta de las mismas).

Pero las ausencias también nos imponían una reflexión. ¿Por qué una parte importante de aquellos y aquellas que hoy continúan con más coherencia y responsabilidad la militancia antiimperialista y anticapitalista de Cooke no estaban allí? Imposible no sospechar de una distorsión en el entramado que vincula el pasado con el presente y el presente con el pasado. Tal vez las organizaciones y movimientos populares que siguen trabajando en función de transformaciones radicales, que están convencidos de la necesidad de exceder los límites del “progresismo”, piensen que no valga la pena dar una disputa por Cooke. Tal vez consideren que fue un pensador demasiado doméstico, poco universal. Un ángel con alas de plomo. Que fue peronista o algo muy parecido a eso. Tal vez crean que es ajeno e incompatible con sus imaginarios. O, tal vez, sus imaginarios no están del todo consolidados. Todavía son endebles e inseguros. Se debaten entre el neopopulismo y alguna forma de dogmatismo. O, simplemente, no fueron tenidos en cuenta por el descuido o la mezquindad política de quienes se erigieron, últimamente, en administradores de su herencia.

Hace más de quince años Horacio González afirmaba que “toda la política argentina medida frente a Cooke muestra su carácter incompleto y desdichado”.2 Lamentablemente, en el fondo, todo sigue igual.

Hoy no hay hechos malditos. Hechos malditos de verdad, malditos hasta los tuétanos. Por lo menos no a gran escala. Hay sí, alguna sobreactuación de la condición maldita, pero, como sucede con toda exageración, no es muy convincente. De hecho, sólo sobreviven como simulacros (de hechos malditos) porque la impiedad, la ignorancia y los prejuicios ancestrales de la derecha argentina los mantienen vivos, casi como “hechos caprichosos”. Cooke decía que “los gorilas no admiten sutilezas”, y también sabía decirlo sin apelar al lenguaje de las fábulas: “irracionalidad clasista” [Obras Completas, Tomo II, p. 519]. Por eso, tratar de comprender la realidad tomando como punto de referencia la falta de sutileza de los y las “gorilas” puede generar importantes distorsiones.

Cooke fue un perseguidor de una síntesis de todas las tradiciones populares de la Argentina. Sería una salida cómoda decir: “una síntesis entre peronismo y socialismo/marxismo”, entre nacionalismo e internacionalismo o entre pragmatismo e ideología. Pero nos quedaríamos patinando en la superficie. En realidad se trata de mucho más que eso, Cooke persiguió una síntesis entre pasado y futuro, acción y reflexión (o práctica y teoría), pasión y razón, rebeldía y revolución, entre las alpargatas y los libros, entre la posibilidad y la amenaza, entre la Reforma Universitaria de 1918 y el 17 de Octubre de 1945, entre Simón Bolívar y Ernesto “Che” Guevara, entre el “Chacho” Ángel Vicente Peñaloza y Felipe Vallese, entre Manuel Ugarte y Herbert Marcuse, entre Rosa Luxemburgo y Evita, entre la Spartakusbund y el Movimiento 26 de Julio, entre el póquer y el truco.

Cooke estuvo a la altura de la utopía que asumió. No fue un soñador inofensivo. Vivió en los valores a los que esa utopía remitía. Seguramente, cabe lo mismo para muchos y muchas de quienes estaban en la Costanera Norte el 26 de septiembre de 2014, compañeros y compañeras de gran valía, seguramente bien dispuestos y bien dispuestas para cuando llegue la hora de las batallas fundamentales. Pero no cabe lo mismo para otros y otras. Para los y las que, poco a poco, se fueron vaciando de esperanzas, se acostumbraron a no producir hechos y se predispusieron a recibir cada vez menos. Para aquellos y aquellas que se parecen a John Falstaff, el personaje de Shakespeare que, corrompido por su aburguesamiento, se torna oportunista y cínico. Aquellos y aquellas que habitan la casa de los ciegos, se hacen pasar por ciegos, pero ven. Pero igual estaban y el ritual igualaba a todos y todas. El ritual embellecía a los y las peores y resignaba a los y las mejores, los y las perpetuaba (nos perpetuaba) invertebrados y miopes. En efecto, muchas de las contradicciones que desvelaron a Cooke siguen presentes, son constitutivas de una política popular.

Aunque la figura de Cooke ha sido asociada a la “figura chaplinesca del antihéroe”,3 siempre pensamos que Cooke encaja a la perfección en la figura del héroe de Henry Miller. Para el escritor norteamericano, el héroe es el que ha vencido sus miedos. Se puede ser héroe en cualquier ámbito, sin necesidad de pedestales. “Su virtud singular consiste en que se ha identificado con la vida, identificado consigo mismo. Como ha dejado de dudar y de interrogar; acelera el flujo y el ritmo de la vida. El cobarde, por el contrario, parece detener el flujo de la vida”.4 El héroe –va de suyo que lo mismo cabe para la heroína– de ningún modo es el esbelto semidios platónico, no es el hegeliano instrumento de las realizaciones más elevadas de la historia (o de la “astucia de la razón”), no es el engendro de Thomas Carlyle. Mucho menos es la persona que sostiene una doble identidad y que oculta su mejor condición tras algún disfraz humillante. No casualmente John fue el héroe de Alicia. Lo que no es poco decir.

Entonces, poco importa la muerte burocrática en una cama del Hospital de Clínicas. Cooke fue un héroe: con su bigotito, su panza y su gomina, con su desaliñado uniforme de miliciano y la mano fofa en la ametralladora; en su banca de diputado, en la Resistencia Peronista, en las Sierras del Escambray, en la Bahía de los Cochinos y en sus denodados esfuerzos por construir una fuerza revolucionaria con arraigo popular en la Argentina. En reiteradas ocasiones Cooke se refirió al sentido heroico de la vida, sabía muy bien cuáles eran sus principales coordenadas.

Nosotros creemos que hay sobrecargar a Cooke de recursos que nos obliguen a repensar aspectos nodales de una política emancipatoria y que nos impongan un trabajo de reactualización. Hay que pensar a Cooke con una impaciencia similar a la del gnóstico a la espera de la revelación de un oráculo. Asumimos la herencia de lo que nos parece un coherente desenvolvimiento de la praxis de Cooke. Tratamos de reconstruir el devenir de lo que fue un pensamiento en devenir. Por lo tanto, nos parece políticamente insostenible la maniobra que pretende fundar una herencia en un corte sincrónico que congela el momento que más se ajusta a los compromisos presentes. Cooke sabía mejor que nadie que la supervivencia del museo era peor que el odio y la desmemoria, que era la tumba definitiva.

Somos conscientes, también, de que ya no alcanza ni con la fenomenología ni con la dialéctica. Que para gestar un pensamiento crítico y emancipador hay que salirse de la doxa heredada. Que hay que crear nuevos marcos categoriales porque los precedentes son insuficientes. Pero para semejante tarea hay que tener los pies en la tierra; esto es, asumir nuestras raíces y partir siempre de la experiencia histórica y de los saberes emancipatorios acumulados por pueblo argentino y por todos los pueblos de Nuestra América.

Por eso creemos que es necesario valorar el aporte teórico-práctico de Cooke a la tradición revolucionaria de Nuestra América, incluyendo sus aportes al marxismo. Y sabemos que se trata de un aporte teórico anómalo, porque en Cooke –que, sin dudas, era un teórico– no habita ninguna teoría; tal vez algún insumo para formular una.

Insistimos en la importancia que tiene reconocer a Cooke como una figura histórica que sintetizó distintas tradiciones populares y revolucionarias de la Argentina y de Nuestra América, pero que, sobre todas las cosas, expresó una síntesis plebeya, espontánea y elaborada “desde abajo” de esas tradiciones. Y que, además de expresarlas, contribuyó a sistematizarlas y a proyectarlas.

Igual de importante es reconocer su solapada e irremediable pertenencia a nuestra época y, probablemente, a las venideras. Pertenencia ora cálida y compañera, ora incómoda o lacerante. Porque, como dijo alguna vez Horacio González: “John William Cooke fue nuestro gran filósofo de la praxis”.5 Lo que, entre otras cosas, significa que Cooke le asignó prioridad a los cuerpos en lucha y no a los sistemas, que concibió al socialismo como proyecto vital y no como canon, que pensó la revolución como un proceso de desarrollo de la autoconciencia, la organización y la movilización popular, siempre desde “las bases”.

1 Sztulwark, Diego: “Cooke”. En: anarquiacoronada.blogspot.com/2014/09.Cooke.htlm. Chequeado el 5 de enero de 2016.

2 González, Horacio: “Cooke el cincel de una derrota”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta (El gran descartado de la historia argentina), Op. cit., p. 9.

3 Duhalde, Eduardo Luis: “Prólogo”. Véase: Cooke, John William, Obras Completas, Tomo III, Op. cit., p. 6.

4 Miller, Henry, El mundo del sexo, Córdoba, Ediciones del Subsuelo, s-f., p. 59

5 González, Horacio, “Presente de Cooke en la historia de la ideas argentinas”, Op. cit. p. 33.

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